domingo, 12 de julio de 2015

Ingresé, Papi, ingresé!!

- Ingresé, Papi, ingresé!!

Me abrazas, me besas, te cuelgas de mi cuello, mientras me muestras en tu celular una imagen que se me antoja borrosa, pero que no admite dudas: ADMITIDO.  Por un momento el asiento del bus que compartimos se convierte en una carroza que nos lleva al cielo, y nos sentimos los seres mas dichosos de este planeta.

Han pasado 17 años desde el memorable día en que te tuve por primera vez en mis manos. Era una sensación nueva y extraña el poder cargarte, el sentir el calor de tu cuerpecito, que se me antojaba muy pequeño y frágil, pero vigoroso y saludable. Es indescriptible ese cúmulo de emociones y sensaciones que invadieron mi cuerpo y mi alma en ese dichoso momento. Y no iba a ser el primero.

Me regalaste un momento inolvidable cuando un día de aquellos, al estar llegando a casa, oí tu llanto desde afuera, y al llegar corriendo al cuarto, vi como tu mamá batallaba contigo al intentar cambiarte los pañales. La aparté, no se qué me dijo ella, pero si recuerdo claramente lo que me dijiste: "Agú, agú". Apenas te había cogido, dejaste de llorar y me diste las quejas. Tenías unos días de nacida. Bueno, está demás recordar que ya nos comunicábamos cuando aún estabas en el vientre de tu madre. Pero en ese momento confirmé que éramos el uno para el otro, y que no existiría ninguna fuerza capaz que pudiese romper ese lazo.

Y me equivoqué. Como olvidar tu rostro pegado a la ventana del bus inter provincial, y tu mirada de interrogante, al ver que el bus partía y yo me quedaba afuera. Si, fue uno de los momentos más difíciles que nos tocó vivir, cuando nos separaron. No sé que mas pasó, las lagrimas nublaron mi vista, mis recuerdos son tan dolorosos que hasta ahora lastiman. Pero no iba a ser lo peor, no nos imaginábamos siquiera lo que el destino nos tenía deparados.

Es difícil recordar lo que después nos tocó vivir. Separados, lastimados. Tú mas que cualquiera. "No te quiere" "Te ha abandonado" Eran frases que yo mismo oí que te decían, y lo hicieron y seguirán haciendo por toda la eternidad. Nunca olvidaré nuestro momento a solas en tu colegio. Tu maestra nos dejó un rato, lloraste, lloré en silencio. Nos abrazamos después de mucho tiempo. Parecía que nada estaría bien, Parecía que el mundo se iba a acabar, que nunca más nos tendríamos el uno para el otro. Fue el período más difícil, pero sobrevivimos.

Pero en toda esa penumbra, hubieron momentos que nos alegraron por unos instantes. Como nuestro "Tiempo de Vals", bailando en tus dos fiestas. O mi corbata y terno negro en tu primera comunión. Hacía una calor de los mil demonios, y yo estaba con saco y corbata. Y tú, eras feliz. Ningún otro padre estaba vestido como yo. Nadie estaba así de loco. O nuestro viaje, y la tarde en la playa, y nuestro comer un pollo en un taper en el terminal terrestre, pues nos quedamos sin un sol, y esto literalmente, pues solo tenía cincuenta céntimos.Y nuestras interminables charlas: Yo, dándote mil consejos, tú, dándome la razón y reclamando a tu papi que no está.

Me derrumbé al ver tu carita de frustración cuando no ingresaste en esa primera posibilidad, estando aún en el colegio. No te imaginas siquiera lo difícil que ha sido esta agonía, cuando te recogí y nos fuimos a caminar, tratando de desestresarnos. Teníamos que mostrarnos fuertes, esa ha sido siempre nuestra divisa, y así lo hemos hecho. Nos dábamos aliento, mutuamente. Y ya estábamos por claudicar, ya que el tiempo se nos iba, no podía quedarme más, y sucedió.

- Ingresé, Papi, ingresé!!
- Te amo, Bebé preciosa!!

No sabes lo que se siente, no lo sabes porque aún no tienes hijos. Es cierto, ahora te embarga una emoción y una satisfacción enormes, pues es un logro enorme el que has logrado. Es una paso enorme, pues ya dejaste la escuela, el colegio, el nido, el kinder, y ya eres universitaria. Ya estás en las ligas mayores, estás a un paso de lograr tu profesión y de ser Independiente. Es cierto, es una sensación indescriptible. Es unas ganas enormes de gritar, de gritárselo al mundo entero: Si pude, carajo!! Y de escupírselo a aquellos que osaron dudar de ti, que siquiera pensaron o insinuaron que no podrías, que renunciarías, que te quebrarías, y que no darías la talla suficiente: si pude, carajo, si pude!!

Pero mi emoción, hijita linda, es diferente. No tengo palabras para describirlo. Para mí sigues siendo esa pequeña que tuve en mis brazos, esa nena que se quejaba sin poder hablar, esa niña pequeña que bailaba el "Tiempo de vals". Seguirás siendo mi BB preciosa, y por eso y mucho más, estoy feliz, más feliz que nunca, ya que mi nena se está haciendo cada vez mas grande.

