jueves, 10 de diciembre de 2015

Vamos de pesca.

Pescar. Un deporte? Un pasatiempo?  Ocio? Realmente pueden haber muchas definiciones y conceptos al respecto de esta actividad, así como de fanáticos y detractores. No me ocuparé en esta ocasión ni de los aspectos conceptuales, lingüísticos o académicos sobre este deporte. Tampoco sobre sus beneficios o perjuicios. Ni de lo uno ni lo otro.

Trataré de relatar mi tortuoso y corto paso por esta actividad, destinada principalmente a elementos del género masculino.

Mi primer encuentro con la pesca se dio en las épocas de mi niñez temprana. Mis primos, hijos de la hermana mayor de madre, y por ende mayores que yo, vivían cerca a dos ríos y a la piscicultura en Huaraz. Recuerdo muy bien la primera vez que me llevaron a la piscicultura: habían truchas de todos los tamaños, desde las más pequeñas hasta las enormes, que a nosotros se nos antojaban del tamaño de ballenas y tiburones. Si, en mi mente de niño, creía ver en el pequeño lago artificial ambientado en la parte central de la piscicultura, un enorme pez de magnitudes colosales, que a voluntad podía abandonar ese pequeño lago y vagar por ríos y mares del mundo. Es cierto, mi imaginación siempre ha sido prolija, incluso de pequeño.

Mis primos habían construido una mini piscicultura en su casa,  haciendo que el agua de una de las acequias sirva de alimentador y desagüe para la misma, siguiendo los parámetros de la original, y en ella habían puesto algunas pequeñas truchas que habían logrado cazar en el río. Era impresionante ver a esos pequeños animalitos nadar contra la corriente y mantenerse vivos, alimentándose de las migas de pan que les dábamos. Es buscando a esos pequeños peces que nos adentramos a las zonas menos accesibles del río, en búsqueda de nuestro preciado tesoro: pequeñas truchas. Pero a veces, con poca frecuencia, es cierto, veíamos una trucha de mayor tamaño escabullirse entre los peñascos y la corriente. Está de más decir que nunca pude atrapar siquiera una pequeña o minúscula trucha. Me contentaba cazando a los renacuajos, esos si abundaban en todos los charcos y acequias, incluso cerca a la casa donde vivía.

Es así que, sin haber hecho nada peculiar en el aspecto de pescar, partí a mis estudios superiores, a la tierra de los cosacos, el vodka, las matrioshkas, esperando algún día tener una caña de pescar, mi sombrero de pescador,  mis anzuelos, carnadas, redes y todos esos artilugios que solamente había visto en libros u en la tele. Soñaba con horas de silencio, frente a un lago, o sobre un bote, esperando pacientemente por mi anhelado Trofeo: un pez. Ya para esto había leído varias veces una de las obras maestras de Ernest Hemingway: el viejo y el mar. Soñaba con hacerme a la mar, en un pequeño y frágil bote, enfrentarme sólo a una criatura enorme y poderosa, sacarla a flote y luego.... Bueno, soñar no cuesta mucho, y aparentemente no estaba solo en mis sueños, pues con mis amigos de la universidad,  el círculo más cercano, los patas de juerga, parranda y de vicios, con ellos decidimos irnos de pesca.

No recuerdo la fecha exacta, pero era primavera. Fuimos en grupo a comprar las cañas de pescar: de fibra de carbono o algo por el estilo. Estaban baratas. Luego cada uno compro su carrete, el mio era para cazar tiburones creo, por el tamaño. Pero, vamos, si es pescar, hagamoslo a lo grande. Luego los anzuelos,  los flotadores, los señuelos, el nylon, etc,etc. Incluso compramos redes y los infaltables sombreros de pescador.  Estábamos completamente armados y equipados para salir a cazar ballenas y orcas, si fuese el caso. Teníamos de todo.

Un domingo de esos, ya lo teníamos todo planeado. Nos recogimos temprano el sábado, para madrugar el domingo. Ir a dormir temprano un sábado?! Es en serio?! Si, aunque parezca mentira, los reyes de las fiestas de sábados,  amos de las parrandas y juergas, esos mismos, que eran mis amigos, no yo, se fueron a dormir temprano un sábado.

Mi costumbre personal, como un aplicado y empeñoso alumno, era de guardarme temprano los fines de semana, para recuperar fuerzas y seguir con mi ardua y esmerada preparación en las aulas universitarias.  El que lo dude,  que pregunte a mis amigos.

En fin, el domingo programado nos levantamos de madrugada, cogimos nuestros equipos, materiales, implementos,  bolsas, mochilas,  sacos y un largo etcétera y, con una botella de vino para el frío, bajo el brazo, completamente armados, equipados y artillados para cazar a Moby-Dick si era necesario, con la mirada serena y la frente en alto, al paso de una melodía etérea que acompaña solamente a los valientes en su camino a una hazaña épica de trascendencia inmortal, nos encaminamos a lo más profundo del océano. Es decir, tomamos un taxi, y nos dirigimos al río. Para esto, ya nos habíamos empujado la primera botella de vino. Y estábamos embalados.

Debo puntualizar que yo no bebía, solamente una copa para acompañar, nada mas.

El río Don es, junto al Volga, uno de los ríos más grandes de Rusia, es navegable y enorme. Le da el nombre a la ciudad donde estudié: Rostov del Don, tierra de cosacos. Este enorme río es el motor de Rostov, y en el se pueden encontrar barcos enormes, que lo recorren en forma permanente. También en una de sus riberas se ha ambientado una playa, con zonas para acampar y para la recreación durante los calurosos días de verano. Ahí NO fuimos, sino al lugar especialmente diseñado para los amantes de la pesca. Ese lugar se encontraba en una especie de codo del río, donde las aguas eran mas lentas, y atrapar un pez era más probable.

Llegamos con las primeras luces del alba, y no éramos los primeros. Tuvimos que negociar un lugar, pues casi todos los mejores sitios ya estaban abarrotados. También llevamos cuchillos, para enfrentar al enemigo. Bueno, nos sirvieron para escarbar en el barro y conseguir algunos gusanos para armar los anzuelos. Era de comedia vernos pelear con el nylon enredado, los anzuelos, flotadores y señuelos desperdigados por toda el área, y nosotros tratando vanamente de armar nuestras cañas de pescar. A propósito, las cañas vienen desmontadas, y hay que prepararlas.

