martes, 1 de diciembre de 2015

Luces de bengala

Apenas empieza el mes de diciembre, y como siempre nos preparamos para una vez más celebrar las fiestas navideñas y la llegada del año nuevo. Con una sensación de fin de semana largo, este mes se nos antoja el más corto del año. De niños, hacemos una cuenta regresiva diaria de los días que faltan para la nochebuena: los infaltables regalos. No conozco niño que no se emocione con las fiestas de navidad, los arbolitos, los adornos y retablos navideños, que hacen de este un mes lleno de color y algarabía.

Pero,  son los juegos pirotécnicos los que se llevan el galardón a objeto más deseado por cualquiera.  Y también a los más odiados. Recuerdo mi primer encuentro con uno de estos artilugios: era  aún un niño pequeño,  tenía en mis manos una pistola de juguete, y era feliz por el nacimiento de Jesús en el pesebre. (Léase, era feliz por mi regalo). Y fue cuando empezaron a prender en casa las luces de bengala para animar la nochebuena.

Era todo un espectáculo. Aquellas chispas incandescentes con su sonido peculiar atraían mi mirada cual imán a partículas de hierro. Recuerdo que intenté tomar alguna, y me ayudaron. Esa imagen se ha quedado grabada para siempre en mi memoria. Luego de eso, ya en el colegio, conocí a los rascapies,  los cuetecillos, y los temidos cuetones. Poco a poco en la casa fuimos incorporando estos artefactos en las celebraciones de navidad y año nuevo. Incluso adoptamos la costumbre de construir un muñeco, que simbolizaba el año viejo, y quemarlo la noche del 31 de diciembre, haciendo estallar cuetecillos,  cuetones y encendiendo luces de bengala.

Fue todo bien, hasta cierta época en que en casa, al acercar mucho las luces de bengala al arbolito de navidad, este se prendió haciendo un amago de incendio. Santo remedio, nunca más estos artefactos pirotécnicos fueron utilizados dentro del hogar. Pero si en la calle.

Hasta que sucedió.
Corría el año 2001, yo estaba en mi primer año de residencia en el Hospital María Auxiliadora. Recuerdo muy bien que estaba de guardia, un 29 de diciembre. En mi primer año hice guardias en la emergencia del hospital, y para variar,  recibí la nochebuena haciendo turno. Aunque, para ser justos, solamente me "molestaban" cuando habían muchos pacientes o cuando llegaba un caso de "ojos". Después, dormía de lo más plácido. Aunque también hasta las 9 o 10 de la noche la pasaba en el tópico,  para no aburrirme.

Además, en nuestro país, en especiales Lima, eran y aun son frecuentes los accidentes y los incendios causados por artefactos pirotécnicos en estas fechas. Así que, cuando dieron la noticia del "incendio en mesa redonda", no le dimos mayor importancia,  ya que cerca a ese lugar hay hasta 3 hospitales.  Incluso en el fondo nos burlamos de los residentes de turno de esos hospitales: " no descansarán en la noche, pobrecitos ".

Mesa Redonda es un emporio comercial ubicado en el centro de Lima, en Barrios Altos. Se caracteriza por su infinidad de productos y sus precios bajos. Sin impuestos, sin recibos, facturas, sin garantía.  Productos comúnmente de contrabando,  era y aún es el lugar preferido de la gente de escasos recursos para adquirí regalos, ropas, artefactos eléctricos a precios accesibles. Pero la informalidad y tugurización hicieron de ese lugar una trampa mortal.

Varias cuadras tomadas por los ambulantes, construcciones precarias convertidas en galerías, donde la mercadería estaba almacenada directamente sobre el tendido eléctrico.  Puestos hechos de triplay,  madera e incluso de cartón. Gente aglomerada, sin vías de escape.  Autos, micros, carretilla. En esa jungla moderna podías encontrar literalmente de todo, desde comida hasta un equipo de sonido, desde un cuaderno hasta una fotocopiadora,  desde un pasador hasta una máquina para coser zapatos. Y en las épocas de fiestas, las ventas en el rubro Correspondiente aumentaban.

En época escolar: uniformes, cuadernos, útiles escolares.  En fiestas Patrias: banderas, escarapelas y accesorios para los desfiles cívico militares. Para Navidad: juguetes, y para año nuevo: pirotécnicos, los famosos acá "fuegos artificiales ".
Ese día transcurría con relativa normalidad, hasta que escuchamos la noticia del incendio. Era un sábado,  por la noche. En el aire de la ciudad se respiraba un ambiente de fiesta. Era un fin de semana largo que la mayoría acoplaría a la celebración del año nuevo. Hasta que nos trajeron al primer quemado: quemadura respiratoria. Es la única vez que vi algo parecido. El paciente al final falleció,  no soportó el daño recibido.

Ya para eso el director del Hospital se hizo presente en la emergencia, cosa por demás rara. Me entregó un bolso y la orden de entregar el "paquete " al jefe de guardia del Hospital Loayza. Eran 60 ampollas de Morfina.  La gente estaba muriendo. Los Hospitales Almenara y Dos de Mayo habían colapsado. Había la orden de dar de alta a todo paciente estable. Era una catástrofe.
Nos dirigimos a toda velocidad en la ambulancia,  escoltados por tramos. La ruta desde el Hospital María Auxiliadora hasta el centro de Lima es larga, pero para esta ocasión no corrimos, volamos. Llegamos al lugar del siniestro. Era horrible.

Aún no se había controlado el fuego, aún habían algunos heridos. Las luces de la noche alumbraban tenuemente las siluetas ennegrecidas de los edificios calcinados, en ruinas. Una hilera de autos chamuscados,  con los vidrios inexistentes, en algunos aun se veían algunos cuerpos calcinados, inertes. Solamente después me enteré de lo sucedido: un vendedor ambulante había "probado" un pirotécnico, prendiéndolo en plena calle, pero éste cayó sobre una mesa llena de cohetecillos, lo que desató una reacción en cadena y el infierno. La bola de fuego atrapó rápidamente las calles, vehículos, tiendas, galerías. La gente huía descontroladamente, y se subían a los edificios, donde murieron asfixiados. Muchos murieron aplastados por la turba, y muchos quemados por el infierno de más de 1000 grados que se desató en esas cuatro manzanas.

A la zona del desastre acudieron los bomberos de cuatro distritos de Lima, quienes vieron dificultada su tarea por la gran cantidad de autos varados y puestos en las calles. Fue un incendio dantesco. Solo cerca de la media noche se pudo controlar el incendio. Nosotros habíamos llegado cerca a las 10 de la noche.

Trasladamos a un bombero herido al Hospital Loayza.  El pobre iba cubierto de hollín,  consciente pero mudo. No podía articular palabra, y en su mirada pérdida se podía leer la frustración y la tristeza. Y no es para menos, había observado el infierno con sus propios ojos, se había enfrentado a la muerte y quien sabe que más habrá tenido que presenciar. Tenía síntomas de asfixia. Para variar, el equipo era viejo y obsoleto.  Y así, en esas condiciones estos valientes bomberos se enfrentan a mil obstáculos para poder controlar una tragedia.

