martes, 26 de enero de 2016

La playa.

En el mar, la vida es mas sabrosa. Vamos a la playa, oh, oh, oh.

Cuantas veces hemos escuchado frases conocidas como las arriba mencionadas, que nos invitan a la arena, las olas, los bikinis y el cevichito con su Inca Kola heladita.
La playa es el lugar por excelencia para divertirse y para disfrutar al aire libre del sol de verano y del agua salada y fría de nuestro hermoso océano.

La primera vez que vi el mar, debía tener entre cuatro y cinco años. Quizá menos, no recuerdo con exactitud los datos correctos.  Lo que si recuerdo es que el sol de verano era agobiante. En mi cuerpo,  acostumbrado al frío de mi clima serrano, el calor hacia estragos. Sudaba, y hasta ahora sudo profusamente al estar expuesto por algún tiempo al calor mayor de los veinte grados. Y en verano, en Lima, el calor por cierto logra valores más altos. Así que se imaginarán lo enormemente sofocado que estaba este cholito serrano sudando a cántaros en una playa capitalina.

Me parece que fue Ancón, la playa a donde llegamos. No estoy seguro de esto, como de muchas otras cosas al respecto.  Lo que si claramente recuerdo es que tenia puesto una ropa de baño roja, que era solamente una especie de truza ajustada. Sentía, al tenerla puesta, que estaba tan ajustada, que de seguro se habían equivocado de talla al comprarla. Pero bastó que se moje un poco, para ver que era demasiado grande, ya que la parte posterior estaba colgando. Recuerdo que nos metimos al agua, quizá con mi viejo, y la ola me revolcó en la arena, dejándome los ojos irritados y arena metida en la ropa de baño.

Después recuerdo que me bañaron. Pero la piel me dolía como que me clavaran mil clavos. Me había quemado. Pobre cholito serrano. Mi primera experiencia con el mar no fue muy agradable. Pero ahí no acaba la cosa.

Regresé a la playa algo más grande. Pero, como no sabia nadar, no me quedó más que chapotear en la orilla. En Huaraz hay una piscina en los baños termales de Monterrey, y ahí, en las vacaciones, habían clases de natación. Participamos con mis hermanos en alguna ocasión, pero nadar, ñangas, solo mi hermana mayor aprendió algo. El resto, apenas a patalear y a bucear un rato.

Así fue que acabé la secundaria, teniendo temor, que temor, pánico al mar y a las olas. Mi camino me llevó a la tierra de los cosacos, y ahí, Uf, gracias a Dios no hay mar ni playa, pero si hay un río. El caudaloso río Don. Y a orillas del Don, frente a la ciudad han habilitado un espacio para los veraneantes, con arena y playa. Inclusive hay "olas", cuando pasa algún gran barco carguero. En fin. Aduciendo que el agua estaba contaminada, que no valía la pena caminar tanto, y mil excusas más, evitaba ir a la dichosa playa.

Pero, en las vacaciones de verano, nos fuimos a la casa de descanso, que también se encontraba a orillas del caudaloso Don. Y, obviamente, tenía una playa! Y la mayor parte del tiempo la gente lo pasaba en ese dichoso lugar.

Además, andaba de "enamorado", tratando de seducir a una compañera de estudios.  Así que, ni modo. Tocaba ir a la playa. Y "nadar". No nadaba, me quedaba parado y caminaba en los lugares poco profundos. A veces buceaba un poco, para fintear un rato. Y así, iban pasando los días, hasta que a mi "amiga" se le ocurre una idea genial: nadar de noche a la luz de la luna. Que romántico!
Mis hormonas y mi deseo pudieron más que mis neuronas y cordura, así que acepté semejante reto. Está de más decir que a partir de las seis de la tarde cerraban la dichosa playa, y que nadar a partir de esa hora estaba terminantemente prohibido.  Pero, ah la fruta prohibida, tentación carnal y pecado. Quien no ha sucumbido alguna vez a las tentaciones por ir contra las normas y reglas establecidas?
Todo iba muy bien, estábamos "nadando", ella si nadaba, yo finteaba,  hasta que sucedió lo esperado: me quedé sin piso. La corriente me arrastró hacia un lugar mas profundo, y mis pies no tocaban el suelo. Entré en pánico. Pensé que moriría. Que en ese momento me ahogaría. Mis manos se movían en forma frenética, trataba de no tragar agua y de mantenerme a flote, mientras sentía que la corriente me iba arrastrando.

- Cálmate! Mueve lentamente tus brazos y piernas, y toma mi mano.
Era ella, que estaba cerca a mi. Me estaba rescatando.

No. No me ahogué. Pero salí, con ayuda es cierto. Y ese día, aprendí a nadar. Aprendí a respetar al agua, al río y a la naturaleza. Pero también le perdí el miedo terrible que le tenía al agua.

Después de tan bochornoso incidente, me inscribí en una de las tantas piscinas olímpicas que habían en la ciudad, para poder practicar mis habilidades de nadador. Por poco me ahogo, en una ocasión mas, al tratar de, buceando, llegar a lo más profundo de la piscina. No recuerdo con exactitud la profundidad de esta piscina, pero lo que se es que al intentar ir al fondo, sentí un gran peso que me aplastaba contra el piso; pude salir, casi sin aliento, jurando nunca mas irme hacia adentro.

Es así que aprendí a defenderme con bastante soltura en las piscinas y ríos, tanto que en alguna ocasión, tuve que salvar a un compañero mío, que media casi dos metros y pesaba por encima de cien kilos, de ahogarse en las profundas aguas del Don caudaloso. No fue una hazaña, fue una estupidez nuestra, el irnos a lugares "remotos" a orillas del gran río, para nadar y acampar. no contamos que, cuando pasó un carguero pesado por el río, creó una corriente tan fuerte, que literalmente nos arrastró hacia el centro del río. Y mi amigo, no sabia nadar. Pobre, se puso blanco de terror (era bien morenito, venezolano él).

- Coño, tío. Me ahogo, coño!
Es todo lo que alcanzó a decirme antes de hundirse en las turbias aguas del río. Pude sacarlo a flote, y luego un amigo mas nos dio una mano, y entre los dos lo arrastramos a la orilla. En fin, ese fue un día memorable. Mas aún, porque al acampar, puse mi cama sobre un hormiguero. Y a la mañana siguiente, tenía todo el cuerpo hinchado, literalmente, y rojo por las picaduras de los hormigas, que no estuvieron muy alegres que me haya recostado encima de su casa. No es muy agradable, por cierto. Pero es algo que pasa a ser inolvidable.

Después tuve algunas ocasiones memorables de ir al mar, como fue en el balneario de Sochi a orillas del mar Negro, y también en la Habana, cuando al viajar, el avión sufrió un desperfecto y tuvimos que quedarnos un día entero en Cuba. Nada extraordinario o espectacular, pero que no quería dejar de mencionar.

Ya estando de regreso al Perú, tuve la oportunidad de vivir algunos episodios con las playas que son dignos de mencionar.

Estando en el ejército, mi unidad se encontraba asentada a orillas de Marañón caudaloso, torrentoso y traicionero. En sus aguas hay de todo, así que nadar en ellas es casi un suicidio. Pero me tocó hacerlo. Un buen día, casi excepcional, en jefe del campamento, se incluyó en nuestra rutina de ejercicios vespertinos. La gimnasia básica y el trotar. Normalmente esos ejercicios los hacía solamente la tropa, con uno que otro suboficial. Los oficiales, que éramos cuatro incluyendo al jefe, solamente mirábamos, y salíamos a jugar pelota. Pero cuando el jefe se incluyó, caballero nomas, todos sin excepción nos tuvimos que alinear. Lo peor de todo, es que se puso al inicio de la fila para trotar, y nos guió con dirección a la aldea cercana de aguarunas de por ahí, cantando a viva voz los temas militares. No era para nosotros gran esfuerzo, ya que como entenderán, el jefe estaba algo oxidados, y si bien es cierto, él sudaba a cantaros por el esfuerzo, la mayoría de nosotros, por poco y caminábamos de lo lento que íbamos.

Pero ahí no acabó la cosa, el tío se alocó, y se tiró al río. Era tanta la calor que sentía, que no dudó en tirarse uniformado al agua. Obviamente, ojo al guía, todos nos lanzamos al río tras él. Él, como buen militar, nadaba a la perfección, y como el campamento se encontraba río abajo, decidió regresar a nado hasta el cuartel. La tropa, por obvias razones, nadaban como peces en el agua. Mas aún los nativos de por allá, los aguarunas, que traducido al español, se lee: hombre del agua. Así que, no faltaba más, éramos una manada de seres vestidos de verde en las aguas del caudaloso río nadando hacia su hogar. El asunto fue que, uno de los suboficiales, no nadaba ni michi, y, para fintear, se iba "caminando" cerca a la orilla, sumergido en el agua, para no pasar roche. Pero, la corriente lo arrastró.

Se desató el pandemónium,  con el sub oficial pidiendo a gritos ayuda, para no ahogarse. Fueron todos los soldados, y lo sacaron del agua. Pero, por estar de mirón, deje que la corriente me arrastrara,  y así terminé en la orilla equivocada. En fin, también tuvieron que "rescatarme",  pero usando un bote en esta ocasión. 

Luego años más tarde, he tenido la oportunidad de disfrutar del mar, del rico mar y sus olas, en más de una ocasión. Como la vez aquella, que nos fuimos de una playa a otra en un bote, y para bajar del mismo en la orilla, armamos todo un show. Hasta Mamá Libia se bañó, en las olas marinas, y el ayudante del bote, le dio una "manita" para que pueda salir. No estoy seguro de esto, pero creo que la cogió de los pelos para que no se hunda. El viejo se sacó los pantalones, las medias, los zapatos, y un poco más, en pelotas,  se lanzó al agua. Pero con tanta suerte que cayó al momento que la ola se había retirado, así que solamente se mojó los pies. El resto, nos dimos un buen chapuzon. Después nos dimos cuenta,  que para ir a la otra playa, había una calle posterior. Vaya que la hicimos linda, yendo en un bote.

En otra ocasión, perdimos a uno de los pacos. Ustedes saben quien fue. Estábamos en la playa desde temprano, y nos instalamos lejos de la orilla. Así, los muchachos jugaban con la arena en la orilla,  y cerca a nosotros habilitamos una piscina pequeña, para que puedan jugar. Iban y venían, cargando agua. Pero, conforme pasaba la mañana llegó mucha más gente, y el lugar se abarrotó. Ya no podíamos ver a los niños jugando en el agua, desde el lugar donde estábamos. Así que, hicimos dos grupos. Igual los pequeños iban y venían. Hasta que...