Luego de mucho trabajar, y habiendo despachado a la basura muchos elementos "sobrantes", con el anzuelo fijado adecuadamente en el nylon, y los carretes y la caña en su lugar, nos dispusimos a colocar los gusanos de carnada. Para esto, yo me consideraba un experto de la pesca, pues, para variar, había investigado en algunos libros y folletos, sobre la pesca y sus detalles. Pero nada de eso sirvió para ayudarme. No pude insertar el gusano en el anzuelo, terminé viviseccionando al pobre animalito, que en pez descanse y del río goce, y así, después de mil intentos, al fin pude armar el anzuelo con la carnada. No fui el peor del grupo en estos menesteres. Uno de mis patas, colocó al gusano atravesado por la mitad, colgando del anzuelo, al estilo de los dibujos animados, y lo lanzó al agua, para después, al retirarlo, notar que del pobre gusano solo quedaba una mitad, y la otra había sido engullido por algún pez, que de seguro nos agradeció por el desayuno bien servido.  Ya para esto los pescadores del lugar, nos miraban divertidos. Reían con cada cosa que hacíamos, los anzuelos enganchados en los pantalones, o en las manos, los cordeles de nylon enredados de tal manera, que mas fácil era cortarlos y reemplazarlos, y cosas tan graciosas, que la faena de pesca de aquellos pescadores, pasó de ser monótona y silenciosa, a bulliciosa y divertida. Ya para esto, la otra botella había sido generosamente compartida, para ver si de esta manera, lográbamos una caritativa ayuda de manos mas expertas.

Pero la cereza del plato estaba por llegar. Como anoté líneas arriba, me había preocupado en leer toda la teoría de la pesca en folletos y libros disponibles para mí en esa época. Así que, una vez que hube terminado de armar mi primera carnada, y con la caña en mano, el sombrero bien puesto, me planté frente al río, y con un gran movimiento de manos, brazos y codos, con un estilo de pescador de merlín, atún o de ballenas, con aires de viejo lobo de mar, y con gran aplomo, hice los movimientos necesarios, incluyendo el de la cintura, haciendo dar algunas vueltas al anzuelo, el señuelo y la plomada detrás mío, para después, con un amplio y gran movimiento, hacerlos volar sobre mi cabeza, y dirigirlos hacia la parte mas alejada del río, donde pueda encontrar a la mas bella presa jamás pescada. Hecho esto me dispuse a ver caer la carnada y el anzuelo al agua, y .... nada. Nunca cayó.

Las risas generales me sacaron de mi letargo. Levanté la mirada, y para mi asombro y desconcierto, el anzuelo, la carnada, el señuelo y la plomada aún se mantenían en el aire, sostenidos por una fuerza sobrenatural que los mantenía en levitación permanente y frustrante, impidiendo que cumplan con su deber sagrado, y pueda así yo cazar a un bello y hermoso ejemplar de pescado.

Se había atorado en unos cables eléctricos que por allí cruzaban. Estaban tan altos, que solamente haciendo un lanzamiento desmesurado, se podía lograr enredarlos. Y yo lo hice.

Luego de reír a mandíbula batiente con mi hazaña, corté el cordel de nylon, y ya con mas experiencia, me dispuse a preparar un nuevo anzuelo, carnada, señuelo, flotador, plomada, y etc, etc. Pero el vino ya había hecho su divino milagro, y nos dedicamos más a hacer bulla, reír, contar chistes y anécdotas, para pasar la mañana frente al río.

No pescamos nada. El único que realmente pesco algo fui yo, pero un cable eléctrico en lo alto no es necesariamente un buen trofeo para una faena de pesca. Pero, no regresamos con las manos vacías. De retorno a casa, pasamos por el mercado. En esas épocas, no se si ahora también, en el mercado de Rostov vendían peces vivos, traídos en enormes cisternas, y entregados a los compradores directamente del agua. Imposible más fresco. Así que ahí nos dirigimos, compramos unos cuantos pescados, y los insertamos en los anzuelos, y así, triunfantes, regresamos a la residencia, para preparar el almuerzo, con el "trofeo" logrado con tanto esfuerzo y empeño. Juramento de silencio, pero no pasó ni un día, y en una reunión ya nos estábamos nuevamente riendo de nuestra hazaña con la pesca, los anzuelos, los gusanos, y por supuesto, de mi logro con los cables eléctricos.

Luego de esto, guardamos todos los implementos en lo mas profundo del baúl de los recuerdos. Solamente los sacamos para llevarlos de paseo aquella vez que nos embarcamos en un viaje en barco por una semana a través del majestuoso Don desde Rostov a Volgogrado. Fueron embolsados, creímos por un momento que por el hecho de estar todo el tiempo en el río, podríamos dedicarnos a pescar en uno que otro rato. Craso error, no tuvimos tiempo ni para sacar las cañas de sus bolsas. Sobre este pequeño viaje contaré algo mas un día de estos, pero, por ahora, solamente basta con referir que las cañas de pescar fueron y volvieron en la misma bolsa y en el mismo lugar de inicio al fin de la travesía. Puntualizando, no hay ninguna similitud con el filme "El secreto de la montaña" ni mucho menos. Mal pensados. Nosotros hemos sido, somos y seremos bien machotes. Por lo menos eso creo.

Al regresar de Rusia, no pude traer mis implementos de pesca, junto a tantas otras cosas y pertenencias que dejé en aquel país, que me dio tantas cosas y tantos recuerdos.

Ya en el Perú, estando en las filas del Glorioso Ejército Peruano, en la Unidad Militar de Infantería de Selva N°1, siendo capitán de Sanidad, el segundo de la línea de mando de la Compañía, en la localidad Urakuza, distrito de Nieva, provincia de Condorcanqui, departamento de Amazonas, a orillas del caudaloso y torrentoso río Marañón, en lo más profundo de la selva, alejado de la civilización por nosotros conocida, y entregado alas labores inherentes de una Unidad de Selva, en uno de esos días en los que no había nada que hacer, que no eran pocos, estaba paseando por los alrededores, cuando vi a un par de soldados atareados a la orilla de una de las tantas "cochas" que rodeaban el campamento. Al acercarme a ellos, luego del respectivo saludo, ellos me mostraron la tarea a la que se dedicaban: estaban pescando.

Armados de cordeles de nylon, enrollados en un pequeño palo, y de unos anzuelos, usando masa de pan como carnada, estaban atrapando peces no tan pequeños, y les iba bien en su faena. Ya tenían unos cuantos, y se avizoraba un pequeño festín de pescado. Decidí unirme a ellos, solo por el hecho de practicar ese deporte, con el cual tanto había soñado. Y al fin, después de tanto tiempo y tantos intentos, al fin pude pescar: un sapo. Un sapo mordió mi carnada. Los soldados me miraron ofuscados, sin saber que hacer. Luego, cuando solté la carcajada, ellos rieron con tantas ganas y desenfado, que atrajeron a mas personas hacia nuestro lado.