Ya en el Hospital Loayza encontramos a todo el mundo: reporteros, cámaras de televisión, fotógrafos, directores, directivos, ministros, políticos, sapos, mirones. Todos ansiosos de las primeras planas, de la primicia calentita,  de los chismes o por el puro gusto de satisfacer su morbo.  Y todos estorbando. Encontré al jefe de guardia. Le entregué el bolso, me firmó el cargo, y nos despedimos. Le ofrecí mi ayuda, me pidió no estorbar, y que ojalá pudiéramos sacar a todos esos mirones. A alguien se le ocurrió correr la voz que el presidente de la República estaba ingresando al hospital,  y todos corrieron en dirección a la entrada. Por lo menos un minuto de alivio.

Nos retiramos a nuestro hospital.  Ya nada podíamos hacer. Solo quedaban cadáveres y ya los heridos estaban en los servicios de emergencia.  Era cerca a las dos de la mañana. Ya el fuego se había controlado. No dormí.

El día siguiente los noticieros nos informaron de la magnitud de la desgracia: casi 300 muertos, cientos de heridos, desaparecidos. El emporio comercial de Mesa redonda casi destruido. Mostraron las filas de autos calcinados, los edificios en ruinas, ennegrecidas por el humo y el fuego. Los Hospitales abarrotados, familiares en llanto. Y la morgue, llena de cadáveres irreconocibles.
No hubieron fuegos artificiales para la fiesta del año nuevo. Y desde ese momento quedó terminantemente prohibida la comercialización de pirotécnicos.

Pero no duró mucho. Hoy Mesa Redonda sigue ostentando el título de principal lugar del comercio de Lima. Y ahora en las épocas de fiestas de fin de año, se comercializa libremente los pirotécnicos "legales": cuetecillos, luces de bengala, silbadores, etc. Pero también,  por lo bajo, puedes conseguir cuetones, calaveras, ratablanca y la temida mamarata,  que ya casi es una bomba casera, y que puede mutilar tranquilamente a una persona.

Los fuegos artificiales nos han acompañado desde antaño. Utilizados en manera adecuada y cumpliendo con todas las medidas de seguridad, pueden ser motivo de alegría de grandes y pequeños. No puedo dejar de mencionar las espectaculares presentaciones con luces y bombardas que se hacían sobre el río Don, en Rostov.  El cielo nocturno se iluminaba con figuras y colores impresionantes. Ahora mismo,  en fiestas Patrias se hacen presentaciones con fuegos artificiales en algunos distritos limeños. Y todos somos felices. Bueno, dicen que los perros no, pero una vez al año no hace daño.
Antes de terminar, una pequeña anécdota: al ir en la ambulancia, con nosotros iba un técnico de enfermería algo especial. Muy hábil para su labor, pero también bastante extrovertido. Como dije la ambulancia partió a toda velocidad, con la circulina y la sirena encendidas, en dirección a la zona del siniestro. Íbamos bien,  hasta que a la altura del cruce de Evitamiento con la Avenida Javier Prado encontramos tráfico. Así que tuvimos que detenernos un rato. En eso el técnico en mención tomó el micrófono de la ambulancia y empezó a solicitar a viva voz:
"Póngase a la derecha" "Den paso a la ambulancia " " Esto es una emergencia"

Y los autos, lentamente empezaron a moverse a la derecha. Como la cosa progresaba con demasiada lentitud,  nuestro amigo fue más allá y empezó a dirigir el movimiento de los autos, desde la ambulancia,  con el micrófono en la mano: " El auto rojo, deténgase.  El blanco, vaya un poco hacia atrás, el auto azul, peguese a la izquierda". Empezamos a avanzar un poco hasta que "el auto rojo, a la derecha! El auto blanco a la izquierda! " Y vemos que delante nuestro se pusieron frente a frente dos autos frente a frente cerrándonos el paso. Inmediatamente ambos chóferes de los aludidos autos corrigieron el error, y se separaron. Pero ya nosotros nos matábamos de la risa. "Quitenle el micrófono o nos mata" Dijo alguien.  Nos salvó un policía motorizado, que nos abrió el paso en un dos por tres y llegamos sin contratiempos a nuestro destino.

Domesticar el fuego ha sido el más grande logro de la especie humana. Siendo nuestro gran aliado, nos ha servido para alimentarnos, abrigarnos. También ha empujado en la construcción de civilizaciones, y destrucción de imperios. Nos sirve a diario, y una de las mejores expresiones de belleza se logran con la iluminación de los cielos nocturnos con luces de colores, figuras y formas producto del uso correcto, armonioso y adecuado de los artefactos pirotécnicos.  Pero así como es un gran amigo, el fuego puede convertirse en una bestia indomable y consumir ciudades y civilizaciones enteras.

Mi infancia estuvo llena de magia, amor y alegrías. Y una de esas cosas ha sido, es y será una hermosa luz de bengala en nochebuena.

sábado, 7 de noviembre de 2015

Fin de semana

Algunas veces me pregunto: Cómo son ahora los fines de semana en cada una de vuestras casas? Salir a una discoteca? Una cena romántica? Al cine quizás? Una escapada a algún lugar nuevo? Un viaje corto? Acampar? Pasar la tarde comiendo comida chatarra frente al televisor? Chelas y fútbol?

Al mirar atrás, a mis años de niñez en la casa de mis padres, recuerdo como eran nuestros fines de semana. Y si, es cierto, eran rutinarios, pero ahora, mirando de reojo, puedo notar que tenían muchas cosas de las cuales se nutrió mi niñez y mi vida.

El viernes era la primera parte. Como no era necesario levantarse temprano al día siguiente, existía la posibilidad de mantenerse despierto hasta tarde. No era gran cosa, pero a veces esto significaba quedarse de largo jugando en el patio, con los amigos del frente, hasta bien entrada la noche. O solamente viendo algo en la televisión, que aunque solamente mostraba dos canales, a veces tres, podía entretenernos por un buen rato. Eso sí, quedábamos dormidos apiñados unos contra otros, y mamá tenía que cargarnos hasta nuestras camas.

El sábado nos levantaban temprano, pues había que ir al mercado. Ir al mercado en Huaraz era todo un acontecimiento y, si había llovido, una odisea. El mercado se encontraba cerca a las orillas del río, ocupando calles enteras de Huarupampa. El asunto es que la lluvia, la tierra y las personas caminando sobre la misma, creaban un lodo negro espantoso, que se metía por todos lados. Caminar entre la gente, los vendedores y el lodo, una de las cosas mas horrorosas que jamás haya visto. Normalmente los mayores acompañábamos a Mamá al mercado. Se hacía las compras en etapas: verduras, carnes, frutas, pescados, etc, etc. Las compras las hacía al por mayor, ya que nosotros eramos un pequeño ejército que consumía todo en grandes cantidades. Los paquetes los íbamos dejando en ciertos lugares, para luego recogerlos de a pocos.

Nunca faltó la comida en casa. Los cajones de manzanas, naranjas, papayas, y frutas de estación; la carne en el refrigerador, el arroz y azúcar por sacos, el pescado de los domingos. los huevos, las galletas en cajas. Todo al por mayor. También había épocas de crianza de animales: gallinas, a veces patos, o pekines, también cuyes, cerdos, o la temporada en que a mi Papá se le dio por criar conejos. Como olvidar al enorme Tatú, un conejo gris de la raza chinchilla, y la coneja negra Chelita, que dieron inicio a una saga de jaulas, conejeras y una larga lista de conejos, conejitos, conejina y alfalfa. Y los sábados se compraba toda la comida destinada para la semana, incluyendo a los animales.

