miércoles, 5 de agosto de 2015
Ajedrez
martes, 28 de julio de 2015
Fiestas Patrias.
sábado, 25 de julio de 2015
Vamos a Lima
- Apúrate! Cuidado con esas maletas.
- Tenemos que acomodarnos bien, ya que el viaje será largo.
- Quien irá adelante? Pregunta el chofer.
- Iré yo. Responde mi padre.
- Pero señor, usted ocupará mucho espacio y será difícil encontrar a una persona que viaje a su lado. Apunta el chofer con un ligero fastidio.
- No se preocupe, verá que encontraremos a alguien adecuado. Dice mi mamá con un tono que no admite un no por respuesta. Eso es algo que siempre le ha caracterizado.
Ya con todas las maletas en la cajuela y en el techo, el chofer apunta:
- Suban de una vez, tenemos que ir al paradero a ver si conseguimos el pasajero que falta.
- Señor chofer, acá en la parte posterior podría viajar una persona más. Eso sí, debería ser bastante delgada. Dice mi madre.
Ya en el paradero la diosa fortuna nos acompaña, y encontramos a una joven pareja que busca transporte para viajar. Ella es delgada, y él no es voluminoso, así que encajan a la perfección en los lugares que quedaban.
Entonces, alas y buen viento. El viejo auto lentamente empieza su travesía con destino a la ciudad capital, Lima.
En aquella época, siendo yo aún un niño pequeño, antes de ir a la escuela, los viajes de Huaraz a Lima se hacían en autos conocidos como "lanchones ". Eran tan anchos y largos, que al lado del chofer podían ir dos personas cómodamente sentadas, y en la fila de atrás hasta cinco sin incomodarse.
Tenían una cajuela tan grande, que fácilmente podían albergar varias maletas, pero además tenían una parrilla en su techo donde con gran pericia podían acomodar hasta dos hileras de maletas.
Ahora, donde iba el combustible, ni idea. El asunto es que llegábamos a Lima, molidos y cansados, pero llegábamos.
El primer tramo, la subida hacia Conococha, por la carretera que iba en la ribera del río Santa, lo hacíamos de día, en horas de la mañana. En épocas de mi niñez no estaba asfaltada, y la parada en Catac era obligatoria.
El calor matinal debido a nuestro sol serrano, las ventanas cerradas para evitar el polvo, con la consecuente acumulación de olores y hedores, las sacudidas y curvas, hacían que las náuseas se apoderaran de todos, y pidiesen al chofer detenerse un instante para vaciar nuestro desayuno por una vía ni fisiológica ni agradable.
Fui la primera víctima. La emoción del viaje fue rápidamente sustituida por un deseo enorme de eliminar todas las tripas por la boca y narices. Es cierto, no fue nada agradable vomitar al costado de la carretera al lado del auto, peor aún con todos impacientes, pues el tiempo en un viaje es apremiante. Pero la sensación de paz y tranquilidad después de ésto era tal, que me quedé dormido plácidamente hasta llegar a Conococha, donde bajamos y comimos truchas fritas. Hmm, que delicia!
Bueno, no duró mucho tiempo. Se imaginarán que la bajada de Conococha tenia tantas o más curvas que la subida, y los mareos y náuseas se apoderaron nuevamente de nosotros. Creo que a este respecto no son necesarios más detalles.
Hasta llegar a Chasquitambo, otra parada obligatoria, y descanso, y a comer de nuevo. Para qué comía? Igual el resultado final siempre era el mismo, pero como buen cholo me empujaba toda la comida que me presentaban. Además mi mamá siempre decía: "Plato limpio!".
Después el viaje era de noche. Supongo que más lento, supongo que el chofer dormía en algún lugar. El hecho es que escuchaba o sentía las paradas en Pativilca y Barranca entre sueños.