- Donde está? 
- En la orilla. 
- No. Debería estar con ustedes!
- No!!

Gritos desesperados. Llamando al sobrino. Nos repartimos en grupos, tratando de ubicar al extraviado. La multitud que se había congregado en la playa, a disfrutar del sol del verano, no ayudaba en nada. Nadie conocía el paradero del paco perdido. Una de mis hermanas, cogió al hermano del perdido en las manos, e inteligentemente se dirigió hacia el puesto de policía. Ahí se re encontraron los hermanos. Abrazos, llanto. Y mucho alivio para todos.

En otra ocasión, en la euforia de llegar al agua, abrasados por el calor inclemente del verano, nos lanzamos gritando y saltando al agua. Los sobrinos ya sabían nadar, uno de nosotros no. Hubo que sacarlos, pues el que no podía, se sujetó de los pequeños.

- Buuu, nos ha querido ahogar, buuu.
- Es malo, muy malo, buuu.

Bueno, cosas que pasan en la playa. Igual uno se divierte de lo lindo, en las olas, en la arena, tomando sol, o bajo una sombrilla. No hay nada parecido a una hermosa playa, con el sol poniéndose a lo lejos, con la brisa marina en la cara, y con las personas que amas a tu lado.

Deseo que todos tengan un lindo fin de semana, y que, como yo, puedan tener la posibilidad de disfrutar de una tarde de playa.

jueves, 10 de diciembre de 2015

Vamos de pesca.

Pescar. Un deporte? Un pasatiempo?  Ocio? Realmente pueden haber muchas definiciones y conceptos al respecto de esta actividad, así como de fanáticos y detractores. No me ocuparé en esta ocasión ni de los aspectos conceptuales, lingüísticos o académicos sobre este deporte. Tampoco sobre sus beneficios o perjuicios. Ni de lo uno ni lo otro.

Trataré de relatar mi tortuoso y corto paso por esta actividad, destinada principalmente a elementos del género masculino.

Mi primer encuentro con la pesca se dio en las épocas de mi niñez temprana. Mis primos, hijos de la hermana mayor de madre, y por ende mayores que yo, vivían cerca a dos ríos y a la piscicultura en Huaraz. Recuerdo muy bien la primera vez que me llevaron a la piscicultura: habían truchas de todos los tamaños, desde las más pequeñas hasta las enormes, que a nosotros se nos antojaban del tamaño de ballenas y tiburones. Si, en mi mente de niño, creía ver en el pequeño lago artificial ambientado en la parte central de la piscicultura, un enorme pez de magnitudes colosales, que a voluntad podía abandonar ese pequeño lago y vagar por ríos y mares del mundo. Es cierto, mi imaginación siempre ha sido prolija, incluso de pequeño.

Mis primos habían construido una mini piscicultura en su casa,  haciendo que el agua de una de las acequias sirva de alimentador y desagüe para la misma, siguiendo los parámetros de la original, y en ella habían puesto algunas pequeñas truchas que habían logrado cazar en el río. Era impresionante ver a esos pequeños animalitos nadar contra la corriente y mantenerse vivos, alimentándose de las migas de pan que les dábamos. Es buscando a esos pequeños peces que nos adentramos a las zonas menos accesibles del río, en búsqueda de nuestro preciado tesoro: pequeñas truchas. Pero a veces, con poca frecuencia, es cierto, veíamos una trucha de mayor tamaño escabullirse entre los peñascos y la corriente. Está de más decir que nunca pude atrapar siquiera una pequeña o minúscula trucha. Me contentaba cazando a los renacuajos, esos si abundaban en todos los charcos y acequias, incluso cerca a la casa donde vivía.

Es así que, sin haber hecho nada peculiar en el aspecto de pescar, partí a mis estudios superiores, a la tierra de los cosacos, el vodka, las matrioshkas, esperando algún día tener una caña de pescar, mi sombrero de pescador,  mis anzuelos, carnadas, redes y todos esos artilugios que solamente había visto en libros u en la tele. Soñaba con horas de silencio, frente a un lago, o sobre un bote, esperando pacientemente por mi anhelado Trofeo: un pez. Ya para esto había leído varias veces una de las obras maestras de Ernest Hemingway: el viejo y el mar. Soñaba con hacerme a la mar, en un pequeño y frágil bote, enfrentarme sólo a una criatura enorme y poderosa, sacarla a flote y luego.... Bueno, soñar no cuesta mucho, y aparentemente no estaba solo en mis sueños, pues con mis amigos de la universidad,  el círculo más cercano, los patas de juerga, parranda y de vicios, con ellos decidimos irnos de pesca.

No recuerdo la fecha exacta, pero era primavera. Fuimos en grupo a comprar las cañas de pescar: de fibra de carbono o algo por el estilo. Estaban baratas. Luego cada uno compro su carrete, el mio era para cazar tiburones creo, por el tamaño. Pero, vamos, si es pescar, hagamoslo a lo grande. Luego los anzuelos,  los flotadores, los señuelos, el nylon, etc,etc. Incluso compramos redes y los infaltables sombreros de pescador.  Estábamos completamente armados y equipados para salir a cazar ballenas y orcas, si fuese el caso. Teníamos de todo.

Un domingo de esos, ya lo teníamos todo planeado. Nos recogimos temprano el sábado, para madrugar el domingo. Ir a dormir temprano un sábado?! Es en serio?! Si, aunque parezca mentira, los reyes de las fiestas de sábados,  amos de las parrandas y juergas, esos mismos, que eran mis amigos, no yo, se fueron a dormir temprano un sábado.

Mi costumbre personal, como un aplicado y empeñoso alumno, era de guardarme temprano los fines de semana, para recuperar fuerzas y seguir con mi ardua y esmerada preparación en las aulas universitarias.  El que lo dude,  que pregunte a mis amigos.

En fin, el domingo programado nos levantamos de madrugada, cogimos nuestros equipos, materiales, implementos,  bolsas, mochilas,  sacos y un largo etcétera y, con una botella de vino para el frío, bajo el brazo, completamente armados, equipados y artillados para cazar a Moby-Dick si era necesario, con la mirada serena y la frente en alto, al paso de una melodía etérea que acompaña solamente a los valientes en su camino a una hazaña épica de trascendencia inmortal, nos encaminamos a lo más profundo del océano. Es decir, tomamos un taxi, y nos dirigimos al río. Para esto, ya nos habíamos empujado la primera botella de vino. Y estábamos embalados.

Debo puntualizar que yo no bebía, solamente una copa para acompañar, nada mas.

El río Don es, junto al Volga, uno de los ríos más grandes de Rusia, es navegable y enorme. Le da el nombre a la ciudad donde estudié: Rostov del Don, tierra de cosacos. Este enorme río es el motor de Rostov, y en el se pueden encontrar barcos enormes, que lo recorren en forma permanente. También en una de sus riberas se ha ambientado una playa, con zonas para acampar y para la recreación durante los calurosos días de verano. Ahí NO fuimos, sino al lugar especialmente diseñado para los amantes de la pesca. Ese lugar se encontraba en una especie de codo del río, donde las aguas eran mas lentas, y atrapar un pez era más probable.

Llegamos con las primeras luces del alba, y no éramos los primeros. Tuvimos que negociar un lugar, pues casi todos los mejores sitios ya estaban abarrotados. También llevamos cuchillos, para enfrentar al enemigo. Bueno, nos sirvieron para escarbar en el barro y conseguir algunos gusanos para armar los anzuelos. Era de comedia vernos pelear con el nylon enredado, los anzuelos, flotadores y señuelos desperdigados por toda el área, y nosotros tratando vanamente de armar nuestras cañas de pescar. A propósito, las cañas vienen desmontadas, y hay que prepararlas.

Luego de mucho trabajar, y habiendo despachado a la basura muchos elementos "sobrantes", con el anzuelo fijado adecuadamente en el nylon, y los carretes y la caña en su lugar, nos dispusimos a colocar los gusanos de carnada. Para esto, yo me consideraba un experto de la pesca, pues, para variar, había investigado en algunos libros y folletos, sobre la pesca y sus detalles. Pero nada de eso sirvió para ayudarme. No pude insertar el gusano en el anzuelo, terminé viviseccionando al pobre animalito, que en pez descanse y del río goce, y así, después de mil intentos, al fin pude armar el anzuelo con la carnada. No fui el peor del grupo en estos menesteres. Uno de mis patas, colocó al gusano atravesado por la mitad, colgando del anzuelo, al estilo de los dibujos animados, y lo lanzó al agua, para después, al retirarlo, notar que del pobre gusano solo quedaba una mitad, y la otra había sido engullido por algún pez, que de seguro nos agradeció por el desayuno bien servido.  Ya para esto los pescadores del lugar, nos miraban divertidos. Reían con cada cosa que hacíamos, los anzuelos enganchados en los pantalones, o en las manos, los cordeles de nylon enredados de tal manera, que mas fácil era cortarlos y reemplazarlos, y cosas tan graciosas, que la faena de pesca de aquellos pescadores, pasó de ser monótona y silenciosa, a bulliciosa y divertida. Ya para esto, la otra botella había sido generosamente compartida, para ver si de esta manera, lográbamos una caritativa ayuda de manos mas expertas.

Pero la cereza del plato estaba por llegar. Como anoté líneas arriba, me había preocupado en leer toda la teoría de la pesca en folletos y libros disponibles para mí en esa época. Así que, una vez que hube terminado de armar mi primera carnada, y con la caña en mano, el sombrero bien puesto, me planté frente al río, y con un gran movimiento de manos, brazos y codos, con un estilo de pescador de merlín, atún o de ballenas, con aires de viejo lobo de mar, y con gran aplomo, hice los movimientos necesarios, incluyendo el de la cintura, haciendo dar algunas vueltas al anzuelo, el señuelo y la plomada detrás mío, para después, con un amplio y gran movimiento, hacerlos volar sobre mi cabeza, y dirigirlos hacia la parte mas alejada del río, donde pueda encontrar a la mas bella presa jamás pescada. Hecho esto me dispuse a ver caer la carnada y el anzuelo al agua, y .... nada. Nunca cayó.

Las risas generales me sacaron de mi letargo. Levanté la mirada, y para mi asombro y desconcierto, el anzuelo, la carnada, el señuelo y la plomada aún se mantenían en el aire, sostenidos por una fuerza sobrenatural que los mantenía en levitación permanente y frustrante, impidiendo que cumplan con su deber sagrado, y pueda así yo cazar a un bello y hermoso ejemplar de pescado.

