miércoles, 5 de agosto de 2015

Ajedrez

El ajedrez o juego ciencia ha sido un gran compañero en toda mi vida.

Mis inicios se dieron cuando tenía aproximadamente 10 años de edad.  En mi cumpleaños me regalaron un juego de ajedrez. Me pareció una cosa extraordinaria,  ver esas figuras extrañas, sobre todo los caballos. Quedé extasiado observando aquellas figuras, y leí con detenimiento las instrucciones del juego, y... nada, sonaba tan aburrido e incomprensible que no tardé en dejarlo de lado.

No recuerdo bien quien, si mi padre, uno de mis tíos o alguno de mis primos intentó o intentaron enseñarme este dichoso juego. No me pareció nada atractivo, pero si tedioso y hasta aburrido. 

Luego de esto, en un par de ocasiones, pude observar cómo algunos jugaban y por lo que pude apreciar se divertían. Hice algunos intentos para participar,  y obviamente con resultados desastrosos.

Hasta que un buen día, no recuerdo si mi padre o mi madre me compraron un libro, mi primer libro de ajedrez, en el cual de manera muy amena y divertida pude incursionar en este fabuloso mundo. Se relataban las historias de la invención del juego, de los reyes y famosos que lo jugaron, partidas clásicas,  los famosos gambitos, de los clásicos mate pastor y defensa siciliana, defensa de dama y ataque al Rey, las historias de míticos ajedrecistas como Lasker, Alekine, Capablanca, Fisher, Karpov. No llegaba a Kasparov, pero si se hacía mención a la gran escuela rusa. Quedé entusiasmado, tanto que casi obligué a mis padres a comprarme mas libros: de teorías de aperturas, finales, etc, etc. Fui perfeccionando poco a poco mi habilidad, y me fui entrenando, hasta que por fin pude vencer a mi padre en un juego. Después mis víctimas fueron todos en la familia, y de ahí pase a jugar con los amigos del colegio. 

Era tanto mi fanatismo, que llegué a fabricar mi propio juego de ajedrez, guiándome de un suplemento viejo de algún periódico, donde mostraban como se podía fabricar las piezas de ajedrez con unas cuantas latas, un palo de escoba, tornillos, pintura y mucha paciencia. 

Fue tanta mi fama de ajedrecista, que cuando se realizó el primer campeonato de ajedrez del colegio, todos daban por hecho que ganaría sin mucho esfuerzo, ya que no había en ese momento por lo menos en el colegio persona alguna capaz de rivalizar conmigo en este juego. Y no fue así. Yo estaba en quinto de secundaria, y el campeonato se hizo de forma relámpago: juego perdido, jugador descalificado. Quedábamos únicamente cuatro jugadores, y frente a mí con las piezas negras se sentó un chibolo de primer año, que milagrosamente había clasificado hasta ese instancia. Y me sobré. Él hizo una apertura abierta, cometiendo algunos errores ya desde el inicio de la partida. Me ganó la arrogancia,  era pan comido, empecé a mirar en derredor al público presente. Me sentía ganador, así que no le presté ya mucha atención al desarrollo del juego. Hasta que me vi perdido. Cometí varios errores consecutivos y estaba ad portas de una derrota inminente. Abandoné, para evitar la vergüenza del jaque mate. Ese chibolo, el que me ganó, resultó el campeón del torneo. Todos quedaron sorprendidos, casi boquiabiertos. Para variar, asado, me fui, sin esperar el desenlace. Había sido derrotado en el juego del que me creía invencible.  Posteriormente,  mi profesor de matemáticas, nos juntó a mi y a los finalistas. En un salón de clases, estando solos, en partidas simultaneas, los aplasté sin compasión, sin darles una sola oportunidad. Era cierto, yo era muy superior en juego, pero en ese campeonato, me ganó la soberbia, y perdí.

Pasaron los años. Viajé a Rusia para estudiar medicina humana. Ya estando allá, en Rostov del Don, tierra de los cosacos, de los legendarios Alekine,  Karpov y Kasparov,  cierto día caminaba sólo por el parque de Lenin, y me puse a observar como algunas personas jugaban ajedrez al aire libre. Habían representantes de todas las edades, desde niños hasta ancianos. Partidas super rápidas, de solo minutos, con reloj en mano; y otras eternas, donde cada movimiento se demoraba mucho, muchísimo tiempo, tanto que podía pasar un siglo hasta que uno de los jugadores mueva una pieza. Estaba absorto mirando como jugaban, sin prestar mucha atención al parque, al clima, la hora, al resto de personas que por ahí circulaban. En eso noté que había un niño, de quizá siete u ocho años, sentado solo frente a su tablero, con las piezas formadas en su lugar, esperando. Me acerqué y le pregunté si jugaba. Me dijo que si, y que si quería ser su oponente. Me causo cierta ternura, y decidí "enseñarle" algo al pequeño. Empezamos con un gambito de dama clásica, con las jugadas harto conocidas, y cuando hice mi primera "jugada maestra", es decir, según yo la jugada que me haría ganar, él me miró y me dijo: "ya perdiste". Lo miré un rato, aún en el tablero estaban prácticamente todas las piezas, apenas se había empezado el desarrollo de la partida, y él me dijo "ya perdiste". Otra vez mi soberbia pudo más, y le dije que se equivocaba, que al contrario, podría ganarle. Me insistió: "ya perdiste". Entonces le dije que me lo demuestre. Hizo una mueca desgano,  me miró con cara de aburrido y dejó que siguiera el juego. En algo de diez movimientos me dio mate. Luego me hizo retroceder, y probamos todas las alternativas, igual me daba mate. Me sentí un insecto insignificante en ese momento. Otra vez mi soberbia, otra vez un chibolo, aunque en esta ocasión era literalmente un niño el que  me hizo morder el polvo e hizo que me tragara mi soberbia. Desde ese momento, ya no quise volver a jugar. A veces jugaba con los amigos, pero ya nunca mas participé en un campeonato. Solamente jugaba para divertirme, distraerme. Y eso, muy de vez en cuando.

