miércoles, 2 de diciembre de 2015

Navidad de los pobres...

"Junto a la mesa sentados ya
Los cinco niños, mamá y papá.
Humildemente van a esperar
Al niño santo que nacerá.
Y si no hay amor, 
Hay un corazón
Sólo una canción para regalar
Una sonrisa para empezar
Porque es muy pobre la Navidad.
Navidad de los pobres,
Que feliz Navidad..."

Así era el villancico mas popular en mi infancia, cantado magistralmente por los Niños Cantores de Huaraz, con cuyo LP acompañábamos nuestros días navideños en la casa de mis padres. Navidad de los pobres, que feliz Navidad!

No éramos pobres, pero las cosas no sobraban, y si bien es cierto siempre había regalos para estas fiestas, normalmente no eran tan ostentosos ni lujosos. Pero teníamos regalos. Algo que naturalmente no todos pueden decir. Aunque, para ser sinceros, lo que acompañaba al espíritu navideño era la parte más importante de este mes lleno de magia y encanto.

Empezaba diciembre en mi pequeña ciudad serrana, con algunas lluvias tempranas, y con sol por las mañanas. Ya estaba por terminar el colegio, algunos exámenes, una que otra tarea final. Y empezaba la época dorada del año, algo para lo cual nos estábamos preparando con mucha anticipación y con mucho ahínco: la Navidad.

Desde muy pequeño, entendía que la Navidad era la celebración del nacimiento de Jesús, en el pesebre de Belén, al lado del burro y la vaca, con los pastores cantando, y siendo visitado por los Reyes Magos. Aquellos que traían oro, incienso y mirra, Melchor, Gaspar y el negrito Baltazar. Ellos traían los regalos. Pero también había otro ser mas enigmático, mas bonachón y carismático: Santa Claus o Papá Noel. Con su enorme abrigo rojo, su barba blanca y su enorme saco se paseaba esa noche repartiendo regalos entre todos los niños buenos del planeta. Para que él te haga caso, debías escribir una carta, o que alguien lo haga en tu nombre si no podías hacerla con tus propias manos. La carta, o nota en mi caso, se debía colocar en una media colgada, o dentro de un zapato. Y, si habías sido bueno, y tenías mucha suerte, al despertar en la mañana de la Navidad encontrarías al pie de la cama el tan ansiado regalo. Así fue cuando aún era pequeño, apenas recuerdo que me dictaban: "unas pistolas, un caballo". Yo asentía, y pedía que anotaran correctamente los nombres de los regalos en el trozo de papel, que después diligentemente colocaba en mis zapatos. 

A medida que pasaron los años, llegaron mas hermanos, yo ya iba a la escuela, y ahí es donde realmente empezaron a ser nuestras navidades realmente espectaculares.

Empecemos por la parte mas importante de este relato: el Nacimiento. No, no se trata de un parto, o de que alguien cumpla años, ni nada por el estilo. El Nacimiento era el alma de las fiestas navideñas, y armarlo todo un arte. Primero, el punto más álgido era conseguir la "champita", aquella especie de grass que crece solamente entre las piedras en los cerros, y que comúnmente encontrábamos en los muros de las chacras, que eran de piedras. El asunto era recogerlo de esos lugares, pues las lluvias tempranas habían hecho que brote en todos esos lugares, pero a los dueños de las chacras no les agradaba para nada la idea que unos mocosos estén destruyendo sus cercas de piedra y sus sembradíos. Así que nos levantábamos un buen día muy temprano, y con las primeras luces del alba, nos dirigíamos hacia el cerro, canasta en mano, en búsqueda del preciado tesoro. Pasábamos mil peripecias, con perros que nos ladraban, campesinos molestos que nos perseguían, pero de una u otra manera lográbamos colectar una buena cantidad de la vital champita. Al mismo tiempo conseguíamos algunas piedras, troncos con musgo, pedazos de madera, pequeños cactus y pencas, para poder adornar nuestro nacimiento de la mejor manera posible. Con el tiempo mis padres compraron la dichosa champita en el mercado, y después, la guardábamos en unas cajas por el resto del año. Faltando unas semanas, las sacábamos y las regábamos, y asunto arreglado. Pero, las mejores épocas fueron, cuando canasta en mano, y a veces hasta cantando, nos dirigíamos cerro arriba, entre las chacras, riachuelos, acequias y árboles, buscando entre las rocas a la tan codiciada champita.

Ya en casa empezaba la siguiente parte, no menos importante: armar el nacimiento. Mi padre en esto siempre tenía un rol gravitante: primero, cortaba una rama de un ciprés o de una casuarina, y la colocaba en un balde de metal con piedras y arena, para así tener el arbolito navideño. Ponía la mesa, sobre la cual estaría toda la escena, y se encargaba de las luces navideñas y de instalar un foco en el techo del pesebre. 

Teníamos un pesebre hecho por mi tío Joel, hermano de mi madre fallecido en el terremoto de Huaraz de 1970. Estaba hecho de madera, paja y cartón, pintado al parecer con acuarelas. En su techo mi padre siempre colocaba un foco para iluminar la escena principal: las imágenes de María, José y la cuna del niño Jesús. La cuna estaba vacía, ya que al niño lo colocábamos recién el 24 de diciembre a las 12.00 de la noche. En ese mismo lugar iban el burro y la vaca (o toro?). Afuera estaban los tres reyes magos, y en el techo del pesebre el infaltable gallo. Todos estos elementos de yeso, arcilla o no se qué material, pintados. Habían otros animalitos, el león, las ovejas, los patos, los camellos, el zorro o el lobo, el pavo y otros más que ahora no recuerdo. También había casitas, hechas de cartón. El nacimiento siempre tenía un camino central, donde iban los reyes magos y los camellos, un lago para los patos (un pedazo de vidrio sobre papel azul), unos cerros, y el arbolito coronando todo. En la cima del árbol la estrella, los adornos colgados, y las luces de navidad, de 24 focos de distintos colores, alumbrando con su prende y apaga todo este pequeño mundo llamado nacimiento.