Entonces, armados de los cordeles y de los anzuelos, nos dirigimos al río, a un codo de aguas lentas, y lanzamos nuestros anzuelos. Y ahora si, al fin, pude atrapar en pequeño pez. Fue tanta mi alegría, y mi jolgorio, que todos los presentes celebraron conmigo. (Nota del autor: o lo hacían, o iban al calabozo. No olvidar que yo, era un capitán y ellos, soldados rasos). Tanta fue la bulla, que atrajimos a mas personas hacía donde estábamos pescando.

Uno de los suboficiales del lugar, muy amigable el, se acercó y me preguntó:
- Mi capitán, que hace?
- Que no ves? Estoy pescando!
- Ah. Y cómo le va?
- Mira. Ya hemos atrapado cinco pescados!

Orgulloso le mostré nuestra pequeña ruma de pescados. Miró divertido, y con una enorme sonrisa en los labios, me preguntó:
- Puedo pescar con usted?
- Claro! Vamos, súmate, así logramos tener más pescado, y a lo mejor nos damos un banquete.
- Pero, por qué mejor no vamos mas al fondo?
- Buena idea. Número, traiga la canoa!
- Enseguida mi Capitán!

Así, armados de nuestros pequeños cordeles, nos subimos a una canoa, y nos dirigimos al centro del codo del río, donde este formaba un pequeño remolino. Grande fue mi sorpresa, al notar que se nos unieron muchos más soldados, al enterarse que el "suboficial" iba a pescar. Yo no entendía nada. Pensé por un momento que usaría redes, o quizá los atraparían buceando, pues ninguno de ellos trajo anzuelos, ni cordeles, ni gusanos, ni migas de pan. El suboficial traía una mochila, y uno de los sargentos estaba fumando.

- Oe sargento, aléjate! Acaso quieres que volemos todos?
- Si mi sub, pero tengo que mantener el cigarro prendido.
- Pero, ponte al otro lado de la canoa, sonsonaso!
- Entendido, mi sub.

Yo no decía nada, no entendía nada. Y en eso, cuando estábamos en medio del río, y yo tenía mi cordel y mi anzuelo listos, el oficial se paró y sacó de su mochila...

Dinamita.

Eso era lo que llevaba. Ató dos cartuchos de dinamita a una bolsa con piedras, les puso la mecha, y con el cigarro las encendió y las lanzó al centro del dichoso remolino.

Bum!

Una explosión seca, decenas de peces salieron volando por los aires. Luego, como impulsados por resortes imaginarios, todos los soldados saltaron al agua, y empezaron a atrapar a los peces atontados. Estaban la mayoría flotando, arrastrados por la corriente del río. Pude ver uno de ellos flotando por algunos segundos, luego, de un movimiento brusco recuperar el aliento, o lo que sea que tienen los peces, y sumergirse raudamente en las profundidades del colosal río.

Bum!

Nuevamente el mismo procedimiento, y ya la canoa estaba repleta de peces. Algunos nativos aguarunas también llegaron en sus canoas. Al principio pensé que se molestarían, que nos criticarían, o cosas por el estilo. Pero no fue así, ellos también participaban del festín acuático. Hay que mencionar que los aguarunas, que son los pobladores de esta zona de la Amazonia, con mucha frecuencia envenenan las aguas de los ríos, con una sustancia conocida como barbasco, para poder atrapar a los peces. Luego de atraparlos, este veneno por alguna razón desaparece y los peces pueden comerse libremente. Pero, hay que mencionar también, que el barbasco es tóxico, y puede ser letal para las personas. Hay muchos envenenamientos con este producto en la selva. O los habían, por lo menos en el tiempo que estuve por allá.

Es así como completamos una faena de pesca, con harto pescado para todos, y nos dimos una suculenta merienda, e incluso sobró para el siguiente día.

Luego de esto, ya no he vuelto a pescar.

Estoy seguro que en algún momento volveré a tomar mi caña de pescar, mis anzuelos, mi sombrero, y me sentaré en la tranquilidad de una mañana soleada o de una tarde nublosa, frente a las aguas de un pequeño lago, o en el mar tormentoso, esperando con paciencia que el pez mas enorme jamás visto, se enfrente a mi en colosal combate, para sacarlo del agua o perecer en el intento.


jueves, 3 de diciembre de 2015

El mundo de las matemáticas

Cómo ya he relatado antes, aprendí a leer cuando estaba en segundo grado de primaria. Y en todos los años de la escuela primaria me dediqué de lleno a la lectura,  sobre todo la historia del Perú y del mundo. También empecé mi travesía por la literatura,  y mi mente de niño empezó a volar por los mundos imaginarios de aventuras, piratas, princesas y héroes.

Por esta razón mi encuentro con las matemáticas en este período de tiempo fue más que superficial: sumar, restar, multiplicar con dificultad (la tabla del 7 era terrorífica), y dividir (que no podía realizar sin ayuda previa). Así llegué a la secundaria, donde el primer año la pasé bien, ya que solo necesitabas saber estas operaciones básicas, las cuales llegué a dominar con relativa facilidad.

Pero en el segundo año de secundaria empezaron las cosas serias en matemáticas: operaciones con quebrados, decimales, funciones algebraicas. En mi mente de poeta y soñador no había espacio para esas "operaciones complejas y abstractas". Y mi situación se complicó aun mas cuando nos tocó un profesor que enseñaba en la universidad y no tenía metodología para adolescentes de nuestra edad. En el segundo examen del año salí desaprobado, con 08, lo cual fue un acontecimiento que marcó mi vida para siempre.

Recuerdo muy bien que incluso mi padre fue a "conversar" con el profesor. Esto era sumamente raro, ya que normalmente mi padre nunca se inmiscuía en nuestros asuntos de colegio. Pero tuvo que aceptar el hecho que no había resuelto las preguntas en forma adecuada, y que por esa razón la calificación era correcta.

Así que, a pesar de que culminé el año como el mejor alumno, mi padre ya había tomado una sabia decisión: estudiaría en vacaciones un ciclo especial para no tener más problemas con las matemáticas. Y así fue. Me inscribió en la academia pre universitaria de uno de sus amigos. La academia Gamma. En aquel local funcionaba durante el año escolar un colegio privado, y en la época de vacaciones una academia pre universitaria y también habían aulas para los estudiantes de colegio: "vacaciones útiles", así se llamaban.

Recuerdo muy bien el primer día que fui a la academia. Iba vestido con unos jeans, camisa manga larga y una chompa tejida de lana de oveja o carnero, hecha por mi madre. Llevaba un cuaderno y un lapicero. Era una sensación extraña al entrar al lugar, ya que en la entrada te pedían la contraseña del pago y te dirigían al lugar que por tu grado y edad te correspondía. A mi me enviaron al aula para los alumnos de tercer año de secundaria.  Habían no mas de 10 alumnos, en dos filas de asientos, y el profesor de turno empezó con las clásicas clases de aritmética básica, conjuntos, álgebra básica. Luego también algo sobre la célula, y no recuerdo más. Estaba decepcionado,  ya que esas clases eran un mero remedo de las clases del colegio, sólo que no íbamos uniformados, y no había que aprobar al final. Quizá lo único interesante era la gente nueva, pues no nos conocíamos mutuamente.