Ya de retorno al Perú, me tocó ir al ejército, y estando en el ejército, me tocó participar en una guerra. Mi guerra. Cuando ya se había terminado la guerra, estábamos tan flacos y desnutridos que los jefes no permitieron que regresemos así, cual espectros vivientes salidos de una película de campos de concentración nazis. Nos pusieron en "engorde": cinco comidas al día, proteínas, vitaminas,  harta harina, dulces y todo lo imaginable para ganar peso. Es en ese periodo que nos enviaron juegos de mesa, y entre ellos, un juego de ajedrez. Nuevamente se reavivaron las pasiones. Había un oficial de caballería que era el único que me ganaba. Y nuestra rivalidad hacía que jugásemos con mucha frecuencia, pues no hay nada mejor en este juego que un rival que pueda hacerte una buena partida. Jugando olvidábamos todo. Podíamos tolerar con mayor facilidad el tedio y la rutina, y así pudimos sobrellevar esos momentos tan difíciles que nos tocó vivir. Pude retomar muchas cosas aprendidas y aplicarlas,  ya no fui soberbio, creí haber encontrado nuevamente la pasión y la razón de ser de este hermoso juego.

Pero no todo tiene un final o epílogo feliz. Estando ya como médico ciudad civil en el Hospital de Pomabamba, no encontré a nadie que siquiera se interesara en el juego. Uno que otro empeñoso, pero nadie que pudiese ponerse frente a frente en un tablero y hacer una partida aceptable. A veces jugaba solo un rato, pero de a pocos lo fui dejando.

Hace algunos años atrás descubrí en internet un portal financiado por una compañía telefónica, donde podían inscribirse los estudiantes y sus padres, y podían participar de juegos en línea. Me inscribí, y estuve participando. Ya por estos años, había conseguido el famoso programa Fritz,aquel que había vencido a los grandes maestros. Y me fui nuevamente entrenando, y así estuve participando por algún tiempo. Todo iba bien, hasta que un día, me tocó jugar con un escolar de no se que parte del mundo. Me ganó. Me piqué. Pedí revancha, y lo aplasté, pero usando el Fritz (hice trampa). Me pidió revancha, y nuevamente lo aplasté, sin consideración, nuevamente usando el Fritz. Y me expulsaron. Los moderadores del portal descubrieron que usé el Fritz, y ya no me dejaron participar. Solo podía observar. No puedo dejar de sentir vergüenza por este episodio, pero así sucedió. Estaba tan fastidiado que hice trampa para poder ganar a un niño que en algún lugar del planeta estaba practicando este apasionante juego. No me expulsaron,  así que ahora solo podía participar como observador. Lamentablemente este portal dejó de ser financiado por la mencionada compañía, y fue cerrado.

Y bien, actualmente solo juego con la computadora de vez en cuando. En ocasiones participo de juegos en línea, con resultados variados. En algunas ocasiones he intentado enseñar el juego. Mi última hija es la que mas ganas le ha puesto,  pero hasta ahí he llegado. 

Espero en algún momento encontrar a algún apasionado como yo por este juego,  y poder disfrutar de una buena partida, sin lugar ni tiempo.  Y que sin importar el resultado final, se haya realizado un gran despliegue de estrategia durante la partida.

Así que:
- d2 - d4
Haz tu jugada.

martes, 28 de julio de 2015

Fiestas Patrias.

Cada 28 de Julio mi amado Perú celebra su cumpleaños. Es el aniversario de nuestra Independencia del yugo español. En esa fecha el año 1821 el General Don José de San Martín declaró la Independencia de nuestra nación con la famosa frase: "Desde este momento el Perú es libre e independiente por la voluntad general de los pueblos y por la justicia de su causa que Dios defiende! Viva la Patria! Viva la libertad! Viva la Independencia!"

Bueno, en esta ocasión no se trata de rememorar la historia de nuestra nación tan llena de contradicciones y actos heroicos, de injusticias y proezas. Quiero únicamente relatar la forma cómo he celebrado estas fiestas a lo largo de mi vida.

Cuando aún era pequeño, mi padre trajo nuestra primera tv en blanco y negro.  Por alguna razón lo primero que pudimos ver fue un desfile militar en Lima, al parecer por Fiestas Patrias. Era aún época de la dictadura militar, y la ceremonia era netamente castrense, y el fervor patriótico era muy marcado. La imagen en la pequeña pantalla, borrosa y con un sonido chirriante permanente debido a la mala señal, a quedado grabada para siempre mi memoria.

Ya en la escuela primaria, aprendí a entonar las sagradas notas de nuestro Himno Nacional, con los izamientos de la Bandera los Lunes a primera hora. Luego, con nuestra Señorita Hortensia, rezábamos el Padre Nuestro antes de iniciar las clases. Ella era muy devota, tanto que en Octubre se vestía con su hábito morado en honor al Señor de Los Milagros. Pero también en las fechas del aniversario patrio tenia que aprender un poema a la Patria, a la Bandera, y tenía que recitarlo en plena formación general. Eran épocas cuando entonábamos el Himno Nacional con la mano al pecho y en competencia a ver quien lo cantaba más fuerte. No recuerdo si alguna vez desfilamos en la Plaza de Armas, pero dentro del colegio si, y en muchas ocasiones.

