sábado, 28 de marzo de 2015

Sueños de infancia de un mundo inventado...

-Hola.
-Hola, cómo estás?
- Eh, yo? Bien, bien. Sólo que creo que nos están molestando.
- Si. Pero, pareces demasiado molesto.
- Hmm. No sólo estoy molesto, sino fastidiado. Esto no se puede tolerar. Jamás deberían de haber jugado así. Esto es intolerable. Jamás les perdonaré.
- Discúlpame.
- No, no tienes que pedir disculpas. Tú no tienes nada que ver en esta historia. Ellos son los que molestan.
- Pero, me siento muy incómoda. Mejor nos vamos.
- No creo que sea posible. Esta cosa debe completar todo su circuito. No hay forma de bajarse.
- Señor, por favor, puedo bajarme?
- Claro, espere un momento señorita, que acomodo mejor el bote a la orilla.
- Hmm. Podrías esperar un momento por favor. Ellos no pueden salirse con la suya. Hagamos un trato.
-Cual?
- Te espero a la salida. Por el momento sigamos el juego. Yo seguiré molesto y tú avergonzada.
- Tu crees?
- Claro. Ni cuenta se darán que hemos hablado esto.
- Pero... no importa. Te espero yo?
- Ni hablar! Haré como que me voy, muy molesto. Luego te espero en el camino a tu casa. Trata de llegar sola, por favor..
- Ya.. Ahí están....
Risas de todos. Miran desde la orilla del pequeño lago artificial, donde en un pequeño bote estamos terminando de dar el circuito de paseo, donde a propósito, mis amigos, nos dejaron solos.

Si, al fin solos, pero a vista de todo el mundo. Ellos sabían que había una atracción mutua, pero yo no quería reconocerlo, y ella no tenía reparos en aceptarlo.  Apenas éramos unos niños, algo crecidos por cierto, y estábamos ya despidiendo la secundaria del colegio.

No había tenido "enamorada" oficial durante todos los años en la escuela, ya que aún seguía suspirando por mi primer amor de la infancia, mi "sueño imposible", "estrella inalcanzable", y tantos otros nombres como la había bautizado. Nunca le dije siquiera lo que por ella sentía, ni se lo hice saber, quizá por cobardía o miedo a ser rechazado, mas por vergüenza, por considerar esto como algo inapropiado para mi edad. Podría seguir disertando infinitamente sobre las razones para mi silencio, sin llegar jamás a determinar una causa objetiva para ésto. Nunca hablé con ella, nunca me acerqué, nunca siquiera supe si ella sintió algo por mí.

Esta es otra historia.

Nos habíamos encontrado desde la primaria, y sólo había notado su presencia cuando me hizo saber que le atraía mi personalidad. En esa época era el mejor alumno de la escuela, y mis niveles de autosuficiencia y confianza en mi mismo eran épicos, únicamente comparables a mi absoluta incapacidad para hablar y mi fama de antisocial bien ganada.

Pero desde niño tenía alma de poeta.

Y me agradaba sobre manera que mis sentimientos, infantiles, puros y tiernos de mi infancia hacia ella, eran correspondidos. Lo que no podía aceptar era que todo el mundo lo había notado, y a mis compañeros les gustaba molestarme al respecto. Así que, muy a pesar de nosotros, decidí negar en público cualquier sentimiento mío, negarme a tener amistad siquiera con ella, manifestando que como estudiante y persona ya adulta no tenía tiempo para "esas cosas de adolescentes inmaduros".

Es por esa razón, y sabiendo todos que ella quería acercarse mas a mí, tramaron las mil maneras de acercarnos, y fue así que terminamos solos en ese pequeño bote en el lago artificial de la feria de nuestra ciudad. Lo que ellos nunca supieron es que hablamos, y que nos pusimos de acuerdo para encontrarnos después, pero a escondidas de todo el mundo.

Luego jugamos bien nuestras cartas. Ella se fue con sus amigas, avergonzada. Yo salí con una cara de pocos amigos, y, sin mediar palabra, salí con dirección a mi casa. Sin mediar palabra los dejé solos, e hice casi todo el camino a mi casa, tratando de verificar que nadie me seguía.
Retorné, ya era tarde. La esperé, parado en la esquina a una cuadra de su casa, seguro que ella pasaría por allí, escondido para que nadie notara mi presencia.

Llegó, pero no estaba sola. Iba con una de sus amigas, pero la amiga tuvo que despedirse, ya que su ruta era en otra dirección.
La llamé. Volteó hacia mi lado, y me sonrió. Nos saludamos con un beso en la mejilla.

- Hola, viniste.
- Hola, trato de cumplir siempre mi palabra. Cómo estas?
- Aún avergonzada. Son unos fregados. Mira que hacernos pasar semejante roche.
- Nunca se los perdonaré. Son unos tarados, haberse portado de esta manera, creo que incluso los cavernícolas serían mas cuerdos. Pero ya verán, me cobraré la revancha, con todos ellos.
- Ja, ja, ja. Te ves tan chistoso cuando te molestas...
- No es gracioso, pero mira que extraño, me gusta verte reír.
- Lo dices sólo por hacerme sentir bien.
- Aunque no lo creas, soy muy objetivo en mis apreciaciones, pues si pierdo de vista la realidad tendré muchos problemas en mi formación y posterior desarrollo....

