En el mar, la vida es mas sabrosa. Vamos a la playa, oh, oh, oh.
Cuantas veces hemos escuchado frases conocidas como las arriba mencionadas, que nos invitan a la arena, las olas, los bikinis y el cevichito con su Inca Kola heladita.
La playa es el lugar por excelencia para divertirse y para disfrutar al aire libre del sol de verano y del agua salada y fría de nuestro hermoso océano.
La primera vez que vi el mar, debía tener entre cuatro y cinco años. Quizá menos, no recuerdo con exactitud los datos correctos. Lo que si recuerdo es que el sol de verano era agobiante. En mi cuerpo, acostumbrado al frío de mi clima serrano, el calor hacia estragos. Sudaba, y hasta ahora sudo profusamente al estar expuesto por algún tiempo al calor mayor de los veinte grados. Y en verano, en Lima, el calor por cierto logra valores más altos. Así que se imaginarán lo enormemente sofocado que estaba este cholito serrano sudando a cántaros en una playa capitalina.
Me parece que fue Ancón, la playa a donde llegamos. No estoy seguro de esto, como de muchas otras cosas al respecto. Lo que si claramente recuerdo es que tenia puesto una ropa de baño roja, que era solamente una especie de truza ajustada. Sentía, al tenerla puesta, que estaba tan ajustada, que de seguro se habían equivocado de talla al comprarla. Pero bastó que se moje un poco, para ver que era demasiado grande, ya que la parte posterior estaba colgando. Recuerdo que nos metimos al agua, quizá con mi viejo, y la ola me revolcó en la arena, dejándome los ojos irritados y arena metida en la ropa de baño.
Después recuerdo que me bañaron. Pero la piel me dolía como que me clavaran mil clavos. Me había quemado. Pobre cholito serrano. Mi primera experiencia con el mar no fue muy agradable. Pero ahí no acaba la cosa.
Regresé a la playa algo más grande. Pero, como no sabia nadar, no me quedó más que chapotear en la orilla. En Huaraz hay una piscina en los baños termales de Monterrey, y ahí, en las vacaciones, habían clases de natación. Participamos con mis hermanos en alguna ocasión, pero nadar, ñangas, solo mi hermana mayor aprendió algo. El resto, apenas a patalear y a bucear un rato.
Así fue que acabé la secundaria, teniendo temor, que temor, pánico al mar y a las olas. Mi camino me llevó a la tierra de los cosacos, y ahí, Uf, gracias a Dios no hay mar ni playa, pero si hay un río. El caudaloso río Don. Y a orillas del Don, frente a la ciudad han habilitado un espacio para los veraneantes, con arena y playa. Inclusive hay "olas", cuando pasa algún gran barco carguero. En fin. Aduciendo que el agua estaba contaminada, que no valía la pena caminar tanto, y mil excusas más, evitaba ir a la dichosa playa.
Pero, en las vacaciones de verano, nos fuimos a la casa de descanso, que también se encontraba a orillas del caudaloso Don. Y, obviamente, tenía una playa! Y la mayor parte del tiempo la gente lo pasaba en ese dichoso lugar.
Además, andaba de "enamorado", tratando de seducir a una compañera de estudios. Así que, ni modo. Tocaba ir a la playa. Y "nadar". No nadaba, me quedaba parado y caminaba en los lugares poco profundos. A veces buceaba un poco, para fintear un rato. Y así, iban pasando los días, hasta que a mi "amiga" se le ocurre una idea genial: nadar de noche a la luz de la luna. Que romántico!
Mis hormonas y mi deseo pudieron más que mis neuronas y cordura, así que acepté semejante reto. Está de más decir que a partir de las seis de la tarde cerraban la dichosa playa, y que nadar a partir de esa hora estaba terminantemente prohibido. Pero, ah la fruta prohibida, tentación carnal y pecado. Quien no ha sucumbido alguna vez a las tentaciones por ir contra las normas y reglas establecidas?
Todo iba muy bien, estábamos "nadando", ella si nadaba, yo finteaba, hasta que sucedió lo esperado: me quedé sin piso. La corriente me arrastró hacia un lugar mas profundo, y mis pies no tocaban el suelo. Entré en pánico. Pensé que moriría. Que en ese momento me ahogaría. Mis manos se movían en forma frenética, trataba de no tragar agua y de mantenerme a flote, mientras sentía que la corriente me iba arrastrando.