Se había atorado en unos cables eléctricos que por allí cruzaban. Estaban tan altos, que solamente haciendo un lanzamiento desmesurado, se podía lograr enredarlos. Y yo lo hice.

Luego de reír a mandíbula batiente con mi hazaña, corté el cordel de nylon, y ya con mas experiencia, me dispuse a preparar un nuevo anzuelo, carnada, señuelo, flotador, plomada, y etc, etc. Pero el vino ya había hecho su divino milagro, y nos dedicamos más a hacer bulla, reír, contar chistes y anécdotas, para pasar la mañana frente al río.

No pescamos nada. El único que realmente pesco algo fui yo, pero un cable eléctrico en lo alto no es necesariamente un buen trofeo para una faena de pesca. Pero, no regresamos con las manos vacías. De retorno a casa, pasamos por el mercado. En esas épocas, no se si ahora también, en el mercado de Rostov vendían peces vivos, traídos en enormes cisternas, y entregados a los compradores directamente del agua. Imposible más fresco. Así que ahí nos dirigimos, compramos unos cuantos pescados, y los insertamos en los anzuelos, y así, triunfantes, regresamos a la residencia, para preparar el almuerzo, con el "trofeo" logrado con tanto esfuerzo y empeño. Juramento de silencio, pero no pasó ni un día, y en una reunión ya nos estábamos nuevamente riendo de nuestra hazaña con la pesca, los anzuelos, los gusanos, y por supuesto, de mi logro con los cables eléctricos.

Luego de esto, guardamos todos los implementos en lo mas profundo del baúl de los recuerdos. Solamente los sacamos para llevarlos de paseo aquella vez que nos embarcamos en un viaje en barco por una semana a través del majestuoso Don desde Rostov a Volgogrado. Fueron embolsados, creímos por un momento que por el hecho de estar todo el tiempo en el río, podríamos dedicarnos a pescar en uno que otro rato. Craso error, no tuvimos tiempo ni para sacar las cañas de sus bolsas. Sobre este pequeño viaje contaré algo mas un día de estos, pero, por ahora, solamente basta con referir que las cañas de pescar fueron y volvieron en la misma bolsa y en el mismo lugar de inicio al fin de la travesía. Puntualizando, no hay ninguna similitud con el filme "El secreto de la montaña" ni mucho menos. Mal pensados. Nosotros hemos sido, somos y seremos bien machotes. Por lo menos eso creo.

Al regresar de Rusia, no pude traer mis implementos de pesca, junto a tantas otras cosas y pertenencias que dejé en aquel país, que me dio tantas cosas y tantos recuerdos.

Ya en el Perú, estando en las filas del Glorioso Ejército Peruano, en la Unidad Militar de Infantería de Selva N°1, siendo capitán de Sanidad, el segundo de la línea de mando de la Compañía, en la localidad Urakuza, distrito de Nieva, provincia de Condorcanqui, departamento de Amazonas, a orillas del caudaloso y torrentoso río Marañón, en lo más profundo de la selva, alejado de la civilización por nosotros conocida, y entregado alas labores inherentes de una Unidad de Selva, en uno de esos días en los que no había nada que hacer, que no eran pocos, estaba paseando por los alrededores, cuando vi a un par de soldados atareados a la orilla de una de las tantas "cochas" que rodeaban el campamento. Al acercarme a ellos, luego del respectivo saludo, ellos me mostraron la tarea a la que se dedicaban: estaban pescando.

Armados de cordeles de nylon, enrollados en un pequeño palo, y de unos anzuelos, usando masa de pan como carnada, estaban atrapando peces no tan pequeños, y les iba bien en su faena. Ya tenían unos cuantos, y se avizoraba un pequeño festín de pescado. Decidí unirme a ellos, solo por el hecho de practicar ese deporte, con el cual tanto había soñado. Y al fin, después de tanto tiempo y tantos intentos, al fin pude pescar: un sapo. Un sapo mordió mi carnada. Los soldados me miraron ofuscados, sin saber que hacer. Luego, cuando solté la carcajada, ellos rieron con tantas ganas y desenfado, que atrajeron a mas personas hacia nuestro lado.

Entonces, armados de los cordeles y de los anzuelos, nos dirigimos al río, a un codo de aguas lentas, y lanzamos nuestros anzuelos. Y ahora si, al fin, pude atrapar en pequeño pez. Fue tanta mi alegría, y mi jolgorio, que todos los presentes celebraron conmigo. (Nota del autor: o lo hacían, o iban al calabozo. No olvidar que yo, era un capitán y ellos, soldados rasos). Tanta fue la bulla, que atrajimos a mas personas hacía donde estábamos pescando.

Uno de los suboficiales del lugar, muy amigable el, se acercó y me preguntó:
- Mi capitán, que hace?
- Que no ves? Estoy pescando!
- Ah. Y cómo le va?
- Mira. Ya hemos atrapado cinco pescados!

Orgulloso le mostré nuestra pequeña ruma de pescados. Miró divertido, y con una enorme sonrisa en los labios, me preguntó:
- Puedo pescar con usted?
- Claro! Vamos, súmate, así logramos tener más pescado, y a lo mejor nos damos un banquete.
- Pero, por qué mejor no vamos mas al fondo?
- Buena idea. Número, traiga la canoa!
- Enseguida mi Capitán!

Así, armados de nuestros pequeños cordeles, nos subimos a una canoa, y nos dirigimos al centro del codo del río, donde este formaba un pequeño remolino. Grande fue mi sorpresa, al notar que se nos unieron muchos más soldados, al enterarse que el "suboficial" iba a pescar. Yo no entendía nada. Pensé por un momento que usaría redes, o quizá los atraparían buceando, pues ninguno de ellos trajo anzuelos, ni cordeles, ni gusanos, ni migas de pan. El suboficial traía una mochila, y uno de los sargentos estaba fumando.

- Oe sargento, aléjate! Acaso quieres que volemos todos?
- Si mi sub, pero tengo que mantener el cigarro prendido.
- Pero, ponte al otro lado de la canoa, sonsonaso!
- Entendido, mi sub.

Yo no decía nada, no entendía nada. Y en eso, cuando estábamos en medio del río, y yo tenía mi cordel y mi anzuelo listos, el oficial se paró y sacó de su mochila...

Dinamita.

Eso era lo que llevaba. Ató dos cartuchos de dinamita a una bolsa con piedras, les puso la mecha, y con el cigarro las encendió y las lanzó al centro del dichoso remolino.

Bum!

Una explosión seca, decenas de peces salieron volando por los aires. Luego, como impulsados por resortes imaginarios, todos los soldados saltaron al agua, y empezaron a atrapar a los peces atontados. Estaban la mayoría flotando, arrastrados por la corriente del río. Pude ver uno de ellos flotando por algunos segundos, luego, de un movimiento brusco recuperar el aliento, o lo que sea que tienen los peces, y sumergirse raudamente en las profundidades del colosal río.

Bum!

Nuevamente el mismo procedimiento, y ya la canoa estaba repleta de peces. Algunos nativos aguarunas también llegaron en sus canoas. Al principio pensé que se molestarían, que nos criticarían, o cosas por el estilo. Pero no fue así, ellos también participaban del festín acuático. Hay que mencionar que los aguarunas, que son los pobladores de esta zona de la Amazonia, con mucha frecuencia envenenan las aguas de los ríos, con una sustancia conocida como barbasco, para poder atrapar a los peces. Luego de atraparlos, este veneno por alguna razón desaparece y los peces pueden comerse libremente. Pero, hay que mencionar también, que el barbasco es tóxico, y puede ser letal para las personas. Hay muchos envenenamientos con este producto en la selva. O los habían, por lo menos en el tiempo que estuve por allá.

Es así como completamos una faena de pesca, con harto pescado para todos, y nos dimos una suculenta merienda, e incluso sobró para el siguiente día.

Luego de esto, ya no he vuelto a pescar.

Estoy seguro que en algún momento volveré a tomar mi caña de pescar, mis anzuelos, mi sombrero, y me sentaré en la tranquilidad de una mañana soleada o de una tarde nublosa, frente a las aguas de un pequeño lago, o en el mar tormentoso, esperando con paciencia que el pez mas enorme jamás visto, se enfrente a mi en colosal combate, para sacarlo del agua o perecer en el intento.


jueves, 3 de diciembre de 2015

El mundo de las matemáticas

Cómo ya he relatado antes, aprendí a leer cuando estaba en segundo grado de primaria. Y en todos los años de la escuela primaria me dediqué de lleno a la lectura,  sobre todo la historia del Perú y del mundo. También empecé mi travesía por la literatura,  y mi mente de niño empezó a volar por los mundos imaginarios de aventuras, piratas, princesas y héroes.

Por esta razón mi encuentro con las matemáticas en este período de tiempo fue más que superficial: sumar, restar, multiplicar con dificultad (la tabla del 7 era terrorífica), y dividir (que no podía realizar sin ayuda previa). Así llegué a la secundaria, donde el primer año la pasé bien, ya que solo necesitabas saber estas operaciones básicas, las cuales llegué a dominar con relativa facilidad.

Pero en el segundo año de secundaria empezaron las cosas serias en matemáticas: operaciones con quebrados, decimales, funciones algebraicas. En mi mente de poeta y soñador no había espacio para esas "operaciones complejas y abstractas". Y mi situación se complicó aun mas cuando nos tocó un profesor que enseñaba en la universidad y no tenía metodología para adolescentes de nuestra edad. En el segundo examen del año salí desaprobado, con 08, lo cual fue un acontecimiento que marcó mi vida para siempre.

Recuerdo muy bien que incluso mi padre fue a "conversar" con el profesor. Esto era sumamente raro, ya que normalmente mi padre nunca se inmiscuía en nuestros asuntos de colegio. Pero tuvo que aceptar el hecho que no había resuelto las preguntas en forma adecuada, y que por esa razón la calificación era correcta.

Así que, a pesar de que culminé el año como el mejor alumno, mi padre ya había tomado una sabia decisión: estudiaría en vacaciones un ciclo especial para no tener más problemas con las matemáticas. Y así fue. Me inscribió en la academia pre universitaria de uno de sus amigos. La academia Gamma. En aquel local funcionaba durante el año escolar un colegio privado, y en la época de vacaciones una academia pre universitaria y también habían aulas para los estudiantes de colegio: "vacaciones útiles", así se llamaban.