Y así, hablando de todo, y de nada importante, se nos pasó el rato mas largo que jamás tuvimos juntos. Ella me habló de sus sueños, de su vida, de las tareas y de las anécdotas con los profesores. Yo, de matemática, de física, de las estrellas, de historia y de poetas, de literatura y de mis primeros pasos en la aventura de la poesía.

Sin darnos cuenta nos tomamos de la mano. No le pedí que sea mi enamorada, pero le hice saber de mis sentimientos hacia ella, y ella de la misma manera aceptó mi propuesta. No fueron necesarias las palabras, ya que nuestras miradas lo decían todo. Nos perdimos en el espacio y el tiempo, olvidamos al mundo y a los demás, y sin darnos cuanta siquiera el manto de la noche nos cobijó en su silenciosa complicidad. Éramos unos niños descubriendo sus sentimientos, temerosos de lo que nos había sido regalado, y sin saber que hacer con este don de la vida.

- Mi hermano!
- Y viene con alguien más!
- Si, es mi mamá!
- Bueno, entonces me tengo que ir. Nos vemos mañana.
- Chao.
- Chao.

Sin percatarnos, y como por inercia, un tierno beso sello nuestro pacto. Un beso rápido, apenas un roce de labios, pero selló una historia de complicidad y amistad que llevaríamos a la tumba. Ni una palabra a nadie, es solo para nosotros y con nosotros se queda.
A la distancia noté que se encontraba con sus familiares, no tuve el valor ni el coraje suficientes para enfrentar a su madre y su hermano. Moría de miedo, pero en el fondo mas miedo tenía por ella. Era demasiado tarde, y un castigo por eso era muy aceptable.

La busqué al día siguiente. Y, como lo habíamos acordado, nos encontramos en secreto, para que nadie notase que había algo entre nosotros. Estaba radiante, ella. Nos saludamos con recato, y la interrogué:

- Te hicieron algo? Te castigaron?
- No! No pasó nada, me preguntaron que hacía allí hasta tan tarde y con quién, Les dije que estaba conversando contigo parados todo el rato en la esquina, y eso los tranquilizó. Dijeron que eras un buen muchacho.
- De verdad?
- Si. Acaso no es así?
- Hmm. De todas maneras creo que está mal preocupar así a nuestros padres. No me imagino lo que deben haber pensado. Si yo fuese ellos no permitiría que...

Y así, nuevamente con un monólogo mío sobre ética, lógica y metafísica, comenzamos una nueva charla entre los dos, sentados en una acera, alejados de la bulla del colegio, de los amigos que siempre molestaban, de los profesores que siempre miraban, de todo y de todos.

Eramos felices en nuestro mundo inventado, vivimos esto mientras duró la escuela. Aceptamos la separación como algo natural de la vida. Tomé mi rumbo, ella el suyo.
Olvidé lo pasado. Enterré esta historia en lo mas profundo de mi consciencia.

Pasaron los años, nunca mas la busqué, ni supe mas de ella. Me enteré que partió al más allá,  no hace mucho de una dolorosa enfermedad, y que hasta el final de sus días recordaba nuestra aventura, nuestros sueños y nuestro mundo inventado. No pude acompañarla, no pude siquiera decirle que aún recuerdo nuestros momentos, nuestra complicidad, su sencillez y su inocencia, nuestro maravilloso pequeño mundo inventado.

Mi alma llora en silencio por una historia que tuvo un final no feliz, pero se alegra porque estás mirándome desde el mas allá, y sabes que encontré mi felicidad. Y que nunca te olvidé, y nuestro pequeño mundo inventado siempre estará a mi lado.

Atrapados en el espacio y en el tiempo, dos niños crecidos han inventado un mundo sólo para ellos.

domingo, 22 de marzo de 2015

Un ángel...

A veces la vida cotidiana te trae sorpresas, que quedan impregnadas en tu mente con una enseñanza de vida que nunca olvidarás.

Un día cualquiera, atendiendo en el consultorio.
- Siguiente!
- Buenos días, doctor.
- Buen día, señora.

Mi respuesta es habitual y casi automática, levanto la mirada y una extraña expresión me sorprende con un:
- Hola!
Es una expresión de inocencia y alegría juntas que solo los que tienen el síndrome de Down pueden expresar.

Estrecho la mano tendida frente a mí, otra vez casi en forma automática, pero con una leve sensación de incomodidad. La ternura y frescura de la persona que me entrega su mano para estrecharla y me saluda de esa manera tan desenfadada me pone algo nervioso.

Estoy acostumbrado a lidiar con muchos tipos de personas, y podría decir, que puedo enfrentar a cualquier situación con cierta tranquilidad y puedo salir airoso casi de cualquier situación. Solamente estos casos me hacen alterar la rutina y con mucha frecuencia termino aprendiendo enseñanzas que solo la vida te puede dar.

Ante mi mirada aun sorprendida se mostraba una imagen poco común para nuestro medio. Eran en total tres personas. La mayor, una mujer adulta de mas de cuarenta años, piel trigueña, rasgos muy peruanos, dos niñas de entre 10 y 12 años, muy parecidas a la que sería la madre, pero la tercera persona no encajaba. Era una mujer mayor de 30 años de edad, piel blanca, pelo rubio, ojos azules o verdes, con los típicos rasgos del síndrome de Down. No dejaba de sonreír.

