sábado, 21 de marzo de 2015

El vuelo del arquero...

Tenía 11 años a lo mucho, y era un niño crecido con algunos signos de adolescente.

Estábamos en fiesta de fútbol, la selección peruana estaba peleando un cupo para el campeonato mundial, supongo que para España 82.
Frente a la casa había un gran escampado que era nuestro lugar de juegos. Matagente al centro, la bata, kiwi eran los juegos favoritos. Pero, de todos, yo prefería jugar al fútbol con los mas pequeños y con los vecinos.

No era bueno jugando a la pelota, ni mucho menos, pero con los mas pequeños algo podía hacer. Total, para eso estábamos, para divertirnos.
Mis tíos eran nuestros vecinos, también mis abuelos. Ese día memorable era una tarde en Huaraz, una tarde de fútbol, donde las mujeres se habían reunido en la casa de mis padres, a tomar el lonchecito y charlar un poco; y los hombres en la casa de mis tíos, a seguir por la televisión los acontecimientos futboleros.

Nosotros estábamos en el campo de afuera, jugando. Pero como todo "macho que se respeta", yo también veía fútbol, aunque mi entendimiento sobre el mismo era aún rutinario.
Recuerdo muy bien que fue un arquero, no se si colombiano o uruguayo, quien hizo una pirueta espectacular para hacer una atajada memorable y evitar un gol contra su selección. Todos lo celebraron, incluyéndome. La televisión repetía la hazaña en repetidas ocasiones, tanto así que me emocioné hasta los tuétanos.

Salí al campo, donde el resto de niños jugaba al fútbol, y decidí ser el "arquero" de turno. Es más, pedí que hicieran disparos de "penal" para poder emular a mi "héroe" del momento.
No recuerdo quien me hizo el gran favor, pero hizo una patada al arco para que yo pueda lucir mis grandes dotes de arquero volador, y es así como di un gran salto para poder alcanzar al balón en el aire, y poder atajar el penal.

Lo logré, claro. Pero...

Caí tan mal, que sentí un raro sonido bajo mi pecho, al aplastar mi brazo izquierdo sobre una pequeña saliente en el suelo.
Me levanté desconcertado.

Hace algunas semanas en el colegio uno de mis compañeros de clase se torció una mano y tuvo que ser entablillado y vendado por algunas semanas debido a que había se dislocado la muñeca. Nunca olvidaré su rostro de dolor y su mano fuera de sitio, deformada.

En esos instantes, al levantarme para celebrar mi gran atajada, noté algo extraño en mi mano izquierda: no me obedecía. La miré con detenimiento y pude notar que estaba torcida, deformada, y lo primero que se me vino a la mente fue la imagen afligida de mi amigo con su muñeca dislocada.

-"Diablos, pensé, me disloqué la muñeca" " Y ahora?, mi mamá me va a matar!"

Preocupado por el posible enfado de mi madre, y sin sentir dolor alguno, me dirigí hacia mi casa, y en la puerta de la entrada, en uno de los ángulos de la pared, decidí corregir la "dislocadura".
Recordaba muy bien lo que mi amigo nos había relatado: "el huesero había hecho una gran maniobra sobre su brazo y con cierta dificultad había devuelto el hueso a su lugar y todo había quedado como si nada hubiese pasado".

Si el huesero pudo, yo también - pensé-.

Así que apoyando mi brazo sobre el angulo de la pared, la empujé con toda la violencia que pude hasta escuchar algún crujido que me indique que las cosas han vuelto a su lugar.
Escuché el crujido, claro.

Pero, ahora el brazo estaba torcido hacía la otra dirección, y creo que estaba peor.
Acepté mi derrota, no podría solo corregir mi "dislocadura", así que tomé aire, y me enfrenté a la tragedia.

Le diría a mi mamá que me había lastimado.
Entré a la casa, donde estaban reunidas mi mamá y mis tías, tomando el lonche. Desde la puerta de la cocina llamé a mi madre:

- Ma!
Y le mostré en alto mi brazo deformado.

Recuerdo que dijo : Ahh! y se desmayó, o algo por el estilo. La única que reaccionó y dio un grito fue mi tía Rosi, la menor. El resto entro en pánico.

Con todos los gritos y llantos yo también me eché a llorar.

Era una tragedia.

Fue cuestión de segundos, toda la familia estaba en casa, mi padre no se como consiguió un auto, ya que en esa época no los había en Huaraz, y me llevaron al hospital.
Era fin de semana, todos estaban festejando. Y el traumatólogo de la ciudad también.

Así que me pusieron un cabestrillo, me dieron unos calmantes, me tomaron la radiografia: fractura doble desplazada de cúbito y radio, que cosa tan rara.. Todos se preguntaban como podía haberme hecho una fractura así, pues era muy rara la forma. En fin, no hay traumatólogo, ya es tarde. "Vengan mañana".

Fui a casa adolorido, pasé una noche terrible. Me pusieron varias ampollas para el dolor.

Al día sigueinte el traumatólogo me recibió en su consulta, con una cara y unos ojos enrojecidos aún por la mala noche y un aliento a alcohol imposible de tolerar.
Igual, me llevó a su sala de operaciones, y me anestesiaron el brazo. Con ayuda de sus asistentes, y no sin grandes esfuerzos, puso mis huesos en su lugar.

Me enyesaron.
"Chévere" Fué el diagnóstico final del traumatólogo.
Fui a casa con mi brazo izquierdo enyesado. Y me convertí en la celebridad del momento del colegio. Pero eso, es otra historia.

Así acabaron mis días de arquero de fútbol de mi niñez.




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