Cómo ya he relatado antes, aprendí a leer cuando estaba en segundo grado de primaria. Y en todos los años de la escuela primaria me dediqué de lleno a la lectura, sobre todo la historia del Perú y del mundo. También empecé mi travesía por la literatura, y mi mente de niño empezó a volar por los mundos imaginarios de aventuras, piratas, princesas y héroes.
Por esta razón mi encuentro con las matemáticas en este período de tiempo fue más que superficial: sumar, restar, multiplicar con dificultad (la tabla del 7 era terrorífica), y dividir (que no podía realizar sin ayuda previa). Así llegué a la secundaria, donde el primer año la pasé bien, ya que solo necesitabas saber estas operaciones básicas, las cuales llegué a dominar con relativa facilidad.
Pero en el segundo año de secundaria empezaron las cosas serias en matemáticas: operaciones con quebrados, decimales, funciones algebraicas. En mi mente de poeta y soñador no había espacio para esas "operaciones complejas y abstractas". Y mi situación se complicó aun mas cuando nos tocó un profesor que enseñaba en la universidad y no tenía metodología para adolescentes de nuestra edad. En el segundo examen del año salí desaprobado, con 08, lo cual fue un acontecimiento que marcó mi vida para siempre.
Recuerdo muy bien que incluso mi padre fue a "conversar" con el profesor. Esto era sumamente raro, ya que normalmente mi padre nunca se inmiscuía en nuestros asuntos de colegio. Pero tuvo que aceptar el hecho que no había resuelto las preguntas en forma adecuada, y que por esa razón la calificación era correcta.
Así que, a pesar de que culminé el año como el mejor alumno, mi padre ya había tomado una sabia decisión: estudiaría en vacaciones un ciclo especial para no tener más problemas con las matemáticas. Y así fue. Me inscribió en la academia pre universitaria de uno de sus amigos. La academia Gamma. En aquel local funcionaba durante el año escolar un colegio privado, y en la época de vacaciones una academia pre universitaria y también habían aulas para los estudiantes de colegio: "vacaciones útiles", así se llamaban.
Recuerdo muy bien el primer día que fui a la academia. Iba vestido con unos jeans, camisa manga larga y una chompa tejida de lana de oveja o carnero, hecha por mi madre. Llevaba un cuaderno y un lapicero. Era una sensación extraña al entrar al lugar, ya que en la entrada te pedían la contraseña del pago y te dirigían al lugar que por tu grado y edad te correspondía. A mi me enviaron al aula para los alumnos de tercer año de secundaria. Habían no mas de 10 alumnos, en dos filas de asientos, y el profesor de turno empezó con las clásicas clases de aritmética básica, conjuntos, álgebra básica. Luego también algo sobre la célula, y no recuerdo más. Estaba decepcionado, ya que esas clases eran un mero remedo de las clases del colegio, sólo que no íbamos uniformados, y no había que aprobar al final. Quizá lo único interesante era la gente nueva, pues no nos conocíamos mutuamente.
Así, sin pena ni gloria transcurrieron los primeros días en la dichosa academia de la "vacaciones útiles ". Lo único que sucedió es que estando jugando con el lapicero en la boca, por un mal movimiento en la silla me tragué la tapa del mismo. Bueno, eliminarlo sucedió mucho después, ya imaginarán la forma y lo doloroso del acto. Pero a esto no va la historia. Pasa que en ese momento el amigo de mi padre, que era el dueño y director de la academia, me encontró en esa aula, y me preguntó :
- Y tú, que haces acá?
- Este, ejem, mi papá me dijo que ya había hablado con usted....
- No. No me refiero a qué haces en la academia. Sino, a que haces en esta aula?
-Es que, a mi me trajeron. Yo paso a tercer año...
- No. Acá estás perdiendo el tiempo. Ven conmigo. Toma todas tus cosas y sígueme.
Así que, tomé mi lapicero sin tapa y mi cuaderno y seguí obediente al amigo de mi padre. Me llevó al aula principal de la academia, donde se preparaban para el examen de ingreso a la universidad. Todos mayores que yo, algunos incluso ya adultos. Algunos se sonrieron al notarme, pues apenas era un adolescente que poco tiempo atrás fue un niño. Me sentí abrumado, disminuido, pequeñito, y tuve miedo.