- Cálmate! Mueve lentamente tus brazos y piernas, y toma mi mano.
Era ella, que estaba cerca a mi. Me estaba rescatando.
No. No me ahogué. Pero salí, con ayuda es cierto. Y ese día, aprendí a nadar. Aprendí a respetar al agua, al río y a la naturaleza. Pero también le perdí el miedo terrible que le tenía al agua.
Después de tan bochornoso incidente, me inscribí en una de las tantas piscinas olímpicas que habían en la ciudad, para poder practicar mis habilidades de nadador. Por poco me ahogo, en una ocasión mas, al tratar de, buceando, llegar a lo más profundo de la piscina. No recuerdo con exactitud la profundidad de esta piscina, pero lo que se es que al intentar ir al fondo, sentí un gran peso que me aplastaba contra el piso; pude salir, casi sin aliento, jurando nunca mas irme hacia adentro.
Es así que aprendí a defenderme con bastante soltura en las piscinas y ríos, tanto que en alguna ocasión, tuve que salvar a un compañero mío, que media casi dos metros y pesaba por encima de cien kilos, de ahogarse en las profundas aguas del Don caudaloso. No fue una hazaña, fue una estupidez nuestra, el irnos a lugares "remotos" a orillas del gran río, para nadar y acampar. no contamos que, cuando pasó un carguero pesado por el río, creó una corriente tan fuerte, que literalmente nos arrastró hacia el centro del río. Y mi amigo, no sabia nadar. Pobre, se puso blanco de terror (era bien morenito, venezolano él).
- Coño, tío. Me ahogo, coño!
Es todo lo que alcanzó a decirme antes de hundirse en las turbias aguas del río. Pude sacarlo a flote, y luego un amigo mas nos dio una mano, y entre los dos lo arrastramos a la orilla. En fin, ese fue un día memorable. Mas aún, porque al acampar, puse mi cama sobre un hormiguero. Y a la mañana siguiente, tenía todo el cuerpo hinchado, literalmente, y rojo por las picaduras de los hormigas, que no estuvieron muy alegres que me haya recostado encima de su casa. No es muy agradable, por cierto. Pero es algo que pasa a ser inolvidable.
Después tuve algunas ocasiones memorables de ir al mar, como fue en el balneario de Sochi a orillas del mar Negro, y también en la Habana, cuando al viajar, el avión sufrió un desperfecto y tuvimos que quedarnos un día entero en Cuba. Nada extraordinario o espectacular, pero que no quería dejar de mencionar.
Ya estando de regreso al Perú, tuve la oportunidad de vivir algunos episodios con las playas que son dignos de mencionar.
Estando en el ejército, mi unidad se encontraba asentada a orillas de Marañón caudaloso, torrentoso y traicionero. En sus aguas hay de todo, así que nadar en ellas es casi un suicidio. Pero me tocó hacerlo. Un buen día, casi excepcional, en jefe del campamento, se incluyó en nuestra rutina de ejercicios vespertinos. La gimnasia básica y el trotar. Normalmente esos ejercicios los hacía solamente la tropa, con uno que otro suboficial. Los oficiales, que éramos cuatro incluyendo al jefe, solamente mirábamos, y salíamos a jugar pelota. Pero cuando el jefe se incluyó, caballero nomas, todos sin excepción nos tuvimos que alinear. Lo peor de todo, es que se puso al inicio de la fila para trotar, y nos guió con dirección a la aldea cercana de aguarunas de por ahí, cantando a viva voz los temas militares. No era para nosotros gran esfuerzo, ya que como entenderán, el jefe estaba algo oxidados, y si bien es cierto, él sudaba a cantaros por el esfuerzo, la mayoría de nosotros, por poco y caminábamos de lo lento que íbamos.
Pero ahí no acabó la cosa, el tío se alocó, y se tiró al río. Era tanta la calor que sentía, que no dudó en tirarse uniformado al agua. Obviamente, ojo al guía, todos nos lanzamos al río tras él. Él, como buen militar, nadaba a la perfección, y como el campamento se encontraba río abajo, decidió regresar a nado hasta el cuartel. La tropa, por obvias razones, nadaban como peces en el agua. Mas aún los nativos de por allá, los aguarunas, que traducido al español, se lee: hombre del agua. Así que, no faltaba más, éramos una manada de seres vestidos de verde en las aguas del caudaloso río nadando hacia su hogar. El asunto fue que, uno de los suboficiales, no nadaba ni michi, y, para fintear, se iba "caminando" cerca a la orilla, sumergido en el agua, para no pasar roche. Pero, la corriente lo arrastró.