Te quiero, estoy muy orgulloso de ti, de todo lo que has logrado. Así que, adelante! El mundo es tuyo, y está esperando por ti, para que lo tomes con ambas manos. Y a pesar de lo que te digan, a pesar del tiempo y la distancia, de los tropiezos y sinsabores, de lo bueno y lo malo, pase lo que pase, te guste o no, siempre estaré a tu lado.

miércoles, 15 de abril de 2015

Bajo el puente.

Normalmente escribo sobre mis memorias, tratando de relatar todo lo acontecido de lo que tengo recuerdo. Pero, dadas las circunstancias, y a pedido de mis lectores, que valgan verdades son muy pocos, voy a relatar un hecho sobre mi vida del cual no tengo recuerdo alguno. Me guiaré por todo lo contado por padres, tíos, amigos y familiares, tratando de ser fiel y coherente con lo sucedido en el relato.

Eran los años setenta, en un Huaraz golpeado por un duro terremoto, que había destruido prácticamente la ciudad entera. Como muchas de las familias de ese entonces, lo habíamos perdido todo. Por alguna razón del destino, la casa de mis tíos se había mantenido en pie, sin daños sustanciales, y, cogiendo las carpas y los enseres que lograron rescatar del sismo, mis padres con nosotros, sus hijos, nos mudamos a la casa de los tíos. Nos dieron cobijo, y desde ese momento ahí vivimos. Era una casa enorme, rodeada por chacras y por dos acequias, que la hacían un lugar único para juegos y diversión. Nosotros éramos pequeños, a lo sumo yo tendría tres años de edad, mi hermana mayor cinco, y teníamos varios primos. La puerta de entrada a todo el terreno se encontraba cruzando un puente pequeño a través de la acequia de enfrente. Esta acequia se iniciaba desde el río Paria, y se dirigía hacia un viejo molino y hacia la piscicultura, lugar donde desde algún tiempo se criaban truchas para el consumo.

Jugábamos todo el día, éramos pequeños. De alguna manera fui a dar al agua, y la corriente me arrastró con dirección al molino, pasando yo bajo las paletas del mismo y cayendo a las aguas que desembocan al río.

Un muchacho que por ahí estaba, que luego resultó ser el hijo de mi Señorita Hortensia, mi maestra de la escuela primaria, me vio flotar, y me sacó del agua para colocarme a la ribera. Según lo que sé, yo no respiraba, y él me dio por muerto.

En la casa los demás niños habían dado la alarma general, y mi abuelo, cuando no mi abuelo, había salido en mi búsqueda siguiendo la corriente, y fue él, quién me recogió del suelo. En su desesperación, y guiándose de algún vago conocimiento, trató de ponerme cabeza abajo para que el agua saliera de mis pulmones, trató de resucitarme con el poco conocimiento que tenía, trató de rescatarme de las garras de la muerte que reclamaban su parte.

Me llevaron al hospital, y tuve la suerte de encontrar dos circunstancias únicas: primero, una tía lejana, trabajaba ahí, y armó un alboroto enorme diciendo que era su hijo quien se ahogaba, que por favor la ayuden, que tengan compasión. Segundo, un equipo de médicos argentinos con todos sus aparatos aún se habían quedado no se por qué razones, habían llegado como ayuda para el terremoto, como tantos  otros equipos médicos que habían a Huaraz venido, pero a diferencia del resto, aún no se habían ido.

Me atendieron, me estabilizaron, me cosieron, mis heridas curaron, me intubaron, el agua de los pulmones drenaron, me salvaron.

Cuanto tiempo pasé hospitalizado, no lo sé. Una cosa es segura, eran mi padre y mi abuelo quienes se turnaban para cuidarme. Y se que no se movieron hasta que pude recuperarme.

Dicen mis familiares que cuando ya estaba despierto, me presentaron muchos juguetes, pero que yo evité a los que representaban a perros, y de ahí la conclusión que fue un perro el que me empujó al río. Aunque dice mi hermana y algunos primos, que fue que quería sacar agua con un balde, y que fue por eso que caí al agua. Eso ya nunca lo sabré con exactitud.

Mi madre dice que quedé desfigurado, con media cara despellejado. Y también la mitad del cuero cabelludo había perdido. Le dijeron, agradezca que está vivo. Pero eso si, será calvo.
Y si logra tener algún desarrollo mental será un milagro, ya que después de esta tragedia por lo menos que hable ya es algo.

Me dieron vitaminas, muchas proteínas, alimentación balanceada y lograron que me mimara.
Los doctores dijeron que sería intratable, que mi cordura y conducta serían irrefrenables. Que sería un milagro que lograse algo en la vida, pues que siga vivo era ya bastante.

Pero lo que no contaron los sabios médicos es que para toda la ciencia humana habida y por haber hay una gran medicina que aún no logra superar el saber. Y esa medicina es el amor.

Siempre tuve el amor en mi vida, desde niño fui muy querido, aceptado y engreído, pero también disciplinado, vaya usted a ver, que se nos descarría el pequeño.