La ciudad de Huaraz celebra su aniversario el 25 de Julio, y para esa ocasión desde mucho tiempo atrás se celebran en la ciudad eventos locales donde los colegios de la zona compiten por los premios. Y el premio mayor era el gallardete de la ciudad que se entregaba en el desfile general por aniversario de la ciudad. Luego, en el desfile de Fiestas Patrias el colegio ganador orgulloso portaba el gallardete ganado.

Mi Colegio, La Gran Unidad Escolar Mariscal Toribio de Luzuriaga, era el mejor colegio de Huaraz de su época, y con nosotros competían otros colegios de la ciudad: La Libertad, nuestros enemigos acérrimos,  y Santa Rosa, colegio de mujeres guiado por religiosas.

En la época de mi primaria no tuve mucha participación en estas contiendas, pero ya en secundaria las cosas cambiaron. Estando en tercero de secundaria empezó mi participación en las marchas. Pero en cuarto de secundaria la cosa se hizo sería.

Teníamos como objetivo superar a nuestros archi enemigos, los del Colegio La Libertad,  a quienes despectivamente llamábamos "lapacos ". Qué significaba eso? Ni idea, pero ellos odiaban que así los llamáramos; puedo dar fe de ésto ya que mis primos, hijos de la hermana de mi mamá, estudiaron ahí. Ellos a nosotros nos llamaban "chancafierros", en alusión a los talleres de mecánica, fundición y otros que había en el colegio, donde los alumnos de nuestro colegio "chancábamos" fierros.

No recuerdo muy bien si ganamos o perdimos el gallardete de la ciudad en ese año, pero si recuerdo claramente el quinto de secundaria, mi ultimo año de colegio y mi participación en los eventos de celebración por el aniversario de Huaraz y por Fiestas Patrias.

Fui parte de la escolta, y tuvimos a un policía como instructor pre militar. Salíamos a correr de madrugada, cantando a viva voz cánticos militares y "haciendo bulla" para no pasar desapercibidos. Ya para esa época nuestro colegio tenia una espectacular banda de música, con las chicas de las panderetas que eran el distintivo de nuestra fenomenal banda y de hecho, las que se llevaban los aplausos y las miradas de toda la concurrencia.

Nos preparamos a consciencia, entrenamos hasta la perfección. Fue la primera vez que alineamos a las escoltas femeninas y masculinas hombro a hombro, mostramos una marcialidad y vigor tal, que logramos opacar al resto. El bosque de gallardetes y los batallones bien alineados cumplieron con su parte. Demás está decir que la lluvia de pica pica y los aplausos y hurras que acompañaban a nuestro paso hizo que la balanza se inclinara a nuestro favor. Y es que éramos tantos alumnos en el colegio, que fácilmente todo el público eran alumnos que no marchaban, familiares y amigos que podían ensordecer con sus gritos y aplausos a cualquiera.

Ganamos, por supuesto. 

Y luego marchamos por el Aniversario Patrio portando orgullosos el gallardete ganado. O era un estandarte? Hmm, bueno, mil disculpas por las impresiciones y olvidos.

Fueron buenas épocas en el colegio, entonábamos el Himno Nacional a viva voz, y a mi me tocaba estar en la escolta. Inolvidable.

Luego me tocó partir al extranjero, a Rusia para mis estudios universitarios. Y, si bien allá no hay desfiles ni concursos entre colegios,  las Fiestas Patrias se viven de otra manera.

Estando lejos del terruño, la emoción al escuchar las sagradas notas de Nuestro Himno Nacional emocionan hasta al mas duro, pudiendo llegar hasta las lágrimas. Pero no es sólo eso, sino también existía la costumbre de presentar una actuación con todos los connacionales en un auditorio de la ciudad. Una especie de recibimiento para todos los demás estudiantes y los rusos, donde mostrábamos la historia, costumbres y creencias de nuestro pueblo, pero donde la cereza del plato era el momento de presentar las danzas características de nuestra patria. No recuerdo con exactitud en cuantos bailes he participado. Valicha,  huayno,  tuntuna, polca, vals limeño,  etc.  A veces era suficiente escuchar el Cóndor Pasa o el Adiós pueblo de Ayacucho, para emocionarnos hasta los huesos. Estando lejos de la casa es cuando mas valoras a tu Patria, y a tu gente, a tus comidas, sobre todo eso, la rica cocina peruana que no tiene parangón en sitio cualquiera.

Luego de retornar a casa, habiendo ya terminado mis estudios, me tocó hacer el Serums en el ejército. Ahí pude vivir el orgullo y el amor a la patria desde otro nivel. El respeto por los símbolos patrios es totalmente diferente. Se canta el himno no sólo con amor, sino con orgullo y mucho respeto. Tuve la oportunidad de hacer de "jefe de línea" en un acto castrense. Tuve también que desfilar a paso marcial  uniformado y con fusil en mano. Siendo en la época del conflicto con el Ecuador de 1995, cuando luego de haber retornado a mi cuartel, el entonar el Himno Nacional, frente a nuestro Pabellón Nacional, me emocionó hasta las lágrimas.