Cuantas veces hemos escuchado frases conocidas como las arriba mencionadas, que nos invitan a la arena, las olas, los bikinis y el cevichito con su Inca Kola heladita.
La playa es el lugar por excelencia para divertirse y para disfrutar al aire libre del sol de verano y del agua salada y fría de nuestro hermoso océano.
La primera vez que vi el mar, debía tener entre cuatro y cinco años. Quizá menos, no recuerdo con exactitud los datos correctos. Lo que si recuerdo es que el sol de verano era agobiante. En mi cuerpo, acostumbrado al frío de mi clima serrano, el calor hacia estragos. Sudaba, y hasta ahora sudo profusamente al estar expuesto por algún tiempo al calor mayor de los veinte grados. Y en verano, en Lima, el calor por cierto logra valores más altos. Así que se imaginarán lo enormemente sofocado que estaba este cholito serrano sudando a cántaros en una playa capitalina.
Me parece que fue Ancón, la playa a donde llegamos. No estoy seguro de esto, como de muchas otras cosas al respecto. Lo que si claramente recuerdo es que tenia puesto una ropa de baño roja, que era solamente una especie de truza ajustada. Sentía, al tenerla puesta, que estaba tan ajustada, que de seguro se habían equivocado de talla al comprarla. Pero bastó que se moje un poco, para ver que era demasiado grande, ya que la parte posterior estaba colgando. Recuerdo que nos metimos al agua, quizá con mi viejo, y la ola me revolcó en la arena, dejándome los ojos irritados y arena metida en la ropa de baño.
Después recuerdo que me bañaron. Pero la piel me dolía como que me clavaran mil clavos. Me había quemado. Pobre cholito serrano. Mi primera experiencia con el mar no fue muy agradable. Pero ahí no acaba la cosa.
Regresé a la playa algo más grande. Pero, como no sabia nadar, no me quedó más que chapotear en la orilla. En Huaraz hay una piscina en los baños termales de Monterrey, y ahí, en las vacaciones, habían clases de natación. Participamos con mis hermanos en alguna ocasión, pero nadar, ñangas, solo mi hermana mayor aprendió algo. El resto, apenas a patalear y a bucear un rato.
Así fue que acabé la secundaria, teniendo temor, que temor, pánico al mar y a las olas. Mi camino me llevó a la tierra de los cosacos, y ahí, Uf, gracias a Dios no hay mar ni playa, pero si hay un río. El caudaloso río Don. Y a orillas del Don, frente a la ciudad han habilitado un espacio para los veraneantes, con arena y playa. Inclusive hay "olas", cuando pasa algún gran barco carguero. En fin. Aduciendo que el agua estaba contaminada, que no valía la pena caminar tanto, y mil excusas más, evitaba ir a la dichosa playa.
Pero, en las vacaciones de verano, nos fuimos a la casa de descanso, que también se encontraba a orillas del caudaloso Don. Y, obviamente, tenía una playa! Y la mayor parte del tiempo la gente lo pasaba en ese dichoso lugar.
Además, andaba de "enamorado", tratando de seducir a una compañera de estudios. Así que, ni modo. Tocaba ir a la playa. Y "nadar". No nadaba, me quedaba parado y caminaba en los lugares poco profundos. A veces buceaba un poco, para fintear un rato. Y así, iban pasando los días, hasta que a mi "amiga" se le ocurre una idea genial: nadar de noche a la luz de la luna. Que romántico!
Mis hormonas y mi deseo pudieron más que mis neuronas y cordura, así que acepté semejante reto. Está de más decir que a partir de las seis de la tarde cerraban la dichosa playa, y que nadar a partir de esa hora estaba terminantemente prohibido. Pero, ah la fruta prohibida, tentación carnal y pecado. Quien no ha sucumbido alguna vez a las tentaciones por ir contra las normas y reglas establecidas?
Todo iba muy bien, estábamos "nadando", ella si nadaba, yo finteaba, hasta que sucedió lo esperado: me quedé sin piso. La corriente me arrastró hacia un lugar mas profundo, y mis pies no tocaban el suelo. Entré en pánico. Pensé que moriría. Que en ese momento me ahogaría. Mis manos se movían en forma frenética, trataba de no tragar agua y de mantenerme a flote, mientras sentía que la corriente me iba arrastrando.