Entonces, para cargar todo, se necesitaban muchas manos. Aunque era imposible traer todo en las manos, así que por algún tiempo, lo hicimos en las carretillas con los "carretilleros". Recuerdo del "viejito": un señor de edad, de quien no recuerdo el nombre, menos su apellido, pero que era uno de los pocos en aceptar cargar semejante bulto hasta nuestra casa. Y es que el motivo de la negativa de la mayoría de carretilleros era que, para llegar a nuestra casa, se tenía que literalmente trepar una pendiente frente al Pedagógico, que estaba sin asfaltar, lleno de piedras, baches, y si había llovido, pues barro. Sabíamos que el señor "viejito" era de alguna secta religiosa, ya que era amable mayormente; aunque, cuando se quedaba solo con nosotros jalando de la carretilla, y nosotros tratando de empujar, mientras sudaba la gota gorda, renegaba y una que otra vez le escuche decir que nunca mas aceptaría semejante chamba. En la pequeña carretilla se encontraban las canastas, bolsas, sacos, cajas, y siempre era coronada por un buen atado de alfalfa. Mi mamá tomaba el camino corto, llegaba primera, y esperaba nuestra llegada con un  plato de avena y panes. Siempre invitaba algo al señor carretillero, quien olvidaba todo el cansancio y ya no renegaba, más aún cuando le entregaba algunas frutas de regalo. Esto obviamente aparte de la paga.

Luego venía la parte de preparar el cebiche y el almuerzo, con el infaltable chocho. El riquísimo cebiche de chocho, acompañado de canchita, hacía las delicias de nuestros paladares. El chilcano de las cabezas, los cangrejos, y los choros. Y el sudado de pescado que tanto agradaba a toda mi familia. Bueno, yo siempre lo he preferido frito, o mejor en cebiche. Y para matar la sed una rica limonada o nuestra incomparable chicha morada hecha en casa. Para no olvidar.

 Y era el tiempo de hacer limpieza a la casa, y de algunos arreglos. También limpiar las jaulas de los conejos. Baldear la sala y aplicar cera al piso. Mi hermana mayor siempre se encargaba de esto, era una adicta a la limpieza, y nosotros, de una u otra manera "ayudábamos". La parte mas bacán era la de sacar brillo al piso recién encerado. Alguna vez usamos los cojines de los muebles para este menester, sentados a modo de trineos, ya sea jalando o empujando.

Y para variar, con música de fondo. Menudo? Creo que si. "Súbete a mi moto, .. Súbete a mi moto, nunca has conocido, un amor tan veloooz.... Súbete a mi moto, ella guardará, el secreto de los dooos..." "Xanadú.... Aquíii, el agua es como el cristal, y el viento canta diciendoooo, diciendo que... hay amor... viendo en Xanadú... viendo en... Xanaduuuu". Mejor pregúntenle a mi hermana, ella saber mejor que yo.

Los sábados también tocaba lavandería. Y ropa... ropa había a montones. Se tenía que clasificar en blanca, de color, y lana. Frazadas aparte. Mi mamá se ponía manos a la obra de una labor titánica de jabonar y escobillar la ropa que dejábamos mugrienta; mis hermanas ayudaban con el enjuague, y nosotros con tender la ropa. Por algún tiempo tuvimos tendederos en el pampón fuera de la casa, pero después acondicionaron unos cordeles en el patio interior de la casa, donde se iban acomodando las ropas, conforme iban saliendo. Debo puntualizar que los varones en la casa éramos un enorme cero a la izquierda en los menesteres de lavado y planchado, y que alguna vez, cuando mamá y papá discutieron, vi a mi padre remojando una camisa en un lavatorio donde vertió una bolsa completa de detergente, y también se puso a jabonar una media con una barra entera de jabón. Por si no lo saben la barra se parte en dos, y el detergente se usa en pequeñas porciones. Ya aprendí, pero mi viejo, a ver.. déjenme pensar un rato... No, no creo.

A veces íbamos a lavar las frazadas y la ropa pesada a la orilla del río Auqui, que se encuentra cerca a la casa donde vivían mi tía y mis primos. Y lavar en el río es otra historia. Primero, hay que hacer una especie de represa, donde mamá lavará y enjuagará la ropa. Mientras tanto jugamos a la guerrita, a los pescadores, a los exploradores, o a lo que se nos ocurra. Luego nos pedía ayuda para tender la ropa en los alisos que crecían por allí, o sobre las peñas. Del resto se encargaba el sol. Y los días soleados, en mi Huaraz querido, nunca faltaban. Tanto así que era suficiente una mañana para que la ropa esté casi seca, o completamente seca. Luego a retornar a casa con la ropa limpia y seca. Y todos íbamos agotados.

Las tardes de los sábados había el catecismo en la iglesia del lado. Intenté ir varias veces, aunque no fui nunca constante. Alguna vez lamenté el no haber ido, pues a todos los muchachos que asistieron regularmente, al finalizar el año, les hicieron algunos regalos. Para esto, entregaban un ticket de asistencia por día asistido. Para variar, mi hermana mayor, ejemplo de constancia y perseverancia, asistía con regularidad, y creo, aunque no estoy seguro, que llegó a ser catequista. Otra cosa más que habrá que preguntarle. También mis hermanos, no todos, asistieron con regularidad a estas sesiones. La verdad, yo tuve mi historia con la iglesia, curas y monjas, pero de esto hablaremos en otra ocasión. Lo que quiero recordar en esta ocasión es que las tardes de los sábados había catecismo, y muchos asistieron. No puedo decir lo mismo de mi.

Pero hay algo donde si participé activamente: hacer la masa del pan. Los sábados en la noche teníamos que amasar el pan. Por un buen tiempo, era mi abuelo quien se encargaba de este trabajo. Mezclar la harina, la sal, azúcar, manteca y levadura. Amasar la masa hasta que tome la consistencia y textura adecuadas para poder preparar los panes en la mañana de los domingos. Y era una tarea dura, hecha para manos masculinas. Estuvo mi abuelo, también mi padre, lo hice yo y mis hermanos, todos en su momento. Claro está, también mi madre y mis hermanas participaban, pero el trabajo de amasar era para manos de un hombre. Y si, yo lo hice, cuando me tocó el turno de hacerlo, pues mi abuelo murió estando yo casi un niño, y papá enfermó. Luego me suplieron mis hermanos, cuando me tocó partir del hogar materno. Cómo olvidar esa sensación al golpear la masa con tus puños, al levantarla, para dejarla caer; y la enorme satisfacción de ver un trabajo realizado, a pesar del cansancio y el sudor a mares. Era ganarse el pan con el sudor de tu frente, literalmente.

La masa "dormía" en un lugar caliente. Y el domingo, temprano por la mañana nos dirigíamos al horno, a preparar los panes. Prender la leña, esparcir los carbones. Los panes no se pueden poner en un horno muy caliente, pues se queman. Tampoco en uno muy frío, ya que salen duros. Al llegar al horno había que "tablear". La masa nuevamente era amasada, aunque para esto comúnmente nos ayudaban manos mas expertas, de los ayudantes que trabajaban en la panadería. El "Fermín" y el "Bauti" ayudaron por algún tiempo. Los recuerdan? Luego se preparaban los "bollos" Mama Filly era una experta haciendo esto, y los demás mirábamos. Aprendimos, claro, pero nunca como ella. A nosotros nos tocaba engrasar las latas, y ahí ponían los panes, para que sean llevados al horno. Previamente, tenían que haber "dormido" un rato, para que "levanten". Y luego: al horno. 