Al amanecer nos recibía una larga fila de palmeras, al costado de una interminable fila de cañas en las chacras del lado derecho. Luego, por la ventana de la izquierda, se podía ver el mar. La playa, que emoción. No imagino mi cara de emoción y asombro al ver por vez primera las olas espumantes golpear la arena y la inmensa vastedad del océano. Recuerdo que pensé que era infinito. Y el calor, que hacía que el sudor cubriese mi frente, la neblina y la humedad, los olores del mar.
Todo era nuevo, extraño y emocionante.
Lima, el lugar de los buses grises con un tubo de escape elevado por donde emanaba una estela oscura de humo negro. La playa, con esa arena que se metía por todas partes, el agua salada que lastimada los ojos y la piel, además de las obligadas quemaduras por insolación, lo que te dejaba un recuerdo doloroso de la tarde playera. El parque de las leyendas, los animales, de la costa, sierra y selva, además de los leones, la jirafa y el elefante; las golosinas y los pequeños juguetes. Y de la televisión, con Popeye el marino, y su eterna novia Olivia. El paseo obligado a la plaza de armas y el Jirón de la Unión. El mercado central, y el barrio chino.
Así fue mi primer viaje a Lima en nuestras vacaciones de verano. Por lo menos así lo recuerdo.
domingo, 12 de julio de 2015
Ingresé, Papi, ingresé!!
Me abrazas, me besas, te cuelgas de mi cuello, mientras me muestras en tu celular una imagen que se me antoja borrosa, pero que no admite dudas: ADMITIDO. Por un momento el asiento del bus que compartimos se convierte en una carroza que nos lleva al cielo, y nos sentimos los seres mas dichosos de este planeta.
Han pasado 17 años desde el memorable día en que te tuve por primera vez en mis manos. Era una sensación nueva y extraña el poder cargarte, el sentir el calor de tu cuerpecito, que se me antojaba muy pequeño y frágil, pero vigoroso y saludable. Es indescriptible ese cúmulo de emociones y sensaciones que invadieron mi cuerpo y mi alma en ese dichoso momento. Y no iba a ser el primero.
Me regalaste un momento inolvidable cuando un día de aquellos, al estar llegando a casa, oí tu llanto desde afuera, y al llegar corriendo al cuarto, vi como tu mamá batallaba contigo al intentar cambiarte los pañales. La aparté, no se qué me dijo ella, pero si recuerdo claramente lo que me dijiste: "Agú, agú". Apenas te había cogido, dejaste de llorar y me diste las quejas. Tenías unos días de nacida. Bueno, está demás recordar que ya nos comunicábamos cuando aún estabas en el vientre de tu madre. Pero en ese momento confirmé que éramos el uno para el otro, y que no existiría ninguna fuerza capaz que pudiese romper ese lazo.
Y me equivoqué. Como olvidar tu rostro pegado a la ventana del bus inter provincial, y tu mirada de interrogante, al ver que el bus partía y yo me quedaba afuera. Si, fue uno de los momentos más difíciles que nos tocó vivir, cuando nos separaron. No sé que mas pasó, las lagrimas nublaron mi vista, mis recuerdos son tan dolorosos que hasta ahora lastiman. Pero no iba a ser lo peor, no nos imaginábamos siquiera lo que el destino nos tenía deparados.
Es difícil recordar lo que después nos tocó vivir. Separados, lastimados. Tú mas que cualquiera. "No te quiere" "Te ha abandonado" Eran frases que yo mismo oí que te decían, y lo hicieron y seguirán haciendo por toda la eternidad. Nunca olvidaré nuestro momento a solas en tu colegio. Tu maestra nos dejó un rato, lloraste, lloré en silencio. Nos abrazamos después de mucho tiempo. Parecía que nada estaría bien, Parecía que el mundo se iba a acabar, que nunca más nos tendríamos el uno para el otro. Fue el período más difícil, pero sobrevivimos.