Hasta ahora me emociono con la Marcha de Banderas, y con nuestro Himno Nacional. Imagino a nuestros héroes nacionales, Grau,  Cáceres. También recuerdo a esos héroes anónimos que entregaron su vida por un país que muchas veces les dio la espalda. Yo tuve la oportunidad de ver a muchos, casi niños, que peleaban, se desagradan y morían por su Patria. Y después son ninguneados y vapuleados luego de haber literalmente sangrado defendiendo algo que muy pocos entienden: la Patria.
Lo seguiré haciendo, recordando todos y cada unos de esos memorables momentos, tratando de inculcar en los míos el amor por nuestro país y el orgullo de haber nacido en esta hermosa tierra del sol, cuna de los Incas señoriales, de los Chancas orgullosos, de los guerreros invencibles que prefirieron morir antes de ver rendida a su amada patria. Cuna de sabios, poetas, cantores y santos. Cuna del Huaynito, la valicha, la marinera y el festejo peruano. Lugar hermoso incomparable, con hermosas playas, majestuosos nevados y encantadora selva. Tierra de la papa, el pisco y el cebiche. 

Si, señores, tengo el orgullo de ser peruano.
Viva el Perú, carajo!!!

sábado, 25 de julio de 2015

Vamos a Lima

- Apúrate! Cuidado con esas maletas.
- Tenemos que acomodarnos bien, ya que el viaje será largo.
-  Quien irá adelante? Pregunta el chofer.
- Iré yo. Responde mi padre.
- Pero señor, usted ocupará mucho espacio y será difícil encontrar a una persona que viaje a su lado. Apunta el chofer con un ligero fastidio.
- No se preocupe, verá que encontraremos a alguien adecuado. Dice mi mamá con un tono que no admite un no por respuesta. Eso es algo que siempre le ha caracterizado.

Ya con todas las maletas en la cajuela y en el techo, el chofer apunta:

- Suban de una vez, tenemos que ir al paradero a ver si conseguimos el pasajero que falta.
- Señor chofer, acá en la parte posterior podría viajar una persona más. Eso sí, debería ser bastante delgada. Dice mi madre.

Ya en el paradero la diosa fortuna nos acompaña, y encontramos a una joven pareja que busca transporte para viajar. Ella es delgada, y él no es voluminoso, así que encajan a la perfección en los lugares que quedaban.

Entonces, alas y buen viento. El viejo auto lentamente empieza su travesía con destino a la ciudad capital, Lima.

En aquella época, siendo yo aún un niño pequeño, antes de ir a la escuela, los viajes de Huaraz a Lima se hacían en autos conocidos como "lanchones ". Eran tan anchos y largos, que al lado del chofer podían ir dos personas cómodamente sentadas, y en la fila de atrás hasta cinco sin incomodarse.
Tenían una cajuela tan grande, que fácilmente podían albergar varias maletas, pero además tenían una parrilla en su techo donde con gran pericia podían acomodar hasta dos hileras de maletas.

Ahora, donde iba el combustible, ni idea. El asunto es que llegábamos a Lima, molidos y cansados, pero llegábamos.

El primer tramo, la subida hacia Conococha, por la carretera que iba en la ribera del río Santa, lo hacíamos de día, en horas de la mañana. En épocas de mi niñez no estaba asfaltada, y la parada en Catac era obligatoria.

El calor matinal debido a nuestro sol serrano,  las ventanas cerradas para evitar el polvo, con la consecuente acumulación de olores y hedores, las sacudidas y curvas, hacían que las náuseas se apoderaran de todos, y pidiesen al chofer detenerse un instante para vaciar nuestro desayuno por una vía ni fisiológica ni agradable.

Fui la primera víctima. La emoción del viaje fue rápidamente sustituida por un deseo enorme de eliminar todas las tripas por la boca y narices. Es cierto, no fue nada agradable vomitar al costado de la carretera al lado del auto, peor aún con todos impacientes, pues el tiempo en un viaje es apremiante. Pero la sensación de paz y tranquilidad después de ésto era tal, que me quedé dormido plácidamente hasta llegar a Conococha, donde bajamos y comimos truchas fritas. Hmm, que delicia!

Bueno, no duró mucho tiempo. Se imaginarán que la bajada de Conococha tenia tantas o más curvas que la subida, y los mareos y náuseas se apoderaron nuevamente de nosotros. Creo que a este respecto no son necesarios más detalles.

Hasta llegar a Chasquitambo,  otra parada obligatoria, y descanso, y a comer de nuevo. Para qué comía? Igual el resultado final siempre era el mismo, pero como buen cholo me empujaba toda la comida que me presentaban. Además mi mamá siempre decía: "Plato limpio!".

Después el viaje era de noche. Supongo que más lento, supongo que el chofer dormía en algún lugar. El hecho es que escuchaba o sentía las paradas en Pativilca y Barranca entre sueños.

Al amanecer nos recibía una larga fila de palmeras, al costado de una interminable fila de cañas en las chacras del lado derecho. Luego, por la ventana de la izquierda, se podía ver el mar. La playa, que emoción. No imagino mi cara de emoción y asombro al ver por vez primera las olas espumantes golpear la arena y la inmensa vastedad del océano. Recuerdo que pensé que era infinito. Y el calor, que hacía que el sudor cubriese mi frente, la neblina y la humedad, los olores del mar.

Todo era nuevo, extraño y emocionante.

Lima, el lugar de los buses grises con un tubo de escape elevado por donde emanaba una estela oscura de humo negro. La playa, con esa arena que se metía por todas partes, el agua salada que lastimada los ojos y la piel, además de las obligadas quemaduras por insolación, lo que te dejaba un recuerdo doloroso de la tarde playera. El parque de las leyendas, los animales, de la costa, sierra y selva, además de los leones, la jirafa y el elefante; las golosinas y los pequeños juguetes. Y de la televisión, con Popeye el marino, y su eterna novia Olivia. El paseo obligado a la plaza de armas y el Jirón de la Unión. El mercado central, y el barrio chino.