Para mis adentros pensé: travesura de la juventud de la señora, seguro con un extranjero, pero... no había ningún tipo de parecido entre ellos. Entonces aún maliciosamente pensé: hija del esposo, vaya, eso debe ser.
Pero aún así algo no encajaba.

- Que molestias tiene? Cual es el motivo de su consulta?
- Le pican mucho los ojos, y tiene legañas! Se adelantó una de las niñas.
- Si, y los remedios que le hemos puesto, no le han ayudado. Dijo la segunda.
- Un momento, niñas, el doctor hay que contarle todo. Doctorcito, lo que pasa es que a nuestra B... le están fastidiando mucho los ojos, y le aplicamos un poco de manzanilla y tecito, pero aún así no le pasa. Dijo finalmente la madre.

En todo este tiempo la "paciente" no había hecho mas que sonreír y emitir algunas palabras sueltas, sin coherencia alguna. Si, además del Síndrome de Down tenía retardo mental. Aún así algo no cuadraba. Tenía la ropa limpia, estaba bien arregladita, peinada, limpia, pero se notaba algo extraño en su piel y sus manos, algo no encajaba en definitiva.

- Bien, respondí yo, desde cuando tiene las molestias?
- Eh, desde mucho tiempo doctorcito. Típica respuesta evasiva para no decir "no se".
- Ok, entonces, alguna vez tuvo un cuadro similar? Tiene alguna enfermedad además de esta, como diabetes, hipertensión arterial, asma, alergias medicamentosas? Alguna cirugía previa?

Son las preguntas de rutina que siempre hago para poder hacer las indicaciones del tratamiento mas precisas.

Silencio total. Las niñas estaban mudas, como sorprendidas por preguntas extrañas, y la madre, con algo de temor y nerviosismo, se acerca hacia mí, y en voz bajita, como para que nadie mas escuche, me dice:
- La verdad doctorcito, no sabemos nada de eso. Es que, recién hace unos días la hemos recogido de la calle, pues la encontramos mientras unas personas la maltrataban, sucia y con andrajos. Recién la llevamos a la casa, le conseguimos una ropita y está compartiendo el cuarto con las niñas. Ellas la cuidan.

Se me cayó el alma a los pies.

No lo podía creer. Cómo puede eso ser posible? Cuál era el objetivo de tener a un mendigo que ni siquiera puede valerse por si mismo, con el retardo mental y el síndrome de down esta persona ya de por sí era una carga, probablemente muy enferma, probablemente... infinidad de cosas pasaron por mi mente.

Pude al fin notar que la ropa no era de su talla, eso era lo que no encajaba, que la piel estaba maltratada, las manos también. Note que eran personas muy sencillas las que la traían, ropa sencilla, zapatos gastados, pero todos limpiecitos. Y noté que había algo que las rodeaba, a todas.

Atendí a la paciente de la mejor manera posible, le conseguí todos los medicamentos que pude.
Pero aún así no podía dejar de sentirme pequeño, insignificante ante tamaña bondad.

A veces la vida te regala la oportunidad de presenciar los milagros de la creación. En esa tarde en mi consultorio, yo tuve la suerte y la dicha de personalmente conocer a un ángel.

sábado, 21 de marzo de 2015

El vuelo del arquero...

Tenía 11 años a lo mucho, y era un niño crecido con algunos signos de adolescente.

Estábamos en fiesta de fútbol, la selección peruana estaba peleando un cupo para el campeonato mundial, supongo que para España 82.
Frente a la casa había un gran escampado que era nuestro lugar de juegos. Matagente al centro, la bata, kiwi eran los juegos favoritos. Pero, de todos, yo prefería jugar al fútbol con los mas pequeños y con los vecinos.

No era bueno jugando a la pelota, ni mucho menos, pero con los mas pequeños algo podía hacer. Total, para eso estábamos, para divertirnos.
Mis tíos eran nuestros vecinos, también mis abuelos. Ese día memorable era una tarde en Huaraz, una tarde de fútbol, donde las mujeres se habían reunido en la casa de mis padres, a tomar el lonchecito y charlar un poco; y los hombres en la casa de mis tíos, a seguir por la televisión los acontecimientos futboleros.

Nosotros estábamos en el campo de afuera, jugando. Pero como todo "macho que se respeta", yo también veía fútbol, aunque mi entendimiento sobre el mismo era aún rutinario.
Recuerdo muy bien que fue un arquero, no se si colombiano o uruguayo, quien hizo una pirueta espectacular para hacer una atajada memorable y evitar un gol contra su selección. Todos lo celebraron, incluyéndome. La televisión repetía la hazaña en repetidas ocasiones, tanto así que me emocioné hasta los tuétanos.

Salí al campo, donde el resto de niños jugaba al fútbol, y decidí ser el "arquero" de turno. Es más, pedí que hicieran disparos de "penal" para poder emular a mi "héroe" del momento.
No recuerdo quien me hizo el gran favor, pero hizo una patada al arco para que yo pueda lucir mis grandes dotes de arquero volador, y es así como di un gran salto para poder alcanzar al balón en el aire, y poder atajar el penal.