Pero en toda esa penumbra, hubieron momentos que nos alegraron por unos instantes. Como nuestro "Tiempo de Vals", bailando en tus dos fiestas. O mi corbata y terno negro en tu primera comunión. Hacía una calor de los mil demonios, y yo estaba con saco y corbata. Y tú, eras feliz. Ningún otro padre estaba vestido como yo. Nadie estaba así de loco. O nuestro viaje, y la tarde en la playa, y nuestro comer un pollo en un taper en el terminal terrestre, pues nos quedamos sin un sol, y esto literalmente, pues solo tenía cincuenta céntimos.Y nuestras interminables charlas: Yo, dándote mil consejos, tú, dándome la razón y reclamando a tu papi que no está.
Me derrumbé al ver tu carita de frustración cuando no ingresaste en esa primera posibilidad, estando aún en el colegio. No te imaginas siquiera lo difícil que ha sido esta agonía, cuando te recogí y nos fuimos a caminar, tratando de desestresarnos. Teníamos que mostrarnos fuertes, esa ha sido siempre nuestra divisa, y así lo hemos hecho. Nos dábamos aliento, mutuamente. Y ya estábamos por claudicar, ya que el tiempo se nos iba, no podía quedarme más, y sucedió.
- Ingresé, Papi, ingresé!!
- Te amo, Bebé preciosa!!
No sabes lo que se siente, no lo sabes porque aún no tienes hijos. Es cierto, ahora te embarga una emoción y una satisfacción enormes, pues es un logro enorme el que has logrado. Es una paso enorme, pues ya dejaste la escuela, el colegio, el nido, el kinder, y ya eres universitaria. Ya estás en las ligas mayores, estás a un paso de lograr tu profesión y de ser Independiente. Es cierto, es una sensación indescriptible. Es unas ganas enormes de gritar, de gritárselo al mundo entero: Si pude, carajo!! Y de escupírselo a aquellos que osaron dudar de ti, que siquiera pensaron o insinuaron que no podrías, que renunciarías, que te quebrarías, y que no darías la talla suficiente: si pude, carajo, si pude!!
Pero mi emoción, hijita linda, es diferente. No tengo palabras para describirlo. Para mí sigues siendo esa pequeña que tuve en mis brazos, esa nena que se quejaba sin poder hablar, esa niña pequeña que bailaba el "Tiempo de vals". Seguirás siendo mi BB preciosa, y por eso y mucho más, estoy feliz, más feliz que nunca, ya que mi nena se está haciendo cada vez mas grande.
Te quiero, estoy muy orgulloso de ti, de todo lo que has logrado. Así que, adelante! El mundo es tuyo, y está esperando por ti, para que lo tomes con ambas manos. Y a pesar de lo que te digan, a pesar del tiempo y la distancia, de los tropiezos y sinsabores, de lo bueno y lo malo, pase lo que pase, te guste o no, siempre estaré a tu lado.
miércoles, 15 de abril de 2015
Bajo el puente.
Eran los años setenta, en un Huaraz golpeado por un duro terremoto, que había destruido prácticamente la ciudad entera. Como muchas de las familias de ese entonces, lo habíamos perdido todo. Por alguna razón del destino, la casa de mis tíos se había mantenido en pie, sin daños sustanciales, y, cogiendo las carpas y los enseres que lograron rescatar del sismo, mis padres con nosotros, sus hijos, nos mudamos a la casa de los tíos. Nos dieron cobijo, y desde ese momento ahí vivimos. Era una casa enorme, rodeada por chacras y por dos acequias, que la hacían un lugar único para juegos y diversión. Nosotros éramos pequeños, a lo sumo yo tendría tres años de edad, mi hermana mayor cinco, y teníamos varios primos. La puerta de entrada a todo el terreno se encontraba cruzando un puente pequeño a través de la acequia de enfrente. Esta acequia se iniciaba desde el río Paria, y se dirigía hacia un viejo molino y hacia la piscicultura, lugar donde desde algún tiempo se criaban truchas para el consumo.