Así fue mi primer viaje a Lima en nuestras vacaciones de verano. Por lo menos así lo recuerdo.

domingo, 12 de julio de 2015

Ingresé, Papi, ingresé!!

- Ingresé, Papi, ingresé!!

Me abrazas, me besas, te cuelgas de mi cuello, mientras me muestras en tu celular una imagen que se me antoja borrosa, pero que no admite dudas: ADMITIDO.  Por un momento el asiento del bus que compartimos se convierte en una carroza que nos lleva al cielo, y nos sentimos los seres mas dichosos de este planeta.

Han pasado 17 años desde el memorable día en que te tuve por primera vez en mis manos. Era una sensación nueva y extraña el poder cargarte, el sentir el calor de tu cuerpecito, que se me antojaba muy pequeño y frágil, pero vigoroso y saludable. Es indescriptible ese cúmulo de emociones y sensaciones que invadieron mi cuerpo y mi alma en ese dichoso momento. Y no iba a ser el primero.

Me regalaste un momento inolvidable cuando un día de aquellos, al estar llegando a casa, oí tu llanto desde afuera, y al llegar corriendo al cuarto, vi como tu mamá batallaba contigo al intentar cambiarte los pañales. La aparté, no se qué me dijo ella, pero si recuerdo claramente lo que me dijiste: "Agú, agú". Apenas te había cogido, dejaste de llorar y me diste las quejas. Tenías unos días de nacida. Bueno, está demás recordar que ya nos comunicábamos cuando aún estabas en el vientre de tu madre. Pero en ese momento confirmé que éramos el uno para el otro, y que no existiría ninguna fuerza capaz que pudiese romper ese lazo.

Y me equivoqué. Como olvidar tu rostro pegado a la ventana del bus inter provincial, y tu mirada de interrogante, al ver que el bus partía y yo me quedaba afuera. Si, fue uno de los momentos más difíciles que nos tocó vivir, cuando nos separaron. No sé que mas pasó, las lagrimas nublaron mi vista, mis recuerdos son tan dolorosos que hasta ahora lastiman. Pero no iba a ser lo peor, no nos imaginábamos siquiera lo que el destino nos tenía deparados.

Es difícil recordar lo que después nos tocó vivir. Separados, lastimados. Tú mas que cualquiera. "No te quiere" "Te ha abandonado" Eran frases que yo mismo oí que te decían, y lo hicieron y seguirán haciendo por toda la eternidad. Nunca olvidaré nuestro momento a solas en tu colegio. Tu maestra nos dejó un rato, lloraste, lloré en silencio. Nos abrazamos después de mucho tiempo. Parecía que nada estaría bien, Parecía que el mundo se iba a acabar, que nunca más nos tendríamos el uno para el otro. Fue el período más difícil, pero sobrevivimos.

Pero en toda esa penumbra, hubieron momentos que nos alegraron por unos instantes. Como nuestro "Tiempo de Vals", bailando en tus dos fiestas. O mi corbata y terno negro en tu primera comunión. Hacía una calor de los mil demonios, y yo estaba con saco y corbata. Y tú, eras feliz. Ningún otro padre estaba vestido como yo. Nadie estaba así de loco. O nuestro viaje, y la tarde en la playa, y nuestro comer un pollo en un taper en el terminal terrestre, pues nos quedamos sin un sol, y esto literalmente, pues solo tenía cincuenta céntimos.Y nuestras interminables charlas: Yo, dándote mil consejos, tú, dándome la razón y reclamando a tu papi que no está.

Me derrumbé al ver tu carita de frustración cuando no ingresaste en esa primera posibilidad, estando aún en el colegio. No te imaginas siquiera lo difícil que ha sido esta agonía, cuando te recogí y nos fuimos a caminar, tratando de desestresarnos. Teníamos que mostrarnos fuertes, esa ha sido siempre nuestra divisa, y así lo hemos hecho. Nos dábamos aliento, mutuamente. Y ya estábamos por claudicar, ya que el tiempo se nos iba, no podía quedarme más, y sucedió.

- Ingresé, Papi, ingresé!!
- Te amo, Bebé preciosa!!

No sabes lo que se siente, no lo sabes porque aún no tienes hijos. Es cierto, ahora te embarga una emoción y una satisfacción enormes, pues es un logro enorme el que has logrado. Es una paso enorme, pues ya dejaste la escuela, el colegio, el nido, el kinder, y ya eres universitaria. Ya estás en las ligas mayores, estás a un paso de lograr tu profesión y de ser Independiente. Es cierto, es una sensación indescriptible. Es unas ganas enormes de gritar, de gritárselo al mundo entero: Si pude, carajo!! Y de escupírselo a aquellos que osaron dudar de ti, que siquiera pensaron o insinuaron que no podrías, que renunciarías, que te quebrarías, y que no darías la talla suficiente: si pude, carajo, si pude!!

Pero mi emoción, hijita linda, es diferente. No tengo palabras para describirlo. Para mí sigues siendo esa pequeña que tuve en mis brazos, esa nena que se quejaba sin poder hablar, esa niña pequeña que bailaba el "Tiempo de vals". Seguirás siendo mi BB preciosa, y por eso y mucho más, estoy feliz, más feliz que nunca, ya que mi nena se está haciendo cada vez mas grande.

