miércoles, 5 de agosto de 2015

Ajedrez

El ajedrez o juego ciencia ha sido un gran compañero en toda mi vida.

Mis inicios se dieron cuando tenía aproximadamente 10 años de edad.  En mi cumpleaños me regalaron un juego de ajedrez. Me pareció una cosa extraordinaria,  ver esas figuras extrañas, sobre todo los caballos. Quedé extasiado observando aquellas figuras, y leí con detenimiento las instrucciones del juego, y... nada, sonaba tan aburrido e incomprensible que no tardé en dejarlo de lado.

No recuerdo bien quien, si mi padre, uno de mis tíos o alguno de mis primos intentó o intentaron enseñarme este dichoso juego. No me pareció nada atractivo, pero si tedioso y hasta aburrido. 

Luego de esto, en un par de ocasiones, pude observar cómo algunos jugaban y por lo que pude apreciar se divertían. Hice algunos intentos para participar,  y obviamente con resultados desastrosos.

Hasta que un buen día, no recuerdo si mi padre o mi madre me compraron un libro, mi primer libro de ajedrez, en el cual de manera muy amena y divertida pude incursionar en este fabuloso mundo. Se relataban las historias de la invención del juego, de los reyes y famosos que lo jugaron, partidas clásicas,  los famosos gambitos, de los clásicos mate pastor y defensa siciliana, defensa de dama y ataque al Rey, las historias de míticos ajedrecistas como Lasker, Alekine, Capablanca, Fisher, Karpov. No llegaba a Kasparov, pero si se hacía mención a la gran escuela rusa. Quedé entusiasmado, tanto que casi obligué a mis padres a comprarme mas libros: de teorías de aperturas, finales, etc, etc. Fui perfeccionando poco a poco mi habilidad, y me fui entrenando, hasta que por fin pude vencer a mi padre en un juego. Después mis víctimas fueron todos en la familia, y de ahí pase a jugar con los amigos del colegio. 

Era tanto mi fanatismo, que llegué a fabricar mi propio juego de ajedrez, guiándome de un suplemento viejo de algún periódico, donde mostraban como se podía fabricar las piezas de ajedrez con unas cuantas latas, un palo de escoba, tornillos, pintura y mucha paciencia. 

Fue tanta mi fama de ajedrecista, que cuando se realizó el primer campeonato de ajedrez del colegio, todos daban por hecho que ganaría sin mucho esfuerzo, ya que no había en ese momento por lo menos en el colegio persona alguna capaz de rivalizar conmigo en este juego. Y no fue así. Yo estaba en quinto de secundaria, y el campeonato se hizo de forma relámpago: juego perdido, jugador descalificado. Quedábamos únicamente cuatro jugadores, y frente a mí con las piezas negras se sentó un chibolo de primer año, que milagrosamente había clasificado hasta ese instancia. Y me sobré. Él hizo una apertura abierta, cometiendo algunos errores ya desde el inicio de la partida. Me ganó la arrogancia,  era pan comido, empecé a mirar en derredor al público presente. Me sentía ganador, así que no le presté ya mucha atención al desarrollo del juego. Hasta que me vi perdido. Cometí varios errores consecutivos y estaba ad portas de una derrota inminente. Abandoné, para evitar la vergüenza del jaque mate. Ese chibolo, el que me ganó, resultó el campeón del torneo. Todos quedaron sorprendidos, casi boquiabiertos. Para variar, asado, me fui, sin esperar el desenlace. Había sido derrotado en el juego del que me creía invencible.  Posteriormente,  mi profesor de matemáticas, nos juntó a mi y a los finalistas. En un salón de clases, estando solos, en partidas simultaneas, los aplasté sin compasión, sin darles una sola oportunidad. Era cierto, yo era muy superior en juego, pero en ese campeonato, me ganó la soberbia, y perdí.

