Apenas empieza el mes de diciembre, y como siempre nos preparamos para una vez más celebrar las fiestas navideñas y la llegada del año nuevo. Con una sensación de fin de semana largo, este mes se nos antoja el más corto del año. De niños, hacemos una cuenta regresiva diaria de los días que faltan para la nochebuena: los infaltables regalos. No conozco niño que no se emocione con las fiestas de navidad, los arbolitos, los adornos y retablos navideños, que hacen de este un mes lleno de color y algarabía.
Pero, son los juegos pirotécnicos los que se llevan el galardón a objeto más deseado por cualquiera. Y también a los más odiados. Recuerdo mi primer encuentro con uno de estos artilugios: era aún un niño pequeño, tenía en mis manos una pistola de juguete, y era feliz por el nacimiento de Jesús en el pesebre. (Léase, era feliz por mi regalo). Y fue cuando empezaron a prender en casa las luces de bengala para animar la nochebuena.
Era todo un espectáculo. Aquellas chispas incandescentes con su sonido peculiar atraían mi mirada cual imán a partículas de hierro. Recuerdo que intenté tomar alguna, y me ayudaron. Esa imagen se ha quedado grabada para siempre en mi memoria. Luego de eso, ya en el colegio, conocí a los rascapies, los cuetecillos, y los temidos cuetones. Poco a poco en la casa fuimos incorporando estos artefactos en las celebraciones de navidad y año nuevo. Incluso adoptamos la costumbre de construir un muñeco, que simbolizaba el año viejo, y quemarlo la noche del 31 de diciembre, haciendo estallar cuetecillos, cuetones y encendiendo luces de bengala.
Fue todo bien, hasta cierta época en que en casa, al acercar mucho las luces de bengala al arbolito de navidad, este se prendió haciendo un amago de incendio. Santo remedio, nunca más estos artefactos pirotécnicos fueron utilizados dentro del hogar. Pero si en la calle.
Hasta que sucedió.
Corría el año 2001, yo estaba en mi primer año de residencia en el Hospital María Auxiliadora. Recuerdo muy bien que estaba de guardia, un 29 de diciembre. En mi primer año hice guardias en la emergencia del hospital, y para variar, recibí la nochebuena haciendo turno. Aunque, para ser justos, solamente me "molestaban" cuando habían muchos pacientes o cuando llegaba un caso de "ojos". Después, dormía de lo más plácido. Aunque también hasta las 9 o 10 de la noche la pasaba en el tópico, para no aburrirme.
Además, en nuestro país, en especiales Lima, eran y aun son frecuentes los accidentes y los incendios causados por artefactos pirotécnicos en estas fechas. Así que, cuando dieron la noticia del "incendio en mesa redonda", no le dimos mayor importancia, ya que cerca a ese lugar hay hasta 3 hospitales. Incluso en el fondo nos burlamos de los residentes de turno de esos hospitales: " no descansarán en la noche, pobrecitos ".
Mesa Redonda es un emporio comercial ubicado en el centro de Lima, en Barrios Altos. Se caracteriza por su infinidad de productos y sus precios bajos. Sin impuestos, sin recibos, facturas, sin garantía. Productos comúnmente de contrabando, era y aún es el lugar preferido de la gente de escasos recursos para adquirí regalos, ropas, artefactos eléctricos a precios accesibles. Pero la informalidad y tugurización hicieron de ese lugar una trampa mortal.
Varias cuadras tomadas por los ambulantes, construcciones precarias convertidas en galerías, donde la mercadería estaba almacenada directamente sobre el tendido eléctrico. Puestos hechos de triplay, madera e incluso de cartón. Gente aglomerada, sin vías de escape. Autos, micros, carretilla. En esa jungla moderna podías encontrar literalmente de todo, desde comida hasta un equipo de sonido, desde un cuaderno hasta una fotocopiadora, desde un pasador hasta una máquina para coser zapatos. Y en las épocas de fiestas, las ventas en el rubro Correspondiente aumentaban.