Poner los panes al horno en las latas con esas palas de madera larguísimas, requiere una destreza muy particular. Nunca pude hacerlo. Y creo que tampoco lo intenté. No importa. Ya un rato después salían los panes recién cocidos, calientitos,  las rosquitas, los molletes, los bizcochos. Y de vez en cuando:.... el lechoncito al horno, con su ajicito delicioso, donde untábamos los panes y nos dábamos un banquete de padre y señor mío. Hmm, aquel que no ha probado esto, no sabe lo que realmente es delicioso.

Poníamos nuestro botín, los panes en una canasta enorme, y como llevando un trofeo de guerra, nos dirigíamos a la casa. El aromático y penetrante olor que despedían hacía que muchos transeúntes preguntasen: "Vendes pan?" Y ante nuestra negativa, se iban tristes y frustrados. Aunque, no se, quizá vender panes hubiese sido una buena idea. Tendré que preguntar de esto a alguien.

Las tardes de los domingos mi mamá se dedicaba a planchar la ropa, mientras nosotros revisábamos las tareas escolares. Por la noche a la misa, y a dormir temprano, que el lunes debíamos ir a clases.

A veces las rutinas de los fines de semana eran rotos por mi padre, que en un arrebato nos llevaba a bañarnos a Chancos y almorzar a Caraz, comer helados en Carhuaz. Un paseo  que alteraba nuestras "rutinas" de fin de semana. Pero, saben que? Extraño esas rutinas. Extraño mis panes hechos en casa, mi plato de avena, mi cebiche de chocho, mi pancito untado con el ajicito del lechón recién salido del horno.

Mi infancia no fue perfecta, pero fue hermosa. Tuve la suerte de nacer en un lugar precioso, donde las cosas simples de la vida hicieron una hermosa y bella melodía.

viernes, 6 de noviembre de 2015

La casa blanca.

No es sobre la casa del presidente de Estados Unidos, ni sobre algo parecido. En esta ocasión trataré sobre algo quizá más banal y mundano: una casa que para nosotros se nos antojaba embrujada.
Mi Huaraz querido es una ciudad que se encuentra enclavada en el corazón del Callejón de Huaylas,  rodeada por las cordilleras blanca y negra, teniendo como colosal guardián al majestuoso Huascarán, quien, junto al Huandoy guardan celosos la paz de nuestro querido pueblo.

El cielo Serrano, de un azul precioso, contrasta marcadamente con la línea de las montañas y cordilleras. Los sembrados y bosques son comúnmente claramente notorios desde cualquier punto de la ciudad. Incluso los pequeños caseríos y chacras son fácilmente detectables.
La casa de mis padres,  donde se desarrolló mi infancia completa, está ubicada a faldas de un pequeño cerro,  al cual nosotros llamábamos Shacpay. Sobre este cerro pequeño, se erguía uno mas grande, al cual conocíamos como Villa Andina. A través de estos dos cerros corría un sendero de herradura, por el cual, atravesando sembrios,  riachuelos y un cementerio se podía llegar hasta Marian,  caserío alejado donde se desarrollaban algunas fiestas que presentaban bandas de músicas, cuetes y corridas de toros.

También a Villa Andina gustábamos de subir para recoger moras,  que abundaban en los muros de las chacras. Y por supuesto para volar cometas, aunque para este menester suficiente era Shacpay.  En épocas de fiestas navideñas también podíamos recolectar "champita" y algunos pequeños cactus y pencas para armar el nacimiento. Tiempos aquellos.

A mitad del cerro,  dominando toda la ladera, se encontraba una enorme casa, que, cubierta únicamente con yeso, se notaba como una enorme mancha blanca en el verde amarillo del paisaje serrano nuestro.

En nuestro imaginario de niños corrían historias de tragedias, matanzas, acuchillamientos, niños y ancianos abandonados, espectros vivientes, almas en pena, y todo lo que uno pudiese imaginarse. Si, con respecto a cuentos de terror, fantasmas y cosas por el estilo, nuestras mentes volaban, gracias sobre todo a nuestro abuelo. El gustaba de asustarnos con cuentos de terror, sobre todo en las noches sin luna, o mejor si estaba lloviendo.

Historias de diablos errantes, muertos vivientes, seres embrujados, casas con maldiciones,  ángeles caídos, espadas de fuego, bastones mágicos, duendes y ollas de oro, y un interminable etcétera, eran la artillería pesada del abuelo, que se jactaba de haber enfrentado a esos seres en algún lugar o algún tiempo. Si, así era Papa Shatu,  con su infaltable poncho y su sombrero, y su hondilla en el bolsillo. Gustaba de tenernos a todos apiñados a su alrededor, escuchando embobados sus historias y cuentos. Demás está decir que no nos despegábamos del abuelo ni para ir al baño, y nos quedábamos dormidos a su lado. El nos cargaba de a uno y nos llevaba a dormir. Pero esa es otra historia.

Sobre la "casa blanca" en nuestro entorno de pequeños niños se habían tejido un sinfín de historias, como ya lo había mencionado líneas arriba. Alguien decía que había escuchado contar de fuentes fidedignas que por las noches se veían luces al interior de las habitaciones abandonadas, y que los gritos y quejidos eran el común de todos los días. Alguno mas refería haber escuchado una canción lastimera al pasar cerca a ella, y que al efecto de la música había quedado petrificado y sin habla por unos minutos eternos. Otro más que no eran gritos, sino más bien gruñidos los que se oían, junto al ruido del arrastrar de cadenas. Alguno contó que en cierta ocasión unos muchachos se atrevieron a treparse a los muros para observar lo que adentro sucedía, y que luego de observar algún monstruo come gente, quedó enceguecido por algún tiempo.

Era tanto el temor que nos infundía,  que al pasar cerca a ella, tratábamos casi de correr, y a veces nos tapábamos los oídos y conteníamos la respiración, no vaya a ser que caigamos en algún hechizo infernal y terminemos como presas de monstruos, fantasmas y espectros.

Pasó el tiempo, ya estaba en primer o segundo año de secundaria. Ya no era un niño. O por lo menos eso creía. Era el mayor de la mancha, donde estaban mis hermanos y los "chinos". El "chino" creció con nosotros,  tenían con su mamá, su abuela y sus hermanos una pequeña casa frente a la nuestra, y en medio había un pampon enorme donde jugábamos de todo, desde fulbito, matagente, kiwi, la bata, la guerrita, etc, etc.

Ya no éramos tan pequeños, y en un fin de semana cualquiera, en una de nuestras tantas andanzas al cerro, decidimos mostrar que no teníamos miedo, y que valientemente iríamos hasta la puerta de la temida casa, y jugaríamos en ella, sin importar fantasmas, canciones o monstruos.
Subimos valientes por el camino de trocha, comiendo moras y una que otra caña. Para darnos valor íbamos riendo de los cuentos esos, "para asustar niños". Incluso alguien hacia algunos sonidos y gestos para "asustar" y todos reíamos.