Lo logré, claro. Pero...

Caí tan mal, que sentí un raro sonido bajo mi pecho, al aplastar mi brazo izquierdo sobre una pequeña saliente en el suelo.
Me levanté desconcertado.

Hace algunas semanas en el colegio uno de mis compañeros de clase se torció una mano y tuvo que ser entablillado y vendado por algunas semanas debido a que había se dislocado la muñeca. Nunca olvidaré su rostro de dolor y su mano fuera de sitio, deformada.

En esos instantes, al levantarme para celebrar mi gran atajada, noté algo extraño en mi mano izquierda: no me obedecía. La miré con detenimiento y pude notar que estaba torcida, deformada, y lo primero que se me vino a la mente fue la imagen afligida de mi amigo con su muñeca dislocada.

-"Diablos, pensé, me disloqué la muñeca" " Y ahora?, mi mamá me va a matar!"

Preocupado por el posible enfado de mi madre, y sin sentir dolor alguno, me dirigí hacia mi casa, y en la puerta de la entrada, en uno de los ángulos de la pared, decidí corregir la "dislocadura".
Recordaba muy bien lo que mi amigo nos había relatado: "el huesero había hecho una gran maniobra sobre su brazo y con cierta dificultad había devuelto el hueso a su lugar y todo había quedado como si nada hubiese pasado".

Si el huesero pudo, yo también - pensé-.

Así que apoyando mi brazo sobre el angulo de la pared, la empujé con toda la violencia que pude hasta escuchar algún crujido que me indique que las cosas han vuelto a su lugar.
Escuché el crujido, claro.

Pero, ahora el brazo estaba torcido hacía la otra dirección, y creo que estaba peor.
Acepté mi derrota, no podría solo corregir mi "dislocadura", así que tomé aire, y me enfrenté a la tragedia.

Le diría a mi mamá que me había lastimado.
Entré a la casa, donde estaban reunidas mi mamá y mis tías, tomando el lonche. Desde la puerta de la cocina llamé a mi madre:

- Ma!
Y le mostré en alto mi brazo deformado.

Recuerdo que dijo : Ahh! y se desmayó, o algo por el estilo. La única que reaccionó y dio un grito fue mi tía Rosi, la menor. El resto entro en pánico.

Con todos los gritos y llantos yo también me eché a llorar.

Era una tragedia.

Fue cuestión de segundos, toda la familia estaba en casa, mi padre no se como consiguió un auto, ya que en esa época no los había en Huaraz, y me llevaron al hospital.
Era fin de semana, todos estaban festejando. Y el traumatólogo de la ciudad también.

Así que me pusieron un cabestrillo, me dieron unos calmantes, me tomaron la radiografia: fractura doble desplazada de cúbito y radio, que cosa tan rara.. Todos se preguntaban como podía haberme hecho una fractura así, pues era muy rara la forma. En fin, no hay traumatólogo, ya es tarde. "Vengan mañana".

Fui a casa adolorido, pasé una noche terrible. Me pusieron varias ampollas para el dolor.

Al día sigueinte el traumatólogo me recibió en su consulta, con una cara y unos ojos enrojecidos aún por la mala noche y un aliento a alcohol imposible de tolerar.
Igual, me llevó a su sala de operaciones, y me anestesiaron el brazo. Con ayuda de sus asistentes, y no sin grandes esfuerzos, puso mis huesos en su lugar.

Me enyesaron.
"Chévere" Fué el diagnóstico final del traumatólogo.
Fui a casa con mi brazo izquierdo enyesado. Y me convertí en la celebridad del momento del colegio. Pero eso, es otra historia.

Así acabaron mis días de arquero de fútbol de mi niñez.




jueves, 19 de marzo de 2015

Mi cometa azul...

Es temporada de cometas en la ciudad.

No llueve, y por las tardes hay un fuerte viento que los niños aprovechan para hacer volar sus cometas utilizando cada espacio abierto, que los hay muchos, en todos los barrios de nuestra ciudad. Incluso hay algunas competencias informales, a ver quien hace volar mas alto su cometa.

En aquellos tiempos las cometas se hacían en forma artesanal. Desde las mas simples, hechas con hojas de cuaderno; hasta las mas sofisticadas, en base a listones de carrizo, papel cometa y plásticos multicolores. 

Era todo un arte preparar una cometa.

Desde muy pequeño observaba como los niños mas grandes se valían de los recursos existentes para lograr verdaderas obras de arte ante mis ojos. De todos los colores y tamaños, algunos se valían de pequeños retazos de trapo para fabricar la cola, que daba el equilibrio necesario para que nuestra cometa se mantuviera en el aire.

Aún no había tenido una cometa propia.

En el colegio, los otros niños de allí me enseñaron a preparar una simple.  Con una hoja de cuaderno, un trozo de papel higiénico y una pita cualquiera.

Una simple cometa de inicial. Fácil de hacer volar; pero, no se podía elevar mucho, ni mantenerse largo tiempo en el aire. Aún así cumplía su propósito: hacernos divertir por un buen rato.

En un fin de semana cualquiera, no recuerdo si sábado o domingo. No había ido al colegio. O quizá me hice la vaca. Eso no importa. Estaba yo en casa, jugando un rato frente a la puerta de mis abuelos. Noté que algunos niños mayores estaban volando sus cometas en el cerro que se encontraba cerca.

