jueves, 10 de diciembre de 2015

Vamos de pesca.

Pescar. Un deporte? Un pasatiempo?  Ocio? Realmente pueden haber muchas definiciones y conceptos al respecto de esta actividad, así como de fanáticos y detractores. No me ocuparé en esta ocasión ni de los aspectos conceptuales, lingüísticos o académicos sobre este deporte. Tampoco sobre sus beneficios o perjuicios. Ni de lo uno ni lo otro.

Trataré de relatar mi tortuoso y corto paso por esta actividad, destinada principalmente a elementos del género masculino.

Mi primer encuentro con la pesca se dio en las épocas de mi niñez temprana. Mis primos, hijos de la hermana mayor de madre, y por ende mayores que yo, vivían cerca a dos ríos y a la piscicultura en Huaraz. Recuerdo muy bien la primera vez que me llevaron a la piscicultura: habían truchas de todos los tamaños, desde las más pequeñas hasta las enormes, que a nosotros se nos antojaban del tamaño de ballenas y tiburones. Si, en mi mente de niño, creía ver en el pequeño lago artificial ambientado en la parte central de la piscicultura, un enorme pez de magnitudes colosales, que a voluntad podía abandonar ese pequeño lago y vagar por ríos y mares del mundo. Es cierto, mi imaginación siempre ha sido prolija, incluso de pequeño.

Mis primos habían construido una mini piscicultura en su casa,  haciendo que el agua de una de las acequias sirva de alimentador y desagüe para la misma, siguiendo los parámetros de la original, y en ella habían puesto algunas pequeñas truchas que habían logrado cazar en el río. Era impresionante ver a esos pequeños animalitos nadar contra la corriente y mantenerse vivos, alimentándose de las migas de pan que les dábamos. Es buscando a esos pequeños peces que nos adentramos a las zonas menos accesibles del río, en búsqueda de nuestro preciado tesoro: pequeñas truchas. Pero a veces, con poca frecuencia, es cierto, veíamos una trucha de mayor tamaño escabullirse entre los peñascos y la corriente. Está de más decir que nunca pude atrapar siquiera una pequeña o minúscula trucha. Me contentaba cazando a los renacuajos, esos si abundaban en todos los charcos y acequias, incluso cerca a la casa donde vivía.

Es así que, sin haber hecho nada peculiar en el aspecto de pescar, partí a mis estudios superiores, a la tierra de los cosacos, el vodka, las matrioshkas, esperando algún día tener una caña de pescar, mi sombrero de pescador,  mis anzuelos, carnadas, redes y todos esos artilugios que solamente había visto en libros u en la tele. Soñaba con horas de silencio, frente a un lago, o sobre un bote, esperando pacientemente por mi anhelado Trofeo: un pez. Ya para esto había leído varias veces una de las obras maestras de Ernest Hemingway: el viejo y el mar. Soñaba con hacerme a la mar, en un pequeño y frágil bote, enfrentarme sólo a una criatura enorme y poderosa, sacarla a flote y luego.... Bueno, soñar no cuesta mucho, y aparentemente no estaba solo en mis sueños, pues con mis amigos de la universidad,  el círculo más cercano, los patas de juerga, parranda y de vicios, con ellos decidimos irnos de pesca.

No recuerdo la fecha exacta, pero era primavera. Fuimos en grupo a comprar las cañas de pescar: de fibra de carbono o algo por el estilo. Estaban baratas. Luego cada uno compro su carrete, el mio era para cazar tiburones creo, por el tamaño. Pero, vamos, si es pescar, hagamoslo a lo grande. Luego los anzuelos,  los flotadores, los señuelos, el nylon, etc,etc. Incluso compramos redes y los infaltables sombreros de pescador.  Estábamos completamente armados y equipados para salir a cazar ballenas y orcas, si fuese el caso. Teníamos de todo.

Un domingo de esos, ya lo teníamos todo planeado. Nos recogimos temprano el sábado, para madrugar el domingo. Ir a dormir temprano un sábado?! Es en serio?! Si, aunque parezca mentira, los reyes de las fiestas de sábados,  amos de las parrandas y juergas, esos mismos, que eran mis amigos, no yo, se fueron a dormir temprano un sábado.

Mi costumbre personal, como un aplicado y empeñoso alumno, era de guardarme temprano los fines de semana, para recuperar fuerzas y seguir con mi ardua y esmerada preparación en las aulas universitarias.  El que lo dude,  que pregunte a mis amigos.