Recuerdo muy bien el primer día que fui a la academia. Iba vestido con unos jeans, camisa manga larga y una chompa tejida de lana de oveja o carnero, hecha por mi madre. Llevaba un cuaderno y un lapicero. Era una sensación extraña al entrar al lugar, ya que en la entrada te pedían la contraseña del pago y te dirigían al lugar que por tu grado y edad te correspondía. A mi me enviaron al aula para los alumnos de tercer año de secundaria.  Habían no mas de 10 alumnos, en dos filas de asientos, y el profesor de turno empezó con las clásicas clases de aritmética básica, conjuntos, álgebra básica. Luego también algo sobre la célula, y no recuerdo más. Estaba decepcionado,  ya que esas clases eran un mero remedo de las clases del colegio, sólo que no íbamos uniformados, y no había que aprobar al final. Quizá lo único interesante era la gente nueva, pues no nos conocíamos mutuamente.

Así, sin pena ni gloria transcurrieron los primeros días en la dichosa academia de la "vacaciones útiles ". Lo único que sucedió es que estando jugando con el lapicero en la boca, por un mal movimiento en la silla me tragué la tapa del mismo. Bueno, eliminarlo sucedió mucho después, ya imaginarán la forma y lo doloroso del acto. Pero a esto no va la historia. Pasa que en ese momento el amigo de mi padre, que era el dueño y director de la academia, me encontró en esa aula, y me preguntó :

- Y tú,  que haces acá?
- Este, ejem,  mi papá me dijo que ya había hablado con usted....
- No. No me refiero a qué haces en la academia. Sino, a que haces en esta aula?
-Es que, a mi me trajeron. Yo paso a tercer año...
- No. Acá estás perdiendo el tiempo. Ven conmigo. Toma todas tus cosas y sígueme.

Así que, tomé mi lapicero sin tapa y mi cuaderno y seguí obediente al amigo de mi padre. Me llevó al aula principal de la academia, donde se preparaban para el examen de ingreso a la universidad.  Todos mayores que yo, algunos incluso ya adultos. Algunos se sonrieron al notarme, pues apenas era un adolescente que poco tiempo atrás fue un niño. Me sentí abrumado, disminuido, pequeñito, y tuve miedo.

Me senté en el lugar asignado, y me puse a escuchar la clase: "Me gusta fumar, y no tengo cigarrillos. Pero puedo formar un cigarrillo con seis colillas. En total tengo 36 colillas y quiero fumar el máximo numero de cigarrillos. Pregunta: cuantos cigarrillos puedo fumar?"
Uff, fácil. Casi todos respondimos lo obvio: 36/6=6. Seis cigarrillos!
"Falso!" Ante el estupor de la clase el profesor nos demostró que la respuesta correcta era 7.

Era una cosa de locos el razonamiento matemático. Habían tantas cosas obvias que no eran ciertas, tantos trucos y mañas, que rápidamente llamaron mi atención.

Pero, inmediatamente después de la clase pasaron unas hojas, donde indicaba el título :
"Simulacro N 2"

Y parado frente al aula se encontraba el director de la academia, dando las instrucciones para hacer el desarrollo correcto del examen. Yo lo miraba desconcertado, hasta que se acercó y me dijo:
- También tú darás el examen.
- No tengo lápiz, respondí. Una de las instrucciones era llenar solamente con lápiz.
- Toma, tengo uno. Te lo obsequio. Fue su respuesta y el inicio de mi tragedia.

Habré desarrollado 3 preguntas de un total de 100. El resultado, obviamente catastrófico: quedé entre los últimos en la lista. Y publicaron los resultados. Cuando estaba viendo lo mal que quedé,  se me acercaron algunos muchachos, mayores ellos, para darme aliento:

- Así se empieza, chibolo.
- Claro! Yo ya llevo dos años preparándome y ya estoy en la mitad de arriba de la tabla. Este año sí ingreso.
- Pero los patas que están en los primeros puestos, esos si son unos genios. Contra ellos no se puede competir. Son súper chancones.
- Ánimo chibolo. Acostumbrate a estar en el fondo de la tabla. Ja, ja, ja.

Cabizbajo y meditabundo me fui a mi casa. Y dentro de mi se despertó un indio rebelde que no se iba a entregar tan fácil. No señor,  no soy tan fácil de vencer. Daré batalla.

Y la di.

Me entregué por completo al mundo de los números y de la lógica. Poco a poco, a fuerza de practicar una y mil veces fui descubriendo para mi un universo único de leyes y fórmulas que gobiernan el mundo, la naturaleza, el universo y nuestras vidas.

En el siguiente examen ya no me fué tan mal. Quedé a la mitad de la tabla. En el otro ya estaba entre los 20 primeros, y así, de a pocos fui dominando esos dichosos exámenes preparatorios llegando al término de la primera mitad del ciclo como el alumno con el máximo puntaje. Todos quedaron sorprendidos.  Ya no le trataban como un "chibolo", ya muchos se hicieron mis "amigos". Pero ahí no quedó la cosa. Seguí mejorando. Y poco a poco mi nota en esos exámenes se hizo tan alta, que llevaba al segundo de la tabla por lo menos 20 puntos de ventaja. Mi meta era el puntaje perfecto. No lo logré ese año, pero al regresar al colegio, al estudio regular, mi habilidad con los números ya eran de leyenda.

Es en el tercer año que nuestro profesor de matemáticas fué uno de los mejores de su rubro en el colegio: el profe Chumpi. Así lo llamábamos todos, por su parecido físico a aquel futbolista mítico de la selección peruana de los años 70, el capitán de América, el granitico Héctor Chumpitaz.  El profesor Chumpi, Amancio Villafane,  se tomó muy en serio nuestra educación en las matemáticas,  así que con un grupo de estudiantes formó una academia en la casa de uno de mis amigos. Obviamente asistí a la academia, pero eso era mero formalismo. Muy aparte el profe me hacía desarrollar problemas cada vez más avanzados, y con un grado de dificultad mayor que los que se dan en los colegios. Mi arma favorita: el razonamiento matemático.  Era tal mi capacidad de abstracción y mi poder de observación,  que prácticamente podía desarrollar cualquier problema matemático usando esta herramienta. Y el profe Chumpi me ayudaba.

Terminé el tercer año con méritos. Y nuevamente fui a la academia pre universitaria.  Ya me esperaban. Y en el mismo salón estaba el primer alumno de ese colegio.  Se suponía que él iba a enseñarme, pues estando él un año mas adelante tenia mas experiencia que yo. Craso error. En un solo examen me ganó por un punto, en los demás lo aplasté sin consideración. Incluso me tomaron los exámenes de ingreso de la universidad local, los aprobé sin dificultades.

Era un Dios.

Al estar cerca el inicio del nuevo año escolar, se acercó a mi el director de la academia, que era amigo de mi padre. Me hizo una propuesta: una beca integral para terminar mis estudios en su colegio, y además,  algunas "propinas" por mi participación en concursos. Mi respuesta fue de antología :

- Soy y seré Luzuriaguino,  con mucho honor!

La cara de asombro del director, se transformó en una gran sonrisa. Me dio la mano, una palmada en el hombro y respondió:

- Admiro tu lealtad. Felicidades Max.

Me regaló unos libros, y yo regresé a mi colegio, para seguir dando lata a mis profesores.

En la GUE Mariscal Toribio de Luzuriaga yo ya era una leyenda. Mi habilidad con los números se comparaba únicamente a mis conocimientos en historia y literatura. No había profesor de matemáticas que pudiese elaborar un examen digno a mi nivel. Los resolvía con solo mirarlos. Y nuevamente terminé el año como el mejor del año, con notas que nunca antes nadie había obtenido.

En las vacaciones después del cuarto año, me inscribí en otra academia pre universitaria,  deseoso de buscar nuevos retos y mayor conocimiento. Un tremendo error. Ya no había para mi en ese entonces, en mi pequeño pueblo, nadie que pudiese enseñarme algo nuevo en las matemáticas. Así que me dediqué a perfeccionarme por mi cuenta, con la ayuda de los libros que compró mi padre. Y también a perfeccionar mis habilidades en el ajedrez y retomé mi vicio por la lectura, deborando tomos enteros de literatura y de historia, mis temas predilectos.

En el quinto año de secundaria,  el último del colegio, el profe Chumpi nuevamente nos tomó a su cargo. Pero, me sacó literalmente del aula. Me dijo que las clases que él daba para los demás ya no me servían, y que mejor me dedicara a otra cosa en ese tiempo. Me daba libros con cálculo avanzado, pero eso me aburría. Así que seguí con mi vicio en la lectura de literatos mundiales.

Participé en concursos,  gané. Pero ya no me interesaban. Sentía que las matemáticas eran tan simples y predecibles, que todo lo solucionaba sin mayores contratiempos.  Incluso llegó un profesor nuevo al colegio, venía de Lima, recién egresado, con especialidad en matemáticas. Era un sobrado, miraba a todos por sobre el hombro, ya que nos creía unos cholitos atrazados. Tan equivocado no estaba, pero el pobre no sabia con quien se había metido. Con la mediación de mi pata Paseta,  lo reté públicamente a solucionar un problema. Estábamos en hora del recreo, él se encontraba con los otros maestros, yo con mi mancha de amigos.  Él me envió un problema, que debería ser muy difícil de responder. Yo a él, otro. Pero el mío tenía un truco. Y cayó. Pude fácilmente resolver su problema,  y le mandé su respuesta con el mensajero Paseta. Cuando él ya no pudo más, y dio un resultado incierto, le mandé la solución a mi problema con el mismo mensajero. Fue un escarnio brutal. El escándalo que desató Paseta fue tal, que todo el colegio se enteró de lo sucedido.  El profe renunció y se fue a Lima. Nunca mas supimos de él.

Así iban las cosas, yo creía ser un Dios de los números, y también en mi colegio todos esperaban que estudie ingeniería o alguna cosa afín. Grande fue su sorpresa al enterarse que, después de terminar el colegio,  había ingresado a la Universidad Cayetano Heredia, y que mi nuevo objetivo era convertirme en médico.

Todavía me entretengo haciendo algunos problemas de matemáticas y de razonamiento. Últimamente he iniciado la lectura de los grandes libros de la ciencia moderna de la mano de gran Sthepen Hawking, con el único interés de entender la vida y el universo. Y estoy completamente seguro que nada de esto hubiese pasado de no haber sido por ese profesor que me desaprobó en un examen de matemáticas en el segundo año de secundaria. Y del cual, ni su nombre me recuerdo.

