domingo, 12 de abril de 2015

El pozo embrujado.

Tenía yo entre cinco y seis años.

Por alguna razón estábamos en Ica, de paseo quizá, no lo recuerdo con exactitud, pero algo es claro, con mi Padre y mi hermana mayor, nos embarcamos en un viaje con dirección a la tierra de mis abuelos paternos: Santiago de Chocorvos, Huancavelica.

Y a la mítica tierra de Sauranja, donde había nacido mi padre y donde por esas épocas aún vivían mis abuelos.

Había escuchado a mi padre mil veces hablar de Sauranja, de sus fiestas, de la casa de los abuelos. Y había bailado con él, tantas veces mas, el carnaval de Santiago, haciendo ademanes y muecas, para imitar a los pasos de mi padre, y de los danzarines imaginarios.

Mi abuela y mi madre disfrutaban de mi escena, y entre bromas y cantos, yo decía que había nacido en Sauranja, la tierra de mis abuelos paternos.

Nos subimos al viejo camión de madera, en los asientos delanteros al lado del chofer, mi hermana, mi padre y yo, con vista preferencial y panorámica. Detrás de nosotros habían dos filas de pasajeros, todos apiñados en unos asientos pequeños e incómodos, pero igual eran afortunados, ya que el resto viajaba en la tolva del camión, a la intemperie, junto con la carga y el ganado.

Partimos de mañana, con la carga de víveres y personas con destino a la ciudad de Santiago.

Fue un viaje lento y cansado. El viejo camión de madera se movía lentamente entre desfiladeros y peñascos, por unos caminos de trocha que estaban adornados de cruces por todos lados. restos de camiones accidentados, llantas por aquí, pedazos de lata oxidada por allá, eran recordatorios permanentes que la muerte acechaba a todos los viajeros.

Hicimos una parada en un pequeño pueblo, donde tomamos algunos alimentos, bebimos agua de un viejo pozo, desde donde sacaron el líquido elemento con un balde oxidado, y proseguimos la ruta de noche, a través de la cuenca seca de un río. Felizmente estábamos dormidos.

Llegamos de madrugada. Era todo un acontecimiento la llegada del camión a Santiago. La gente del pueblo nos recibió con gran algarabía. Pensé que se alegraban por nuestra llegada, solamente después supe que iban a abastecerse de los productos que en camión los comerciantes traían, sobre todo de pan, que en la ciudad no se preparaban no se por que motivo todavía.

Nuestro desayuno: papa, queso, cancha. Nos alojamos en una casa de un solo cuarto cercana a la plaza de armas de la ciudad, y ahí encontramos al hermano de mi padre y mi pequeña prima. Horas después estábamos camino cerro arriba, cruzando el río, a la casa de mis abuelos.

Acompañados por un viejo guía, una acémila y muchas ganas, marchamos con grandes bríos desafiando a la altura y al sol quemante. 
- Falta mucho todavía? Preguntábamos a cada instante.
- Aquisito nomas. Nos respondía el guía de buen talante.
- Falta mucho todavía? Insistíamos con voz cansada y quejumbrosa.
- Una curvita más y habremos llegado. Otra vez el guía que sonreía.

Llegamos cerca del mediodía. La abuela, menudita ella, nos recibió con papa, queso, cancha. Creo que ya habíamos desayunado eso?. Lo que no imaginaba era  que ese sería nuestro desayuno por todo el tiempo que ahí estuviésemos. Vaya dieta, que por cierto, incluía leche de vaca todos los días.

La casa se encontraba pegada al cerro, al lado del camino de trocha y del arroyo que lo recorría. De tal forma ubicada que el segundo piso, donde se encontraban los dormitorios, tenía conexión directa al cerro y a la calle. Osea, podías ingresar al segundo piso a través de las escaleras desde el primer piso, o desde la calle bordeando la casa.

La ventana principal, daba un a un paisaje hermoso que abarcaba casi todas las chacras del abuelo, construida en andenes al estilo antiguo, en lo más profundo de la quebrada, el río formaba un pozo ruidoso, que con la lluvias su bulla aumentaba.

Contaba mi padre que en ese pozo aprendió a nadar cuando pequeño, también que era lugar de diversión y de juegos. Pero alguien más, no se si mi padre, mi abuela, algún familiar o el abuelo, nos contó una historia tenebrosa sobre el pozo en lo profundo de la quebrada.

No recuerdo con exactitud la historia, pero dicen que eran tiempos difíciles para el pueblo cuando sucedió el relato, y una persona con el diablo hizo un trato, para poder salir de la pobreza y la miseria, su alma ofreció a cambio de tesoros. No se si dinero, oro, o algún otro beneficio, pero si se que luego no quiso pagar por el servicio.

El diablo se convirtió entonces en un gran toro, que con cuernos dorados vino a castigar al deudor y a todo el entorno. Empezó a destruir el toro todo, campos, casas, personas, ganado. La gente toda se ha asustado. Consigue el hombre una gran cadena de oro, y con gran fuerza y trabajo de las astas sujeta al toro. Ambos caen al barranco en titánica lucha, y con la fuerza de la caída en el río crean un gran hoyo, que al instante es tapado por las aguas, donde los dos para toda la eternidad quedan atorados.

Aún ahora, cuando el caudal de aguas aumenta, se puede oír un ruido ensordecedor desde lo profundo del pozo, es el toro que aún lucha contra las cadenas, para salir nuevamente libre y causar destrozos.

Quedamos un poco asustados al oír el relato. Mi hermana y yo, cuando empezó la lluvia, pudimos comprobar que el pozo rugía, con tal fuerza y tanta melodía, que parecía el bramido de un toro bravo encadenado. Creo que hasta dormimos abrazados.

Pero, a la mañana siguiente, sin mediar ni padre ni abuelos ni tíos, mi hermana me dijo:
- Vayamos un rato, busquemos al toro del relato.
Yo era un niño obediente desde pequeño, así que seguí a mi hermana en su empeño.
Sin muchas dificultades, pues eramos niños, dando saltos y brincos llegamos al pozo. Tiramos algunas piedras al agua, y esperamos un rato. Ni toro, ni cadenas, ni oro observamos en las aguas de aquel pozo encantado.

- Que hacen solos acá, insensatos?!
No recuerdo si fue mi padre, mi tío, mi abuelo, o los tres juntos. Nos recogieron de la orilla del pozo, y a la seguridad de la casa nos devolvieron. 
- No hay toro. Dijo mi hermana, eso creo. Pero eso sí, no dejaron que regresáramos solos al pozo de nuevo.

Tarde de lluvia de nuevo. Hemos comido, jugado y casi toda la tierra de los abuelos recorrido. Miramos por la ventana del segundo piso como la lluvia cae en Sauranja. De pronto, mi hermana nota que los sapos han salido al camino que pasa frente a la casa, y cual procesión, se dirigen todas en una sola dirección cerro arriba.
- Que hacen? Pregunta mi hermana sorprendida.
- Van a adorar a la luna en la cima del cerro. Responde mi abuela.

La sierra peruana es lo mas hermoso que han visto mis ojos. Cielo azul, campos verdes, cerros y montañas, ríos y quebradas. Pero la mayor belleza lo tiene su gente y sus costumbres, sus mitos y leyendas, sus canciones y sus danzas.

Yo nací en Huaraz, ciudad enclavada en el hermoso callejón de Huaylas, pero mis raíces se extienden a las tierras de Sauranja, de míticos y feroces guerreros Chancas, de Pozos embrujados y de sapos que van al cerro a adorar a la Diosa Luna.

No hay comentarios:

Publicar un comentario