- Cálmate! Mueve lentamente tus brazos y piernas, y toma mi mano.
Era ella, que estaba cerca a mi. Me estaba rescatando.
No. No me ahogué. Pero salí, con ayuda es cierto. Y ese día, aprendí a nadar. Aprendí a respetar al agua, al río y a la naturaleza. Pero también le perdí el miedo terrible que le tenía al agua.
Después de tan bochornoso incidente, me inscribí en una de las tantas piscinas olímpicas que habían en la ciudad, para poder practicar mis habilidades de nadador. Por poco me ahogo, en una ocasión mas, al tratar de, buceando, llegar a lo más profundo de la piscina. No recuerdo con exactitud la profundidad de esta piscina, pero lo que se es que al intentar ir al fondo, sentí un gran peso que me aplastaba contra el piso; pude salir, casi sin aliento, jurando nunca mas irme hacia adentro.
Es así que aprendí a defenderme con bastante soltura en las piscinas y ríos, tanto que en alguna ocasión, tuve que salvar a un compañero mío, que media casi dos metros y pesaba por encima de cien kilos, de ahogarse en las profundas aguas del Don caudaloso. No fue una hazaña, fue una estupidez nuestra, el irnos a lugares "remotos" a orillas del gran río, para nadar y acampar. no contamos que, cuando pasó un carguero pesado por el río, creó una corriente tan fuerte, que literalmente nos arrastró hacia el centro del río. Y mi amigo, no sabia nadar. Pobre, se puso blanco de terror (era bien morenito, venezolano él).
- Coño, tío. Me ahogo, coño!
Es todo lo que alcanzó a decirme antes de hundirse en las turbias aguas del río. Pude sacarlo a flote, y luego un amigo mas nos dio una mano, y entre los dos lo arrastramos a la orilla. En fin, ese fue un día memorable. Mas aún, porque al acampar, puse mi cama sobre un hormiguero. Y a la mañana siguiente, tenía todo el cuerpo hinchado, literalmente, y rojo por las picaduras de los hormigas, que no estuvieron muy alegres que me haya recostado encima de su casa. No es muy agradable, por cierto. Pero es algo que pasa a ser inolvidable.
Después tuve algunas ocasiones memorables de ir al mar, como fue en el balneario de Sochi a orillas del mar Negro, y también en la Habana, cuando al viajar, el avión sufrió un desperfecto y tuvimos que quedarnos un día entero en Cuba. Nada extraordinario o espectacular, pero que no quería dejar de mencionar.
Ya estando de regreso al Perú, tuve la oportunidad de vivir algunos episodios con las playas que son dignos de mencionar.
Estando en el ejército, mi unidad se encontraba asentada a orillas de Marañón caudaloso, torrentoso y traicionero. En sus aguas hay de todo, así que nadar en ellas es casi un suicidio. Pero me tocó hacerlo. Un buen día, casi excepcional, en jefe del campamento, se incluyó en nuestra rutina de ejercicios vespertinos. La gimnasia básica y el trotar. Normalmente esos ejercicios los hacía solamente la tropa, con uno que otro suboficial. Los oficiales, que éramos cuatro incluyendo al jefe, solamente mirábamos, y salíamos a jugar pelota. Pero cuando el jefe se incluyó, caballero nomas, todos sin excepción nos tuvimos que alinear. Lo peor de todo, es que se puso al inicio de la fila para trotar, y nos guió con dirección a la aldea cercana de aguarunas de por ahí, cantando a viva voz los temas militares. No era para nosotros gran esfuerzo, ya que como entenderán, el jefe estaba algo oxidados, y si bien es cierto, él sudaba a cantaros por el esfuerzo, la mayoría de nosotros, por poco y caminábamos de lo lento que íbamos.
Pero ahí no acabó la cosa, el tío se alocó, y se tiró al río. Era tanta la calor que sentía, que no dudó en tirarse uniformado al agua. Obviamente, ojo al guía, todos nos lanzamos al río tras él. Él, como buen militar, nadaba a la perfección, y como el campamento se encontraba río abajo, decidió regresar a nado hasta el cuartel. La tropa, por obvias razones, nadaban como peces en el agua. Mas aún los nativos de por allá, los aguarunas, que traducido al español, se lee: hombre del agua. Así que, no faltaba más, éramos una manada de seres vestidos de verde en las aguas del caudaloso río nadando hacia su hogar. El asunto fue que, uno de los suboficiales, no nadaba ni michi, y, para fintear, se iba "caminando" cerca a la orilla, sumergido en el agua, para no pasar roche. Pero, la corriente lo arrastró.