Debía de tener no mas de ocho años, quizá menos.

Probablemente quedé anonadado mirando como los otros muchachos hacían volar sus cometas, pues no noté la presencia de mi abuelo. Recién me percaté de él cuando con su filosa chaveta en mano se dispuso a alisar dos varillas de quinua seca, dándoles un tamaño adecuado. Para luego, entrecruzándolas, unirlas por sus puntas con un pedazo de plástico azul que había traído consigo. Para este menester utilizó un gran pedazo de hilo pabilo tratado con cera de abeja que utilizaba para su trabajo de talabartero. 

Mi gran abuelo, siempre con una canción en los labios, con su mirada serena y alegre, sus ojos bonachones y vivaces, estaba a mi lado preparando una hermosa cometa azul.

Luego se trajo un buen trozo de tela de la abuela, y con eso fabricó la cola de mi nuevo juguete. Anudó todos los hilos, y luego, con una gran sonrisa en los labios, me la dio para poder correr con ella y ambos echarnos a volar.

La cogió en sus poderosas manos, la puso en alto y a una orden suya eche a correr como loco con el hilo que ataba a mi nueva cometa en mis manos. 

- Corre, Pepe. Corre!!

La pequeña pero hermosa cometa azul, confeccionada por mi abuelo, remontó en vuelo majestuoso por los aires serranos de mi natal tierra. Me sentía el ser mas dichoso del planeta entero. En mis pequeñas manos tenía un portentoso juguete que se elevaba majestuoso retando a todas las demás criaturas voladoras del cielo. 

Mi abuelo me dio alcance, y me ayudó a mantenerla volando. La pequeña cometa azul se confundía con el hermoso cielo de nuestra ciudad. 

No recuerdo mucho lo demás. Se enredó varias veces, tanto en los árboles como en los postes. Mi abuelo se encargó de rescatarla tantas otras. No sé como terminó. Quizá fue a parar en una hoguera cualquiera, o reciclada para algún fin. Eso no importa ya.

Lo que importa es que de mi memoria nunca se borrará la imagen de mi querido abuelo fabricando mi pequeña cometa, y luego ayudándome a hacerla volar. Mi pequeña pero hermosa cometa azul...

Aún te extraño, Papa Shatu...




sábado, 20 de septiembre de 2014

Soledad...

Crecí en una familia numerosa, donde los espacios eran tan reducidos que el concepto de privacidad se reducía a espacios tan pequeños como el baño o la cama. Incluso siendo pequeños debíamos compartir la misma cama por motivos de fuerza mayor. Y es que el número de niños era superior al número de las últimas.

Eramos pequeños, pero la felicidad era grande, ya que el reducido espacio de las habitaciones era ampliamente compensado por los espacios externos amplios y abundantes. Frente a la casa teníamos un pampón lo suficientemente amplio para practicar deportes como fútbol, voley, kiwi, bata, mata gente al centro, trompo, chiptas, hacer volar cometas, etc, etc. Unos cientos de metros hacia arriba teníamos un riachuelo, lleno de ultush y sapos. De esa acequia Papa Shatu se las arreglaba para desviar algunos tramos y regar su chacra. Mi viejo hacía lo mismo, y a veces conectábamos mangueras, para que la cosa parecieras mas sofisticada.

Shacpay, así se llamaba el cerro de al lado, con algunas chacras y viviendas, mayormente era de hierbas silvestres y algunos arroyos, con una carretera afirmada que lo separaba de Villa Andina, la casa blanca, fantasmal ella, y del camino a Marian. Si, ese era el lugar donde mas jugábamos. A veces íbamos al cerro a recoger los hierbas que mi mamá y la abuela, Mama Filly nos pedían, Pero debíamos ir con cuidado, ya que la tía Patu tenia abejas, y al menor descuido, zas, picado de abeja. Gran dolor!. Ah, pero también habían muchas moras, y arcilla para formar lo que se nos antojaba. La carretera llegaba hasta Huanchac, y era un tramo lleno de arboles, chacras, y una que otra casa. Hemos recorrido ese tramo en múltiples ocasiones, incluso de madrugada cuando se nos dio por hacer deportes y salir a correr al amanecer. Solo en las épocas de fiesta la carretera se volvía super transitada, y se llenaba de camiones y gente que iban a la corrida.

Al costado estaba la casa del tío Lay, a medio construir, donde Papa Shatu guardaba a los chanchos. También ahí vivían los perros, de los cuales Yogui, Laika, Duque, son de mi época de niñez.
Laika era de Papa Shatu, mezcla de Pastor alemán con chusquipudel, fue una gran perra, de la que nació nuestro único y hermoso Yogui.

El oso Yogui, así bautizado por mi padre, ya que tenía un hermoso y abundante pelaje marrón, que lo hacía ver mas grande y lanudo. Llegó a ser el fiel guardián de mi viejo, dueño absoluto del barrio, se paseaba por todos lados cuidando al viejo en sus memorables borracheras, y trayéndolo sano y salvo a casa. Dejó harta descendencia, la ciudad se llenó de muchos "yoguis", pero ya no tuvimos otro igual a él. Cierta vez, se quedaron solos, el viejo y Yogui en la casa, y por cuestiones de "seguridad", el viejo dormía en una cama y Yogui a su lado, a veces en otra cama, supongo que los ronquidos del viejo lo aturdían.