Me senté en el lugar asignado, y me puse a escuchar la clase: "Me gusta fumar, y no tengo cigarrillos. Pero puedo formar un cigarrillo con seis colillas. En total tengo 36 colillas y quiero fumar el máximo numero de cigarrillos. Pregunta: cuantos cigarrillos puedo fumar?"
Uff, fácil. Casi todos respondimos lo obvio: 36/6=6. Seis cigarrillos!
"Falso!" Ante el estupor de la clase el profesor nos demostró que la respuesta correcta era 7.
Era una cosa de locos el razonamiento matemático. Habían tantas cosas obvias que no eran ciertas, tantos trucos y mañas, que rápidamente llamaron mi atención.
Pero, inmediatamente después de la clase pasaron unas hojas, donde indicaba el título :
"Simulacro N 2"
Y parado frente al aula se encontraba el director de la academia, dando las instrucciones para hacer el desarrollo correcto del examen. Yo lo miraba desconcertado, hasta que se acercó y me dijo:
- También tú darás el examen.
- No tengo lápiz, respondí. Una de las instrucciones era llenar solamente con lápiz.
- Toma, tengo uno. Te lo obsequio. Fue su respuesta y el inicio de mi tragedia.
Habré desarrollado 3 preguntas de un total de 100. El resultado, obviamente catastrófico: quedé entre los últimos en la lista. Y publicaron los resultados. Cuando estaba viendo lo mal que quedé, se me acercaron algunos muchachos, mayores ellos, para darme aliento:
- Así se empieza, chibolo.
- Claro! Yo ya llevo dos años preparándome y ya estoy en la mitad de arriba de la tabla. Este año sí ingreso.
- Pero los patas que están en los primeros puestos, esos si son unos genios. Contra ellos no se puede competir. Son súper chancones.
- Ánimo chibolo. Acostumbrate a estar en el fondo de la tabla. Ja, ja, ja.
Cabizbajo y meditabundo me fui a mi casa. Y dentro de mi se despertó un indio rebelde que no se iba a entregar tan fácil. No señor, no soy tan fácil de vencer. Daré batalla.
Y la di.
Me entregué por completo al mundo de los números y de la lógica. Poco a poco, a fuerza de practicar una y mil veces fui descubriendo para mi un universo único de leyes y fórmulas que gobiernan el mundo, la naturaleza, el universo y nuestras vidas.
En el siguiente examen ya no me fué tan mal. Quedé a la mitad de la tabla. En el otro ya estaba entre los 20 primeros, y así, de a pocos fui dominando esos dichosos exámenes preparatorios llegando al término de la primera mitad del ciclo como el alumno con el máximo puntaje. Todos quedaron sorprendidos. Ya no le trataban como un "chibolo", ya muchos se hicieron mis "amigos". Pero ahí no quedó la cosa. Seguí mejorando. Y poco a poco mi nota en esos exámenes se hizo tan alta, que llevaba al segundo de la tabla por lo menos 20 puntos de ventaja. Mi meta era el puntaje perfecto. No lo logré ese año, pero al regresar al colegio, al estudio regular, mi habilidad con los números ya eran de leyenda.
Es en el tercer año que nuestro profesor de matemáticas fué uno de los mejores de su rubro en el colegio: el profe Chumpi. Así lo llamábamos todos, por su parecido físico a aquel futbolista mítico de la selección peruana de los años 70, el capitán de América, el granitico Héctor Chumpitaz. El profesor Chumpi, Amancio Villafane, se tomó muy en serio nuestra educación en las matemáticas, así que con un grupo de estudiantes formó una academia en la casa de uno de mis amigos. Obviamente asistí a la academia, pero eso era mero formalismo. Muy aparte el profe me hacía desarrollar problemas cada vez más avanzados, y con un grado de dificultad mayor que los que se dan en los colegios. Mi arma favorita: el razonamiento matemático. Era tal mi capacidad de abstracción y mi poder de observación, que prácticamente podía desarrollar cualquier problema matemático usando esta herramienta. Y el profe Chumpi me ayudaba.
Terminé el tercer año con méritos. Y nuevamente fui a la academia pre universitaria. Ya me esperaban. Y en el mismo salón estaba el primer alumno de ese colegio. Se suponía que él iba a enseñarme, pues estando él un año mas adelante tenia mas experiencia que yo. Craso error. En un solo examen me ganó por un punto, en los demás lo aplasté sin consideración. Incluso me tomaron los exámenes de ingreso de la universidad local, los aprobé sin dificultades.