Así, sin pena ni gloria transcurrieron los primeros días en la dichosa academia de la "vacaciones útiles ". Lo único que sucedió es que estando jugando con el lapicero en la boca, por un mal movimiento en la silla me tragué la tapa del mismo. Bueno, eliminarlo sucedió mucho después, ya imaginarán la forma y lo doloroso del acto. Pero a esto no va la historia. Pasa que en ese momento el amigo de mi padre, que era el dueño y director de la academia, me encontró en esa aula, y me preguntó :

- Y tú,  que haces acá?
- Este, ejem,  mi papá me dijo que ya había hablado con usted....
- No. No me refiero a qué haces en la academia. Sino, a que haces en esta aula?
-Es que, a mi me trajeron. Yo paso a tercer año...
- No. Acá estás perdiendo el tiempo. Ven conmigo. Toma todas tus cosas y sígueme.

Así que, tomé mi lapicero sin tapa y mi cuaderno y seguí obediente al amigo de mi padre. Me llevó al aula principal de la academia, donde se preparaban para el examen de ingreso a la universidad.  Todos mayores que yo, algunos incluso ya adultos. Algunos se sonrieron al notarme, pues apenas era un adolescente que poco tiempo atrás fue un niño. Me sentí abrumado, disminuido, pequeñito, y tuve miedo.

Me senté en el lugar asignado, y me puse a escuchar la clase: "Me gusta fumar, y no tengo cigarrillos. Pero puedo formar un cigarrillo con seis colillas. En total tengo 36 colillas y quiero fumar el máximo numero de cigarrillos. Pregunta: cuantos cigarrillos puedo fumar?"
Uff, fácil. Casi todos respondimos lo obvio: 36/6=6. Seis cigarrillos!
"Falso!" Ante el estupor de la clase el profesor nos demostró que la respuesta correcta era 7.

Era una cosa de locos el razonamiento matemático. Habían tantas cosas obvias que no eran ciertas, tantos trucos y mañas, que rápidamente llamaron mi atención.

Pero, inmediatamente después de la clase pasaron unas hojas, donde indicaba el título :
"Simulacro N 2"

Y parado frente al aula se encontraba el director de la academia, dando las instrucciones para hacer el desarrollo correcto del examen. Yo lo miraba desconcertado, hasta que se acercó y me dijo:
- También tú darás el examen.
- No tengo lápiz, respondí. Una de las instrucciones era llenar solamente con lápiz.
- Toma, tengo uno. Te lo obsequio. Fue su respuesta y el inicio de mi tragedia.

Habré desarrollado 3 preguntas de un total de 100. El resultado, obviamente catastrófico: quedé entre los últimos en la lista. Y publicaron los resultados. Cuando estaba viendo lo mal que quedé,  se me acercaron algunos muchachos, mayores ellos, para darme aliento:

- Así se empieza, chibolo.
- Claro! Yo ya llevo dos años preparándome y ya estoy en la mitad de arriba de la tabla. Este año sí ingreso.
- Pero los patas que están en los primeros puestos, esos si son unos genios. Contra ellos no se puede competir. Son súper chancones.
- Ánimo chibolo. Acostumbrate a estar en el fondo de la tabla. Ja, ja, ja.

Cabizbajo y meditabundo me fui a mi casa. Y dentro de mi se despertó un indio rebelde que no se iba a entregar tan fácil. No señor,  no soy tan fácil de vencer. Daré batalla.

Y la di.

Me entregué por completo al mundo de los números y de la lógica. Poco a poco, a fuerza de practicar una y mil veces fui descubriendo para mi un universo único de leyes y fórmulas que gobiernan el mundo, la naturaleza, el universo y nuestras vidas.

En el siguiente examen ya no me fué tan mal. Quedé a la mitad de la tabla. En el otro ya estaba entre los 20 primeros, y así, de a pocos fui dominando esos dichosos exámenes preparatorios llegando al término de la primera mitad del ciclo como el alumno con el máximo puntaje. Todos quedaron sorprendidos.  Ya no le trataban como un "chibolo", ya muchos se hicieron mis "amigos". Pero ahí no quedó la cosa. Seguí mejorando. Y poco a poco mi nota en esos exámenes se hizo tan alta, que llevaba al segundo de la tabla por lo menos 20 puntos de ventaja. Mi meta era el puntaje perfecto. No lo logré ese año, pero al regresar al colegio, al estudio regular, mi habilidad con los números ya eran de leyenda.

Es en el tercer año que nuestro profesor de matemáticas fué uno de los mejores de su rubro en el colegio: el profe Chumpi. Así lo llamábamos todos, por su parecido físico a aquel futbolista mítico de la selección peruana de los años 70, el capitán de América, el granitico Héctor Chumpitaz.  El profesor Chumpi, Amancio Villafane,  se tomó muy en serio nuestra educación en las matemáticas,  así que con un grupo de estudiantes formó una academia en la casa de uno de mis amigos. Obviamente asistí a la academia, pero eso era mero formalismo. Muy aparte el profe me hacía desarrollar problemas cada vez más avanzados, y con un grado de dificultad mayor que los que se dan en los colegios. Mi arma favorita: el razonamiento matemático.  Era tal mi capacidad de abstracción y mi poder de observación,  que prácticamente podía desarrollar cualquier problema matemático usando esta herramienta. Y el profe Chumpi me ayudaba.

Terminé el tercer año con méritos. Y nuevamente fui a la academia pre universitaria.  Ya me esperaban. Y en el mismo salón estaba el primer alumno de ese colegio.  Se suponía que él iba a enseñarme, pues estando él un año mas adelante tenia mas experiencia que yo. Craso error. En un solo examen me ganó por un punto, en los demás lo aplasté sin consideración. Incluso me tomaron los exámenes de ingreso de la universidad local, los aprobé sin dificultades.

Era un Dios.

Al estar cerca el inicio del nuevo año escolar, se acercó a mi el director de la academia, que era amigo de mi padre. Me hizo una propuesta: una beca integral para terminar mis estudios en su colegio, y además,  algunas "propinas" por mi participación en concursos. Mi respuesta fue de antología :

- Soy y seré Luzuriaguino,  con mucho honor!

La cara de asombro del director, se transformó en una gran sonrisa. Me dio la mano, una palmada en el hombro y respondió:

- Admiro tu lealtad. Felicidades Max.