La casa era una bulla permanente, ya sea el perro ladrando, los chibolos gritando, la vieja llamando... era un eterno bullicio. Y los momentos de soledad eran pocos... así que crecí soñando con tener un espacio para mi solo.

Y vaya que lo tuve, y en varias ocasiones.

La primera gran vez fue cuando estaba estudiando en Rostov del Don, épocas de Universidad. Estaba, para variar, misio. Tenía apenas dinero para comer, y de viajar ni pensar. Eran las vacaciones de verano, y Todos se iban de viaje.  Me quedé solo en la habitación,,, chévere! Al fin espacio para hacer lo que se me antoja! Iluso yo al pensar eso. En menos de una semana la residencia estaba prácticamente vacía. Solo quedamos unos cuantos en un total de 260 habitaciones distribuidos en 10 pisos. Mi sensación de felicidad y paz de los primeros días se cambió bruscamente a tremenda Soledad y abandono. El silencio era tal, que prendía el tocadiscos a todo volumen con la puerta abierta, por si las moscas. Cuando empezaron las clases fui el mas feliz de todos.

La siguiente gran ocasión fue en el ejército, en la época del conflicto. Me enviaron de mi unidad solo, a poner una unidad de avanzada de atención médica, pero no me dieron a nadie mas. Así que el primer día, nos bombardearon en la tarde, y todos corrieron a sus refugios.. yo no tenía el mio, y tuve que improvisar uno, solo. En la oscuridad de la noche, con la lluvia encima mio, empapado hasta los huesos, recostado en el barro, apenas cubierto con unas hojas de plátano, las bombas apenas iluminaban en derredor. Pero aún así no había nadie cerca. Si una de esas bombas me hubiese acertado, nadie se hubiese percatado de ello, y mi muerte hubiese sido en la mas profunda soledad, pues recién había llegado ese día a esa guerra, y no conocía a nadie, y nadie siquiera noto mi ausencia.... No pegue un ojo, apenas se aclaró un poco me dirigí a la enfermería y me puse a trabajar como loco, y hablar, y conocer a todos, pues si esa noche me tocaba morir, por lo menos alguno de los que me conocieron notaría mi falta. No fue así, me integré rápidamente al grupo, y a la noche siguiente ya tenía a mi compañero de lucha. Aunque él murió, debo agradecer a la vida el haberme dado una compañía en esos momentos tan difíciles, con los cuales siempre al recordar, las lagrimas nublan mi vista.... La guerra no es buena, es mala, muy mala, y es en ella donde conoces a fondo las miserias humanas....

La tercera vez fue en Pomabamba, y quizá fue el momento mas doloroso. Vivíamos en una casa alquilada, y era feliz: mi hija, mi esposa, mi trabajo, mis proyectos.... mis sueños puestos en marcha. Estaba estudiando para mejorar mi situación, incluso ingresé a política, el entorno me respetaba, mi bebé preciosa crecía, y se acercaba su primer año. Compramos todo lo básico: cocina, tv, equipo de sonido, refrigeradora, lavadora, las camas, juego de sala, teníamos empleada, en mi iluso cerebro creía tenerlo todo y ser el hombre mas feliz del planeta, pero sucedió.... ella se fue y se llevó a mi hija, dejándome en esa inmensa casa, con todos los enseres, equipos, muebles, juguetes, ropa... me quedé nuevamente solo.
Nunca entenderé con exactitud que hice mal, pero se que soy culpable de todo en mi vida. Y esta soledad duró años. Me dediqué al trabajo, abandoné mis proyectos y me derrumbé. Solo quería huir, y no podía. Vivía soñando los tiempos felices, cuando tenía a mi preciosa  bebé entre mis manos. Lavaba su ropa, acomodaba sus juguetes, tendía su cama.... poco a poco fui asimilando y acostumbrándome al dolor, tanto que hice de mi vida una parodia y me puse como meta huir a la primera.
Tuvimos momentos de estar juntos nuevamente, incluso tuvimos al segundo bebé, pero ya el daño estaba hecho, no era el mismo, no quedaba en mi una sola gota del océano que empujaban mis proyectos. Me propuse olvidar, y convertirme en una máquina sin sentimientos, pero no pude, y me derrumbaba con mucha facilidad. Hasta que pude al fin ingresar a la residencia para hacer mi especialidad, y pude nuevamente vivir con mi madre, mis hermanas y mis sobrinos.
Ya no tenía a mis hijos, pero por lo menos tenía un grupo humano, una familia,  a mi alrededor y nuevos proyectos y nuevos sueños.

La última vez fue cuando al terminar la residencia tuve que volver a Pomabamba, para arreglar mi situación. Ya en esa ciudad no quedaba nada de lo que había en esa casa, solo recuerdos. Estaban los amigos de siempre, pero la soledad era inmensa. Me convertí en un asiduo trabajador, estaba en el hospital hasta que me botaran. Y las noches de soledad en el hotel eran tan silenciosas y largas, que solamente lograron que huyera, buscando nuevamente un lugar donde no sentirme solo.
Felizmente lo logré. No estoy solo. La vida me ha dado lo que le he pedido. Tengo a la mejor compañera que jamás había soñado, y una hermosa familia además. Tengo proyectos y sueños, Ya no quiero espacios de soledad. Necesito la bulla, Necesito saber que alguien más nota mi ausencia o mi presencia. Ya tuve suficiente con la soledad....

viernes, 11 de julio de 2014

А ну ка мужики, давайте со мной!!!