Gracias a mi padre, por haberme apoyado en todo momento, a su amigo, el Chino Gamma, así le decíamos al director de la Academia Gamma, por haberme empujado al turbulento río competitivo, y por supuesto,  gracias al profe Chumpi por haber completado mi preparación en ese inmenso y maravilloso mundo de los números y ecuaciones.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Navidad de los pobres...

"Junto a la mesa sentados ya
Los cinco niños, mamá y papá.
Humildemente van a esperar
Al niño santo que nacerá.
Y si no hay amor, 
Hay un corazón
Sólo una canción para regalar
Una sonrisa para empezar
Porque es muy pobre la Navidad.
Navidad de los pobres,
Que feliz Navidad..."

Así era el villancico mas popular en mi infancia, cantado magistralmente por los Niños Cantores de Huaraz, con cuyo LP acompañábamos nuestros días navideños en la casa de mis padres. Navidad de los pobres, que feliz Navidad!

No éramos pobres, pero las cosas no sobraban, y si bien es cierto siempre había regalos para estas fiestas, normalmente no eran tan ostentosos ni lujosos. Pero teníamos regalos. Algo que naturalmente no todos pueden decir. Aunque, para ser sinceros, lo que acompañaba al espíritu navideño era la parte más importante de este mes lleno de magia y encanto.

Empezaba diciembre en mi pequeña ciudad serrana, con algunas lluvias tempranas, y con sol por las mañanas. Ya estaba por terminar el colegio, algunos exámenes, una que otra tarea final. Y empezaba la época dorada del año, algo para lo cual nos estábamos preparando con mucha anticipación y con mucho ahínco: la Navidad.

Desde muy pequeño, entendía que la Navidad era la celebración del nacimiento de Jesús, en el pesebre de Belén, al lado del burro y la vaca, con los pastores cantando, y siendo visitado por los Reyes Magos. Aquellos que traían oro, incienso y mirra, Melchor, Gaspar y el negrito Baltazar. Ellos traían los regalos. Pero también había otro ser mas enigmático, mas bonachón y carismático: Santa Claus o Papá Noel. Con su enorme abrigo rojo, su barba blanca y su enorme saco se paseaba esa noche repartiendo regalos entre todos los niños buenos del planeta. Para que él te haga caso, debías escribir una carta, o que alguien lo haga en tu nombre si no podías hacerla con tus propias manos. La carta, o nota en mi caso, se debía colocar en una media colgada, o dentro de un zapato. Y, si habías sido bueno, y tenías mucha suerte, al despertar en la mañana de la Navidad encontrarías al pie de la cama el tan ansiado regalo. Así fue cuando aún era pequeño, apenas recuerdo que me dictaban: "unas pistolas, un caballo". Yo asentía, y pedía que anotaran correctamente los nombres de los regalos en el trozo de papel, que después diligentemente colocaba en mis zapatos. 

A medida que pasaron los años, llegaron mas hermanos, yo ya iba a la escuela, y ahí es donde realmente empezaron a ser nuestras navidades realmente espectaculares.

Empecemos por la parte mas importante de este relato: el Nacimiento. No, no se trata de un parto, o de que alguien cumpla años, ni nada por el estilo. El Nacimiento era el alma de las fiestas navideñas, y armarlo todo un arte. Primero, el punto más álgido era conseguir la "champita", aquella especie de grass que crece solamente entre las piedras en los cerros, y que comúnmente encontrábamos en los muros de las chacras, que eran de piedras. El asunto era recogerlo de esos lugares, pues las lluvias tempranas habían hecho que brote en todos esos lugares, pero a los dueños de las chacras no les agradaba para nada la idea que unos mocosos estén destruyendo sus cercas de piedra y sus sembradíos. Así que nos levantábamos un buen día muy temprano, y con las primeras luces del alba, nos dirigíamos hacia el cerro, canasta en mano, en búsqueda del preciado tesoro. Pasábamos mil peripecias, con perros que nos ladraban, campesinos molestos que nos perseguían, pero de una u otra manera lográbamos colectar una buena cantidad de la vital champita. Al mismo tiempo conseguíamos algunas piedras, troncos con musgo, pedazos de madera, pequeños cactus y pencas, para poder adornar nuestro nacimiento de la mejor manera posible. Con el tiempo mis padres compraron la dichosa champita en el mercado, y después, la guardábamos en unas cajas por el resto del año. Faltando unas semanas, las sacábamos y las regábamos, y asunto arreglado. Pero, las mejores épocas fueron, cuando canasta en mano, y a veces hasta cantando, nos dirigíamos cerro arriba, entre las chacras, riachuelos, acequias y árboles, buscando entre las rocas a la tan codiciada champita.

Ya en casa empezaba la siguiente parte, no menos importante: armar el nacimiento. Mi padre en esto siempre tenía un rol gravitante: primero, cortaba una rama de un ciprés o de una casuarina, y la colocaba en un balde de metal con piedras y arena, para así tener el arbolito navideño. Ponía la mesa, sobre la cual estaría toda la escena, y se encargaba de las luces navideñas y de instalar un foco en el techo del pesebre. 

Teníamos un pesebre hecho por mi tío Joel, hermano de mi madre fallecido en el terremoto de Huaraz de 1970. Estaba hecho de madera, paja y cartón, pintado al parecer con acuarelas. En su techo mi padre siempre colocaba un foco para iluminar la escena principal: las imágenes de María, José y la cuna del niño Jesús. La cuna estaba vacía, ya que al niño lo colocábamos recién el 24 de diciembre a las 12.00 de la noche. En ese mismo lugar iban el burro y la vaca (o toro?). Afuera estaban los tres reyes magos, y en el techo del pesebre el infaltable gallo. Todos estos elementos de yeso, arcilla o no se qué material, pintados. Habían otros animalitos, el león, las ovejas, los patos, los camellos, el zorro o el lobo, el pavo y otros más que ahora no recuerdo. También había casitas, hechas de cartón. El nacimiento siempre tenía un camino central, donde iban los reyes magos y los camellos, un lago para los patos (un pedazo de vidrio sobre papel azul), unos cerros, y el arbolito coronando todo. En la cima del árbol la estrella, los adornos colgados, y las luces de navidad, de 24 focos de distintos colores, alumbrando con su prende y apaga todo este pequeño mundo llamado nacimiento.

Una vez terminado, esperábamos que anochezca para poder disfrutar de las luces navideñas en todo su esplendor. El foco central se prendía en raras ocasiones. Al inicio nuestro nacimiento era pequeño, pero posteriormente fue creciendo para llegar a copar toda la mesa de la sala, e incluso alguna vez lo hicimos en el suelo. Era una costumbre de nuestra tierra, incluso contaban mi madre, mis tías y mi abuelo, que antes del terremoto se hacían concursos de nacimientos, y que cuando ellos eran pequeños, hacían trabajos enormes, con figuras articuladas, representando a zapateros, cocineras, panaderos. Aún guardaban algunas figuras de esos tiempos, y en la casa de la abuela también armaban un nacimiento, aunque pequeño.

Y cantábamos villancicos. El primer villancico que canté era el Navidad, Navidad, blanca navidad.., también Sopa le dieron al niño, no se la quiso comer.. Hasta que en un año de aquellos aparecieron los Niños Cantores de Huaraz, y promocionaron su LP con villancicos en cumbia, de donde es tomada la introducción a este relato. Y nuestra vida cambió. Ya no mas canciones lentas y monótonas, sino a ritmo de cumbia y con panderetas, bailando. El burrito tabanero, cholo cholito, vengo de las alturas, y todos esos villancicos con los cuales pasamos todos los meses diciembre esperando la llegada de navidad en mi casa, con mis padres y mis hermanos.

Y no podían faltar, las misas de gallo. Eran de madrugada, en la pequeña capilla que estaba al lado de la casa. Había que madrugar, para ir a rezar y cantar. Fui muy pocas veces, pero a las que fui, aparte del frío terrible y las canciones, no recuerdo de que hablaban y mucho menos la razón para ellas.

El 24 de diciembre era una noche especial y mágica. Esperábamos ansiosos la medianoche, por los regalos. Y las luces de bengala, para iluminar el nacimiento. Luego, en la media noche colocar al niño, y felicitarnos por la llegada del Niño Jesús. En ese momento las luces del nacimiento se encendían en toda su magnificencia. Claro, al inicio fueron solo 24 foquitos, pero con el tiempo fueron aumentando. Era curiosos ver a mi padre arreglando las lucecitas navideñas, pues siempre, al guardarlas de un año a otro, algunos foquitos se quemaban, y había que reemplazarlos. A veces se quemaba el foco "piloto", ahí la cosa era grave, pues de éste dependía que las luces prendan y apaguen. Aunque, siempre había solución para todo. 

También la cena navideña con el infaltable pavo. Desde algunos meses antes se compraban pavos pequeños en el mercado, y luego se los alimentaba para que cuando llegue la noche buena sirvan a nuestros apetitos. Los pavos eran bravos, no se dejaban atrapare, se molestaban y te pateaban. Era ley no molestarlos. Pero en la noche navideña, se daban su última borrachera. Mi abuelo, mi padre, les daban vino, y los emborrachaban hasta los tuétanos. Y después, es conocido el final de los pavos en navidad. Los hinchas celestes no se molesten, pero en esta navidad, les recomiendo no emborracharse. Una bromita.

Con el tiempo, cuando fuimos creciendo, salíamos de compras con mis padres. Paseábamos por las calles céntricas de la ciudad, abarrotadas de vendedores y de regalos. Siempre para mí fue toda una experiencia el entrar a las tiendas Sotelo, donde se vendían los mejores y mas caros juguetes de Huaraz. Posteriormente fue destronado y olvidado, y las calles de la Avenida Luzuriaga invadidas por mercaderes ambulantes, donde podías encontrar el regalo prometido. 

Y también llegó la época de preparar los panetones en casa. Esos adorables bizcochos con pasas, frutilla y demás ingredientes, que hacía la delicia de nuestros paladares, y que, gracias a nuestra viejita, aún ahora podemos darnos el gusto de disfrutar. Es cierto, al inicio solamente consumíamos los panetones D'Onofrio, o quizá Motta, luego apareció el Todinno con su Todinito. Pero, lo que realmente hizo especial nuestras fiestas eran los panetones amasados y hechos en forma artesanal por mi madre. No recuerdo el momento exacto, pero si se que fue en el horno de su comadre, que vivía cerca de nuestro colegio, donde empezó la hazaña. Ella, la comadre, ya fabricaba panetones artesanales, y , mi Madre, por alguna razón también empezó a hacerlos. Con ayuda de amasadores expertos, poco a poco, fue puliendo sus medidas y sus proporciones, hasta lograr un manjar de panetón, con un sabor incomparable e insuperable.