Una vez terminado, esperábamos que anochezca para poder disfrutar de las luces navideñas en todo su esplendor. El foco central se prendía en raras ocasiones. Al inicio nuestro nacimiento era pequeño, pero posteriormente fue creciendo para llegar a copar toda la mesa de la sala, e incluso alguna vez lo hicimos en el suelo. Era una costumbre de nuestra tierra, incluso contaban mi madre, mis tías y mi abuelo, que antes del terremoto se hacían concursos de nacimientos, y que cuando ellos eran pequeños, hacían trabajos enormes, con figuras articuladas, representando a zapateros, cocineras, panaderos. Aún guardaban algunas figuras de esos tiempos, y en la casa de la abuela también armaban un nacimiento, aunque pequeño.

Y cantábamos villancicos. El primer villancico que canté era el Navidad, Navidad, blanca navidad.., también Sopa le dieron al niño, no se la quiso comer.. Hasta que en un año de aquellos aparecieron los Niños Cantores de Huaraz, y promocionaron su LP con villancicos en cumbia, de donde es tomada la introducción a este relato. Y nuestra vida cambió. Ya no mas canciones lentas y monótonas, sino a ritmo de cumbia y con panderetas, bailando. El burrito tabanero, cholo cholito, vengo de las alturas, y todos esos villancicos con los cuales pasamos todos los meses diciembre esperando la llegada de navidad en mi casa, con mis padres y mis hermanos.

Y no podían faltar, las misas de gallo. Eran de madrugada, en la pequeña capilla que estaba al lado de la casa. Había que madrugar, para ir a rezar y cantar. Fui muy pocas veces, pero a las que fui, aparte del frío terrible y las canciones, no recuerdo de que hablaban y mucho menos la razón para ellas.

El 24 de diciembre era una noche especial y mágica. Esperábamos ansiosos la medianoche, por los regalos. Y las luces de bengala, para iluminar el nacimiento. Luego, en la media noche colocar al niño, y felicitarnos por la llegada del Niño Jesús. En ese momento las luces del nacimiento se encendían en toda su magnificencia. Claro, al inicio fueron solo 24 foquitos, pero con el tiempo fueron aumentando. Era curiosos ver a mi padre arreglando las lucecitas navideñas, pues siempre, al guardarlas de un año a otro, algunos foquitos se quemaban, y había que reemplazarlos. A veces se quemaba el foco "piloto", ahí la cosa era grave, pues de éste dependía que las luces prendan y apaguen. Aunque, siempre había solución para todo. 

También la cena navideña con el infaltable pavo. Desde algunos meses antes se compraban pavos pequeños en el mercado, y luego se los alimentaba para que cuando llegue la noche buena sirvan a nuestros apetitos. Los pavos eran bravos, no se dejaban atrapare, se molestaban y te pateaban. Era ley no molestarlos. Pero en la noche navideña, se daban su última borrachera. Mi abuelo, mi padre, les daban vino, y los emborrachaban hasta los tuétanos. Y después, es conocido el final de los pavos en navidad. Los hinchas celestes no se molesten, pero en esta navidad, les recomiendo no emborracharse. Una bromita.

Con el tiempo, cuando fuimos creciendo, salíamos de compras con mis padres. Paseábamos por las calles céntricas de la ciudad, abarrotadas de vendedores y de regalos. Siempre para mí fue toda una experiencia el entrar a las tiendas Sotelo, donde se vendían los mejores y mas caros juguetes de Huaraz. Posteriormente fue destronado y olvidado, y las calles de la Avenida Luzuriaga invadidas por mercaderes ambulantes, donde podías encontrar el regalo prometido. 

Y también llegó la época de preparar los panetones en casa. Esos adorables bizcochos con pasas, frutilla y demás ingredientes, que hacía la delicia de nuestros paladares, y que, gracias a nuestra viejita, aún ahora podemos darnos el gusto de disfrutar. Es cierto, al inicio solamente consumíamos los panetones D'Onofrio, o quizá Motta, luego apareció el Todinno con su Todinito. Pero, lo que realmente hizo especial nuestras fiestas eran los panetones amasados y hechos en forma artesanal por mi madre. No recuerdo el momento exacto, pero si se que fue en el horno de su comadre, que vivía cerca de nuestro colegio, donde empezó la hazaña. Ella, la comadre, ya fabricaba panetones artesanales, y , mi Madre, por alguna razón también empezó a hacerlos. Con ayuda de amasadores expertos, poco a poco, fue puliendo sus medidas y sus proporciones, hasta lograr un manjar de panetón, con un sabor incomparable e insuperable.

El 25 de Diciembre jugábamos, luego de la mala noche estábamos con la resaca navideña, pero entre todos mostrábamos nuestros regalos, y compartíamos interminables horas de juego y sueños.

En mi niñez, nuestra Navidad no era de pobres, era de una riqueza inmensurable, difícil de conseguir y de medir. Estaba llena de magia, de milagros, de amor y de paz.

Felices fiestas navideñas, que el espíritu del amor, la alegría y la paz llene todos nuestros hogares.

Mientras el enlace este vigente en you tube:
Niños cantores de Huaraz

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