Y fueron mis padres, mis familiares y sobre todo mi gran abuelo, quienes lograron que a la postre, no me quedara en un Don Nadie.
Gracias a la vida por todo aquello, no soy calvo ni ignorante y sigo vivo, no quedé desfigurado ni tampoco soy un taimado. En mi vida siempre han estado, aquellos que de verdad me han amado.
Por cierto, desde esa época me conocían por Moisés, salvado de las aguas. Aunque en la casa me llamaban Pepe, en el colegio mi Señorita Hortensia me llamó Calolo, los amigos del colegio me decían Lancha, en la universidad fui el Tío, también el Chino, y tantos otros sobrenombres que ahora no recuerdo.

Señores, he cumplido, mi viaje por las aguas he relatado. Por cierto, lo había olvidado, mi madre adoraba mi pelo, que me lo dejaba largo, y en la frente aún tengo, las cicatrices para el recuerdo.




domingo, 12 de abril de 2015

El pozo embrujado.

Tenía yo entre cinco y seis años.

Por alguna razón estábamos en Ica, de paseo quizá, no lo recuerdo con exactitud, pero algo es claro, con mi Padre y mi hermana mayor, nos embarcamos en un viaje con dirección a la tierra de mis abuelos paternos: Santiago de Chocorvos, Huancavelica.

Y a la mítica tierra de Sauranja, donde había nacido mi padre y donde por esas épocas aún vivían mis abuelos.

Había escuchado a mi padre mil veces hablar de Sauranja, de sus fiestas, de la casa de los abuelos. Y había bailado con él, tantas veces mas, el carnaval de Santiago, haciendo ademanes y muecas, para imitar a los pasos de mi padre, y de los danzarines imaginarios.

Mi abuela y mi madre disfrutaban de mi escena, y entre bromas y cantos, yo decía que había nacido en Sauranja, la tierra de mis abuelos paternos.

Nos subimos al viejo camión de madera, en los asientos delanteros al lado del chofer, mi hermana, mi padre y yo, con vista preferencial y panorámica. Detrás de nosotros habían dos filas de pasajeros, todos apiñados en unos asientos pequeños e incómodos, pero igual eran afortunados, ya que el resto viajaba en la tolva del camión, a la intemperie, junto con la carga y el ganado.

Partimos de mañana, con la carga de víveres y personas con destino a la ciudad de Santiago.

Fue un viaje lento y cansado. El viejo camión de madera se movía lentamente entre desfiladeros y peñascos, por unos caminos de trocha que estaban adornados de cruces por todos lados. restos de camiones accidentados, llantas por aquí, pedazos de lata oxidada por allá, eran recordatorios permanentes que la muerte acechaba a todos los viajeros.

Hicimos una parada en un pequeño pueblo, donde tomamos algunos alimentos, bebimos agua de un viejo pozo, desde donde sacaron el líquido elemento con un balde oxidado, y proseguimos la ruta de noche, a través de la cuenca seca de un río. Felizmente estábamos dormidos.

Llegamos de madrugada. Era todo un acontecimiento la llegada del camión a Santiago. La gente del pueblo nos recibió con gran algarabía. Pensé que se alegraban por nuestra llegada, solamente después supe que iban a abastecerse de los productos que en camión los comerciantes traían, sobre todo de pan, que en la ciudad no se preparaban no se por que motivo todavía.

Nuestro desayuno: papa, queso, cancha. Nos alojamos en una casa de un solo cuarto cercana a la plaza de armas de la ciudad, y ahí encontramos al hermano de mi padre y mi pequeña prima. Horas después estábamos camino cerro arriba, cruzando el río, a la casa de mis abuelos.

Acompañados por un viejo guía, una acémila y muchas ganas, marchamos con grandes bríos desafiando a la altura y al sol quemante. 
- Falta mucho todavía? Preguntábamos a cada instante.
- Aquisito nomas. Nos respondía el guía de buen talante.
- Falta mucho todavía? Insistíamos con voz cansada y quejumbrosa.
- Una curvita más y habremos llegado. Otra vez el guía que sonreía.

Llegamos cerca del mediodía. La abuela, menudita ella, nos recibió con papa, queso, cancha. Creo que ya habíamos desayunado eso?. Lo que no imaginaba era  que ese sería nuestro desayuno por todo el tiempo que ahí estuviésemos. Vaya dieta, que por cierto, incluía leche de vaca todos los días.

La casa se encontraba pegada al cerro, al lado del camino de trocha y del arroyo que lo recorría. De tal forma ubicada que el segundo piso, donde se encontraban los dormitorios, tenía conexión directa al cerro y a la calle. Osea, podías ingresar al segundo piso a través de las escaleras desde el primer piso, o desde la calle bordeando la casa.

La ventana principal, daba un a un paisaje hermoso que abarcaba casi todas las chacras del abuelo, construida en andenes al estilo antiguo, en lo más profundo de la quebrada, el río formaba un pozo ruidoso, que con la lluvias su bulla aumentaba.

Contaba mi padre que en ese pozo aprendió a nadar cuando pequeño, también que era lugar de diversión y de juegos. Pero alguien más, no se si mi padre, mi abuela, algún familiar o el abuelo, nos contó una historia tenebrosa sobre el pozo en lo profundo de la quebrada.