Te quiero, estoy muy orgulloso de ti, de todo lo que has logrado. Así que, adelante! El mundo es tuyo, y está esperando por ti, para que lo tomes con ambas manos. Y a pesar de lo que te digan, a pesar del tiempo y la distancia, de los tropiezos y sinsabores, de lo bueno y lo malo, pase lo que pase, te guste o no, siempre estaré a tu lado.

miércoles, 15 de abril de 2015

Bajo el puente.

Normalmente escribo sobre mis memorias, tratando de relatar todo lo acontecido de lo que tengo recuerdo. Pero, dadas las circunstancias, y a pedido de mis lectores, que valgan verdades son muy pocos, voy a relatar un hecho sobre mi vida del cual no tengo recuerdo alguno. Me guiaré por todo lo contado por padres, tíos, amigos y familiares, tratando de ser fiel y coherente con lo sucedido en el relato.

Eran los años setenta, en un Huaraz golpeado por un duro terremoto, que había destruido prácticamente la ciudad entera. Como muchas de las familias de ese entonces, lo habíamos perdido todo. Por alguna razón del destino, la casa de mis tíos se había mantenido en pie, sin daños sustanciales, y, cogiendo las carpas y los enseres que lograron rescatar del sismo, mis padres con nosotros, sus hijos, nos mudamos a la casa de los tíos. Nos dieron cobijo, y desde ese momento ahí vivimos. Era una casa enorme, rodeada por chacras y por dos acequias, que la hacían un lugar único para juegos y diversión. Nosotros éramos pequeños, a lo sumo yo tendría tres años de edad, mi hermana mayor cinco, y teníamos varios primos. La puerta de entrada a todo el terreno se encontraba cruzando un puente pequeño a través de la acequia de enfrente. Esta acequia se iniciaba desde el río Paria, y se dirigía hacia un viejo molino y hacia la piscicultura, lugar donde desde algún tiempo se criaban truchas para el consumo.

Jugábamos todo el día, éramos pequeños. De alguna manera fui a dar al agua, y la corriente me arrastró con dirección al molino, pasando yo bajo las paletas del mismo y cayendo a las aguas que desembocan al río.

Un muchacho que por ahí estaba, que luego resultó ser el hijo de mi Señorita Hortensia, mi maestra de la escuela primaria, me vio flotar, y me sacó del agua para colocarme a la ribera. Según lo que sé, yo no respiraba, y él me dio por muerto.

En la casa los demás niños habían dado la alarma general, y mi abuelo, cuando no mi abuelo, había salido en mi búsqueda siguiendo la corriente, y fue él, quién me recogió del suelo. En su desesperación, y guiándose de algún vago conocimiento, trató de ponerme cabeza abajo para que el agua saliera de mis pulmones, trató de resucitarme con el poco conocimiento que tenía, trató de rescatarme de las garras de la muerte que reclamaban su parte.

Me llevaron al hospital, y tuve la suerte de encontrar dos circunstancias únicas: primero, una tía lejana, trabajaba ahí, y armó un alboroto enorme diciendo que era su hijo quien se ahogaba, que por favor la ayuden, que tengan compasión. Segundo, un equipo de médicos argentinos con todos sus aparatos aún se habían quedado no se por qué razones, habían llegado como ayuda para el terremoto, como tantos  otros equipos médicos que habían a Huaraz venido, pero a diferencia del resto, aún no se habían ido.

Me atendieron, me estabilizaron, me cosieron, mis heridas curaron, me intubaron, el agua de los pulmones drenaron, me salvaron.

Cuanto tiempo pasé hospitalizado, no lo sé. Una cosa es segura, eran mi padre y mi abuelo quienes se turnaban para cuidarme. Y se que no se movieron hasta que pude recuperarme.

Dicen mis familiares que cuando ya estaba despierto, me presentaron muchos juguetes, pero que yo evité a los que representaban a perros, y de ahí la conclusión que fue un perro el que me empujó al río. Aunque dice mi hermana y algunos primos, que fue que quería sacar agua con un balde, y que fue por eso que caí al agua. Eso ya nunca lo sabré con exactitud.

Mi madre dice que quedé desfigurado, con media cara despellejado. Y también la mitad del cuero cabelludo había perdido. Le dijeron, agradezca que está vivo. Pero eso si, será calvo.
Y si logra tener algún desarrollo mental será un milagro, ya que después de esta tragedia por lo menos que hable ya es algo.

Me dieron vitaminas, muchas proteínas, alimentación balanceada y lograron que me mimara.
Los doctores dijeron que sería intratable, que mi cordura y conducta serían irrefrenables. Que sería un milagro que lograse algo en la vida, pues que siga vivo era ya bastante.

Pero lo que no contaron los sabios médicos es que para toda la ciencia humana habida y por haber hay una gran medicina que aún no logra superar el saber. Y esa medicina es el amor.

Siempre tuve el amor en mi vida, desde niño fui muy querido, aceptado y engreído, pero también disciplinado, vaya usted a ver, que se nos descarría el pequeño.

Y fueron mis padres, mis familiares y sobre todo mi gran abuelo, quienes lograron que a la postre, no me quedara en un Don Nadie.
Gracias a la vida por todo aquello, no soy calvo ni ignorante y sigo vivo, no quedé desfigurado ni tampoco soy un taimado. En mi vida siempre han estado, aquellos que de verdad me han amado.
Por cierto, desde esa época me conocían por Moisés, salvado de las aguas. Aunque en la casa me llamaban Pepe, en el colegio mi Señorita Hortensia me llamó Calolo, los amigos del colegio me decían Lancha, en la universidad fui el Tío, también el Chino, y tantos otros sobrenombres que ahora no recuerdo.