Se desató el pandemónium, con el sub oficial pidiendo a gritos ayuda, para no ahogarse. Fueron todos los soldados, y lo sacaron del agua. Pero, por estar de mirón, deje que la corriente me arrastrara, y así terminé en la orilla equivocada. En fin, también tuvieron que "rescatarme", pero usando un bote en esta ocasión.
Luego años más tarde, he tenido la oportunidad de disfrutar del mar, del rico mar y sus olas, en más de una ocasión. Como la vez aquella, que nos fuimos de una playa a otra en un bote, y para bajar del mismo en la orilla, armamos todo un show. Hasta Mamá Libia se bañó, en las olas marinas, y el ayudante del bote, le dio una "manita" para que pueda salir. No estoy seguro de esto, pero creo que la cogió de los pelos para que no se hunda. El viejo se sacó los pantalones, las medias, los zapatos, y un poco más, en pelotas, se lanzó al agua. Pero con tanta suerte que cayó al momento que la ola se había retirado, así que solamente se mojó los pies. El resto, nos dimos un buen chapuzon. Después nos dimos cuenta, que para ir a la otra playa, había una calle posterior. Vaya que la hicimos linda, yendo en un bote.
En otra ocasión, perdimos a uno de los pacos. Ustedes saben quien fue. Estábamos en la playa desde temprano, y nos instalamos lejos de la orilla. Así, los muchachos jugaban con la arena en la orilla, y cerca a nosotros habilitamos una piscina pequeña, para que puedan jugar. Iban y venían, cargando agua. Pero, conforme pasaba la mañana llegó mucha más gente, y el lugar se abarrotó. Ya no podíamos ver a los niños jugando en el agua, desde el lugar donde estábamos. Así que, hicimos dos grupos. Igual los pequeños iban y venían. Hasta que...
- Donde está?
- En la orilla.
- No. Debería estar con ustedes!
- No!!
Gritos desesperados. Llamando al sobrino. Nos repartimos en grupos, tratando de ubicar al extraviado. La multitud que se había congregado en la playa, a disfrutar del sol del verano, no ayudaba en nada. Nadie conocía el paradero del paco perdido. Una de mis hermanas, cogió al hermano del perdido en las manos, e inteligentemente se dirigió hacia el puesto de policía. Ahí se re encontraron los hermanos. Abrazos, llanto. Y mucho alivio para todos.
En otra ocasión, en la euforia de llegar al agua, abrasados por el calor inclemente del verano, nos lanzamos gritando y saltando al agua. Los sobrinos ya sabían nadar, uno de nosotros no. Hubo que sacarlos, pues el que no podía, se sujetó de los pequeños.
- Buuu, nos ha querido ahogar, buuu.
- Es malo, muy malo, buuu.
Bueno, cosas que pasan en la playa. Igual uno se divierte de lo lindo, en las olas, en la arena, tomando sol, o bajo una sombrilla. No hay nada parecido a una hermosa playa, con el sol poniéndose a lo lejos, con la brisa marina en la cara, y con las personas que amas a tu lado.
Deseo que todos tengan un lindo fin de semana, y que, como yo, puedan tener la posibilidad de disfrutar de una tarde de playa.
En otra ocasión, en la euforia de llegar al agua, abrasados por el calor inclemente del verano, nos lanzamos gritando y saltando al agua. Los sobrinos ya sabían nadar, uno de nosotros no. Hubo que sacarlos, pues el que no podía, se sujetó de los pequeños.
- Buuu, nos ha querido ahogar, buuu.
- Es malo, muy malo, buuu.
Bueno, cosas que pasan en la playa. Igual uno se divierte de lo lindo, en las olas, en la arena, tomando sol, o bajo una sombrilla. No hay nada parecido a una hermosa playa, con el sol poniéndose a lo lejos, con la brisa marina en la cara, y con las personas que amas a tu lado.
Deseo que todos tengan un lindo fin de semana, y que, como yo, puedan tener la posibilidad de disfrutar de una tarde de playa.
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