Pasaron los años. Viajé a Rusia para estudiar medicina humana. Ya estando allá, en Rostov del Don, tierra de los cosacos, de los legendarios Alekine,  Karpov y Kasparov,  cierto día caminaba sólo por el parque de Lenin, y me puse a observar como algunas personas jugaban ajedrez al aire libre. Habían representantes de todas las edades, desde niños hasta ancianos. Partidas super rápidas, de solo minutos, con reloj en mano; y otras eternas, donde cada movimiento se demoraba mucho, muchísimo tiempo, tanto que podía pasar un siglo hasta que uno de los jugadores mueva una pieza. Estaba absorto mirando como jugaban, sin prestar mucha atención al parque, al clima, la hora, al resto de personas que por ahí circulaban. En eso noté que había un niño, de quizá siete u ocho años, sentado solo frente a su tablero, con las piezas formadas en su lugar, esperando. Me acerqué y le pregunté si jugaba. Me dijo que si, y que si quería ser su oponente. Me causo cierta ternura, y decidí "enseñarle" algo al pequeño. Empezamos con un gambito de dama clásica, con las jugadas harto conocidas, y cuando hice mi primera "jugada maestra", es decir, según yo la jugada que me haría ganar, él me miró y me dijo: "ya perdiste". Lo miré un rato, aún en el tablero estaban prácticamente todas las piezas, apenas se había empezado el desarrollo de la partida, y él me dijo "ya perdiste". Otra vez mi soberbia pudo más, y le dije que se equivocaba, que al contrario, podría ganarle. Me insistió: "ya perdiste". Entonces le dije que me lo demuestre. Hizo una mueca desgano,  me miró con cara de aburrido y dejó que siguiera el juego. En algo de diez movimientos me dio mate. Luego me hizo retroceder, y probamos todas las alternativas, igual me daba mate. Me sentí un insecto insignificante en ese momento. Otra vez mi soberbia, otra vez un chibolo, aunque en esta ocasión era literalmente un niño el que  me hizo morder el polvo e hizo que me tragara mi soberbia. Desde ese momento, ya no quise volver a jugar. A veces jugaba con los amigos, pero ya nunca mas participé en un campeonato. Solamente jugaba para divertirme, distraerme. Y eso, muy de vez en cuando.

Ya de retorno al Perú, me tocó ir al ejército, y estando en el ejército, me tocó participar en una guerra. Mi guerra. Cuando ya se había terminado la guerra, estábamos tan flacos y desnutridos que los jefes no permitieron que regresemos así, cual espectros vivientes salidos de una película de campos de concentración nazis. Nos pusieron en "engorde": cinco comidas al día, proteínas, vitaminas,  harta harina, dulces y todo lo imaginable para ganar peso. Es en ese periodo que nos enviaron juegos de mesa, y entre ellos, un juego de ajedrez. Nuevamente se reavivaron las pasiones. Había un oficial de caballería que era el único que me ganaba. Y nuestra rivalidad hacía que jugásemos con mucha frecuencia, pues no hay nada mejor en este juego que un rival que pueda hacerte una buena partida. Jugando olvidábamos todo. Podíamos tolerar con mayor facilidad el tedio y la rutina, y así pudimos sobrellevar esos momentos tan difíciles que nos tocó vivir. Pude retomar muchas cosas aprendidas y aplicarlas,  ya no fui soberbio, creí haber encontrado nuevamente la pasión y la razón de ser de este hermoso juego.

Pero no todo tiene un final o epílogo feliz. Estando ya como médico ciudad civil en el Hospital de Pomabamba, no encontré a nadie que siquiera se interesara en el juego. Uno que otro empeñoso, pero nadie que pudiese ponerse frente a frente en un tablero y hacer una partida aceptable. A veces jugaba solo un rato, pero de a pocos lo fui dejando.

Hace algunos años atrás descubrí en internet un portal financiado por una compañía telefónica, donde podían inscribirse los estudiantes y sus padres, y podían participar de juegos en línea. Me inscribí, y estuve participando. Ya por estos años, había conseguido el famoso programa Fritz,aquel que había vencido a los grandes maestros. Y me fui nuevamente entrenando, y así estuve participando por algún tiempo. Todo iba bien, hasta que un día, me tocó jugar con un escolar de no se que parte del mundo. Me ganó. Me piqué. Pedí revancha, y lo aplasté, pero usando el Fritz (hice trampa). Me pidió revancha, y nuevamente lo aplasté, sin consideración, nuevamente usando el Fritz. Y me expulsaron. Los moderadores del portal descubrieron que usé el Fritz, y ya no me dejaron participar. Solo podía observar. No puedo dejar de sentir vergüenza por este episodio, pero así sucedió. Estaba tan fastidiado que hice trampa para poder ganar a un niño que en algún lugar del planeta estaba practicando este apasionante juego. No me expulsaron,  así que ahora solo podía participar como observador. Lamentablemente este portal dejó de ser financiado por la mencionada compañía, y fue cerrado.

Y bien, actualmente solo juego con la computadora de vez en cuando. En ocasiones participo de juegos en línea, con resultados variados. En algunas ocasiones he intentado enseñar el juego. Mi última hija es la que mas ganas le ha puesto,  pero hasta ahí he llegado. 

Espero en algún momento encontrar a algún apasionado como yo por este juego,  y poder disfrutar de una buena partida, sin lugar ni tiempo.  Y que sin importar el resultado final, se haya realizado un gran despliegue de estrategia durante la partida.

Así que:
- d2 - d4
Haz tu jugada.

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