El 25 de Diciembre jugábamos, luego de la mala noche estábamos con la resaca navideña, pero entre todos mostrábamos nuestros regalos, y compartíamos interminables horas de juego y sueños.

En mi niñez, nuestra Navidad no era de pobres, era de una riqueza inmensurable, difícil de conseguir y de medir. Estaba llena de magia, de milagros, de amor y de paz.

Felices fiestas navideñas, que el espíritu del amor, la alegría y la paz llene todos nuestros hogares.

Mientras el enlace este vigente en you tube:
Niños cantores de Huaraz

martes, 1 de diciembre de 2015

Luces de bengala

Apenas empieza el mes de diciembre, y como siempre nos preparamos para una vez más celebrar las fiestas navideñas y la llegada del año nuevo. Con una sensación de fin de semana largo, este mes se nos antoja el más corto del año. De niños, hacemos una cuenta regresiva diaria de los días que faltan para la nochebuena: los infaltables regalos. No conozco niño que no se emocione con las fiestas de navidad, los arbolitos, los adornos y retablos navideños, que hacen de este un mes lleno de color y algarabía.

Pero,  son los juegos pirotécnicos los que se llevan el galardón a objeto más deseado por cualquiera.  Y también a los más odiados. Recuerdo mi primer encuentro con uno de estos artilugios: era  aún un niño pequeño,  tenía en mis manos una pistola de juguete, y era feliz por el nacimiento de Jesús en el pesebre. (Léase, era feliz por mi regalo). Y fue cuando empezaron a prender en casa las luces de bengala para animar la nochebuena.

Era todo un espectáculo. Aquellas chispas incandescentes con su sonido peculiar atraían mi mirada cual imán a partículas de hierro. Recuerdo que intenté tomar alguna, y me ayudaron. Esa imagen se ha quedado grabada para siempre en mi memoria. Luego de eso, ya en el colegio, conocí a los rascapies,  los cuetecillos, y los temidos cuetones. Poco a poco en la casa fuimos incorporando estos artefactos en las celebraciones de navidad y año nuevo. Incluso adoptamos la costumbre de construir un muñeco, que simbolizaba el año viejo, y quemarlo la noche del 31 de diciembre, haciendo estallar cuetecillos,  cuetones y encendiendo luces de bengala.

Fue todo bien, hasta cierta época en que en casa, al acercar mucho las luces de bengala al arbolito de navidad, este se prendió haciendo un amago de incendio. Santo remedio, nunca más estos artefactos pirotécnicos fueron utilizados dentro del hogar. Pero si en la calle.

Hasta que sucedió.
Corría el año 2001, yo estaba en mi primer año de residencia en el Hospital María Auxiliadora. Recuerdo muy bien que estaba de guardia, un 29 de diciembre. En mi primer año hice guardias en la emergencia del hospital, y para variar,  recibí la nochebuena haciendo turno. Aunque, para ser justos, solamente me "molestaban" cuando habían muchos pacientes o cuando llegaba un caso de "ojos". Después, dormía de lo más plácido. Aunque también hasta las 9 o 10 de la noche la pasaba en el tópico,  para no aburrirme.

Además, en nuestro país, en especiales Lima, eran y aun son frecuentes los accidentes y los incendios causados por artefactos pirotécnicos en estas fechas. Así que, cuando dieron la noticia del "incendio en mesa redonda", no le dimos mayor importancia,  ya que cerca a ese lugar hay hasta 3 hospitales.  Incluso en el fondo nos burlamos de los residentes de turno de esos hospitales: " no descansarán en la noche, pobrecitos ".

Mesa Redonda es un emporio comercial ubicado en el centro de Lima, en Barrios Altos. Se caracteriza por su infinidad de productos y sus precios bajos. Sin impuestos, sin recibos, facturas, sin garantía.  Productos comúnmente de contrabando,  era y aún es el lugar preferido de la gente de escasos recursos para adquirí regalos, ropas, artefactos eléctricos a precios accesibles. Pero la informalidad y tugurización hicieron de ese lugar una trampa mortal.

Varias cuadras tomadas por los ambulantes, construcciones precarias convertidas en galerías, donde la mercadería estaba almacenada directamente sobre el tendido eléctrico.  Puestos hechos de triplay,  madera e incluso de cartón. Gente aglomerada, sin vías de escape.  Autos, micros, carretilla. En esa jungla moderna podías encontrar literalmente de todo, desde comida hasta un equipo de sonido, desde un cuaderno hasta una fotocopiadora,  desde un pasador hasta una máquina para coser zapatos. Y en las épocas de fiestas, las ventas en el rubro Correspondiente aumentaban.

En época escolar: uniformes, cuadernos, útiles escolares.  En fiestas Patrias: banderas, escarapelas y accesorios para los desfiles cívico militares. Para Navidad: juguetes, y para año nuevo: pirotécnicos, los famosos acá "fuegos artificiales ".
Ese día transcurría con relativa normalidad, hasta que escuchamos la noticia del incendio. Era un sábado,  por la noche. En el aire de la ciudad se respiraba un ambiente de fiesta. Era un fin de semana largo que la mayoría acoplaría a la celebración del año nuevo. Hasta que nos trajeron al primer quemado: quemadura respiratoria. Es la única vez que vi algo parecido. El paciente al final falleció,  no soportó el daño recibido.

Ya para eso el director del Hospital se hizo presente en la emergencia, cosa por demás rara. Me entregó un bolso y la orden de entregar el "paquete " al jefe de guardia del Hospital Loayza. Eran 60 ampollas de Morfina.  La gente estaba muriendo. Los Hospitales Almenara y Dos de Mayo habían colapsado. Había la orden de dar de alta a todo paciente estable. Era una catástrofe.
Nos dirigimos a toda velocidad en la ambulancia,  escoltados por tramos. La ruta desde el Hospital María Auxiliadora hasta el centro de Lima es larga, pero para esta ocasión no corrimos, volamos. Llegamos al lugar del siniestro. Era horrible.

Aún no se había controlado el fuego, aún habían algunos heridos. Las luces de la noche alumbraban tenuemente las siluetas ennegrecidas de los edificios calcinados, en ruinas. Una hilera de autos chamuscados,  con los vidrios inexistentes, en algunos aun se veían algunos cuerpos calcinados, inertes. Solamente después me enteré de lo sucedido: un vendedor ambulante había "probado" un pirotécnico, prendiéndolo en plena calle, pero éste cayó sobre una mesa llena de cohetecillos, lo que desató una reacción en cadena y el infierno. La bola de fuego atrapó rápidamente las calles, vehículos, tiendas, galerías. La gente huía descontroladamente, y se subían a los edificios, donde murieron asfixiados. Muchos murieron aplastados por la turba, y muchos quemados por el infierno de más de 1000 grados que se desató en esas cuatro manzanas.

A la zona del desastre acudieron los bomberos de cuatro distritos de Lima, quienes vieron dificultada su tarea por la gran cantidad de autos varados y puestos en las calles. Fue un incendio dantesco. Solo cerca de la media noche se pudo controlar el incendio. Nosotros habíamos llegado cerca a las 10 de la noche.

Trasladamos a un bombero herido al Hospital Loayza.  El pobre iba cubierto de hollín,  consciente pero mudo. No podía articular palabra, y en su mirada pérdida se podía leer la frustración y la tristeza. Y no es para menos, había observado el infierno con sus propios ojos, se había enfrentado a la muerte y quien sabe que más habrá tenido que presenciar. Tenía síntomas de asfixia. Para variar, el equipo era viejo y obsoleto.  Y así, en esas condiciones estos valientes bomberos se enfrentan a mil obstáculos para poder controlar una tragedia.

Ya en el Hospital Loayza encontramos a todo el mundo: reporteros, cámaras de televisión, fotógrafos, directores, directivos, ministros, políticos, sapos, mirones. Todos ansiosos de las primeras planas, de la primicia calentita,  de los chismes o por el puro gusto de satisfacer su morbo.  Y todos estorbando. Encontré al jefe de guardia. Le entregué el bolso, me firmó el cargo, y nos despedimos. Le ofrecí mi ayuda, me pidió no estorbar, y que ojalá pudiéramos sacar a todos esos mirones. A alguien se le ocurrió correr la voz que el presidente de la República estaba ingresando al hospital,  y todos corrieron en dirección a la entrada. Por lo menos un minuto de alivio.

Nos retiramos a nuestro hospital.  Ya nada podíamos hacer. Solo quedaban cadáveres y ya los heridos estaban en los servicios de emergencia.  Era cerca a las dos de la mañana. Ya el fuego se había controlado. No dormí.

El día siguiente los noticieros nos informaron de la magnitud de la desgracia: casi 300 muertos, cientos de heridos, desaparecidos. El emporio comercial de Mesa redonda casi destruido. Mostraron las filas de autos calcinados, los edificios en ruinas, ennegrecidas por el humo y el fuego. Los Hospitales abarrotados, familiares en llanto. Y la morgue, llena de cadáveres irreconocibles.
No hubieron fuegos artificiales para la fiesta del año nuevo. Y desde ese momento quedó terminantemente prohibida la comercialización de pirotécnicos.

Pero no duró mucho. Hoy Mesa Redonda sigue ostentando el título de principal lugar del comercio de Lima. Y ahora en las épocas de fiestas de fin de año, se comercializa libremente los pirotécnicos "legales": cuetecillos, luces de bengala, silbadores, etc. Pero también,  por lo bajo, puedes conseguir cuetones, calaveras, ratablanca y la temida mamarata,  que ya casi es una bomba casera, y que puede mutilar tranquilamente a una persona.