En época escolar: uniformes, cuadernos, útiles escolares. En fiestas Patrias: banderas, escarapelas y accesorios para los desfiles cívico militares. Para Navidad: juguetes, y para año nuevo: pirotécnicos, los famosos acá "fuegos artificiales ".
Ese día transcurría con relativa normalidad, hasta que escuchamos la noticia del incendio. Era un sábado, por la noche. En el aire de la ciudad se respiraba un ambiente de fiesta. Era un fin de semana largo que la mayoría acoplaría a la celebración del año nuevo. Hasta que nos trajeron al primer quemado: quemadura respiratoria. Es la única vez que vi algo parecido. El paciente al final falleció, no soportó el daño recibido.
Ya para eso el director del Hospital se hizo presente en la emergencia, cosa por demás rara. Me entregó un bolso y la orden de entregar el "paquete " al jefe de guardia del Hospital Loayza. Eran 60 ampollas de Morfina. La gente estaba muriendo. Los Hospitales Almenara y Dos de Mayo habían colapsado. Había la orden de dar de alta a todo paciente estable. Era una catástrofe.
Nos dirigimos a toda velocidad en la ambulancia, escoltados por tramos. La ruta desde el Hospital María Auxiliadora hasta el centro de Lima es larga, pero para esta ocasión no corrimos, volamos. Llegamos al lugar del siniestro. Era horrible.
Aún no se había controlado el fuego, aún habían algunos heridos. Las luces de la noche alumbraban tenuemente las siluetas ennegrecidas de los edificios calcinados, en ruinas. Una hilera de autos chamuscados, con los vidrios inexistentes, en algunos aun se veían algunos cuerpos calcinados, inertes. Solamente después me enteré de lo sucedido: un vendedor ambulante había "probado" un pirotécnico, prendiéndolo en plena calle, pero éste cayó sobre una mesa llena de cohetecillos, lo que desató una reacción en cadena y el infierno. La bola de fuego atrapó rápidamente las calles, vehículos, tiendas, galerías. La gente huía descontroladamente, y se subían a los edificios, donde murieron asfixiados. Muchos murieron aplastados por la turba, y muchos quemados por el infierno de más de 1000 grados que se desató en esas cuatro manzanas.
A la zona del desastre acudieron los bomberos de cuatro distritos de Lima, quienes vieron dificultada su tarea por la gran cantidad de autos varados y puestos en las calles. Fue un incendio dantesco. Solo cerca de la media noche se pudo controlar el incendio. Nosotros habíamos llegado cerca a las 10 de la noche.
Trasladamos a un bombero herido al Hospital Loayza. El pobre iba cubierto de hollín, consciente pero mudo. No podía articular palabra, y en su mirada pérdida se podía leer la frustración y la tristeza. Y no es para menos, había observado el infierno con sus propios ojos, se había enfrentado a la muerte y quien sabe que más habrá tenido que presenciar. Tenía síntomas de asfixia. Para variar, el equipo era viejo y obsoleto. Y así, en esas condiciones estos valientes bomberos se enfrentan a mil obstáculos para poder controlar una tragedia.
Ya en el Hospital Loayza encontramos a todo el mundo: reporteros, cámaras de televisión, fotógrafos, directores, directivos, ministros, políticos, sapos, mirones. Todos ansiosos de las primeras planas, de la primicia calentita, de los chismes o por el puro gusto de satisfacer su morbo. Y todos estorbando. Encontré al jefe de guardia. Le entregué el bolso, me firmó el cargo, y nos despedimos. Le ofrecí mi ayuda, me pidió no estorbar, y que ojalá pudiéramos sacar a todos esos mirones. A alguien se le ocurrió correr la voz que el presidente de la República estaba ingresando al hospital, y todos corrieron en dirección a la entrada. Por lo menos un minuto de alivio.
Nos retiramos a nuestro hospital. Ya nada podíamos hacer. Solo quedaban cadáveres y ya los heridos estaban en los servicios de emergencia. Era cerca a las dos de la mañana. Ya el fuego se había controlado. No dormí.