Señores, he cumplido, mi viaje por las aguas he relatado. Por cierto, lo había olvidado, mi madre adoraba mi pelo, que me lo dejaba largo, y en la frente aún tengo, las cicatrices para el recuerdo.




domingo, 12 de abril de 2015

El pozo embrujado.

Tenía yo entre cinco y seis años.

Por alguna razón estábamos en Ica, de paseo quizá, no lo recuerdo con exactitud, pero algo es claro, con mi Padre y mi hermana mayor, nos embarcamos en un viaje con dirección a la tierra de mis abuelos paternos: Santiago de Chocorvos, Huancavelica.

Y a la mítica tierra de Sauranja, donde había nacido mi padre y donde por esas épocas aún vivían mis abuelos.

Había escuchado a mi padre mil veces hablar de Sauranja, de sus fiestas, de la casa de los abuelos. Y había bailado con él, tantas veces mas, el carnaval de Santiago, haciendo ademanes y muecas, para imitar a los pasos de mi padre, y de los danzarines imaginarios.

Mi abuela y mi madre disfrutaban de mi escena, y entre bromas y cantos, yo decía que había nacido en Sauranja, la tierra de mis abuelos paternos.

Nos subimos al viejo camión de madera, en los asientos delanteros al lado del chofer, mi hermana, mi padre y yo, con vista preferencial y panorámica. Detrás de nosotros habían dos filas de pasajeros, todos apiñados en unos asientos pequeños e incómodos, pero igual eran afortunados, ya que el resto viajaba en la tolva del camión, a la intemperie, junto con la carga y el ganado.

Partimos de mañana, con la carga de víveres y personas con destino a la ciudad de Santiago.

Fue un viaje lento y cansado. El viejo camión de madera se movía lentamente entre desfiladeros y peñascos, por unos caminos de trocha que estaban adornados de cruces por todos lados. restos de camiones accidentados, llantas por aquí, pedazos de lata oxidada por allá, eran recordatorios permanentes que la muerte acechaba a todos los viajeros.

Hicimos una parada en un pequeño pueblo, donde tomamos algunos alimentos, bebimos agua de un viejo pozo, desde donde sacaron el líquido elemento con un balde oxidado, y proseguimos la ruta de noche, a través de la cuenca seca de un río. Felizmente estábamos dormidos.

Llegamos de madrugada. Era todo un acontecimiento la llegada del camión a Santiago. La gente del pueblo nos recibió con gran algarabía. Pensé que se alegraban por nuestra llegada, solamente después supe que iban a abastecerse de los productos que en camión los comerciantes traían, sobre todo de pan, que en la ciudad no se preparaban no se por que motivo todavía.

Nuestro desayuno: papa, queso, cancha. Nos alojamos en una casa de un solo cuarto cercana a la plaza de armas de la ciudad, y ahí encontramos al hermano de mi padre y mi pequeña prima. Horas después estábamos camino cerro arriba, cruzando el río, a la casa de mis abuelos.

Acompañados por un viejo guía, una acémila y muchas ganas, marchamos con grandes bríos desafiando a la altura y al sol quemante. 
- Falta mucho todavía? Preguntábamos a cada instante.
- Aquisito nomas. Nos respondía el guía de buen talante.
- Falta mucho todavía? Insistíamos con voz cansada y quejumbrosa.
- Una curvita más y habremos llegado. Otra vez el guía que sonreía.

Llegamos cerca del mediodía. La abuela, menudita ella, nos recibió con papa, queso, cancha. Creo que ya habíamos desayunado eso?. Lo que no imaginaba era  que ese sería nuestro desayuno por todo el tiempo que ahí estuviésemos. Vaya dieta, que por cierto, incluía leche de vaca todos los días.

La casa se encontraba pegada al cerro, al lado del camino de trocha y del arroyo que lo recorría. De tal forma ubicada que el segundo piso, donde se encontraban los dormitorios, tenía conexión directa al cerro y a la calle. Osea, podías ingresar al segundo piso a través de las escaleras desde el primer piso, o desde la calle bordeando la casa.

La ventana principal, daba un a un paisaje hermoso que abarcaba casi todas las chacras del abuelo, construida en andenes al estilo antiguo, en lo más profundo de la quebrada, el río formaba un pozo ruidoso, que con la lluvias su bulla aumentaba.

Contaba mi padre que en ese pozo aprendió a nadar cuando pequeño, también que era lugar de diversión y de juegos. Pero alguien más, no se si mi padre, mi abuela, algún familiar o el abuelo, nos contó una historia tenebrosa sobre el pozo en lo profundo de la quebrada.

No recuerdo con exactitud la historia, pero dicen que eran tiempos difíciles para el pueblo cuando sucedió el relato, y una persona con el diablo hizo un trato, para poder salir de la pobreza y la miseria, su alma ofreció a cambio de tesoros. No se si dinero, oro, o algún otro beneficio, pero si se que luego no quiso pagar por el servicio.

El diablo se convirtió entonces en un gran toro, que con cuernos dorados vino a castigar al deudor y a todo el entorno. Empezó a destruir el toro todo, campos, casas, personas, ganado. La gente toda se ha asustado. Consigue el hombre una gran cadena de oro, y con gran fuerza y trabajo de las astas sujeta al toro. Ambos caen al barranco en titánica lucha, y con la fuerza de la caída en el río crean un gran hoyo, que al instante es tapado por las aguas, donde los dos para toda la eternidad quedan atorados.