En fin, el domingo programado nos levantamos de madrugada, cogimos nuestros equipos, materiales, implementos,  bolsas, mochilas,  sacos y un largo etcétera y, con una botella de vino para el frío, bajo el brazo, completamente armados, equipados y artillados para cazar a Moby-Dick si era necesario, con la mirada serena y la frente en alto, al paso de una melodía etérea que acompaña solamente a los valientes en su camino a una hazaña épica de trascendencia inmortal, nos encaminamos a lo más profundo del océano. Es decir, tomamos un taxi, y nos dirigimos al río. Para esto, ya nos habíamos empujado la primera botella de vino. Y estábamos embalados.

Debo puntualizar que yo no bebía, solamente una copa para acompañar, nada mas.

El río Don es, junto al Volga, uno de los ríos más grandes de Rusia, es navegable y enorme. Le da el nombre a la ciudad donde estudié: Rostov del Don, tierra de cosacos. Este enorme río es el motor de Rostov, y en el se pueden encontrar barcos enormes, que lo recorren en forma permanente. También en una de sus riberas se ha ambientado una playa, con zonas para acampar y para la recreación durante los calurosos días de verano. Ahí NO fuimos, sino al lugar especialmente diseñado para los amantes de la pesca. Ese lugar se encontraba en una especie de codo del río, donde las aguas eran mas lentas, y atrapar un pez era más probable.

Llegamos con las primeras luces del alba, y no éramos los primeros. Tuvimos que negociar un lugar, pues casi todos los mejores sitios ya estaban abarrotados. También llevamos cuchillos, para enfrentar al enemigo. Bueno, nos sirvieron para escarbar en el barro y conseguir algunos gusanos para armar los anzuelos. Era de comedia vernos pelear con el nylon enredado, los anzuelos, flotadores y señuelos desperdigados por toda el área, y nosotros tratando vanamente de armar nuestras cañas de pescar. A propósito, las cañas vienen desmontadas, y hay que prepararlas.

Luego de mucho trabajar, y habiendo despachado a la basura muchos elementos "sobrantes", con el anzuelo fijado adecuadamente en el nylon, y los carretes y la caña en su lugar, nos dispusimos a colocar los gusanos de carnada. Para esto, yo me consideraba un experto de la pesca, pues, para variar, había investigado en algunos libros y folletos, sobre la pesca y sus detalles. Pero nada de eso sirvió para ayudarme. No pude insertar el gusano en el anzuelo, terminé viviseccionando al pobre animalito, que en pez descanse y del río goce, y así, después de mil intentos, al fin pude armar el anzuelo con la carnada. No fui el peor del grupo en estos menesteres. Uno de mis patas, colocó al gusano atravesado por la mitad, colgando del anzuelo, al estilo de los dibujos animados, y lo lanzó al agua, para después, al retirarlo, notar que del pobre gusano solo quedaba una mitad, y la otra había sido engullido por algún pez, que de seguro nos agradeció por el desayuno bien servido.  Ya para esto los pescadores del lugar, nos miraban divertidos. Reían con cada cosa que hacíamos, los anzuelos enganchados en los pantalones, o en las manos, los cordeles de nylon enredados de tal manera, que mas fácil era cortarlos y reemplazarlos, y cosas tan graciosas, que la faena de pesca de aquellos pescadores, pasó de ser monótona y silenciosa, a bulliciosa y divertida. Ya para esto, la otra botella había sido generosamente compartida, para ver si de esta manera, lográbamos una caritativa ayuda de manos mas expertas.

Pero la cereza del plato estaba por llegar. Como anoté líneas arriba, me había preocupado en leer toda la teoría de la pesca en folletos y libros disponibles para mí en esa época. Así que, una vez que hube terminado de armar mi primera carnada, y con la caña en mano, el sombrero bien puesto, me planté frente al río, y con un gran movimiento de manos, brazos y codos, con un estilo de pescador de merlín, atún o de ballenas, con aires de viejo lobo de mar, y con gran aplomo, hice los movimientos necesarios, incluyendo el de la cintura, haciendo dar algunas vueltas al anzuelo, el señuelo y la plomada detrás mío, para después, con un amplio y gran movimiento, hacerlos volar sobre mi cabeza, y dirigirlos hacia la parte mas alejada del río, donde pueda encontrar a la mas bella presa jamás pescada. Hecho esto me dispuse a ver caer la carnada y el anzuelo al agua, y .... nada. Nunca cayó.