Subiendo al cerro, salimos de la trocha y con la frente en alto y el valor en el alma nos dirigimos hacia la puerta de la embrujada casa. Faltando menos de 50 metros para llegar, por alguna razón,  o por miedo colectivo, nos desviamos hacia la trocha, haciendo una especia de hipérbola y terminamos jugando al lado del riachuelo, juntando moras, y columpiándonos en un árbol caído. Nadie decía nada de la casa, hablábamos alto, como diciendo "allá vamos" "ya estamos aquí, no te muevas".

Hasta que sucedió. No se si fue el viento, o el rozar de los troncos de los árboles unos contra otros, o algún pájaro inoportuno o algún gracioso que se quiso pasar de listo. El asunto es que oímos un ruido extraño, que nos escarapeló el cuerpo y nos puso los pelos de punta. O por lo menos eso me pasó a mi, pero igual, como impulsados por un resorte inmenso salimos disparados cuesta abajo, como alma que persigue el diablo, cruzamos chacras, muros, riachuelos y cercos de espina en cuestión de segundos. No nos detuvimos hasta estar frente a la casa, en la seguridad de nuestro pampon del frente.

Nunca mas tocamos el tema. Incluso ya siendo adulto, nunca más regresé a la dichosa casa, aquella  que nos trajo en la niñez las más escalofriantes historias de suspenso y de terror.

Mi infancia fue hermosa, crecí viendo el amanecer por mi ventana, acompañado por la melodía de un madrugador jilguero y el olor del suculento desayuno en la cocina. Y jugaba en las praderas y los riachuelos, corriendo libremente desafiando a los vientos, disfrutando del hermoso paisaje serrano de mi Huaraz eterno.

miércoles, 5 de agosto de 2015

Ajedrez

El ajedrez o juego ciencia ha sido un gran compañero en toda mi vida.

Mis inicios se dieron cuando tenía aproximadamente 10 años de edad.  En mi cumpleaños me regalaron un juego de ajedrez. Me pareció una cosa extraordinaria,  ver esas figuras extrañas, sobre todo los caballos. Quedé extasiado observando aquellas figuras, y leí con detenimiento las instrucciones del juego, y... nada, sonaba tan aburrido e incomprensible que no tardé en dejarlo de lado.

No recuerdo bien quien, si mi padre, uno de mis tíos o alguno de mis primos intentó o intentaron enseñarme este dichoso juego. No me pareció nada atractivo, pero si tedioso y hasta aburrido. 

Luego de esto, en un par de ocasiones, pude observar cómo algunos jugaban y por lo que pude apreciar se divertían. Hice algunos intentos para participar,  y obviamente con resultados desastrosos.

Hasta que un buen día, no recuerdo si mi padre o mi madre me compraron un libro, mi primer libro de ajedrez, en el cual de manera muy amena y divertida pude incursionar en este fabuloso mundo. Se relataban las historias de la invención del juego, de los reyes y famosos que lo jugaron, partidas clásicas,  los famosos gambitos, de los clásicos mate pastor y defensa siciliana, defensa de dama y ataque al Rey, las historias de míticos ajedrecistas como Lasker, Alekine, Capablanca, Fisher, Karpov. No llegaba a Kasparov, pero si se hacía mención a la gran escuela rusa. Quedé entusiasmado, tanto que casi obligué a mis padres a comprarme mas libros: de teorías de aperturas, finales, etc, etc. Fui perfeccionando poco a poco mi habilidad, y me fui entrenando, hasta que por fin pude vencer a mi padre en un juego. Después mis víctimas fueron todos en la familia, y de ahí pase a jugar con los amigos del colegio. 

Era tanto mi fanatismo, que llegué a fabricar mi propio juego de ajedrez, guiándome de un suplemento viejo de algún periódico, donde mostraban como se podía fabricar las piezas de ajedrez con unas cuantas latas, un palo de escoba, tornillos, pintura y mucha paciencia. 

Fue tanta mi fama de ajedrecista, que cuando se realizó el primer campeonato de ajedrez del colegio, todos daban por hecho que ganaría sin mucho esfuerzo, ya que no había en ese momento por lo menos en el colegio persona alguna capaz de rivalizar conmigo en este juego. Y no fue así. Yo estaba en quinto de secundaria, y el campeonato se hizo de forma relámpago: juego perdido, jugador descalificado. Quedábamos únicamente cuatro jugadores, y frente a mí con las piezas negras se sentó un chibolo de primer año, que milagrosamente había clasificado hasta ese instancia. Y me sobré. Él hizo una apertura abierta, cometiendo algunos errores ya desde el inicio de la partida. Me ganó la arrogancia,  era pan comido, empecé a mirar en derredor al público presente. Me sentía ganador, así que no le presté ya mucha atención al desarrollo del juego. Hasta que me vi perdido. Cometí varios errores consecutivos y estaba ad portas de una derrota inminente. Abandoné, para evitar la vergüenza del jaque mate. Ese chibolo, el que me ganó, resultó el campeón del torneo. Todos quedaron sorprendidos, casi boquiabiertos. Para variar, asado, me fui, sin esperar el desenlace. Había sido derrotado en el juego del que me creía invencible.  Posteriormente,  mi profesor de matemáticas, nos juntó a mi y a los finalistas. En un salón de clases, estando solos, en partidas simultaneas, los aplasté sin compasión, sin darles una sola oportunidad. Era cierto, yo era muy superior en juego, pero en ese campeonato, me ganó la soberbia, y perdí.

Pasaron los años. Viajé a Rusia para estudiar medicina humana. Ya estando allá, en Rostov del Don, tierra de los cosacos, de los legendarios Alekine,  Karpov y Kasparov,  cierto día caminaba sólo por el parque de Lenin, y me puse a observar como algunas personas jugaban ajedrez al aire libre. Habían representantes de todas las edades, desde niños hasta ancianos. Partidas super rápidas, de solo minutos, con reloj en mano; y otras eternas, donde cada movimiento se demoraba mucho, muchísimo tiempo, tanto que podía pasar un siglo hasta que uno de los jugadores mueva una pieza. Estaba absorto mirando como jugaban, sin prestar mucha atención al parque, al clima, la hora, al resto de personas que por ahí circulaban. En eso noté que había un niño, de quizá siete u ocho años, sentado solo frente a su tablero, con las piezas formadas en su lugar, esperando. Me acerqué y le pregunté si jugaba. Me dijo que si, y que si quería ser su oponente. Me causo cierta ternura, y decidí "enseñarle" algo al pequeño. Empezamos con un gambito de dama clásica, con las jugadas harto conocidas, y cuando hice mi primera "jugada maestra", es decir, según yo la jugada que me haría ganar, él me miró y me dijo: "ya perdiste". Lo miré un rato, aún en el tablero estaban prácticamente todas las piezas, apenas se había empezado el desarrollo de la partida, y él me dijo "ya perdiste". Otra vez mi soberbia pudo más, y le dije que se equivocaba, que al contrario, podría ganarle. Me insistió: "ya perdiste". Entonces le dije que me lo demuestre. Hizo una mueca desgano,  me miró con cara de aburrido y dejó que siguiera el juego. En algo de diez movimientos me dio mate. Luego me hizo retroceder, y probamos todas las alternativas, igual me daba mate. Me sentí un insecto insignificante en ese momento. Otra vez mi soberbia, otra vez un chibolo, aunque en esta ocasión era literalmente un niño el que  me hizo morder el polvo e hizo que me tragara mi soberbia. Desde ese momento, ya no quise volver a jugar. A veces jugaba con los amigos, pero ya nunca mas participé en un campeonato. Solamente jugaba para divertirme, distraerme. Y eso, muy de vez en cuando.

