No es sobre la casa del presidente de Estados Unidos, ni sobre algo parecido. En esta ocasión trataré sobre algo quizá más banal y mundano: una casa que para nosotros se nos antojaba embrujada.
Mi Huaraz querido es una ciudad que se encuentra enclavada en el corazón del Callejón de Huaylas, rodeada por las cordilleras blanca y negra, teniendo como colosal guardián al majestuoso Huascarán, quien, junto al Huandoy guardan celosos la paz de nuestro querido pueblo.
El cielo Serrano, de un azul precioso, contrasta marcadamente con la línea de las montañas y cordilleras. Los sembrados y bosques son comúnmente claramente notorios desde cualquier punto de la ciudad. Incluso los pequeños caseríos y chacras son fácilmente detectables.
La casa de mis padres, donde se desarrolló mi infancia completa, está ubicada a faldas de un pequeño cerro, al cual nosotros llamábamos Shacpay. Sobre este cerro pequeño, se erguía uno mas grande, al cual conocíamos como Villa Andina. A través de estos dos cerros corría un sendero de herradura, por el cual, atravesando sembrios, riachuelos y un cementerio se podía llegar hasta Marian, caserío alejado donde se desarrollaban algunas fiestas que presentaban bandas de músicas, cuetes y corridas de toros.
También a Villa Andina gustábamos de subir para recoger moras, que abundaban en los muros de las chacras. Y por supuesto para volar cometas, aunque para este menester suficiente era Shacpay. En épocas de fiestas navideñas también podíamos recolectar "champita" y algunos pequeños cactus y pencas para armar el nacimiento. Tiempos aquellos.
A mitad del cerro, dominando toda la ladera, se encontraba una enorme casa, que, cubierta únicamente con yeso, se notaba como una enorme mancha blanca en el verde amarillo del paisaje serrano nuestro.
En nuestro imaginario de niños corrían historias de tragedias, matanzas, acuchillamientos, niños y ancianos abandonados, espectros vivientes, almas en pena, y todo lo que uno pudiese imaginarse. Si, con respecto a cuentos de terror, fantasmas y cosas por el estilo, nuestras mentes volaban, gracias sobre todo a nuestro abuelo. El gustaba de asustarnos con cuentos de terror, sobre todo en las noches sin luna, o mejor si estaba lloviendo.
Historias de diablos errantes, muertos vivientes, seres embrujados, casas con maldiciones, ángeles caídos, espadas de fuego, bastones mágicos, duendes y ollas de oro, y un interminable etcétera, eran la artillería pesada del abuelo, que se jactaba de haber enfrentado a esos seres en algún lugar o algún tiempo. Si, así era Papa Shatu, con su infaltable poncho y su sombrero, y su hondilla en el bolsillo. Gustaba de tenernos a todos apiñados a su alrededor, escuchando embobados sus historias y cuentos. Demás está decir que no nos despegábamos del abuelo ni para ir al baño, y nos quedábamos dormidos a su lado. El nos cargaba de a uno y nos llevaba a dormir. Pero esa es otra historia.
Sobre la "casa blanca" en nuestro entorno de pequeños niños se habían tejido un sinfín de historias, como ya lo había mencionado líneas arriba. Alguien decía que había escuchado contar de fuentes fidedignas que por las noches se veían luces al interior de las habitaciones abandonadas, y que los gritos y quejidos eran el común de todos los días. Alguno mas refería haber escuchado una canción lastimera al pasar cerca a ella, y que al efecto de la música había quedado petrificado y sin habla por unos minutos eternos. Otro más que no eran gritos, sino más bien gruñidos los que se oían, junto al ruido del arrastrar de cadenas. Alguno contó que en cierta ocasión unos muchachos se atrevieron a treparse a los muros para observar lo que adentro sucedía, y que luego de observar algún monstruo come gente, quedó enceguecido por algún tiempo.
Era tanto el temor que nos infundía, que al pasar cerca a ella, tratábamos casi de correr, y a veces nos tapábamos los oídos y conteníamos la respiración, no vaya a ser que caigamos en algún hechizo infernal y terminemos como presas de monstruos, fantasmas y espectros.
Pasó el tiempo, ya estaba en primer o segundo año de secundaria. Ya no era un niño. O por lo menos eso creía. Era el mayor de la mancha, donde estaban mis hermanos y los "chinos". El "chino" creció con nosotros, tenían con su mamá, su abuela y sus hermanos una pequeña casa frente a la nuestra, y en medio había un pampon enorme donde jugábamos de todo, desde fulbito, matagente, kiwi, la bata, la guerrita, etc, etc.
Ya no éramos tan pequeños, y en un fin de semana cualquiera, en una de nuestras tantas andanzas al cerro, decidimos mostrar que no teníamos miedo, y que valientemente iríamos hasta la puerta de la temida casa, y jugaríamos en ella, sin importar fantasmas, canciones o monstruos.
Subimos valientes por el camino de trocha, comiendo moras y una que otra caña. Para darnos valor íbamos riendo de los cuentos esos, "para asustar niños". Incluso alguien hacia algunos sonidos y gestos para "asustar" y todos reíamos.
Subiendo al cerro, salimos de la trocha y con la frente en alto y el valor en el alma nos dirigimos hacia la puerta de la embrujada casa. Faltando menos de 50 metros para llegar, por alguna razón, o por miedo colectivo, nos desviamos hacia la trocha, haciendo una especia de hipérbola y terminamos jugando al lado del riachuelo, juntando moras, y columpiándonos en un árbol caído. Nadie decía nada de la casa, hablábamos alto, como diciendo "allá vamos" "ya estamos aquí, no te muevas".
Hasta que sucedió. No se si fue el viento, o el rozar de los troncos de los árboles unos contra otros, o algún pájaro inoportuno o algún gracioso que se quiso pasar de listo. El asunto es que oímos un ruido extraño, que nos escarapeló el cuerpo y nos puso los pelos de punta. O por lo menos eso me pasó a mi, pero igual, como impulsados por un resorte inmenso salimos disparados cuesta abajo, como alma que persigue el diablo, cruzamos chacras, muros, riachuelos y cercos de espina en cuestión de segundos. No nos detuvimos hasta estar frente a la casa, en la seguridad de nuestro pampon del frente.
Nunca mas tocamos el tema. Incluso ya siendo adulto, nunca más regresé a la dichosa casa, aquella que nos trajo en la niñez las más escalofriantes historias de suspenso y de terror.
Mi infancia fue hermosa, crecí viendo el amanecer por mi ventana, acompañado por la melodía de un madrugador jilguero y el olor del suculento desayuno en la cocina. Y jugaba en las praderas y los riachuelos, corriendo libremente desafiando a los vientos, disfrutando del hermoso paisaje serrano de mi Huaraz eterno.
Wouu....una muy linda y extraordinaria infancia que nos tocó vivir.....
ResponderEliminarlindos recuerdos , siempre será la casa blanca y su mistisismo que gguardo y guardará...,
Wouu....una muy linda y extraordinaria infancia que nos tocó vivir.....
ResponderEliminarlindos recuerdos , siempre será la casa blanca y su mistisismo que gguardo y guardará...,