Me regaló unos libros, y yo regresé a mi colegio, para seguir dando lata a mis profesores.

En la GUE Mariscal Toribio de Luzuriaga yo ya era una leyenda. Mi habilidad con los números se comparaba únicamente a mis conocimientos en historia y literatura. No había profesor de matemáticas que pudiese elaborar un examen digno a mi nivel. Los resolvía con solo mirarlos. Y nuevamente terminé el año como el mejor del año, con notas que nunca antes nadie había obtenido.

En las vacaciones después del cuarto año, me inscribí en otra academia pre universitaria,  deseoso de buscar nuevos retos y mayor conocimiento. Un tremendo error. Ya no había para mi en ese entonces, en mi pequeño pueblo, nadie que pudiese enseñarme algo nuevo en las matemáticas. Así que me dediqué a perfeccionarme por mi cuenta, con la ayuda de los libros que compró mi padre. Y también a perfeccionar mis habilidades en el ajedrez y retomé mi vicio por la lectura, deborando tomos enteros de literatura y de historia, mis temas predilectos.

En el quinto año de secundaria,  el último del colegio, el profe Chumpi nuevamente nos tomó a su cargo. Pero, me sacó literalmente del aula. Me dijo que las clases que él daba para los demás ya no me servían, y que mejor me dedicara a otra cosa en ese tiempo. Me daba libros con cálculo avanzado, pero eso me aburría. Así que seguí con mi vicio en la lectura de literatos mundiales.

Participé en concursos,  gané. Pero ya no me interesaban. Sentía que las matemáticas eran tan simples y predecibles, que todo lo solucionaba sin mayores contratiempos.  Incluso llegó un profesor nuevo al colegio, venía de Lima, recién egresado, con especialidad en matemáticas. Era un sobrado, miraba a todos por sobre el hombro, ya que nos creía unos cholitos atrazados. Tan equivocado no estaba, pero el pobre no sabia con quien se había metido. Con la mediación de mi pata Paseta,  lo reté públicamente a solucionar un problema. Estábamos en hora del recreo, él se encontraba con los otros maestros, yo con mi mancha de amigos.  Él me envió un problema, que debería ser muy difícil de responder. Yo a él, otro. Pero el mío tenía un truco. Y cayó. Pude fácilmente resolver su problema,  y le mandé su respuesta con el mensajero Paseta. Cuando él ya no pudo más, y dio un resultado incierto, le mandé la solución a mi problema con el mismo mensajero. Fue un escarnio brutal. El escándalo que desató Paseta fue tal, que todo el colegio se enteró de lo sucedido.  El profe renunció y se fue a Lima. Nunca mas supimos de él.

Así iban las cosas, yo creía ser un Dios de los números, y también en mi colegio todos esperaban que estudie ingeniería o alguna cosa afín. Grande fue su sorpresa al enterarse que, después de terminar el colegio,  había ingresado a la Universidad Cayetano Heredia, y que mi nuevo objetivo era convertirme en médico.

Todavía me entretengo haciendo algunos problemas de matemáticas y de razonamiento. Últimamente he iniciado la lectura de los grandes libros de la ciencia moderna de la mano de gran Sthepen Hawking, con el único interés de entender la vida y el universo. Y estoy completamente seguro que nada de esto hubiese pasado de no haber sido por ese profesor que me desaprobó en un examen de matemáticas en el segundo año de secundaria. Y del cual, ni su nombre me recuerdo.

Gracias a mi padre, por haberme apoyado en todo momento, a su amigo, el Chino Gamma, así le decíamos al director de la Academia Gamma, por haberme empujado al turbulento río competitivo, y por supuesto,  gracias al profe Chumpi por haber completado mi preparación en ese inmenso y maravilloso mundo de los números y ecuaciones.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Navidad de los pobres...

"Junto a la mesa sentados ya
Los cinco niños, mamá y papá.
Humildemente van a esperar
Al niño santo que nacerá.
Y si no hay amor, 
Hay un corazón
Sólo una canción para regalar
Una sonrisa para empezar
Porque es muy pobre la Navidad.
Navidad de los pobres,
Que feliz Navidad..."

Así era el villancico mas popular en mi infancia, cantado magistralmente por los Niños Cantores de Huaraz, con cuyo LP acompañábamos nuestros días navideños en la casa de mis padres. Navidad de los pobres, que feliz Navidad!

No éramos pobres, pero las cosas no sobraban, y si bien es cierto siempre había regalos para estas fiestas, normalmente no eran tan ostentosos ni lujosos. Pero teníamos regalos. Algo que naturalmente no todos pueden decir. Aunque, para ser sinceros, lo que acompañaba al espíritu navideño era la parte más importante de este mes lleno de magia y encanto.

Empezaba diciembre en mi pequeña ciudad serrana, con algunas lluvias tempranas, y con sol por las mañanas. Ya estaba por terminar el colegio, algunos exámenes, una que otra tarea final. Y empezaba la época dorada del año, algo para lo cual nos estábamos preparando con mucha anticipación y con mucho ahínco: la Navidad.

Desde muy pequeño, entendía que la Navidad era la celebración del nacimiento de Jesús, en el pesebre de Belén, al lado del burro y la vaca, con los pastores cantando, y siendo visitado por los Reyes Magos. Aquellos que traían oro, incienso y mirra, Melchor, Gaspar y el negrito Baltazar. Ellos traían los regalos. Pero también había otro ser mas enigmático, mas bonachón y carismático: Santa Claus o Papá Noel. Con su enorme abrigo rojo, su barba blanca y su enorme saco se paseaba esa noche repartiendo regalos entre todos los niños buenos del planeta. Para que él te haga caso, debías escribir una carta, o que alguien lo haga en tu nombre si no podías hacerla con tus propias manos. La carta, o nota en mi caso, se debía colocar en una media colgada, o dentro de un zapato. Y, si habías sido bueno, y tenías mucha suerte, al despertar en la mañana de la Navidad encontrarías al pie de la cama el tan ansiado regalo. Así fue cuando aún era pequeño, apenas recuerdo que me dictaban: "unas pistolas, un caballo". Yo asentía, y pedía que anotaran correctamente los nombres de los regalos en el trozo de papel, que después diligentemente colocaba en mis zapatos. 

A medida que pasaron los años, llegaron mas hermanos, yo ya iba a la escuela, y ahí es donde realmente empezaron a ser nuestras navidades realmente espectaculares.