Era un Dios.
Al estar cerca el inicio del nuevo año escolar, se acercó a mi el director de la academia, que era amigo de mi padre. Me hizo una propuesta: una beca integral para terminar mis estudios en su colegio, y además, algunas "propinas" por mi participación en concursos. Mi respuesta fue de antología :
- Soy y seré Luzuriaguino, con mucho honor!
La cara de asombro del director, se transformó en una gran sonrisa. Me dio la mano, una palmada en el hombro y respondió:
- Admiro tu lealtad. Felicidades Max.
Me regaló unos libros, y yo regresé a mi colegio, para seguir dando lata a mis profesores.
En la GUE Mariscal Toribio de Luzuriaga yo ya era una leyenda. Mi habilidad con los números se comparaba únicamente a mis conocimientos en historia y literatura. No había profesor de matemáticas que pudiese elaborar un examen digno a mi nivel. Los resolvía con solo mirarlos. Y nuevamente terminé el año como el mejor del año, con notas que nunca antes nadie había obtenido.
En las vacaciones después del cuarto año, me inscribí en otra academia pre universitaria, deseoso de buscar nuevos retos y mayor conocimiento. Un tremendo error. Ya no había para mi en ese entonces, en mi pequeño pueblo, nadie que pudiese enseñarme algo nuevo en las matemáticas. Así que me dediqué a perfeccionarme por mi cuenta, con la ayuda de los libros que compró mi padre. Y también a perfeccionar mis habilidades en el ajedrez y retomé mi vicio por la lectura, deborando tomos enteros de literatura y de historia, mis temas predilectos.
En el quinto año de secundaria, el último del colegio, el profe Chumpi nuevamente nos tomó a su cargo. Pero, me sacó literalmente del aula. Me dijo que las clases que él daba para los demás ya no me servían, y que mejor me dedicara a otra cosa en ese tiempo. Me daba libros con cálculo avanzado, pero eso me aburría. Así que seguí con mi vicio en la lectura de literatos mundiales.
Participé en concursos, gané. Pero ya no me interesaban. Sentía que las matemáticas eran tan simples y predecibles, que todo lo solucionaba sin mayores contratiempos. Incluso llegó un profesor nuevo al colegio, venía de Lima, recién egresado, con especialidad en matemáticas. Era un sobrado, miraba a todos por sobre el hombro, ya que nos creía unos cholitos atrazados. Tan equivocado no estaba, pero el pobre no sabia con quien se había metido. Con la mediación de mi pata Paseta, lo reté públicamente a solucionar un problema. Estábamos en hora del recreo, él se encontraba con los otros maestros, yo con mi mancha de amigos. Él me envió un problema, que debería ser muy difícil de responder. Yo a él, otro. Pero el mío tenía un truco. Y cayó. Pude fácilmente resolver su problema, y le mandé su respuesta con el mensajero Paseta. Cuando él ya no pudo más, y dio un resultado incierto, le mandé la solución a mi problema con el mismo mensajero. Fue un escarnio brutal. El escándalo que desató Paseta fue tal, que todo el colegio se enteró de lo sucedido. El profe renunció y se fue a Lima. Nunca mas supimos de él.
Así iban las cosas, yo creía ser un Dios de los números, y también en mi colegio todos esperaban que estudie ingeniería o alguna cosa afín. Grande fue su sorpresa al enterarse que, después de terminar el colegio, había ingresado a la Universidad Cayetano Heredia, y que mi nuevo objetivo era convertirme en médico.
Todavía me entretengo haciendo algunos problemas de matemáticas y de razonamiento. Últimamente he iniciado la lectura de los grandes libros de la ciencia moderna de la mano de gran Sthepen Hawking, con el único interés de entender la vida y el universo. Y estoy completamente seguro que nada de esto hubiese pasado de no haber sido por ese profesor que me desaprobó en un examen de matemáticas en el segundo año de secundaria. Y del cual, ni su nombre me recuerdo.
Gracias a mi padre, por haberme apoyado en todo momento, a su amigo, el Chino Gamma, así le decíamos al director de la Academia Gamma, por haberme empujado al turbulento río competitivo, y por supuesto, gracias al profe Chumpi por haber completado mi preparación en ese inmenso y maravilloso mundo de los números y ecuaciones.
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