Las risas generales me sacaron de mi letargo. Levanté la mirada, y para mi asombro y desconcierto, el anzuelo, la carnada, el señuelo y la plomada aún se mantenían en el aire, sostenidos por una fuerza sobrenatural que los mantenía en levitación permanente y frustrante, impidiendo que cumplan con su deber sagrado, y pueda así yo cazar a un bello y hermoso ejemplar de pescado.

Se había atorado en unos cables eléctricos que por allí cruzaban. Estaban tan altos, que solamente haciendo un lanzamiento desmesurado, se podía lograr enredarlos. Y yo lo hice.

Luego de reír a mandíbula batiente con mi hazaña, corté el cordel de nylon, y ya con mas experiencia, me dispuse a preparar un nuevo anzuelo, carnada, señuelo, flotador, plomada, y etc, etc. Pero el vino ya había hecho su divino milagro, y nos dedicamos más a hacer bulla, reír, contar chistes y anécdotas, para pasar la mañana frente al río.

No pescamos nada. El único que realmente pesco algo fui yo, pero un cable eléctrico en lo alto no es necesariamente un buen trofeo para una faena de pesca. Pero, no regresamos con las manos vacías. De retorno a casa, pasamos por el mercado. En esas épocas, no se si ahora también, en el mercado de Rostov vendían peces vivos, traídos en enormes cisternas, y entregados a los compradores directamente del agua. Imposible más fresco. Así que ahí nos dirigimos, compramos unos cuantos pescados, y los insertamos en los anzuelos, y así, triunfantes, regresamos a la residencia, para preparar el almuerzo, con el "trofeo" logrado con tanto esfuerzo y empeño. Juramento de silencio, pero no pasó ni un día, y en una reunión ya nos estábamos nuevamente riendo de nuestra hazaña con la pesca, los anzuelos, los gusanos, y por supuesto, de mi logro con los cables eléctricos.

Luego de esto, guardamos todos los implementos en lo mas profundo del baúl de los recuerdos. Solamente los sacamos para llevarlos de paseo aquella vez que nos embarcamos en un viaje en barco por una semana a través del majestuoso Don desde Rostov a Volgogrado. Fueron embolsados, creímos por un momento que por el hecho de estar todo el tiempo en el río, podríamos dedicarnos a pescar en uno que otro rato. Craso error, no tuvimos tiempo ni para sacar las cañas de sus bolsas. Sobre este pequeño viaje contaré algo mas un día de estos, pero, por ahora, solamente basta con referir que las cañas de pescar fueron y volvieron en la misma bolsa y en el mismo lugar de inicio al fin de la travesía. Puntualizando, no hay ninguna similitud con el filme "El secreto de la montaña" ni mucho menos. Mal pensados. Nosotros hemos sido, somos y seremos bien machotes. Por lo menos eso creo.

Al regresar de Rusia, no pude traer mis implementos de pesca, junto a tantas otras cosas y pertenencias que dejé en aquel país, que me dio tantas cosas y tantos recuerdos.

Ya en el Perú, estando en las filas del Glorioso Ejército Peruano, en la Unidad Militar de Infantería de Selva N°1, siendo capitán de Sanidad, el segundo de la línea de mando de la Compañía, en la localidad Urakuza, distrito de Nieva, provincia de Condorcanqui, departamento de Amazonas, a orillas del caudaloso y torrentoso río Marañón, en lo más profundo de la selva, alejado de la civilización por nosotros conocida, y entregado alas labores inherentes de una Unidad de Selva, en uno de esos días en los que no había nada que hacer, que no eran pocos, estaba paseando por los alrededores, cuando vi a un par de soldados atareados a la orilla de una de las tantas "cochas" que rodeaban el campamento. Al acercarme a ellos, luego del respectivo saludo, ellos me mostraron la tarea a la que se dedicaban: estaban pescando.

Armados de cordeles de nylon, enrollados en un pequeño palo, y de unos anzuelos, usando masa de pan como carnada, estaban atrapando peces no tan pequeños, y les iba bien en su faena. Ya tenían unos cuantos, y se avizoraba un pequeño festín de pescado. Decidí unirme a ellos, solo por el hecho de practicar ese deporte, con el cual tanto había soñado. Y al fin, después de tanto tiempo y tantos intentos, al fin pude pescar: un sapo. Un sapo mordió mi carnada. Los soldados me miraron ofuscados, sin saber que hacer. Luego, cuando solté la carcajada, ellos rieron con tantas ganas y desenfado, que atrajeron a mas personas hacia nuestro lado.