Empecemos por la parte mas importante de este relato: el Nacimiento. No, no se trata de un parto, o de que alguien cumpla años, ni nada por el estilo. El Nacimiento era el alma de las fiestas navideñas, y armarlo todo un arte. Primero, el punto más álgido era conseguir la "champita", aquella especie de grass que crece solamente entre las piedras en los cerros, y que comúnmente encontrábamos en los muros de las chacras, que eran de piedras. El asunto era recogerlo de esos lugares, pues las lluvias tempranas habían hecho que brote en todos esos lugares, pero a los dueños de las chacras no les agradaba para nada la idea que unos mocosos estén destruyendo sus cercas de piedra y sus sembradíos. Así que nos levantábamos un buen día muy temprano, y con las primeras luces del alba, nos dirigíamos hacia el cerro, canasta en mano, en búsqueda del preciado tesoro. Pasábamos mil peripecias, con perros que nos ladraban, campesinos molestos que nos perseguían, pero de una u otra manera lográbamos colectar una buena cantidad de la vital champita. Al mismo tiempo conseguíamos algunas piedras, troncos con musgo, pedazos de madera, pequeños cactus y pencas, para poder adornar nuestro nacimiento de la mejor manera posible. Con el tiempo mis padres compraron la dichosa champita en el mercado, y después, la guardábamos en unas cajas por el resto del año. Faltando unas semanas, las sacábamos y las regábamos, y asunto arreglado. Pero, las mejores épocas fueron, cuando canasta en mano, y a veces hasta cantando, nos dirigíamos cerro arriba, entre las chacras, riachuelos, acequias y árboles, buscando entre las rocas a la tan codiciada champita.

Ya en casa empezaba la siguiente parte, no menos importante: armar el nacimiento. Mi padre en esto siempre tenía un rol gravitante: primero, cortaba una rama de un ciprés o de una casuarina, y la colocaba en un balde de metal con piedras y arena, para así tener el arbolito navideño. Ponía la mesa, sobre la cual estaría toda la escena, y se encargaba de las luces navideñas y de instalar un foco en el techo del pesebre. 

Teníamos un pesebre hecho por mi tío Joel, hermano de mi madre fallecido en el terremoto de Huaraz de 1970. Estaba hecho de madera, paja y cartón, pintado al parecer con acuarelas. En su techo mi padre siempre colocaba un foco para iluminar la escena principal: las imágenes de María, José y la cuna del niño Jesús. La cuna estaba vacía, ya que al niño lo colocábamos recién el 24 de diciembre a las 12.00 de la noche. En ese mismo lugar iban el burro y la vaca (o toro?). Afuera estaban los tres reyes magos, y en el techo del pesebre el infaltable gallo. Todos estos elementos de yeso, arcilla o no se qué material, pintados. Habían otros animalitos, el león, las ovejas, los patos, los camellos, el zorro o el lobo, el pavo y otros más que ahora no recuerdo. También había casitas, hechas de cartón. El nacimiento siempre tenía un camino central, donde iban los reyes magos y los camellos, un lago para los patos (un pedazo de vidrio sobre papel azul), unos cerros, y el arbolito coronando todo. En la cima del árbol la estrella, los adornos colgados, y las luces de navidad, de 24 focos de distintos colores, alumbrando con su prende y apaga todo este pequeño mundo llamado nacimiento.

Una vez terminado, esperábamos que anochezca para poder disfrutar de las luces navideñas en todo su esplendor. El foco central se prendía en raras ocasiones. Al inicio nuestro nacimiento era pequeño, pero posteriormente fue creciendo para llegar a copar toda la mesa de la sala, e incluso alguna vez lo hicimos en el suelo. Era una costumbre de nuestra tierra, incluso contaban mi madre, mis tías y mi abuelo, que antes del terremoto se hacían concursos de nacimientos, y que cuando ellos eran pequeños, hacían trabajos enormes, con figuras articuladas, representando a zapateros, cocineras, panaderos. Aún guardaban algunas figuras de esos tiempos, y en la casa de la abuela también armaban un nacimiento, aunque pequeño.

Y cantábamos villancicos. El primer villancico que canté era el Navidad, Navidad, blanca navidad.., también Sopa le dieron al niño, no se la quiso comer.. Hasta que en un año de aquellos aparecieron los Niños Cantores de Huaraz, y promocionaron su LP con villancicos en cumbia, de donde es tomada la introducción a este relato. Y nuestra vida cambió. Ya no mas canciones lentas y monótonas, sino a ritmo de cumbia y con panderetas, bailando. El burrito tabanero, cholo cholito, vengo de las alturas, y todos esos villancicos con los cuales pasamos todos los meses diciembre esperando la llegada de navidad en mi casa, con mis padres y mis hermanos.

Y no podían faltar, las misas de gallo. Eran de madrugada, en la pequeña capilla que estaba al lado de la casa. Había que madrugar, para ir a rezar y cantar. Fui muy pocas veces, pero a las que fui, aparte del frío terrible y las canciones, no recuerdo de que hablaban y mucho menos la razón para ellas.

El 24 de diciembre era una noche especial y mágica. Esperábamos ansiosos la medianoche, por los regalos. Y las luces de bengala, para iluminar el nacimiento. Luego, en la media noche colocar al niño, y felicitarnos por la llegada del Niño Jesús. En ese momento las luces del nacimiento se encendían en toda su magnificencia. Claro, al inicio fueron solo 24 foquitos, pero con el tiempo fueron aumentando. Era curiosos ver a mi padre arreglando las lucecitas navideñas, pues siempre, al guardarlas de un año a otro, algunos foquitos se quemaban, y había que reemplazarlos. A veces se quemaba el foco "piloto", ahí la cosa era grave, pues de éste dependía que las luces prendan y apaguen. Aunque, siempre había solución para todo. 

También la cena navideña con el infaltable pavo. Desde algunos meses antes se compraban pavos pequeños en el mercado, y luego se los alimentaba para que cuando llegue la noche buena sirvan a nuestros apetitos. Los pavos eran bravos, no se dejaban atrapare, se molestaban y te pateaban. Era ley no molestarlos. Pero en la noche navideña, se daban su última borrachera. Mi abuelo, mi padre, les daban vino, y los emborrachaban hasta los tuétanos. Y después, es conocido el final de los pavos en navidad. Los hinchas celestes no se molesten, pero en esta navidad, les recomiendo no emborracharse. Una bromita.

Con el tiempo, cuando fuimos creciendo, salíamos de compras con mis padres. Paseábamos por las calles céntricas de la ciudad, abarrotadas de vendedores y de regalos. Siempre para mí fue toda una experiencia el entrar a las tiendas Sotelo, donde se vendían los mejores y mas caros juguetes de Huaraz. Posteriormente fue destronado y olvidado, y las calles de la Avenida Luzuriaga invadidas por mercaderes ambulantes, donde podías encontrar el regalo prometido. 