Entrada en ruso, para variar... la traducción suena algo así como: A ver los machos, seguidme!. Y bueno, no tendría nada de extraño si no fuera porque era invierno y el bus donde viajábamos se había atascado, siendo necesario un empujoncito con fuerza bruta de aquella que solo se puede con hombres fuertes, pero la que llamó a viva voz era una señora de aproximadamente 45 años, y todos, incluyéndome, salimos a empujar el bus. Mi participación fue casi decorativa, ya que con una veintena de osos rusos fue suficiente para que estuviésemos nuevamente en la ruta. Aires y buen viento!

Sonrío al recordar esta escena, y a través de la ventana del tren en una infinita danza pasan los abedules, y los campos sembrados de trigo... la estepa rusa. Inmensa, inconquistable, cuna de grandes hombres y tumba de innumerables ejércitos. Sólo estando ahí puedes entender el alma rusa, el amor profundo a su tierra y su inquebrantable fortaleza.

- A donde se dirige?.
Un par de ojos verdes como esmeraldas me interrogan y una juguetona sonrisa me invita a sentarme.
- A Kiev, pero primero estaré unos días en el camino...

Era joven, de aproximadamente 18 años, con la amabilidad y cordialidad rusa me invita a compartir su desayuno: pan, pepinos encurtidos y salchicha, pero todo casero. Yo saco algo de queso fundido y con un poco de té completamos el banquete.
La conversación es sobre literatura, sobre todo, y algo de actualidad. Deportes, ajedrez, olimpiadas, típicos temas de conversación para los rusos.

Todo bien mientras aún me confunde con alguien de la Siberia o de alguno de los territorios asiáticos. Mi dominio del idioma es muy bueno, y mi acento pasa muy bien como si fuese local, pero en algún momento, cuando el nivel de confianza llega a un punto revelo mi verdadero origen: Perú. Normalmente no me lo creen, así que tengo que mostrar mi pasaporte y esas cosas, y es que además mi vestimenta y mis facciones pueden confundirse con una persona de la parte asiática de ese país. He logrado compenetrarme tanto con esa gente que fácilmente puedo pasar como uno mas. Y eso me da una gran ventaja, puedo viajar como ruso, y no como extranjero - lo que en la época de la Rusia comunista era bastante difícil.

Los motivos. No estaba permitido a los extranjeros abandonar la ciudad de residencia, para cualquier viaje se tenía que sacar un permiso especial, se compraban los pasajes en una agencia para extranjeros, y si mal no recuerdo, se tenía que reportar la estadía en la ciudad de destino con alguna autoridad. Cosas que pasaban. Obviamente los pasajes tenían una tarifa diferente, y como ruso era más económico.

Es por eso, que en un buen momento, cogí mi mochila, cepillo de dientes, un polo, un par de medias, dos calzoncillos, un libro, mi multiusos y me subí al tren.
- Y cuál es su nombre?
- Maxim (engaño un poquito), y el suyo?
- Natalia Ivanovna (el 90% de las rusas se llaman Natalia, y los rusos Ivan, y su nombre sería Natalia hija de Ivan)

El infaltable mazo de cartas nos entretiene, hasta que por algún motivo empieza la parte esotérica: a ver, veamos el futuro, el pasado, el presente... No conozco a rusa que no sepa algo de lectura de cartas. Y eso también suele ser divertido.

En algún momento el inevitable tema de la Gran Guerra Patria, los familiares que pelearon, los que murieron, los héroes, los desaparecidos... se ve lejano, pero aún no cicatriza la herida en toda la nación. Y no hay ruso que no haya ido en algún momento a una construcción de carreteras, a las cosechas en los Koljós y Sovjós, a las grandes Paradas por el día de la Victoria, el día del trabajo y el día de la mujer. Miles de anécdotas, miles de historias, que llenarían tomos incontables ...

En algún momento a cantar un poco, una que otra canción, quizá moderna, quizá tradicional... y el recuerdo del confort del hogar, del calor materno, del abrazo de los que amas. Miras y envidias el orgullo por su tierra, por su gente, por su idioma, su historia, por todo lo que significa ser ruso....

- Hasta la vista Maxim Maximovich!
- Hasta la vista Natalia Ivanovna!

Parado en el anden, veo alejarse al tren, con el silbido y ruido tradicional, y sin mediar mas protocolos me adentro en la estación y me dirijo a la ciudad de turno.

Calle Lenin, Plaza de la Victoria, Avenida Komsomol, barrio de los obreros, Cine Victoria, los nombres son iguales, las construcciones idénticas, las personas siguen siendo las mismas, el único bicho raro soy yo. Igual me confundo con ellos en el mercado, el comedor, la plaza, con los jugadores de ajedrez, o escuchando a la banda tocar valses.