Entonces, armados de los cordeles y de los anzuelos, nos dirigimos al río, a un codo de aguas lentas, y lanzamos nuestros anzuelos. Y ahora si, al fin, pude atrapar en pequeño pez. Fue tanta mi alegría, y mi jolgorio, que todos los presentes celebraron conmigo. (Nota del autor: o lo hacían, o iban al calabozo. No olvidar que yo, era un capitán y ellos, soldados rasos). Tanta fue la bulla, que atrajimos a mas personas hacía donde estábamos pescando.

Uno de los suboficiales del lugar, muy amigable el, se acercó y me preguntó:
- Mi capitán, que hace?
- Que no ves? Estoy pescando!
- Ah. Y cómo le va?
- Mira. Ya hemos atrapado cinco pescados!

Orgulloso le mostré nuestra pequeña ruma de pescados. Miró divertido, y con una enorme sonrisa en los labios, me preguntó:
- Puedo pescar con usted?
- Claro! Vamos, súmate, así logramos tener más pescado, y a lo mejor nos damos un banquete.
- Pero, por qué mejor no vamos mas al fondo?
- Buena idea. Número, traiga la canoa!
- Enseguida mi Capitán!

Así, armados de nuestros pequeños cordeles, nos subimos a una canoa, y nos dirigimos al centro del codo del río, donde este formaba un pequeño remolino. Grande fue mi sorpresa, al notar que se nos unieron muchos más soldados, al enterarse que el "suboficial" iba a pescar. Yo no entendía nada. Pensé por un momento que usaría redes, o quizá los atraparían buceando, pues ninguno de ellos trajo anzuelos, ni cordeles, ni gusanos, ni migas de pan. El suboficial traía una mochila, y uno de los sargentos estaba fumando.

- Oe sargento, aléjate! Acaso quieres que volemos todos?
- Si mi sub, pero tengo que mantener el cigarro prendido.
- Pero, ponte al otro lado de la canoa, sonsonaso!
- Entendido, mi sub.

Yo no decía nada, no entendía nada. Y en eso, cuando estábamos en medio del río, y yo tenía mi cordel y mi anzuelo listos, el oficial se paró y sacó de su mochila...

Dinamita.

Eso era lo que llevaba. Ató dos cartuchos de dinamita a una bolsa con piedras, les puso la mecha, y con el cigarro las encendió y las lanzó al centro del dichoso remolino.

Bum!

Una explosión seca, decenas de peces salieron volando por los aires. Luego, como impulsados por resortes imaginarios, todos los soldados saltaron al agua, y empezaron a atrapar a los peces atontados. Estaban la mayoría flotando, arrastrados por la corriente del río. Pude ver uno de ellos flotando por algunos segundos, luego, de un movimiento brusco recuperar el aliento, o lo que sea que tienen los peces, y sumergirse raudamente en las profundidades del colosal río.

Bum!

Nuevamente el mismo procedimiento, y ya la canoa estaba repleta de peces. Algunos nativos aguarunas también llegaron en sus canoas. Al principio pensé que se molestarían, que nos criticarían, o cosas por el estilo. Pero no fue así, ellos también participaban del festín acuático. Hay que mencionar que los aguarunas, que son los pobladores de esta zona de la Amazonia, con mucha frecuencia envenenan las aguas de los ríos, con una sustancia conocida como barbasco, para poder atrapar a los peces. Luego de atraparlos, este veneno por alguna razón desaparece y los peces pueden comerse libremente. Pero, hay que mencionar también, que el barbasco es tóxico, y puede ser letal para las personas. Hay muchos envenenamientos con este producto en la selva. O los habían, por lo menos en el tiempo que estuve por allá.

Es así como completamos una faena de pesca, con harto pescado para todos, y nos dimos una suculenta merienda, e incluso sobró para el siguiente día.

Luego de esto, ya no he vuelto a pescar.

Estoy seguro que en algún momento volveré a tomar mi caña de pescar, mis anzuelos, mi sombrero, y me sentaré en la tranquilidad de una mañana soleada o de una tarde nublosa, frente a las aguas de un pequeño lago, o en el mar tormentoso, esperando con paciencia que el pez mas enorme jamás visto, se enfrente a mi en colosal combate, para sacarlo del agua o perecer en el intento.


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