Los fuegos artificiales nos han acompañado desde antaño. Utilizados en manera adecuada y cumpliendo con todas las medidas de seguridad, pueden ser motivo de alegría de grandes y pequeños. No puedo dejar de mencionar las espectaculares presentaciones con luces y bombardas que se hacían sobre el río Don, en Rostov.  El cielo nocturno se iluminaba con figuras y colores impresionantes. Ahora mismo,  en fiestas Patrias se hacen presentaciones con fuegos artificiales en algunos distritos limeños. Y todos somos felices. Bueno, dicen que los perros no, pero una vez al año no hace daño.
Antes de terminar, una pequeña anécdota: al ir en la ambulancia, con nosotros iba un técnico de enfermería algo especial. Muy hábil para su labor, pero también bastante extrovertido. Como dije la ambulancia partió a toda velocidad, con la circulina y la sirena encendidas, en dirección a la zona del siniestro. Íbamos bien,  hasta que a la altura del cruce de Evitamiento con la Avenida Javier Prado encontramos tráfico. Así que tuvimos que detenernos un rato. En eso el técnico en mención tomó el micrófono de la ambulancia y empezó a solicitar a viva voz:
"Póngase a la derecha" "Den paso a la ambulancia " " Esto es una emergencia"

Y los autos, lentamente empezaron a moverse a la derecha. Como la cosa progresaba con demasiada lentitud,  nuestro amigo fue más allá y empezó a dirigir el movimiento de los autos, desde la ambulancia,  con el micrófono en la mano: " El auto rojo, deténgase.  El blanco, vaya un poco hacia atrás, el auto azul, peguese a la izquierda". Empezamos a avanzar un poco hasta que "el auto rojo, a la derecha! El auto blanco a la izquierda! " Y vemos que delante nuestro se pusieron frente a frente dos autos frente a frente cerrándonos el paso. Inmediatamente ambos chóferes de los aludidos autos corrigieron el error, y se separaron. Pero ya nosotros nos matábamos de la risa. "Quitenle el micrófono o nos mata" Dijo alguien.  Nos salvó un policía motorizado, que nos abrió el paso en un dos por tres y llegamos sin contratiempos a nuestro destino.

Domesticar el fuego ha sido el más grande logro de la especie humana. Siendo nuestro gran aliado, nos ha servido para alimentarnos, abrigarnos. También ha empujado en la construcción de civilizaciones, y destrucción de imperios. Nos sirve a diario, y una de las mejores expresiones de belleza se logran con la iluminación de los cielos nocturnos con luces de colores, figuras y formas producto del uso correcto, armonioso y adecuado de los artefactos pirotécnicos.  Pero así como es un gran amigo, el fuego puede convertirse en una bestia indomable y consumir ciudades y civilizaciones enteras.

Mi infancia estuvo llena de magia, amor y alegrías. Y una de esas cosas ha sido, es y será una hermosa luz de bengala en nochebuena.

sábado, 7 de noviembre de 2015

Fin de semana

Algunas veces me pregunto: Cómo son ahora los fines de semana en cada una de vuestras casas? Salir a una discoteca? Una cena romántica? Al cine quizás? Una escapada a algún lugar nuevo? Un viaje corto? Acampar? Pasar la tarde comiendo comida chatarra frente al televisor? Chelas y fútbol?

Al mirar atrás, a mis años de niñez en la casa de mis padres, recuerdo como eran nuestros fines de semana. Y si, es cierto, eran rutinarios, pero ahora, mirando de reojo, puedo notar que tenían muchas cosas de las cuales se nutrió mi niñez y mi vida.

El viernes era la primera parte. Como no era necesario levantarse temprano al día siguiente, existía la posibilidad de mantenerse despierto hasta tarde. No era gran cosa, pero a veces esto significaba quedarse de largo jugando en el patio, con los amigos del frente, hasta bien entrada la noche. O solamente viendo algo en la televisión, que aunque solamente mostraba dos canales, a veces tres, podía entretenernos por un buen rato. Eso sí, quedábamos dormidos apiñados unos contra otros, y mamá tenía que cargarnos hasta nuestras camas.

El sábado nos levantaban temprano, pues había que ir al mercado. Ir al mercado en Huaraz era todo un acontecimiento y, si había llovido, una odisea. El mercado se encontraba cerca a las orillas del río, ocupando calles enteras de Huarupampa. El asunto es que la lluvia, la tierra y las personas caminando sobre la misma, creaban un lodo negro espantoso, que se metía por todos lados. Caminar entre la gente, los vendedores y el lodo, una de las cosas mas horrorosas que jamás haya visto. Normalmente los mayores acompañábamos a Mamá al mercado. Se hacía las compras en etapas: verduras, carnes, frutas, pescados, etc, etc. Las compras las hacía al por mayor, ya que nosotros eramos un pequeño ejército que consumía todo en grandes cantidades. Los paquetes los íbamos dejando en ciertos lugares, para luego recogerlos de a pocos.

Nunca faltó la comida en casa. Los cajones de manzanas, naranjas, papayas, y frutas de estación; la carne en el refrigerador, el arroz y azúcar por sacos, el pescado de los domingos. los huevos, las galletas en cajas. Todo al por mayor. También había épocas de crianza de animales: gallinas, a veces patos, o pekines, también cuyes, cerdos, o la temporada en que a mi Papá se le dio por criar conejos. Como olvidar al enorme Tatú, un conejo gris de la raza chinchilla, y la coneja negra Chelita, que dieron inicio a una saga de jaulas, conejeras y una larga lista de conejos, conejitos, conejina y alfalfa. Y los sábados se compraba toda la comida destinada para la semana, incluyendo a los animales.

Entonces, para cargar todo, se necesitaban muchas manos. Aunque era imposible traer todo en las manos, así que por algún tiempo, lo hicimos en las carretillas con los "carretilleros". Recuerdo del "viejito": un señor de edad, de quien no recuerdo el nombre, menos su apellido, pero que era uno de los pocos en aceptar cargar semejante bulto hasta nuestra casa. Y es que el motivo de la negativa de la mayoría de carretilleros era que, para llegar a nuestra casa, se tenía que literalmente trepar una pendiente frente al Pedagógico, que estaba sin asfaltar, lleno de piedras, baches, y si había llovido, pues barro. Sabíamos que el señor "viejito" era de alguna secta religiosa, ya que era amable mayormente; aunque, cuando se quedaba solo con nosotros jalando de la carretilla, y nosotros tratando de empujar, mientras sudaba la gota gorda, renegaba y una que otra vez le escuche decir que nunca mas aceptaría semejante chamba. En la pequeña carretilla se encontraban las canastas, bolsas, sacos, cajas, y siempre era coronada por un buen atado de alfalfa. Mi mamá tomaba el camino corto, llegaba primera, y esperaba nuestra llegada con un  plato de avena y panes. Siempre invitaba algo al señor carretillero, quien olvidaba todo el cansancio y ya no renegaba, más aún cuando le entregaba algunas frutas de regalo. Esto obviamente aparte de la paga.

Luego venía la parte de preparar el cebiche y el almuerzo, con el infaltable chocho. El riquísimo cebiche de chocho, acompañado de canchita, hacía las delicias de nuestros paladares. El chilcano de las cabezas, los cangrejos, y los choros. Y el sudado de pescado que tanto agradaba a toda mi familia. Bueno, yo siempre lo he preferido frito, o mejor en cebiche. Y para matar la sed una rica limonada o nuestra incomparable chicha morada hecha en casa. Para no olvidar.

 Y era el tiempo de hacer limpieza a la casa, y de algunos arreglos. También limpiar las jaulas de los conejos. Baldear la sala y aplicar cera al piso. Mi hermana mayor siempre se encargaba de esto, era una adicta a la limpieza, y nosotros, de una u otra manera "ayudábamos". La parte mas bacán era la de sacar brillo al piso recién encerado. Alguna vez usamos los cojines de los muebles para este menester, sentados a modo de trineos, ya sea jalando o empujando.

Y para variar, con música de fondo. Menudo? Creo que si. "Súbete a mi moto, .. Súbete a mi moto, nunca has conocido, un amor tan veloooz.... Súbete a mi moto, ella guardará, el secreto de los dooos..." "Xanadú.... Aquíii, el agua es como el cristal, y el viento canta diciendoooo, diciendo que... hay amor... viendo en Xanadú... viendo en... Xanaduuuu". Mejor pregúntenle a mi hermana, ella saber mejor que yo.

Los sábados también tocaba lavandería. Y ropa... ropa había a montones. Se tenía que clasificar en blanca, de color, y lana. Frazadas aparte. Mi mamá se ponía manos a la obra de una labor titánica de jabonar y escobillar la ropa que dejábamos mugrienta; mis hermanas ayudaban con el enjuague, y nosotros con tender la ropa. Por algún tiempo tuvimos tendederos en el pampón fuera de la casa, pero después acondicionaron unos cordeles en el patio interior de la casa, donde se iban acomodando las ropas, conforme iban saliendo. Debo puntualizar que los varones en la casa éramos un enorme cero a la izquierda en los menesteres de lavado y planchado, y que alguna vez, cuando mamá y papá discutieron, vi a mi padre remojando una camisa en un lavatorio donde vertió una bolsa completa de detergente, y también se puso a jabonar una media con una barra entera de jabón. Por si no lo saben la barra se parte en dos, y el detergente se usa en pequeñas porciones. Ya aprendí, pero mi viejo, a ver.. déjenme pensar un rato... No, no creo.

A veces íbamos a lavar las frazadas y la ropa pesada a la orilla del río Auqui, que se encuentra cerca a la casa donde vivían mi tía y mis primos. Y lavar en el río es otra historia. Primero, hay que hacer una especie de represa, donde mamá lavará y enjuagará la ropa. Mientras tanto jugamos a la guerrita, a los pescadores, a los exploradores, o a lo que se nos ocurra. Luego nos pedía ayuda para tender la ropa en los alisos que crecían por allí, o sobre las peñas. Del resto se encargaba el sol. Y los días soleados, en mi Huaraz querido, nunca faltaban. Tanto así que era suficiente una mañana para que la ropa esté casi seca, o completamente seca. Luego a retornar a casa con la ropa limpia y seca. Y todos íbamos agotados.

Las tardes de los sábados había el catecismo en la iglesia del lado. Intenté ir varias veces, aunque no fui nunca constante. Alguna vez lamenté el no haber ido, pues a todos los muchachos que asistieron regularmente, al finalizar el año, les hicieron algunos regalos. Para esto, entregaban un ticket de asistencia por día asistido. Para variar, mi hermana mayor, ejemplo de constancia y perseverancia, asistía con regularidad, y creo, aunque no estoy seguro, que llegó a ser catequista. Otra cosa más que habrá que preguntarle. También mis hermanos, no todos, asistieron con regularidad a estas sesiones. La verdad, yo tuve mi historia con la iglesia, curas y monjas, pero de esto hablaremos en otra ocasión. Lo que quiero recordar en esta ocasión es que las tardes de los sábados había catecismo, y muchos asistieron. No puedo decir lo mismo de mi.