Jugábamos todo el día, éramos pequeños. De alguna manera fui a dar al agua, y la corriente me arrastró con dirección al molino, pasando yo bajo las paletas del mismo y cayendo a las aguas que desembocan al río.
Un muchacho que por ahí estaba, que luego resultó ser el hijo de mi Señorita Hortensia, mi maestra de la escuela primaria, me vio flotar, y me sacó del agua para colocarme a la ribera. Según lo que sé, yo no respiraba, y él me dio por muerto.
En la casa los demás niños habían dado la alarma general, y mi abuelo, cuando no mi abuelo, había salido en mi búsqueda siguiendo la corriente, y fue él, quién me recogió del suelo. En su desesperación, y guiándose de algún vago conocimiento, trató de ponerme cabeza abajo para que el agua saliera de mis pulmones, trató de resucitarme con el poco conocimiento que tenía, trató de rescatarme de las garras de la muerte que reclamaban su parte.
Me llevaron al hospital, y tuve la suerte de encontrar dos circunstancias únicas: primero, una tía lejana, trabajaba ahí, y armó un alboroto enorme diciendo que era su hijo quien se ahogaba, que por favor la ayuden, que tengan compasión. Segundo, un equipo de médicos argentinos con todos sus aparatos aún se habían quedado no se por qué razones, habían llegado como ayuda para el terremoto, como tantos otros equipos médicos que habían a Huaraz venido, pero a diferencia del resto, aún no se habían ido.
Me atendieron, me estabilizaron, me cosieron, mis heridas curaron, me intubaron, el agua de los pulmones drenaron, me salvaron.
Cuanto tiempo pasé hospitalizado, no lo sé. Una cosa es segura, eran mi padre y mi abuelo quienes se turnaban para cuidarme. Y se que no se movieron hasta que pude recuperarme.
Dicen mis familiares que cuando ya estaba despierto, me presentaron muchos juguetes, pero que yo evité a los que representaban a perros, y de ahí la conclusión que fue un perro el que me empujó al río. Aunque dice mi hermana y algunos primos, que fue que quería sacar agua con un balde, y que fue por eso que caí al agua. Eso ya nunca lo sabré con exactitud.
Mi madre dice que quedé desfigurado, con media cara despellejado. Y también la mitad del cuero cabelludo había perdido. Le dijeron, agradezca que está vivo. Pero eso si, será calvo.
Y si logra tener algún desarrollo mental será un milagro, ya que después de esta tragedia por lo menos que hable ya es algo.
Me dieron vitaminas, muchas proteínas, alimentación balanceada y lograron que me mimara.
Los doctores dijeron que sería intratable, que mi cordura y conducta serían irrefrenables. Que sería un milagro que lograse algo en la vida, pues que siga vivo era ya bastante.
Pero lo que no contaron los sabios médicos es que para toda la ciencia humana habida y por haber hay una gran medicina que aún no logra superar el saber. Y esa medicina es el amor.
Siempre tuve el amor en mi vida, desde niño fui muy querido, aceptado y engreído, pero también disciplinado, vaya usted a ver, que se nos descarría el pequeño.
Y fueron mis padres, mis familiares y sobre todo mi gran abuelo, quienes lograron que a la postre, no me quedara en un Don Nadie.
Gracias a la vida por todo aquello, no soy calvo ni ignorante y sigo vivo, no quedé desfigurado ni tampoco soy un taimado. En mi vida siempre han estado, aquellos que de verdad me han amado.
Por cierto, desde esa época me conocían por Moisés, salvado de las aguas. Aunque en la casa me llamaban Pepe, en el colegio mi Señorita Hortensia me llamó Calolo, los amigos del colegio me decían Lancha, en la universidad fui el Tío, también el Chino, y tantos otros sobrenombres que ahora no recuerdo.
Señores, he cumplido, mi viaje por las aguas he relatado. Por cierto, lo había olvidado, mi madre adoraba mi pelo, que me lo dejaba largo, y en la frente aún tengo, las cicatrices para el recuerdo.
domingo, 12 de abril de 2015
El pozo embrujado.