Entrada la tarde me dirijo a la estación y compro mi boleto con dirección a mi siguiente destino, ahora de compañía me toca una abuela rusa, también se llama Natalia, y ella me trata como un hijo, me alimenta, me cuida, y la conversación es sobre los mismos temas, solo que la guerra es mas cercana a ella, tiene alguien que murió en la Gran Guerra Patria, pasó hambre, sufrió frío, y por eso adora el pan, no permite que se pierda una sola migaja...

En la otra estación me toca de compañero un ruso Iván Ivanovich, obrero, que trae además una botella de vodka, que comparte conmigo, y los temas cambian: hockey sobre hielo, mujeres, otra vez la guerra, pero esta vez es mas cercana: Afganistán. En Rusia todos los hombres van al ejército, sin excepción, y todos aprenden a la buena o a la mala a amar a su Madre Patria. Y el orgullo les revienta en el pecho, se creen los mejores sobre la faz de la tierra, se consideran los elegidos para derrotar a tiranos (léase Napoleón y Hitler), más aún sin son descendientes de cosacos, ahí la charla se alarga infinitamente...

Ciudades ordenadas, construcciones monumentales, parques enormes, monumentos gigantes, ciudades construidas sobre ruinas, y una gran y profunda religiosidad. Son creyentes en su gran mayoría, los ateos son los menos. Y las iglesias ortodoxas son opulentas y muy ricas. En algún momento se me ocurre entrar a la celebración de una liturgia, y lo primero es que no hay bancas ni sillas: todos estamos parados, solo en las paredes hay una especie de agarraderas para los minusvalidos. El sacerdote da la misa en latín y de espaldas a nosotros. Algunos se postran con el rostro en el suelo, y las puertas están cerradas, nadie puede entrar ni salir mientras dura la ceremonia. Vaya diferencia con nuestra Iglesia católica.

Una época diferente, quizá ya las cosas no sean como en aquellos tiempos, pero para mí Rusia siempre será el lugar donde aprendí lo que es amar a tu tierra.

miércoles, 11 de junio de 2014

A mi viejo con cariño...

Te levantas de mal humor, cepillas los dientes y mentalmente repasas el día : deberes, obligaciones, deudas, trabajo, más trabajo... Por los mil demonios, olvidaste una cita importante, no olvides de la reunión en el colegio de los chicos, tienes que darte un tiempo y revisar el grifo, ya que gotea.

Te sientes cansado, ya no eres el mismo de antes; incluso algunas canas y una calvicie incipiente adornan tu cabeza. Aplicas abundante espuma de jabón a tu rostro y empiezas la rutina del afeitado diario. Ves tu cara, tus arrugas, tus ojeras... Sin notarlo apenas tus ojos te devuelven una mirada familiar: es tu padre, son tus abuelos los que te miran desde el otro lado del espejo.

Por unos segundos eternos vuelves a ser niño...

Ahí está el viejo, como siempre apurado, acaba de ponerse su mejor traje para salir a su rutina diaria. Lo ves inmenso, fuerte; crees que no existe en el mundo alguien más grande que él, y en el fondo quieres crecer para parecertele un poco.
 También él se queja de lo poco que gana, el trabajo siempre es mucho y la paga es mala. Pero sigue adelante, y lucha día a día por el bienestar de los suyos y su familia.

Se las arregla para conseguir extras y regalarnos un paseo o un familiar fin de semana; empeña hasta el alma para que sigas estudiando y puedas independizarte.
Festeja tus logros como sí fuera el máximo acontecimiento del planeta, así sean estos pequeños e insignificantes.

Te alienta a seguir y te mira orgulloso.

"Ese es mi hijo!" - repite con frecuencia.

A veces, muchas veces te sientes avergonzado ante amigos y familiares por el desmedido orgullo de tu viejo por cosas tan simples y pequeñas. Pero igual sonríes con cada halago suyo, con cada ocurrencia.

Han pasado muchos años, ya no es el mismo.

De tanto andar ahora arrastra un poco los pies, olvida con frecuencia fechas y nombres, e incluso ha perdido aquella grandiosa y soberbia elocuencia. Los años no pasan en vano, repiten con frecuencia, la vida y el enorme camino recorrido le han dado experiencia, pero también lo han gastado.

Su mirada sigue siendo la misma, aunque llena de arrugas y cansancio eterno, te regala una sonrisa de aprobación y orgullo.

Ahora festeja los logros de sus nietos. Es un gran abuelo, lleno de mimos y gestos tiernos, ya no reconoces en él al que fue el padre severo.

Sus temas de conversación han cambiado, antes era fútbol, política y proyectos, ahora son de la familia que ya no está, de amigos que se fueron, de tiempos aquellos...

Sonríes...

Y en el espejo ves la mirada de tu padre y de tu abuelo. Eres igual a ellos. Tienes de tu padre los mismos gestos.

Y tienes suerte, pues aún puedes abrazarlo, aún puedes disfrutar de sus ocurrencias, de su orgullo paterno, aún puedes decirle, aunque bajito: "viejo, te equivocaste en una sola cosa ...  los hombres también lloramos, viejo". Y aunque casi nunca te dio un beso, puedes besarle y decirle que eres su sangre y su alma, y que no cambiarías por nada el así serlo!

 Te quiero, mi viejo.