sábado, 25 de julio de 2015

Vamos a Lima

- Apúrate! Cuidado con esas maletas.
- Tenemos que acomodarnos bien, ya que el viaje será largo.
-  Quien irá adelante? Pregunta el chofer.
- Iré yo. Responde mi padre.
- Pero señor, usted ocupará mucho espacio y será difícil encontrar a una persona que viaje a su lado. Apunta el chofer con un ligero fastidio.
- No se preocupe, verá que encontraremos a alguien adecuado. Dice mi mamá con un tono que no admite un no por respuesta. Eso es algo que siempre le ha caracterizado.

Ya con todas las maletas en la cajuela y en el techo, el chofer apunta:

- Suban de una vez, tenemos que ir al paradero a ver si conseguimos el pasajero que falta.
- Señor chofer, acá en la parte posterior podría viajar una persona más. Eso sí, debería ser bastante delgada. Dice mi madre.

Ya en el paradero la diosa fortuna nos acompaña, y encontramos a una joven pareja que busca transporte para viajar. Ella es delgada, y él no es voluminoso, así que encajan a la perfección en los lugares que quedaban.

Entonces, alas y buen viento. El viejo auto lentamente empieza su travesía con destino a la ciudad capital, Lima.

En aquella época, siendo yo aún un niño pequeño, antes de ir a la escuela, los viajes de Huaraz a Lima se hacían en autos conocidos como "lanchones ". Eran tan anchos y largos, que al lado del chofer podían ir dos personas cómodamente sentadas, y en la fila de atrás hasta cinco sin incomodarse.
Tenían una cajuela tan grande, que fácilmente podían albergar varias maletas, pero además tenían una parrilla en su techo donde con gran pericia podían acomodar hasta dos hileras de maletas.

Ahora, donde iba el combustible, ni idea. El asunto es que llegábamos a Lima, molidos y cansados, pero llegábamos.

El primer tramo, la subida hacia Conococha, por la carretera que iba en la ribera del río Santa, lo hacíamos de día, en horas de la mañana. En épocas de mi niñez no estaba asfaltada, y la parada en Catac era obligatoria.

El calor matinal debido a nuestro sol serrano,  las ventanas cerradas para evitar el polvo, con la consecuente acumulación de olores y hedores, las sacudidas y curvas, hacían que las náuseas se apoderaran de todos, y pidiesen al chofer detenerse un instante para vaciar nuestro desayuno por una vía ni fisiológica ni agradable.

Fui la primera víctima. La emoción del viaje fue rápidamente sustituida por un deseo enorme de eliminar todas las tripas por la boca y narices. Es cierto, no fue nada agradable vomitar al costado de la carretera al lado del auto, peor aún con todos impacientes, pues el tiempo en un viaje es apremiante. Pero la sensación de paz y tranquilidad después de ésto era tal, que me quedé dormido plácidamente hasta llegar a Conococha, donde bajamos y comimos truchas fritas. Hmm, que delicia!

Bueno, no duró mucho tiempo. Se imaginarán que la bajada de Conococha tenia tantas o más curvas que la subida, y los mareos y náuseas se apoderaron nuevamente de nosotros. Creo que a este respecto no son necesarios más detalles.

Hasta llegar a Chasquitambo,  otra parada obligatoria, y descanso, y a comer de nuevo. Para qué comía? Igual el resultado final siempre era el mismo, pero como buen cholo me empujaba toda la comida que me presentaban. Además mi mamá siempre decía: "Plato limpio!".

Después el viaje era de noche. Supongo que más lento, supongo que el chofer dormía en algún lugar. El hecho es que escuchaba o sentía las paradas en Pativilca y Barranca entre sueños.

Al amanecer nos recibía una larga fila de palmeras, al costado de una interminable fila de cañas en las chacras del lado derecho. Luego, por la ventana de la izquierda, se podía ver el mar. La playa, que emoción. No imagino mi cara de emoción y asombro al ver por vez primera las olas espumantes golpear la arena y la inmensa vastedad del océano. Recuerdo que pensé que era infinito. Y el calor, que hacía que el sudor cubriese mi frente, la neblina y la humedad, los olores del mar.

Todo era nuevo, extraño y emocionante.

Lima, el lugar de los buses grises con un tubo de escape elevado por donde emanaba una estela oscura de humo negro. La playa, con esa arena que se metía por todas partes, el agua salada que lastimada los ojos y la piel, además de las obligadas quemaduras por insolación, lo que te dejaba un recuerdo doloroso de la tarde playera. El parque de las leyendas, los animales, de la costa, sierra y selva, además de los leones, la jirafa y el elefante; las golosinas y los pequeños juguetes. Y de la televisión, con Popeye el marino, y su eterna novia Olivia. El paseo obligado a la plaza de armas y el Jirón de la Unión. El mercado central, y el barrio chino.

Así fue mi primer viaje a Lima en nuestras vacaciones de verano. Por lo menos así lo recuerdo.

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