No recuerdo con exactitud la historia, pero dicen que eran tiempos difíciles para el pueblo cuando sucedió el relato, y una persona con el diablo hizo un trato, para poder salir de la pobreza y la miseria, su alma ofreció a cambio de tesoros. No se si dinero, oro, o algún otro beneficio, pero si se que luego no quiso pagar por el servicio.

El diablo se convirtió entonces en un gran toro, que con cuernos dorados vino a castigar al deudor y a todo el entorno. Empezó a destruir el toro todo, campos, casas, personas, ganado. La gente toda se ha asustado. Consigue el hombre una gran cadena de oro, y con gran fuerza y trabajo de las astas sujeta al toro. Ambos caen al barranco en titánica lucha, y con la fuerza de la caída en el río crean un gran hoyo, que al instante es tapado por las aguas, donde los dos para toda la eternidad quedan atorados.

Aún ahora, cuando el caudal de aguas aumenta, se puede oír un ruido ensordecedor desde lo profundo del pozo, es el toro que aún lucha contra las cadenas, para salir nuevamente libre y causar destrozos.

Quedamos un poco asustados al oír el relato. Mi hermana y yo, cuando empezó la lluvia, pudimos comprobar que el pozo rugía, con tal fuerza y tanta melodía, que parecía el bramido de un toro bravo encadenado. Creo que hasta dormimos abrazados.

Pero, a la mañana siguiente, sin mediar ni padre ni abuelos ni tíos, mi hermana me dijo:
- Vayamos un rato, busquemos al toro del relato.
Yo era un niño obediente desde pequeño, así que seguí a mi hermana en su empeño.
Sin muchas dificultades, pues eramos niños, dando saltos y brincos llegamos al pozo. Tiramos algunas piedras al agua, y esperamos un rato. Ni toro, ni cadenas, ni oro observamos en las aguas de aquel pozo encantado.

- Que hacen solos acá, insensatos?!
No recuerdo si fue mi padre, mi tío, mi abuelo, o los tres juntos. Nos recogieron de la orilla del pozo, y a la seguridad de la casa nos devolvieron. 
- No hay toro. Dijo mi hermana, eso creo. Pero eso sí, no dejaron que regresáramos solos al pozo de nuevo.

Tarde de lluvia de nuevo. Hemos comido, jugado y casi toda la tierra de los abuelos recorrido. Miramos por la ventana del segundo piso como la lluvia cae en Sauranja. De pronto, mi hermana nota que los sapos han salido al camino que pasa frente a la casa, y cual procesión, se dirigen todas en una sola dirección cerro arriba.
- Que hacen? Pregunta mi hermana sorprendida.
- Van a adorar a la luna en la cima del cerro. Responde mi abuela.

La sierra peruana es lo mas hermoso que han visto mis ojos. Cielo azul, campos verdes, cerros y montañas, ríos y quebradas. Pero la mayor belleza lo tiene su gente y sus costumbres, sus mitos y leyendas, sus canciones y sus danzas.

Yo nací en Huaraz, ciudad enclavada en el hermoso callejón de Huaylas, pero mis raíces se extienden a las tierras de Sauranja, de míticos y feroces guerreros Chancas, de Pozos embrujados y de sapos que van al cerro a adorar a la Diosa Luna.

miércoles, 1 de abril de 2015

Ya terminas?

- Ya terminas, papi?
- Eh. Si mi amor, Unos minutos mas y acabo. Me esperas afuera un ratito mas?
- Si papi!

Apenas tenías cerca de tres años, meses mas, meses menos. Hablabas como una adulta, desde antes de caminar, y te llevábamos al hospital, pues en casa no había con quien te quedaras. Habías venido de visita, o a quedarte por algunos meses, ya que con tu mamá vivían lejos. Pero estabas ahí, en el pequeño hospital donde trabajaba.

En esa época era un mil oficios de la medicina.

Atendía partos, hacía cesáreas, colocaba anestesia y reanimaba tanto a recién nacidos como a adultos recién fallecidos, operaba y atendía en la consulta, hacía ecografías y hasta radiografías. Hacía de pediatra, cirujano, ginecólogo, anestesiólogo, traumatólogo, internista, psicólogo, epidemiólogo, administrador, consejero, etc, etc.

Era nuestro pequeño mundo en un hospital alejado y olvidado, donde de nuestras manos y nuestra habilidad dependía si una persona enferma vivía o moría. Mi máxima hazaña a sido intubar a un bebé prematuro, y lograr que sobreviva. Pero esta es otra historia.

Nuestra sala de operaciones, a pesar de todas las limitaciones, contaba ya en esa época con las condiciones necesarias para garantizar una intervención quirúrgica libre de contaminantes y con bajo riesgo a infectarse. Logramos convertirla en un lugar aséptico, para disminuir las infecciones pos operatorias.  

Ese día estaba realizando una cesárea. Todo bien, los pasos a la perfección, y cuando retiro al bebe del útero materno para limpiarlo y cortar el cordón umbilical, levanto la mirada y noto la presencia de mi pequeña princesa en la puerta de la sala de operaciones, parada, observando atentamente lo que estoy haciendo.