Aún ahora, cuando el caudal de aguas aumenta, se puede oír un ruido ensordecedor desde lo profundo del pozo, es el toro que aún lucha contra las cadenas, para salir nuevamente libre y causar destrozos.

Quedamos un poco asustados al oír el relato. Mi hermana y yo, cuando empezó la lluvia, pudimos comprobar que el pozo rugía, con tal fuerza y tanta melodía, que parecía el bramido de un toro bravo encadenado. Creo que hasta dormimos abrazados.

Pero, a la mañana siguiente, sin mediar ni padre ni abuelos ni tíos, mi hermana me dijo:
- Vayamos un rato, busquemos al toro del relato.
Yo era un niño obediente desde pequeño, así que seguí a mi hermana en su empeño.
Sin muchas dificultades, pues eramos niños, dando saltos y brincos llegamos al pozo. Tiramos algunas piedras al agua, y esperamos un rato. Ni toro, ni cadenas, ni oro observamos en las aguas de aquel pozo encantado.

- Que hacen solos acá, insensatos?!
No recuerdo si fue mi padre, mi tío, mi abuelo, o los tres juntos. Nos recogieron de la orilla del pozo, y a la seguridad de la casa nos devolvieron. 
- No hay toro. Dijo mi hermana, eso creo. Pero eso sí, no dejaron que regresáramos solos al pozo de nuevo.

Tarde de lluvia de nuevo. Hemos comido, jugado y casi toda la tierra de los abuelos recorrido. Miramos por la ventana del segundo piso como la lluvia cae en Sauranja. De pronto, mi hermana nota que los sapos han salido al camino que pasa frente a la casa, y cual procesión, se dirigen todas en una sola dirección cerro arriba.
- Que hacen? Pregunta mi hermana sorprendida.
- Van a adorar a la luna en la cima del cerro. Responde mi abuela.

La sierra peruana es lo mas hermoso que han visto mis ojos. Cielo azul, campos verdes, cerros y montañas, ríos y quebradas. Pero la mayor belleza lo tiene su gente y sus costumbres, sus mitos y leyendas, sus canciones y sus danzas.

Yo nací en Huaraz, ciudad enclavada en el hermoso callejón de Huaylas, pero mis raíces se extienden a las tierras de Sauranja, de míticos y feroces guerreros Chancas, de Pozos embrujados y de sapos que van al cerro a adorar a la Diosa Luna.

miércoles, 1 de abril de 2015

Ya terminas?

- Ya terminas, papi?
- Eh. Si mi amor, Unos minutos mas y acabo. Me esperas afuera un ratito mas?
- Si papi!

Apenas tenías cerca de tres años, meses mas, meses menos. Hablabas como una adulta, desde antes de caminar, y te llevábamos al hospital, pues en casa no había con quien te quedaras. Habías venido de visita, o a quedarte por algunos meses, ya que con tu mamá vivían lejos. Pero estabas ahí, en el pequeño hospital donde trabajaba.

En esa época era un mil oficios de la medicina.

Atendía partos, hacía cesáreas, colocaba anestesia y reanimaba tanto a recién nacidos como a adultos recién fallecidos, operaba y atendía en la consulta, hacía ecografías y hasta radiografías. Hacía de pediatra, cirujano, ginecólogo, anestesiólogo, traumatólogo, internista, psicólogo, epidemiólogo, administrador, consejero, etc, etc.

Era nuestro pequeño mundo en un hospital alejado y olvidado, donde de nuestras manos y nuestra habilidad dependía si una persona enferma vivía o moría. Mi máxima hazaña a sido intubar a un bebé prematuro, y lograr que sobreviva. Pero esta es otra historia.

Nuestra sala de operaciones, a pesar de todas las limitaciones, contaba ya en esa época con las condiciones necesarias para garantizar una intervención quirúrgica libre de contaminantes y con bajo riesgo a infectarse. Logramos convertirla en un lugar aséptico, para disminuir las infecciones pos operatorias.  

Ese día estaba realizando una cesárea. Todo bien, los pasos a la perfección, y cuando retiro al bebe del útero materno para limpiarlo y cortar el cordón umbilical, levanto la mirada y noto la presencia de mi pequeña princesa en la puerta de la sala de operaciones, parada, observando atentamente lo que estoy haciendo.

- Ya terminas, papi?
- Eh. Si mi amor, Unos minutos mas y acabo. Me esperas afuera un ratito mas?
- Si papi!

Salió corriendo, como festejando una travesura más de su jornada. Apenas pude notar que se había ido, pegué un gruñido que más pareció un grito de disgusto:

- Quien?! Quién y cómo la dejaron entrar?! 

Todos me miraron un segundo estupefactos. Silencio total.

Continuamos la cirugía, que no tuvo contratiempos. Averigüé que te habías escabullido del cuidado de las enfermeras, a las cuales te habían encargado, por solo unos minutos. Y que regresaste como si no pasara nada.

Tuvimos que mejorar los cuidados para que nadie pueda ingresar a esas zonas restringidas, esa fue la enseñanza. Tuve que explicarte lo que yo hacía en sala de operaciones, pero al parecer no fui lo suficientemente explícito.

Un día, cuando aún tu madre estaba embarazada de tu hermano, y ya sabíamos que iba a ser varón, pues habías estado con nosotros cuando hice la ecografía, viniste con un cuchillo de mesa en la mano, y me pediste:

- Saca a mi hermanito de allí, papi. Está que se aburre!

Te adoro mi princesa, y aunque no te guste, seguirás siendo mi preciosa Bebé pequeña.