Por alguna razón estábamos en Ica, de paseo quizá, no lo recuerdo con exactitud, pero algo es claro, con mi Padre y mi hermana mayor, nos embarcamos en un viaje con dirección a la tierra de mis abuelos paternos: Santiago de Chocorvos, Huancavelica.
Y a la mítica tierra de Sauranja, donde había nacido mi padre y donde por esas épocas aún vivían mis abuelos.
Mi abuela y mi madre disfrutaban de mi escena, y entre bromas y cantos, yo decía que había nacido en Sauranja, la tierra de mis abuelos paternos.
Partimos de mañana, con la carga de víveres y personas con destino a la ciudad de Santiago.
Hicimos una parada en un pequeño pueblo, donde tomamos algunos alimentos, bebimos agua de un viejo pozo, desde donde sacaron el líquido elemento con un balde oxidado, y proseguimos la ruta de noche, a través de la cuenca seca de un río. Felizmente estábamos dormidos.
Nuestro desayuno: papa, queso, cancha. Nos alojamos en una casa de un solo cuarto cercana a la plaza de armas de la ciudad, y ahí encontramos al hermano de mi padre y mi pequeña prima. Horas después estábamos camino cerro arriba, cruzando el río, a la casa de mis abuelos.
La casa se encontraba pegada al cerro, al lado del camino de trocha y del arroyo que lo recorría. De tal forma ubicada que el segundo piso, donde se encontraban los dormitorios, tenía conexión directa al cerro y a la calle. Osea, podías ingresar al segundo piso a través de las escaleras desde el primer piso, o desde la calle bordeando la casa.
La ventana principal, daba un a un paisaje hermoso que abarcaba casi todas las chacras del abuelo, construida en andenes al estilo antiguo, en lo más profundo de la quebrada, el río formaba un pozo ruidoso, que con la lluvias su bulla aumentaba.
El diablo se convirtió entonces en un gran toro, que con cuernos dorados vino a castigar al deudor y a todo el entorno. Empezó a destruir el toro todo, campos, casas, personas, ganado. La gente toda se ha asustado. Consigue el hombre una gran cadena de oro, y con gran fuerza y trabajo de las astas sujeta al toro. Ambos caen al barranco en titánica lucha, y con la fuerza de la caída en el río crean un gran hoyo, que al instante es tapado por las aguas, donde los dos para toda la eternidad quedan atorados.
Aún ahora, cuando el caudal de aguas aumenta, se puede oír un ruido ensordecedor desde lo profundo del pozo, es el toro que aún lucha contra las cadenas, para salir nuevamente libre y causar destrozos.
Yo nací en Huaraz, ciudad enclavada en el hermoso callejón de Huaylas, pero mis raíces se extienden a las tierras de Sauranja, de míticos y feroces guerreros Chancas, de Pozos embrujados y de sapos que van al cerro a adorar a la Diosa Luna.
miércoles, 1 de abril de 2015
Ya terminas?
Atendía partos, hacía cesáreas, colocaba anestesia y reanimaba tanto a recién nacidos como a adultos recién fallecidos, operaba y atendía en la consulta, hacía ecografías y hasta radiografías. Hacía de pediatra, cirujano, ginecólogo, anestesiólogo, traumatólogo, internista, psicólogo, epidemiólogo, administrador, consejero, etc, etc.
Era nuestro pequeño mundo en un hospital alejado y olvidado, donde de nuestras manos y nuestra habilidad dependía si una persona enferma vivía o moría. Mi máxima hazaña a sido intubar a un bebé prematuro, y lograr que sobreviva. Pero esta es otra historia.
Tuvimos que mejorar los cuidados para que nadie pueda ingresar a esas zonas restringidas, esa fue la enseñanza. Tuve que explicarte lo que yo hacía en sala de operaciones, pero al parecer no fui lo suficientemente explícito.