Ya de retorno al Perú, me tocó ir al ejército, y estando en el ejército, me tocó participar en una guerra. Mi guerra. Cuando ya se había terminado la guerra, estábamos tan flacos y desnutridos que los jefes no permitieron que regresemos así, cual espectros vivientes salidos de una película de campos de concentración nazis. Nos pusieron en "engorde": cinco comidas al día, proteínas, vitaminas,  harta harina, dulces y todo lo imaginable para ganar peso. Es en ese periodo que nos enviaron juegos de mesa, y entre ellos, un juego de ajedrez. Nuevamente se reavivaron las pasiones. Había un oficial de caballería que era el único que me ganaba. Y nuestra rivalidad hacía que jugásemos con mucha frecuencia, pues no hay nada mejor en este juego que un rival que pueda hacerte una buena partida. Jugando olvidábamos todo. Podíamos tolerar con mayor facilidad el tedio y la rutina, y así pudimos sobrellevar esos momentos tan difíciles que nos tocó vivir. Pude retomar muchas cosas aprendidas y aplicarlas,  ya no fui soberbio, creí haber encontrado nuevamente la pasión y la razón de ser de este hermoso juego.

Pero no todo tiene un final o epílogo feliz. Estando ya como médico ciudad civil en el Hospital de Pomabamba, no encontré a nadie que siquiera se interesara en el juego. Uno que otro empeñoso, pero nadie que pudiese ponerse frente a frente en un tablero y hacer una partida aceptable. A veces jugaba solo un rato, pero de a pocos lo fui dejando.

Hace algunos años atrás descubrí en internet un portal financiado por una compañía telefónica, donde podían inscribirse los estudiantes y sus padres, y podían participar de juegos en línea. Me inscribí, y estuve participando. Ya por estos años, había conseguido el famoso programa Fritz,aquel que había vencido a los grandes maestros. Y me fui nuevamente entrenando, y así estuve participando por algún tiempo. Todo iba bien, hasta que un día, me tocó jugar con un escolar de no se que parte del mundo. Me ganó. Me piqué. Pedí revancha, y lo aplasté, pero usando el Fritz (hice trampa). Me pidió revancha, y nuevamente lo aplasté, sin consideración, nuevamente usando el Fritz. Y me expulsaron. Los moderadores del portal descubrieron que usé el Fritz, y ya no me dejaron participar. Solo podía observar. No puedo dejar de sentir vergüenza por este episodio, pero así sucedió. Estaba tan fastidiado que hice trampa para poder ganar a un niño que en algún lugar del planeta estaba practicando este apasionante juego. No me expulsaron,  así que ahora solo podía participar como observador. Lamentablemente este portal dejó de ser financiado por la mencionada compañía, y fue cerrado.

Y bien, actualmente solo juego con la computadora de vez en cuando. En ocasiones participo de juegos en línea, con resultados variados. En algunas ocasiones he intentado enseñar el juego. Mi última hija es la que mas ganas le ha puesto,  pero hasta ahí he llegado. 

Espero en algún momento encontrar a algún apasionado como yo por este juego,  y poder disfrutar de una buena partida, sin lugar ni tiempo.  Y que sin importar el resultado final, se haya realizado un gran despliegue de estrategia durante la partida.

Así que:
- d2 - d4
Haz tu jugada.

martes, 28 de julio de 2015

Fiestas Patrias.

Cada 28 de Julio mi amado Perú celebra su cumpleaños. Es el aniversario de nuestra Independencia del yugo español. En esa fecha el año 1821 el General Don José de San Martín declaró la Independencia de nuestra nación con la famosa frase: "Desde este momento el Perú es libre e independiente por la voluntad general de los pueblos y por la justicia de su causa que Dios defiende! Viva la Patria! Viva la libertad! Viva la Independencia!"

Bueno, en esta ocasión no se trata de rememorar la historia de nuestra nación tan llena de contradicciones y actos heroicos, de injusticias y proezas. Quiero únicamente relatar la forma cómo he celebrado estas fiestas a lo largo de mi vida.

Cuando aún era pequeño, mi padre trajo nuestra primera tv en blanco y negro.  Por alguna razón lo primero que pudimos ver fue un desfile militar en Lima, al parecer por Fiestas Patrias. Era aún época de la dictadura militar, y la ceremonia era netamente castrense, y el fervor patriótico era muy marcado. La imagen en la pequeña pantalla, borrosa y con un sonido chirriante permanente debido a la mala señal, a quedado grabada para siempre mi memoria.

Ya en la escuela primaria, aprendí a entonar las sagradas notas de nuestro Himno Nacional, con los izamientos de la Bandera los Lunes a primera hora. Luego, con nuestra Señorita Hortensia, rezábamos el Padre Nuestro antes de iniciar las clases. Ella era muy devota, tanto que en Octubre se vestía con su hábito morado en honor al Señor de Los Milagros. Pero también en las fechas del aniversario patrio tenia que aprender un poema a la Patria, a la Bandera, y tenía que recitarlo en plena formación general. Eran épocas cuando entonábamos el Himno Nacional con la mano al pecho y en competencia a ver quien lo cantaba más fuerte. No recuerdo si alguna vez desfilamos en la Plaza de Armas, pero dentro del colegio si, y en muchas ocasiones.

La ciudad de Huaraz celebra su aniversario el 25 de Julio, y para esa ocasión desde mucho tiempo atrás se celebran en la ciudad eventos locales donde los colegios de la zona compiten por los premios. Y el premio mayor era el gallardete de la ciudad que se entregaba en el desfile general por aniversario de la ciudad. Luego, en el desfile de Fiestas Patrias el colegio ganador orgulloso portaba el gallardete ganado.

Mi Colegio, La Gran Unidad Escolar Mariscal Toribio de Luzuriaga, era el mejor colegio de Huaraz de su época, y con nosotros competían otros colegios de la ciudad: La Libertad, nuestros enemigos acérrimos,  y Santa Rosa, colegio de mujeres guiado por religiosas.

En la época de mi primaria no tuve mucha participación en estas contiendas, pero ya en secundaria las cosas cambiaron. Estando en tercero de secundaria empezó mi participación en las marchas. Pero en cuarto de secundaria la cosa se hizo sería.

Teníamos como objetivo superar a nuestros archi enemigos, los del Colegio La Libertad,  a quienes despectivamente llamábamos "lapacos ". Qué significaba eso? Ni idea, pero ellos odiaban que así los llamáramos; puedo dar fe de ésto ya que mis primos, hijos de la hermana de mi mamá, estudiaron ahí. Ellos a nosotros nos llamaban "chancafierros", en alusión a los talleres de mecánica, fundición y otros que había en el colegio, donde los alumnos de nuestro colegio "chancábamos" fierros.

No recuerdo muy bien si ganamos o perdimos el gallardete de la ciudad en ese año, pero si recuerdo claramente el quinto de secundaria, mi ultimo año de colegio y mi participación en los eventos de celebración por el aniversario de Huaraz y por Fiestas Patrias.