- Ya terminas, papi?
- Eh. Si mi amor, Unos minutos mas y acabo. Me esperas afuera un ratito mas?
- Si papi!

Salió corriendo, como festejando una travesura más de su jornada. Apenas pude notar que se había ido, pegué un gruñido que más pareció un grito de disgusto:

- Quien?! Quién y cómo la dejaron entrar?! 

Todos me miraron un segundo estupefactos. Silencio total.

Continuamos la cirugía, que no tuvo contratiempos. Averigüé que te habías escabullido del cuidado de las enfermeras, a las cuales te habían encargado, por solo unos minutos. Y que regresaste como si no pasara nada.

Tuvimos que mejorar los cuidados para que nadie pueda ingresar a esas zonas restringidas, esa fue la enseñanza. Tuve que explicarte lo que yo hacía en sala de operaciones, pero al parecer no fui lo suficientemente explícito.

Un día, cuando aún tu madre estaba embarazada de tu hermano, y ya sabíamos que iba a ser varón, pues habías estado con nosotros cuando hice la ecografía, viniste con un cuchillo de mesa en la mano, y me pediste:

- Saca a mi hermanito de allí, papi. Está que se aburre!

Te adoro mi princesa, y aunque no te guste, seguirás siendo mi preciosa Bebé pequeña.







sábado, 28 de marzo de 2015

Sueños de infancia de un mundo inventado...

-Hola.
-Hola, cómo estás?
- Eh, yo? Bien, bien. Sólo que creo que nos están molestando.
- Si. Pero, pareces demasiado molesto.
- Hmm. No sólo estoy molesto, sino fastidiado. Esto no se puede tolerar. Jamás deberían de haber jugado así. Esto es intolerable. Jamás les perdonaré.
- Discúlpame.
- No, no tienes que pedir disculpas. Tú no tienes nada que ver en esta historia. Ellos son los que molestan.
- Pero, me siento muy incómoda. Mejor nos vamos.
- No creo que sea posible. Esta cosa debe completar todo su circuito. No hay forma de bajarse.
- Señor, por favor, puedo bajarme?
- Claro, espere un momento señorita, que acomodo mejor el bote a la orilla.
- Hmm. Podrías esperar un momento por favor. Ellos no pueden salirse con la suya. Hagamos un trato.
-Cual?
- Te espero a la salida. Por el momento sigamos el juego. Yo seguiré molesto y tú avergonzada.
- Tu crees?
- Claro. Ni cuenta se darán que hemos hablado esto.
- Pero... no importa. Te espero yo?
- Ni hablar! Haré como que me voy, muy molesto. Luego te espero en el camino a tu casa. Trata de llegar sola, por favor..
- Ya.. Ahí están....
Risas de todos. Miran desde la orilla del pequeño lago artificial, donde en un pequeño bote estamos terminando de dar el circuito de paseo, donde a propósito, mis amigos, nos dejaron solos.

Si, al fin solos, pero a vista de todo el mundo. Ellos sabían que había una atracción mutua, pero yo no quería reconocerlo, y ella no tenía reparos en aceptarlo.  Apenas éramos unos niños, algo crecidos por cierto, y estábamos ya despidiendo la secundaria del colegio.

No había tenido "enamorada" oficial durante todos los años en la escuela, ya que aún seguía suspirando por mi primer amor de la infancia, mi "sueño imposible", "estrella inalcanzable", y tantos otros nombres como la había bautizado. Nunca le dije siquiera lo que por ella sentía, ni se lo hice saber, quizá por cobardía o miedo a ser rechazado, mas por vergüenza, por considerar esto como algo inapropiado para mi edad. Podría seguir disertando infinitamente sobre las razones para mi silencio, sin llegar jamás a determinar una causa objetiva para ésto. Nunca hablé con ella, nunca me acerqué, nunca siquiera supe si ella sintió algo por mí.

Esta es otra historia.

Nos habíamos encontrado desde la primaria, y sólo había notado su presencia cuando me hizo saber que le atraía mi personalidad. En esa época era el mejor alumno de la escuela, y mis niveles de autosuficiencia y confianza en mi mismo eran épicos, únicamente comparables a mi absoluta incapacidad para hablar y mi fama de antisocial bien ganada.

Pero desde niño tenía alma de poeta.

Y me agradaba sobre manera que mis sentimientos, infantiles, puros y tiernos de mi infancia hacia ella, eran correspondidos. Lo que no podía aceptar era que todo el mundo lo había notado, y a mis compañeros les gustaba molestarme al respecto. Así que, muy a pesar de nosotros, decidí negar en público cualquier sentimiento mío, negarme a tener amistad siquiera con ella, manifestando que como estudiante y persona ya adulta no tenía tiempo para "esas cosas de adolescentes inmaduros".

Es por esa razón, y sabiendo todos que ella quería acercarse mas a mí, tramaron las mil maneras de acercarnos, y fue así que terminamos solos en ese pequeño bote en el lago artificial de la feria de nuestra ciudad. Lo que ellos nunca supieron es que hablamos, y que nos pusimos de acuerdo para encontrarnos después, pero a escondidas de todo el mundo.