Pero hay algo donde si participé activamente: hacer la masa del pan. Los sábados en la noche teníamos que amasar el pan. Por un buen tiempo, era mi abuelo quien se encargaba de este trabajo. Mezclar la harina, la sal, azúcar, manteca y levadura. Amasar la masa hasta que tome la consistencia y textura adecuadas para poder preparar los panes en la mañana de los domingos. Y era una tarea dura, hecha para manos masculinas. Estuvo mi abuelo, también mi padre, lo hice yo y mis hermanos, todos en su momento. Claro está, también mi madre y mis hermanas participaban, pero el trabajo de amasar era para manos de un hombre. Y si, yo lo hice, cuando me tocó el turno de hacerlo, pues mi abuelo murió estando yo casi un niño, y papá enfermó. Luego me suplieron mis hermanos, cuando me tocó partir del hogar materno. Cómo olvidar esa sensación al golpear la masa con tus puños, al levantarla, para dejarla caer; y la enorme satisfacción de ver un trabajo realizado, a pesar del cansancio y el sudor a mares. Era ganarse el pan con el sudor de tu frente, literalmente.

La masa "dormía" en un lugar caliente. Y el domingo, temprano por la mañana nos dirigíamos al horno, a preparar los panes. Prender la leña, esparcir los carbones. Los panes no se pueden poner en un horno muy caliente, pues se queman. Tampoco en uno muy frío, ya que salen duros. Al llegar al horno había que "tablear". La masa nuevamente era amasada, aunque para esto comúnmente nos ayudaban manos mas expertas, de los ayudantes que trabajaban en la panadería. El "Fermín" y el "Bauti" ayudaron por algún tiempo. Los recuerdan? Luego se preparaban los "bollos" Mama Filly era una experta haciendo esto, y los demás mirábamos. Aprendimos, claro, pero nunca como ella. A nosotros nos tocaba engrasar las latas, y ahí ponían los panes, para que sean llevados al horno. Previamente, tenían que haber "dormido" un rato, para que "levanten". Y luego: al horno. 

Poner los panes al horno en las latas con esas palas de madera larguísimas, requiere una destreza muy particular. Nunca pude hacerlo. Y creo que tampoco lo intenté. No importa. Ya un rato después salían los panes recién cocidos, calientitos,  las rosquitas, los molletes, los bizcochos. Y de vez en cuando:.... el lechoncito al horno, con su ajicito delicioso, donde untábamos los panes y nos dábamos un banquete de padre y señor mío. Hmm, aquel que no ha probado esto, no sabe lo que realmente es delicioso.

Poníamos nuestro botín, los panes en una canasta enorme, y como llevando un trofeo de guerra, nos dirigíamos a la casa. El aromático y penetrante olor que despedían hacía que muchos transeúntes preguntasen: "Vendes pan?" Y ante nuestra negativa, se iban tristes y frustrados. Aunque, no se, quizá vender panes hubiese sido una buena idea. Tendré que preguntar de esto a alguien.

Las tardes de los domingos mi mamá se dedicaba a planchar la ropa, mientras nosotros revisábamos las tareas escolares. Por la noche a la misa, y a dormir temprano, que el lunes debíamos ir a clases.

A veces las rutinas de los fines de semana eran rotos por mi padre, que en un arrebato nos llevaba a bañarnos a Chancos y almorzar a Caraz, comer helados en Carhuaz. Un paseo  que alteraba nuestras "rutinas" de fin de semana. Pero, saben que? Extraño esas rutinas. Extraño mis panes hechos en casa, mi plato de avena, mi cebiche de chocho, mi pancito untado con el ajicito del lechón recién salido del horno.

Mi infancia no fue perfecta, pero fue hermosa. Tuve la suerte de nacer en un lugar precioso, donde las cosas simples de la vida hicieron una hermosa y bella melodía.

viernes, 6 de noviembre de 2015

La casa blanca.

No es sobre la casa del presidente de Estados Unidos, ni sobre algo parecido. En esta ocasión trataré sobre algo quizá más banal y mundano: una casa que para nosotros se nos antojaba embrujada.
Mi Huaraz querido es una ciudad que se encuentra enclavada en el corazón del Callejón de Huaylas,  rodeada por las cordilleras blanca y negra, teniendo como colosal guardián al majestuoso Huascarán, quien, junto al Huandoy guardan celosos la paz de nuestro querido pueblo.

El cielo Serrano, de un azul precioso, contrasta marcadamente con la línea de las montañas y cordilleras. Los sembrados y bosques son comúnmente claramente notorios desde cualquier punto de la ciudad. Incluso los pequeños caseríos y chacras son fácilmente detectables.
La casa de mis padres,  donde se desarrolló mi infancia completa, está ubicada a faldas de un pequeño cerro,  al cual nosotros llamábamos Shacpay. Sobre este cerro pequeño, se erguía uno mas grande, al cual conocíamos como Villa Andina. A través de estos dos cerros corría un sendero de herradura, por el cual, atravesando sembrios,  riachuelos y un cementerio se podía llegar hasta Marian,  caserío alejado donde se desarrollaban algunas fiestas que presentaban bandas de músicas, cuetes y corridas de toros.

También a Villa Andina gustábamos de subir para recoger moras,  que abundaban en los muros de las chacras. Y por supuesto para volar cometas, aunque para este menester suficiente era Shacpay.  En épocas de fiestas navideñas también podíamos recolectar "champita" y algunos pequeños cactus y pencas para armar el nacimiento. Tiempos aquellos.

A mitad del cerro,  dominando toda la ladera, se encontraba una enorme casa, que, cubierta únicamente con yeso, se notaba como una enorme mancha blanca en el verde amarillo del paisaje serrano nuestro.

En nuestro imaginario de niños corrían historias de tragedias, matanzas, acuchillamientos, niños y ancianos abandonados, espectros vivientes, almas en pena, y todo lo que uno pudiese imaginarse. Si, con respecto a cuentos de terror, fantasmas y cosas por el estilo, nuestras mentes volaban, gracias sobre todo a nuestro abuelo. El gustaba de asustarnos con cuentos de terror, sobre todo en las noches sin luna, o mejor si estaba lloviendo.

Historias de diablos errantes, muertos vivientes, seres embrujados, casas con maldiciones,  ángeles caídos, espadas de fuego, bastones mágicos, duendes y ollas de oro, y un interminable etcétera, eran la artillería pesada del abuelo, que se jactaba de haber enfrentado a esos seres en algún lugar o algún tiempo. Si, así era Papa Shatu,  con su infaltable poncho y su sombrero, y su hondilla en el bolsillo. Gustaba de tenernos a todos apiñados a su alrededor, escuchando embobados sus historias y cuentos. Demás está decir que no nos despegábamos del abuelo ni para ir al baño, y nos quedábamos dormidos a su lado. El nos cargaba de a uno y nos llevaba a dormir. Pero esa es otra historia.

Sobre la "casa blanca" en nuestro entorno de pequeños niños se habían tejido un sinfín de historias, como ya lo había mencionado líneas arriba. Alguien decía que había escuchado contar de fuentes fidedignas que por las noches se veían luces al interior de las habitaciones abandonadas, y que los gritos y quejidos eran el común de todos los días. Alguno mas refería haber escuchado una canción lastimera al pasar cerca a ella, y que al efecto de la música había quedado petrificado y sin habla por unos minutos eternos. Otro más que no eran gritos, sino más bien gruñidos los que se oían, junto al ruido del arrastrar de cadenas. Alguno contó que en cierta ocasión unos muchachos se atrevieron a treparse a los muros para observar lo que adentro sucedía, y que luego de observar algún monstruo come gente, quedó enceguecido por algún tiempo.

Era tanto el temor que nos infundía,  que al pasar cerca a ella, tratábamos casi de correr, y a veces nos tapábamos los oídos y conteníamos la respiración, no vaya a ser que caigamos en algún hechizo infernal y terminemos como presas de monstruos, fantasmas y espectros.

Pasó el tiempo, ya estaba en primer o segundo año de secundaria. Ya no era un niño. O por lo menos eso creía. Era el mayor de la mancha, donde estaban mis hermanos y los "chinos". El "chino" creció con nosotros,  tenían con su mamá, su abuela y sus hermanos una pequeña casa frente a la nuestra, y en medio había un pampon enorme donde jugábamos de todo, desde fulbito, matagente, kiwi, la bata, la guerrita, etc, etc.

Ya no éramos tan pequeños, y en un fin de semana cualquiera, en una de nuestras tantas andanzas al cerro, decidimos mostrar que no teníamos miedo, y que valientemente iríamos hasta la puerta de la temida casa, y jugaríamos en ella, sin importar fantasmas, canciones o monstruos.
Subimos valientes por el camino de trocha, comiendo moras y una que otra caña. Para darnos valor íbamos riendo de los cuentos esos, "para asustar niños". Incluso alguien hacia algunos sonidos y gestos para "asustar" y todos reíamos.

Subiendo al cerro, salimos de la trocha y con la frente en alto y el valor en el alma nos dirigimos hacia la puerta de la embrujada casa. Faltando menos de 50 metros para llegar, por alguna razón,  o por miedo colectivo, nos desviamos hacia la trocha, haciendo una especia de hipérbola y terminamos jugando al lado del riachuelo, juntando moras, y columpiándonos en un árbol caído. Nadie decía nada de la casa, hablábamos alto, como diciendo "allá vamos" "ya estamos aquí, no te muevas".

Hasta que sucedió. No se si fue el viento, o el rozar de los troncos de los árboles unos contra otros, o algún pájaro inoportuno o algún gracioso que se quiso pasar de listo. El asunto es que oímos un ruido extraño, que nos escarapeló el cuerpo y nos puso los pelos de punta. O por lo menos eso me pasó a mi, pero igual, como impulsados por un resorte inmenso salimos disparados cuesta abajo, como alma que persigue el diablo, cruzamos chacras, muros, riachuelos y cercos de espina en cuestión de segundos. No nos detuvimos hasta estar frente a la casa, en la seguridad de nuestro pampon del frente.

Nunca mas tocamos el tema. Incluso ya siendo adulto, nunca más regresé a la dichosa casa, aquella  que nos trajo en la niñez las más escalofriantes historias de suspenso y de terror.

Mi infancia fue hermosa, crecí viendo el amanecer por mi ventana, acompañado por la melodía de un madrugador jilguero y el olor del suculento desayuno en la cocina. Y jugaba en las praderas y los riachuelos, corriendo libremente desafiando a los vientos, disfrutando del hermoso paisaje serrano de mi Huaraz eterno.