Fui parte de la escolta, y tuvimos a un policía como instructor pre militar. Salíamos a correr de madrugada, cantando a viva voz cánticos militares y "haciendo bulla" para no pasar desapercibidos. Ya para esa época nuestro colegio tenia una espectacular banda de música, con las chicas de las panderetas que eran el distintivo de nuestra fenomenal banda y de hecho, las que se llevaban los aplausos y las miradas de toda la concurrencia.

Nos preparamos a consciencia, entrenamos hasta la perfección. Fue la primera vez que alineamos a las escoltas femeninas y masculinas hombro a hombro, mostramos una marcialidad y vigor tal, que logramos opacar al resto. El bosque de gallardetes y los batallones bien alineados cumplieron con su parte. Demás está decir que la lluvia de pica pica y los aplausos y hurras que acompañaban a nuestro paso hizo que la balanza se inclinara a nuestro favor. Y es que éramos tantos alumnos en el colegio, que fácilmente todo el público eran alumnos que no marchaban, familiares y amigos que podían ensordecer con sus gritos y aplausos a cualquiera.

Ganamos, por supuesto. 

Y luego marchamos por el Aniversario Patrio portando orgullosos el gallardete ganado. O era un estandarte? Hmm, bueno, mil disculpas por las impresiciones y olvidos.

Fueron buenas épocas en el colegio, entonábamos el Himno Nacional a viva voz, y a mi me tocaba estar en la escolta. Inolvidable.

Luego me tocó partir al extranjero, a Rusia para mis estudios universitarios. Y, si bien allá no hay desfiles ni concursos entre colegios,  las Fiestas Patrias se viven de otra manera.

Estando lejos del terruño, la emoción al escuchar las sagradas notas de Nuestro Himno Nacional emocionan hasta al mas duro, pudiendo llegar hasta las lágrimas. Pero no es sólo eso, sino también existía la costumbre de presentar una actuación con todos los connacionales en un auditorio de la ciudad. Una especie de recibimiento para todos los demás estudiantes y los rusos, donde mostrábamos la historia, costumbres y creencias de nuestro pueblo, pero donde la cereza del plato era el momento de presentar las danzas características de nuestra patria. No recuerdo con exactitud en cuantos bailes he participado. Valicha,  huayno,  tuntuna, polca, vals limeño,  etc.  A veces era suficiente escuchar el Cóndor Pasa o el Adiós pueblo de Ayacucho, para emocionarnos hasta los huesos. Estando lejos de la casa es cuando mas valoras a tu Patria, y a tu gente, a tus comidas, sobre todo eso, la rica cocina peruana que no tiene parangón en sitio cualquiera.

Luego de retornar a casa, habiendo ya terminado mis estudios, me tocó hacer el Serums en el ejército. Ahí pude vivir el orgullo y el amor a la patria desde otro nivel. El respeto por los símbolos patrios es totalmente diferente. Se canta el himno no sólo con amor, sino con orgullo y mucho respeto. Tuve la oportunidad de hacer de "jefe de línea" en un acto castrense. Tuve también que desfilar a paso marcial  uniformado y con fusil en mano. Siendo en la época del conflicto con el Ecuador de 1995, cuando luego de haber retornado a mi cuartel, el entonar el Himno Nacional, frente a nuestro Pabellón Nacional, me emocionó hasta las lágrimas.

Hasta ahora me emociono con la Marcha de Banderas, y con nuestro Himno Nacional. Imagino a nuestros héroes nacionales, Grau,  Cáceres. También recuerdo a esos héroes anónimos que entregaron su vida por un país que muchas veces les dio la espalda. Yo tuve la oportunidad de ver a muchos, casi niños, que peleaban, se desagradan y morían por su Patria. Y después son ninguneados y vapuleados luego de haber literalmente sangrado defendiendo algo que muy pocos entienden: la Patria.
Lo seguiré haciendo, recordando todos y cada unos de esos memorables momentos, tratando de inculcar en los míos el amor por nuestro país y el orgullo de haber nacido en esta hermosa tierra del sol, cuna de los Incas señoriales, de los Chancas orgullosos, de los guerreros invencibles que prefirieron morir antes de ver rendida a su amada patria. Cuna de sabios, poetas, cantores y santos. Cuna del Huaynito, la valicha, la marinera y el festejo peruano. Lugar hermoso incomparable, con hermosas playas, majestuosos nevados y encantadora selva. Tierra de la papa, el pisco y el cebiche. 

Si, señores, tengo el orgullo de ser peruano.
Viva el Perú, carajo!!!

sábado, 25 de julio de 2015

Vamos a Lima

- Apúrate! Cuidado con esas maletas.
- Tenemos que acomodarnos bien, ya que el viaje será largo.
-  Quien irá adelante? Pregunta el chofer.
- Iré yo. Responde mi padre.
- Pero señor, usted ocupará mucho espacio y será difícil encontrar a una persona que viaje a su lado. Apunta el chofer con un ligero fastidio.
- No se preocupe, verá que encontraremos a alguien adecuado. Dice mi mamá con un tono que no admite un no por respuesta. Eso es algo que siempre le ha caracterizado.

Ya con todas las maletas en la cajuela y en el techo, el chofer apunta:

- Suban de una vez, tenemos que ir al paradero a ver si conseguimos el pasajero que falta.
- Señor chofer, acá en la parte posterior podría viajar una persona más. Eso sí, debería ser bastante delgada. Dice mi madre.

Ya en el paradero la diosa fortuna nos acompaña, y encontramos a una joven pareja que busca transporte para viajar. Ella es delgada, y él no es voluminoso, así que encajan a la perfección en los lugares que quedaban.

Entonces, alas y buen viento. El viejo auto lentamente empieza su travesía con destino a la ciudad capital, Lima.

En aquella época, siendo yo aún un niño pequeño, antes de ir a la escuela, los viajes de Huaraz a Lima se hacían en autos conocidos como "lanchones ". Eran tan anchos y largos, que al lado del chofer podían ir dos personas cómodamente sentadas, y en la fila de atrás hasta cinco sin incomodarse.
Tenían una cajuela tan grande, que fácilmente podían albergar varias maletas, pero además tenían una parrilla en su techo donde con gran pericia podían acomodar hasta dos hileras de maletas.

Ahora, donde iba el combustible, ni idea. El asunto es que llegábamos a Lima, molidos y cansados, pero llegábamos.

El primer tramo, la subida hacia Conococha, por la carretera que iba en la ribera del río Santa, lo hacíamos de día, en horas de la mañana. En épocas de mi niñez no estaba asfaltada, y la parada en Catac era obligatoria.

El calor matinal debido a nuestro sol serrano,  las ventanas cerradas para evitar el polvo, con la consecuente acumulación de olores y hedores, las sacudidas y curvas, hacían que las náuseas se apoderaran de todos, y pidiesen al chofer detenerse un instante para vaciar nuestro desayuno por una vía ni fisiológica ni agradable.

Fui la primera víctima. La emoción del viaje fue rápidamente sustituida por un deseo enorme de eliminar todas las tripas por la boca y narices. Es cierto, no fue nada agradable vomitar al costado de la carretera al lado del auto, peor aún con todos impacientes, pues el tiempo en un viaje es apremiante. Pero la sensación de paz y tranquilidad después de ésto era tal, que me quedé dormido plácidamente hasta llegar a Conococha, donde bajamos y comimos truchas fritas. Hmm, que delicia!

Bueno, no duró mucho tiempo. Se imaginarán que la bajada de Conococha tenia tantas o más curvas que la subida, y los mareos y náuseas se apoderaron nuevamente de nosotros. Creo que a este respecto no son necesarios más detalles.