Luego jugamos bien nuestras cartas. Ella se fue con sus amigas, avergonzada. Yo salí con una cara de pocos amigos, y, sin mediar palabra, salí con dirección a mi casa. Sin mediar palabra los dejé solos, e hice casi todo el camino a mi casa, tratando de verificar que nadie me seguía.
Retorné, ya era tarde. La esperé, parado en la esquina a una cuadra de su casa, seguro que ella pasaría por allí, escondido para que nadie notara mi presencia.

Llegó, pero no estaba sola. Iba con una de sus amigas, pero la amiga tuvo que despedirse, ya que su ruta era en otra dirección.
La llamé. Volteó hacia mi lado, y me sonrió. Nos saludamos con un beso en la mejilla.

- Hola, viniste.
- Hola, trato de cumplir siempre mi palabra. Cómo estas?
- Aún avergonzada. Son unos fregados. Mira que hacernos pasar semejante roche.
- Nunca se los perdonaré. Son unos tarados, haberse portado de esta manera, creo que incluso los cavernícolas serían mas cuerdos. Pero ya verán, me cobraré la revancha, con todos ellos.
- Ja, ja, ja. Te ves tan chistoso cuando te molestas...
- No es gracioso, pero mira que extraño, me gusta verte reír.
- Lo dices sólo por hacerme sentir bien.
- Aunque no lo creas, soy muy objetivo en mis apreciaciones, pues si pierdo de vista la realidad tendré muchos problemas en mi formación y posterior desarrollo....

Y así, hablando de todo, y de nada importante, se nos pasó el rato mas largo que jamás tuvimos juntos. Ella me habló de sus sueños, de su vida, de las tareas y de las anécdotas con los profesores. Yo, de matemática, de física, de las estrellas, de historia y de poetas, de literatura y de mis primeros pasos en la aventura de la poesía.

Sin darnos cuenta nos tomamos de la mano. No le pedí que sea mi enamorada, pero le hice saber de mis sentimientos hacia ella, y ella de la misma manera aceptó mi propuesta. No fueron necesarias las palabras, ya que nuestras miradas lo decían todo. Nos perdimos en el espacio y el tiempo, olvidamos al mundo y a los demás, y sin darnos cuanta siquiera el manto de la noche nos cobijó en su silenciosa complicidad. Éramos unos niños descubriendo sus sentimientos, temerosos de lo que nos había sido regalado, y sin saber que hacer con este don de la vida.

- Mi hermano!
- Y viene con alguien más!
- Si, es mi mamá!
- Bueno, entonces me tengo que ir. Nos vemos mañana.
- Chao.
- Chao.

Sin percatarnos, y como por inercia, un tierno beso sello nuestro pacto. Un beso rápido, apenas un roce de labios, pero selló una historia de complicidad y amistad que llevaríamos a la tumba. Ni una palabra a nadie, es solo para nosotros y con nosotros se queda.
A la distancia noté que se encontraba con sus familiares, no tuve el valor ni el coraje suficientes para enfrentar a su madre y su hermano. Moría de miedo, pero en el fondo mas miedo tenía por ella. Era demasiado tarde, y un castigo por eso era muy aceptable.

La busqué al día siguiente. Y, como lo habíamos acordado, nos encontramos en secreto, para que nadie notase que había algo entre nosotros. Estaba radiante, ella. Nos saludamos con recato, y la interrogué:

- Te hicieron algo? Te castigaron?
- No! No pasó nada, me preguntaron que hacía allí hasta tan tarde y con quién, Les dije que estaba conversando contigo parados todo el rato en la esquina, y eso los tranquilizó. Dijeron que eras un buen muchacho.
- De verdad?
- Si. Acaso no es así?
- Hmm. De todas maneras creo que está mal preocupar así a nuestros padres. No me imagino lo que deben haber pensado. Si yo fuese ellos no permitiría que...

Y así, nuevamente con un monólogo mío sobre ética, lógica y metafísica, comenzamos una nueva charla entre los dos, sentados en una acera, alejados de la bulla del colegio, de los amigos que siempre molestaban, de los profesores que siempre miraban, de todo y de todos.

Eramos felices en nuestro mundo inventado, vivimos esto mientras duró la escuela. Aceptamos la separación como algo natural de la vida. Tomé mi rumbo, ella el suyo.
Olvidé lo pasado. Enterré esta historia en lo mas profundo de mi consciencia.

Pasaron los años, nunca mas la busqué, ni supe mas de ella. Me enteré que partió al más allá,  no hace mucho de una dolorosa enfermedad, y que hasta el final de sus días recordaba nuestra aventura, nuestros sueños y nuestro mundo inventado. No pude acompañarla, no pude siquiera decirle que aún recuerdo nuestros momentos, nuestra complicidad, su sencillez y su inocencia, nuestro maravilloso pequeño mundo inventado.

Mi alma llora en silencio por una historia que tuvo un final no feliz, pero se alegra porque estás mirándome desde el mas allá, y sabes que encontré mi felicidad. Y que nunca te olvidé, y nuestro pequeño mundo inventado siempre estará a mi lado.

Atrapados en el espacio y en el tiempo, dos niños crecidos han inventado un mundo sólo para ellos.

domingo, 22 de marzo de 2015

Un ángel...