Y también llegó la época de preparar los panetones en casa. Esos adorables bizcochos con pasas, frutilla y demás ingredientes, que hacía la delicia de nuestros paladares, y que, gracias a nuestra viejita, aún ahora podemos darnos el gusto de disfrutar. Es cierto, al inicio solamente consumíamos los panetones D'Onofrio, o quizá Motta, luego apareció el Todinno con su Todinito. Pero, lo que realmente hizo especial nuestras fiestas eran los panetones amasados y hechos en forma artesanal por mi madre. No recuerdo el momento exacto, pero si se que fue en el horno de su comadre, que vivía cerca de nuestro colegio, donde empezó la hazaña. Ella, la comadre, ya fabricaba panetones artesanales, y , mi Madre, por alguna razón también empezó a hacerlos. Con ayuda de amasadores expertos, poco a poco, fue puliendo sus medidas y sus proporciones, hasta lograr un manjar de panetón, con un sabor incomparable e insuperable.

El 25 de Diciembre jugábamos, luego de la mala noche estábamos con la resaca navideña, pero entre todos mostrábamos nuestros regalos, y compartíamos interminables horas de juego y sueños.

En mi niñez, nuestra Navidad no era de pobres, era de una riqueza inmensurable, difícil de conseguir y de medir. Estaba llena de magia, de milagros, de amor y de paz.

Felices fiestas navideñas, que el espíritu del amor, la alegría y la paz llene todos nuestros hogares.

Mientras el enlace este vigente en you tube:
Niños cantores de Huaraz

martes, 1 de diciembre de 2015

Luces de bengala

Apenas empieza el mes de diciembre, y como siempre nos preparamos para una vez más celebrar las fiestas navideñas y la llegada del año nuevo. Con una sensación de fin de semana largo, este mes se nos antoja el más corto del año. De niños, hacemos una cuenta regresiva diaria de los días que faltan para la nochebuena: los infaltables regalos. No conozco niño que no se emocione con las fiestas de navidad, los arbolitos, los adornos y retablos navideños, que hacen de este un mes lleno de color y algarabía.

Pero,  son los juegos pirotécnicos los que se llevan el galardón a objeto más deseado por cualquiera.  Y también a los más odiados. Recuerdo mi primer encuentro con uno de estos artilugios: era  aún un niño pequeño,  tenía en mis manos una pistola de juguete, y era feliz por el nacimiento de Jesús en el pesebre. (Léase, era feliz por mi regalo). Y fue cuando empezaron a prender en casa las luces de bengala para animar la nochebuena.

Era todo un espectáculo. Aquellas chispas incandescentes con su sonido peculiar atraían mi mirada cual imán a partículas de hierro. Recuerdo que intenté tomar alguna, y me ayudaron. Esa imagen se ha quedado grabada para siempre en mi memoria. Luego de eso, ya en el colegio, conocí a los rascapies,  los cuetecillos, y los temidos cuetones. Poco a poco en la casa fuimos incorporando estos artefactos en las celebraciones de navidad y año nuevo. Incluso adoptamos la costumbre de construir un muñeco, que simbolizaba el año viejo, y quemarlo la noche del 31 de diciembre, haciendo estallar cuetecillos,  cuetones y encendiendo luces de bengala.

Fue todo bien, hasta cierta época en que en casa, al acercar mucho las luces de bengala al arbolito de navidad, este se prendió haciendo un amago de incendio. Santo remedio, nunca más estos artefactos pirotécnicos fueron utilizados dentro del hogar. Pero si en la calle.

Hasta que sucedió.
Corría el año 2001, yo estaba en mi primer año de residencia en el Hospital María Auxiliadora. Recuerdo muy bien que estaba de guardia, un 29 de diciembre. En mi primer año hice guardias en la emergencia del hospital, y para variar,  recibí la nochebuena haciendo turno. Aunque, para ser justos, solamente me "molestaban" cuando habían muchos pacientes o cuando llegaba un caso de "ojos". Después, dormía de lo más plácido. Aunque también hasta las 9 o 10 de la noche la pasaba en el tópico,  para no aburrirme.

Además, en nuestro país, en especiales Lima, eran y aun son frecuentes los accidentes y los incendios causados por artefactos pirotécnicos en estas fechas. Así que, cuando dieron la noticia del "incendio en mesa redonda", no le dimos mayor importancia,  ya que cerca a ese lugar hay hasta 3 hospitales.  Incluso en el fondo nos burlamos de los residentes de turno de esos hospitales: " no descansarán en la noche, pobrecitos ".

Mesa Redonda es un emporio comercial ubicado en el centro de Lima, en Barrios Altos. Se caracteriza por su infinidad de productos y sus precios bajos. Sin impuestos, sin recibos, facturas, sin garantía.  Productos comúnmente de contrabando,  era y aún es el lugar preferido de la gente de escasos recursos para adquirí regalos, ropas, artefactos eléctricos a precios accesibles. Pero la informalidad y tugurización hicieron de ese lugar una trampa mortal.

Varias cuadras tomadas por los ambulantes, construcciones precarias convertidas en galerías, donde la mercadería estaba almacenada directamente sobre el tendido eléctrico.  Puestos hechos de triplay,  madera e incluso de cartón. Gente aglomerada, sin vías de escape.  Autos, micros, carretilla. En esa jungla moderna podías encontrar literalmente de todo, desde comida hasta un equipo de sonido, desde un cuaderno hasta una fotocopiadora,  desde un pasador hasta una máquina para coser zapatos. Y en las épocas de fiestas, las ventas en el rubro Correspondiente aumentaban.

En época escolar: uniformes, cuadernos, útiles escolares.  En fiestas Patrias: banderas, escarapelas y accesorios para los desfiles cívico militares. Para Navidad: juguetes, y para año nuevo: pirotécnicos, los famosos acá "fuegos artificiales ".
Ese día transcurría con relativa normalidad, hasta que escuchamos la noticia del incendio. Era un sábado,  por la noche. En el aire de la ciudad se respiraba un ambiente de fiesta. Era un fin de semana largo que la mayoría acoplaría a la celebración del año nuevo. Hasta que nos trajeron al primer quemado: quemadura respiratoria. Es la única vez que vi algo parecido. El paciente al final falleció,  no soportó el daño recibido.

Ya para eso el director del Hospital se hizo presente en la emergencia, cosa por demás rara. Me entregó un bolso y la orden de entregar el "paquete " al jefe de guardia del Hospital Loayza. Eran 60 ampollas de Morfina.  La gente estaba muriendo. Los Hospitales Almenara y Dos de Mayo habían colapsado. Había la orden de dar de alta a todo paciente estable. Era una catástrofe.
Nos dirigimos a toda velocidad en la ambulancia,  escoltados por tramos. La ruta desde el Hospital María Auxiliadora hasta el centro de Lima es larga, pero para esta ocasión no corrimos, volamos. Llegamos al lugar del siniestro. Era horrible.

