miércoles, 15 de abril de 2015

Bajo el puente.

Normalmente escribo sobre mis memorias, tratando de relatar todo lo acontecido de lo que tengo recuerdo. Pero, dadas las circunstancias, y a pedido de mis lectores, que valgan verdades son muy pocos, voy a relatar un hecho sobre mi vida del cual no tengo recuerdo alguno. Me guiaré por todo lo contado por padres, tíos, amigos y familiares, tratando de ser fiel y coherente con lo sucedido en el relato.

Eran los años setenta, en un Huaraz golpeado por un duro terremoto, que había destruido prácticamente la ciudad entera. Como muchas de las familias de ese entonces, lo habíamos perdido todo. Por alguna razón del destino, la casa de mis tíos se había mantenido en pie, sin daños sustanciales, y, cogiendo las carpas y los enseres que lograron rescatar del sismo, mis padres con nosotros, sus hijos, nos mudamos a la casa de los tíos. Nos dieron cobijo, y desde ese momento ahí vivimos. Era una casa enorme, rodeada por chacras y por dos acequias, que la hacían un lugar único para juegos y diversión. Nosotros éramos pequeños, a lo sumo yo tendría tres años de edad, mi hermana mayor cinco, y teníamos varios primos. La puerta de entrada a todo el terreno se encontraba cruzando un puente pequeño a través de la acequia de enfrente. Esta acequia se iniciaba desde el río Paria, y se dirigía hacia un viejo molino y hacia la piscicultura, lugar donde desde algún tiempo se criaban truchas para el consumo.

Jugábamos todo el día, éramos pequeños. De alguna manera fui a dar al agua, y la corriente me arrastró con dirección al molino, pasando yo bajo las paletas del mismo y cayendo a las aguas que desembocan al río.

Un muchacho que por ahí estaba, que luego resultó ser el hijo de mi Señorita Hortensia, mi maestra de la escuela primaria, me vio flotar, y me sacó del agua para colocarme a la ribera. Según lo que sé, yo no respiraba, y él me dio por muerto.

En la casa los demás niños habían dado la alarma general, y mi abuelo, cuando no mi abuelo, había salido en mi búsqueda siguiendo la corriente, y fue él, quién me recogió del suelo. En su desesperación, y guiándose de algún vago conocimiento, trató de ponerme cabeza abajo para que el agua saliera de mis pulmones, trató de resucitarme con el poco conocimiento que tenía, trató de rescatarme de las garras de la muerte que reclamaban su parte.

Me llevaron al hospital, y tuve la suerte de encontrar dos circunstancias únicas: primero, una tía lejana, trabajaba ahí, y armó un alboroto enorme diciendo que era su hijo quien se ahogaba, que por favor la ayuden, que tengan compasión. Segundo, un equipo de médicos argentinos con todos sus aparatos aún se habían quedado no se por qué razones, habían llegado como ayuda para el terremoto, como tantos  otros equipos médicos que habían a Huaraz venido, pero a diferencia del resto, aún no se habían ido.

Me atendieron, me estabilizaron, me cosieron, mis heridas curaron, me intubaron, el agua de los pulmones drenaron, me salvaron.

Cuanto tiempo pasé hospitalizado, no lo sé. Una cosa es segura, eran mi padre y mi abuelo quienes se turnaban para cuidarme. Y se que no se movieron hasta que pude recuperarme.

Dicen mis familiares que cuando ya estaba despierto, me presentaron muchos juguetes, pero que yo evité a los que representaban a perros, y de ahí la conclusión que fue un perro el que me empujó al río. Aunque dice mi hermana y algunos primos, que fue que quería sacar agua con un balde, y que fue por eso que caí al agua. Eso ya nunca lo sabré con exactitud.

Mi madre dice que quedé desfigurado, con media cara despellejado. Y también la mitad del cuero cabelludo había perdido. Le dijeron, agradezca que está vivo. Pero eso si, será calvo.
Y si logra tener algún desarrollo mental será un milagro, ya que después de esta tragedia por lo menos que hable ya es algo.

Me dieron vitaminas, muchas proteínas, alimentación balanceada y lograron que me mimara.
Los doctores dijeron que sería intratable, que mi cordura y conducta serían irrefrenables. Que sería un milagro que lograse algo en la vida, pues que siga vivo era ya bastante.

Pero lo que no contaron los sabios médicos es que para toda la ciencia humana habida y por haber hay una gran medicina que aún no logra superar el saber. Y esa medicina es el amor.

Siempre tuve el amor en mi vida, desde niño fui muy querido, aceptado y engreído, pero también disciplinado, vaya usted a ver, que se nos descarría el pequeño.

Y fueron mis padres, mis familiares y sobre todo mi gran abuelo, quienes lograron que a la postre, no me quedara en un Don Nadie.
Gracias a la vida por todo aquello, no soy calvo ni ignorante y sigo vivo, no quedé desfigurado ni tampoco soy un taimado. En mi vida siempre han estado, aquellos que de verdad me han amado.
Por cierto, desde esa época me conocían por Moisés, salvado de las aguas. Aunque en la casa me llamaban Pepe, en el colegio mi Señorita Hortensia me llamó Calolo, los amigos del colegio me decían Lancha, en la universidad fui el Tío, también el Chino, y tantos otros sobrenombres que ahora no recuerdo.

Señores, he cumplido, mi viaje por las aguas he relatado. Por cierto, lo había olvidado, mi madre adoraba mi pelo, que me lo dejaba largo, y en la frente aún tengo, las cicatrices para el recuerdo.




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