Hasta llegar a Chasquitambo,  otra parada obligatoria, y descanso, y a comer de nuevo. Para qué comía? Igual el resultado final siempre era el mismo, pero como buen cholo me empujaba toda la comida que me presentaban. Además mi mamá siempre decía: "Plato limpio!".

Después el viaje era de noche. Supongo que más lento, supongo que el chofer dormía en algún lugar. El hecho es que escuchaba o sentía las paradas en Pativilca y Barranca entre sueños.

Al amanecer nos recibía una larga fila de palmeras, al costado de una interminable fila de cañas en las chacras del lado derecho. Luego, por la ventana de la izquierda, se podía ver el mar. La playa, que emoción. No imagino mi cara de emoción y asombro al ver por vez primera las olas espumantes golpear la arena y la inmensa vastedad del océano. Recuerdo que pensé que era infinito. Y el calor, que hacía que el sudor cubriese mi frente, la neblina y la humedad, los olores del mar.

Todo era nuevo, extraño y emocionante.

Lima, el lugar de los buses grises con un tubo de escape elevado por donde emanaba una estela oscura de humo negro. La playa, con esa arena que se metía por todas partes, el agua salada que lastimada los ojos y la piel, además de las obligadas quemaduras por insolación, lo que te dejaba un recuerdo doloroso de la tarde playera. El parque de las leyendas, los animales, de la costa, sierra y selva, además de los leones, la jirafa y el elefante; las golosinas y los pequeños juguetes. Y de la televisión, con Popeye el marino, y su eterna novia Olivia. El paseo obligado a la plaza de armas y el Jirón de la Unión. El mercado central, y el barrio chino.

Así fue mi primer viaje a Lima en nuestras vacaciones de verano. Por lo menos así lo recuerdo.

domingo, 12 de julio de 2015

Ingresé, Papi, ingresé!!

- Ingresé, Papi, ingresé!!

Me abrazas, me besas, te cuelgas de mi cuello, mientras me muestras en tu celular una imagen que se me antoja borrosa, pero que no admite dudas: ADMITIDO.  Por un momento el asiento del bus que compartimos se convierte en una carroza que nos lleva al cielo, y nos sentimos los seres mas dichosos de este planeta.

Han pasado 17 años desde el memorable día en que te tuve por primera vez en mis manos. Era una sensación nueva y extraña el poder cargarte, el sentir el calor de tu cuerpecito, que se me antojaba muy pequeño y frágil, pero vigoroso y saludable. Es indescriptible ese cúmulo de emociones y sensaciones que invadieron mi cuerpo y mi alma en ese dichoso momento. Y no iba a ser el primero.

Me regalaste un momento inolvidable cuando un día de aquellos, al estar llegando a casa, oí tu llanto desde afuera, y al llegar corriendo al cuarto, vi como tu mamá batallaba contigo al intentar cambiarte los pañales. La aparté, no se qué me dijo ella, pero si recuerdo claramente lo que me dijiste: "Agú, agú". Apenas te había cogido, dejaste de llorar y me diste las quejas. Tenías unos días de nacida. Bueno, está demás recordar que ya nos comunicábamos cuando aún estabas en el vientre de tu madre. Pero en ese momento confirmé que éramos el uno para el otro, y que no existiría ninguna fuerza capaz que pudiese romper ese lazo.

Y me equivoqué. Como olvidar tu rostro pegado a la ventana del bus inter provincial, y tu mirada de interrogante, al ver que el bus partía y yo me quedaba afuera. Si, fue uno de los momentos más difíciles que nos tocó vivir, cuando nos separaron. No sé que mas pasó, las lagrimas nublaron mi vista, mis recuerdos son tan dolorosos que hasta ahora lastiman. Pero no iba a ser lo peor, no nos imaginábamos siquiera lo que el destino nos tenía deparados.

Es difícil recordar lo que después nos tocó vivir. Separados, lastimados. Tú mas que cualquiera. "No te quiere" "Te ha abandonado" Eran frases que yo mismo oí que te decían, y lo hicieron y seguirán haciendo por toda la eternidad. Nunca olvidaré nuestro momento a solas en tu colegio. Tu maestra nos dejó un rato, lloraste, lloré en silencio. Nos abrazamos después de mucho tiempo. Parecía que nada estaría bien, Parecía que el mundo se iba a acabar, que nunca más nos tendríamos el uno para el otro. Fue el período más difícil, pero sobrevivimos.

Pero en toda esa penumbra, hubieron momentos que nos alegraron por unos instantes. Como nuestro "Tiempo de Vals", bailando en tus dos fiestas. O mi corbata y terno negro en tu primera comunión. Hacía una calor de los mil demonios, y yo estaba con saco y corbata. Y tú, eras feliz. Ningún otro padre estaba vestido como yo. Nadie estaba así de loco. O nuestro viaje, y la tarde en la playa, y nuestro comer un pollo en un taper en el terminal terrestre, pues nos quedamos sin un sol, y esto literalmente, pues solo tenía cincuenta céntimos.Y nuestras interminables charlas: Yo, dándote mil consejos, tú, dándome la razón y reclamando a tu papi que no está.

Me derrumbé al ver tu carita de frustración cuando no ingresaste en esa primera posibilidad, estando aún en el colegio. No te imaginas siquiera lo difícil que ha sido esta agonía, cuando te recogí y nos fuimos a caminar, tratando de desestresarnos. Teníamos que mostrarnos fuertes, esa ha sido siempre nuestra divisa, y así lo hemos hecho. Nos dábamos aliento, mutuamente. Y ya estábamos por claudicar, ya que el tiempo se nos iba, no podía quedarme más, y sucedió.

- Ingresé, Papi, ingresé!!
- Te amo, Bebé preciosa!!

No sabes lo que se siente, no lo sabes porque aún no tienes hijos. Es cierto, ahora te embarga una emoción y una satisfacción enormes, pues es un logro enorme el que has logrado. Es una paso enorme, pues ya dejaste la escuela, el colegio, el nido, el kinder, y ya eres universitaria. Ya estás en las ligas mayores, estás a un paso de lograr tu profesión y de ser Independiente. Es cierto, es una sensación indescriptible. Es unas ganas enormes de gritar, de gritárselo al mundo entero: Si pude, carajo!! Y de escupírselo a aquellos que osaron dudar de ti, que siquiera pensaron o insinuaron que no podrías, que renunciarías, que te quebrarías, y que no darías la talla suficiente: si pude, carajo, si pude!!

Pero mi emoción, hijita linda, es diferente. No tengo palabras para describirlo. Para mí sigues siendo esa pequeña que tuve en mis brazos, esa nena que se quejaba sin poder hablar, esa niña pequeña que bailaba el "Tiempo de vals". Seguirás siendo mi BB preciosa, y por eso y mucho más, estoy feliz, más feliz que nunca, ya que mi nena se está haciendo cada vez mas grande.

Te quiero, estoy muy orgulloso de ti, de todo lo que has logrado. Así que, adelante! El mundo es tuyo, y está esperando por ti, para que lo tomes con ambas manos. Y a pesar de lo que te digan, a pesar del tiempo y la distancia, de los tropiezos y sinsabores, de lo bueno y lo malo, pase lo que pase, te guste o no, siempre estaré a tu lado.