Aún no se había controlado el fuego, aún habían algunos heridos. Las luces de la noche alumbraban tenuemente las siluetas ennegrecidas de los edificios calcinados, en ruinas. Una hilera de autos chamuscados,  con los vidrios inexistentes, en algunos aun se veían algunos cuerpos calcinados, inertes. Solamente después me enteré de lo sucedido: un vendedor ambulante había "probado" un pirotécnico, prendiéndolo en plena calle, pero éste cayó sobre una mesa llena de cohetecillos, lo que desató una reacción en cadena y el infierno. La bola de fuego atrapó rápidamente las calles, vehículos, tiendas, galerías. La gente huía descontroladamente, y se subían a los edificios, donde murieron asfixiados. Muchos murieron aplastados por la turba, y muchos quemados por el infierno de más de 1000 grados que se desató en esas cuatro manzanas.

A la zona del desastre acudieron los bomberos de cuatro distritos de Lima, quienes vieron dificultada su tarea por la gran cantidad de autos varados y puestos en las calles. Fue un incendio dantesco. Solo cerca de la media noche se pudo controlar el incendio. Nosotros habíamos llegado cerca a las 10 de la noche.

Trasladamos a un bombero herido al Hospital Loayza.  El pobre iba cubierto de hollín,  consciente pero mudo. No podía articular palabra, y en su mirada pérdida se podía leer la frustración y la tristeza. Y no es para menos, había observado el infierno con sus propios ojos, se había enfrentado a la muerte y quien sabe que más habrá tenido que presenciar. Tenía síntomas de asfixia. Para variar, el equipo era viejo y obsoleto.  Y así, en esas condiciones estos valientes bomberos se enfrentan a mil obstáculos para poder controlar una tragedia.

Ya en el Hospital Loayza encontramos a todo el mundo: reporteros, cámaras de televisión, fotógrafos, directores, directivos, ministros, políticos, sapos, mirones. Todos ansiosos de las primeras planas, de la primicia calentita,  de los chismes o por el puro gusto de satisfacer su morbo.  Y todos estorbando. Encontré al jefe de guardia. Le entregué el bolso, me firmó el cargo, y nos despedimos. Le ofrecí mi ayuda, me pidió no estorbar, y que ojalá pudiéramos sacar a todos esos mirones. A alguien se le ocurrió correr la voz que el presidente de la República estaba ingresando al hospital,  y todos corrieron en dirección a la entrada. Por lo menos un minuto de alivio.

Nos retiramos a nuestro hospital.  Ya nada podíamos hacer. Solo quedaban cadáveres y ya los heridos estaban en los servicios de emergencia.  Era cerca a las dos de la mañana. Ya el fuego se había controlado. No dormí.

El día siguiente los noticieros nos informaron de la magnitud de la desgracia: casi 300 muertos, cientos de heridos, desaparecidos. El emporio comercial de Mesa redonda casi destruido. Mostraron las filas de autos calcinados, los edificios en ruinas, ennegrecidas por el humo y el fuego. Los Hospitales abarrotados, familiares en llanto. Y la morgue, llena de cadáveres irreconocibles.
No hubieron fuegos artificiales para la fiesta del año nuevo. Y desde ese momento quedó terminantemente prohibida la comercialización de pirotécnicos.

Pero no duró mucho. Hoy Mesa Redonda sigue ostentando el título de principal lugar del comercio de Lima. Y ahora en las épocas de fiestas de fin de año, se comercializa libremente los pirotécnicos "legales": cuetecillos, luces de bengala, silbadores, etc. Pero también,  por lo bajo, puedes conseguir cuetones, calaveras, ratablanca y la temida mamarata,  que ya casi es una bomba casera, y que puede mutilar tranquilamente a una persona.

Los fuegos artificiales nos han acompañado desde antaño. Utilizados en manera adecuada y cumpliendo con todas las medidas de seguridad, pueden ser motivo de alegría de grandes y pequeños. No puedo dejar de mencionar las espectaculares presentaciones con luces y bombardas que se hacían sobre el río Don, en Rostov.  El cielo nocturno se iluminaba con figuras y colores impresionantes. Ahora mismo,  en fiestas Patrias se hacen presentaciones con fuegos artificiales en algunos distritos limeños. Y todos somos felices. Bueno, dicen que los perros no, pero una vez al año no hace daño.
Antes de terminar, una pequeña anécdota: al ir en la ambulancia, con nosotros iba un técnico de enfermería algo especial. Muy hábil para su labor, pero también bastante extrovertido. Como dije la ambulancia partió a toda velocidad, con la circulina y la sirena encendidas, en dirección a la zona del siniestro. Íbamos bien,  hasta que a la altura del cruce de Evitamiento con la Avenida Javier Prado encontramos tráfico. Así que tuvimos que detenernos un rato. En eso el técnico en mención tomó el micrófono de la ambulancia y empezó a solicitar a viva voz:
"Póngase a la derecha" "Den paso a la ambulancia " " Esto es una emergencia"

Y los autos, lentamente empezaron a moverse a la derecha. Como la cosa progresaba con demasiada lentitud,  nuestro amigo fue más allá y empezó a dirigir el movimiento de los autos, desde la ambulancia,  con el micrófono en la mano: " El auto rojo, deténgase.  El blanco, vaya un poco hacia atrás, el auto azul, peguese a la izquierda". Empezamos a avanzar un poco hasta que "el auto rojo, a la derecha! El auto blanco a la izquierda! " Y vemos que delante nuestro se pusieron frente a frente dos autos frente a frente cerrándonos el paso. Inmediatamente ambos chóferes de los aludidos autos corrigieron el error, y se separaron. Pero ya nosotros nos matábamos de la risa. "Quitenle el micrófono o nos mata" Dijo alguien.  Nos salvó un policía motorizado, que nos abrió el paso en un dos por tres y llegamos sin contratiempos a nuestro destino.

Domesticar el fuego ha sido el más grande logro de la especie humana. Siendo nuestro gran aliado, nos ha servido para alimentarnos, abrigarnos. También ha empujado en la construcción de civilizaciones, y destrucción de imperios. Nos sirve a diario, y una de las mejores expresiones de belleza se logran con la iluminación de los cielos nocturnos con luces de colores, figuras y formas producto del uso correcto, armonioso y adecuado de los artefactos pirotécnicos.  Pero así como es un gran amigo, el fuego puede convertirse en una bestia indomable y consumir ciudades y civilizaciones enteras.

Mi infancia estuvo llena de magia, amor y alegrías. Y una de esas cosas ha sido, es y será una hermosa luz de bengala en nochebuena.