A veces la vida cotidiana te trae sorpresas, que quedan impregnadas en tu mente con una enseñanza de vida que nunca olvidarás.

Un día cualquiera, atendiendo en el consultorio.
- Siguiente!
- Buenos días, doctor.
- Buen día, señora.

Mi respuesta es habitual y casi automática, levanto la mirada y una extraña expresión me sorprende con un:
- Hola!
Es una expresión de inocencia y alegría juntas que solo los que tienen el síndrome de Down pueden expresar.

Estrecho la mano tendida frente a mí, otra vez casi en forma automática, pero con una leve sensación de incomodidad. La ternura y frescura de la persona que me entrega su mano para estrecharla y me saluda de esa manera tan desenfadada me pone algo nervioso.

Estoy acostumbrado a lidiar con muchos tipos de personas, y podría decir, que puedo enfrentar a cualquier situación con cierta tranquilidad y puedo salir airoso casi de cualquier situación. Solamente estos casos me hacen alterar la rutina y con mucha frecuencia termino aprendiendo enseñanzas que solo la vida te puede dar.

Ante mi mirada aun sorprendida se mostraba una imagen poco común para nuestro medio. Eran en total tres personas. La mayor, una mujer adulta de mas de cuarenta años, piel trigueña, rasgos muy peruanos, dos niñas de entre 10 y 12 años, muy parecidas a la que sería la madre, pero la tercera persona no encajaba. Era una mujer mayor de 30 años de edad, piel blanca, pelo rubio, ojos azules o verdes, con los típicos rasgos del síndrome de Down. No dejaba de sonreír.

Para mis adentros pensé: travesura de la juventud de la señora, seguro con un extranjero, pero... no había ningún tipo de parecido entre ellos. Entonces aún maliciosamente pensé: hija del esposo, vaya, eso debe ser.
Pero aún así algo no encajaba.

- Que molestias tiene? Cual es el motivo de su consulta?
- Le pican mucho los ojos, y tiene legañas! Se adelantó una de las niñas.
- Si, y los remedios que le hemos puesto, no le han ayudado. Dijo la segunda.
- Un momento, niñas, el doctor hay que contarle todo. Doctorcito, lo que pasa es que a nuestra B... le están fastidiando mucho los ojos, y le aplicamos un poco de manzanilla y tecito, pero aún así no le pasa. Dijo finalmente la madre.

En todo este tiempo la "paciente" no había hecho mas que sonreír y emitir algunas palabras sueltas, sin coherencia alguna. Si, además del Síndrome de Down tenía retardo mental. Aún así algo no cuadraba. Tenía la ropa limpia, estaba bien arregladita, peinada, limpia, pero se notaba algo extraño en su piel y sus manos, algo no encajaba en definitiva.

- Bien, respondí yo, desde cuando tiene las molestias?
- Eh, desde mucho tiempo doctorcito. Típica respuesta evasiva para no decir "no se".
- Ok, entonces, alguna vez tuvo un cuadro similar? Tiene alguna enfermedad además de esta, como diabetes, hipertensión arterial, asma, alergias medicamentosas? Alguna cirugía previa?

Son las preguntas de rutina que siempre hago para poder hacer las indicaciones del tratamiento mas precisas.

Silencio total. Las niñas estaban mudas, como sorprendidas por preguntas extrañas, y la madre, con algo de temor y nerviosismo, se acerca hacia mí, y en voz bajita, como para que nadie mas escuche, me dice:
- La verdad doctorcito, no sabemos nada de eso. Es que, recién hace unos días la hemos recogido de la calle, pues la encontramos mientras unas personas la maltrataban, sucia y con andrajos. Recién la llevamos a la casa, le conseguimos una ropita y está compartiendo el cuarto con las niñas. Ellas la cuidan.

Se me cayó el alma a los pies.

No lo podía creer. Cómo puede eso ser posible? Cuál era el objetivo de tener a un mendigo que ni siquiera puede valerse por si mismo, con el retardo mental y el síndrome de down esta persona ya de por sí era una carga, probablemente muy enferma, probablemente... infinidad de cosas pasaron por mi mente.

Pude al fin notar que la ropa no era de su talla, eso era lo que no encajaba, que la piel estaba maltratada, las manos también. Note que eran personas muy sencillas las que la traían, ropa sencilla, zapatos gastados, pero todos limpiecitos. Y noté que había algo que las rodeaba, a todas.

Atendí a la paciente de la mejor manera posible, le conseguí todos los medicamentos que pude.
Pero aún así no podía dejar de sentirme pequeño, insignificante ante tamaña bondad.

A veces la vida te regala la oportunidad de presenciar los milagros de la creación. En esa tarde en mi consultorio, yo tuve la suerte y la dicha de personalmente conocer a un ángel.

sábado, 21 de marzo de 2015

El vuelo del arquero...

Tenía 11 años a lo mucho, y era un niño crecido con algunos signos de adolescente.

Estábamos en fiesta de fútbol, la selección peruana estaba peleando un cupo para el campeonato mundial, supongo que para España 82.
Frente a la casa había un gran escampado que era nuestro lugar de juegos. Matagente al centro, la bata, kiwi eran los juegos favoritos. Pero, de todos, yo prefería jugar al fútbol con los mas pequeños y con los vecinos.