El día siguiente los noticieros nos informaron de la magnitud de la desgracia: casi 300 muertos, cientos de heridos, desaparecidos. El emporio comercial de Mesa redonda casi destruido. Mostraron las filas de autos calcinados, los edificios en ruinas, ennegrecidas por el humo y el fuego. Los Hospitales abarrotados, familiares en llanto. Y la morgue, llena de cadáveres irreconocibles.
No hubieron fuegos artificiales para la fiesta del año nuevo. Y desde ese momento quedó terminantemente prohibida la comercialización de pirotécnicos.
Pero no duró mucho. Hoy Mesa Redonda sigue ostentando el título de principal lugar del comercio de Lima. Y ahora en las épocas de fiestas de fin de año, se comercializa libremente los pirotécnicos "legales": cuetecillos, luces de bengala, silbadores, etc. Pero también, por lo bajo, puedes conseguir cuetones, calaveras, ratablanca y la temida mamarata, que ya casi es una bomba casera, y que puede mutilar tranquilamente a una persona.
Los fuegos artificiales nos han acompañado desde antaño. Utilizados en manera adecuada y cumpliendo con todas las medidas de seguridad, pueden ser motivo de alegría de grandes y pequeños. No puedo dejar de mencionar las espectaculares presentaciones con luces y bombardas que se hacían sobre el río Don, en Rostov. El cielo nocturno se iluminaba con figuras y colores impresionantes. Ahora mismo, en fiestas Patrias se hacen presentaciones con fuegos artificiales en algunos distritos limeños. Y todos somos felices. Bueno, dicen que los perros no, pero una vez al año no hace daño.
Antes de terminar, una pequeña anécdota: al ir en la ambulancia, con nosotros iba un técnico de enfermería algo especial. Muy hábil para su labor, pero también bastante extrovertido. Como dije la ambulancia partió a toda velocidad, con la circulina y la sirena encendidas, en dirección a la zona del siniestro. Íbamos bien, hasta que a la altura del cruce de Evitamiento con la Avenida Javier Prado encontramos tráfico. Así que tuvimos que detenernos un rato. En eso el técnico en mención tomó el micrófono de la ambulancia y empezó a solicitar a viva voz:
"Póngase a la derecha" "Den paso a la ambulancia " " Esto es una emergencia"
"Póngase a la derecha" "Den paso a la ambulancia " " Esto es una emergencia"
Y los autos, lentamente empezaron a moverse a la derecha. Como la cosa progresaba con demasiada lentitud, nuestro amigo fue más allá y empezó a dirigir el movimiento de los autos, desde la ambulancia, con el micrófono en la mano: " El auto rojo, deténgase. El blanco, vaya un poco hacia atrás, el auto azul, peguese a la izquierda". Empezamos a avanzar un poco hasta que "el auto rojo, a la derecha! El auto blanco a la izquierda! " Y vemos que delante nuestro se pusieron frente a frente dos autos frente a frente cerrándonos el paso. Inmediatamente ambos chóferes de los aludidos autos corrigieron el error, y se separaron. Pero ya nosotros nos matábamos de la risa. "Quitenle el micrófono o nos mata" Dijo alguien. Nos salvó un policía motorizado, que nos abrió el paso en un dos por tres y llegamos sin contratiempos a nuestro destino.
Domesticar el fuego ha sido el más grande logro de la especie humana. Siendo nuestro gran aliado, nos ha servido para alimentarnos, abrigarnos. También ha empujado en la construcción de civilizaciones, y destrucción de imperios. Nos sirve a diario, y una de las mejores expresiones de belleza se logran con la iluminación de los cielos nocturnos con luces de colores, figuras y formas producto del uso correcto, armonioso y adecuado de los artefactos pirotécnicos. Pero así como es un gran amigo, el fuego puede convertirse en una bestia indomable y consumir ciudades y civilizaciones enteras.
Mi infancia estuvo llena de magia, amor y alegrías. Y una de esas cosas ha sido, es y será una hermosa luz de bengala en nochebuena.
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