No era bueno jugando a la pelota, ni mucho menos, pero con los mas pequeños algo podía hacer. Total, para eso estábamos, para divertirnos.
Mis tíos eran nuestros vecinos, también mis abuelos. Ese día memorable era una tarde en Huaraz, una tarde de fútbol, donde las mujeres se habían reunido en la casa de mis padres, a tomar el lonchecito y charlar un poco; y los hombres en la casa de mis tíos, a seguir por la televisión los acontecimientos futboleros.

Nosotros estábamos en el campo de afuera, jugando. Pero como todo "macho que se respeta", yo también veía fútbol, aunque mi entendimiento sobre el mismo era aún rutinario.
Recuerdo muy bien que fue un arquero, no se si colombiano o uruguayo, quien hizo una pirueta espectacular para hacer una atajada memorable y evitar un gol contra su selección. Todos lo celebraron, incluyéndome. La televisión repetía la hazaña en repetidas ocasiones, tanto así que me emocioné hasta los tuétanos.

Salí al campo, donde el resto de niños jugaba al fútbol, y decidí ser el "arquero" de turno. Es más, pedí que hicieran disparos de "penal" para poder emular a mi "héroe" del momento.
No recuerdo quien me hizo el gran favor, pero hizo una patada al arco para que yo pueda lucir mis grandes dotes de arquero volador, y es así como di un gran salto para poder alcanzar al balón en el aire, y poder atajar el penal.

Lo logré, claro. Pero...

Caí tan mal, que sentí un raro sonido bajo mi pecho, al aplastar mi brazo izquierdo sobre una pequeña saliente en el suelo.
Me levanté desconcertado.

Hace algunas semanas en el colegio uno de mis compañeros de clase se torció una mano y tuvo que ser entablillado y vendado por algunas semanas debido a que había se dislocado la muñeca. Nunca olvidaré su rostro de dolor y su mano fuera de sitio, deformada.

En esos instantes, al levantarme para celebrar mi gran atajada, noté algo extraño en mi mano izquierda: no me obedecía. La miré con detenimiento y pude notar que estaba torcida, deformada, y lo primero que se me vino a la mente fue la imagen afligida de mi amigo con su muñeca dislocada.

-"Diablos, pensé, me disloqué la muñeca" " Y ahora?, mi mamá me va a matar!"

Preocupado por el posible enfado de mi madre, y sin sentir dolor alguno, me dirigí hacia mi casa, y en la puerta de la entrada, en uno de los ángulos de la pared, decidí corregir la "dislocadura".
Recordaba muy bien lo que mi amigo nos había relatado: "el huesero había hecho una gran maniobra sobre su brazo y con cierta dificultad había devuelto el hueso a su lugar y todo había quedado como si nada hubiese pasado".

Si el huesero pudo, yo también - pensé-.

Así que apoyando mi brazo sobre el angulo de la pared, la empujé con toda la violencia que pude hasta escuchar algún crujido que me indique que las cosas han vuelto a su lugar.
Escuché el crujido, claro.

Pero, ahora el brazo estaba torcido hacía la otra dirección, y creo que estaba peor.
Acepté mi derrota, no podría solo corregir mi "dislocadura", así que tomé aire, y me enfrenté a la tragedia.

Le diría a mi mamá que me había lastimado.
Entré a la casa, donde estaban reunidas mi mamá y mis tías, tomando el lonche. Desde la puerta de la cocina llamé a mi madre:

- Ma!
Y le mostré en alto mi brazo deformado.

Recuerdo que dijo : Ahh! y se desmayó, o algo por el estilo. La única que reaccionó y dio un grito fue mi tía Rosi, la menor. El resto entro en pánico.

Con todos los gritos y llantos yo también me eché a llorar.

Era una tragedia.

Fue cuestión de segundos, toda la familia estaba en casa, mi padre no se como consiguió un auto, ya que en esa época no los había en Huaraz, y me llevaron al hospital.
Era fin de semana, todos estaban festejando. Y el traumatólogo de la ciudad también.

Así que me pusieron un cabestrillo, me dieron unos calmantes, me tomaron la radiografia: fractura doble desplazada de cúbito y radio, que cosa tan rara.. Todos se preguntaban como podía haberme hecho una fractura así, pues era muy rara la forma. En fin, no hay traumatólogo, ya es tarde. "Vengan mañana".

Fui a casa adolorido, pasé una noche terrible. Me pusieron varias ampollas para el dolor.

Al día sigueinte el traumatólogo me recibió en su consulta, con una cara y unos ojos enrojecidos aún por la mala noche y un aliento a alcohol imposible de tolerar.
Igual, me llevó a su sala de operaciones, y me anestesiaron el brazo. Con ayuda de sus asistentes, y no sin grandes esfuerzos, puso mis huesos en su lugar.

Me enyesaron.
"Chévere" Fué el diagnóstico final del traumatólogo.
Fui a casa con mi brazo izquierdo enyesado. Y me convertí en la celebridad del momento del colegio. Pero eso, es otra historia.

Así acabaron mis días de arquero de fútbol de mi niñez.