domingo, 7 de febrero de 2016

Carnavales...

Llegó febrero, el mes mas corto del año, el mes del amor, y de los Carnavales! Realmente no se desde cuando tengo noción de esto, pero ya desde pequeño febrero ha sido el mejor mes del año. En primer lugar, es vacaciones, no hay colegio. En mi niñez, las clases se iniciaban recién en abril, así que las vacaciones en febrero estaban en pleno apogeo. Nada de deberes, de tareas escolares, nada de preocupaciones. También era la época de los viajes a la costa, a Lima o Ica, para ir a la playa. Pero, de todo esto, lo mas importante, era la celebración de una fiesta colosal que involucraba a la ciudad entera: los carnavales.

Desde que tengo uso de razón, en esta fecha en la ciudad se daban unos eventos trascendentales. El primero: los cortamontes. En otros lugares los conocen con Yunza, Unsha, Huachihualito, etc. Pero en mi Huaraz querido era conocido como Cortamonte. Un árbol de capulí era traído y "plantado" en un pampón cerca a la casa, siendo posteriormente adornado con frutas, serpentinas, globos, juguetes, regalos, y todo lo que se le podía ocurrir a los que lo armaban. Luego se armaba la fiesta, y a los acordes de músicas alegres, danzábamos tomados de la mano alrededor del árbol así ataviado. Una pareja era seleccionada, y ambos danzaban en la mitad de la ronda formada, junto al árbol. Normalmente el hombre cargaba el hacha o el machete, para luego, después de haber terminado la danza, asestar tres machetazos (o hachazos) al árbol, siempre las damas primero, después los caballeros. Luego de haber hecho esto, se pasaba el machete o hacha a otra pareja, y se continuaba el baile, hasta que una pareja, los suertudos, terminaban derribando de un golpe certero el adornado árbol. Entonces todos los presentes, cual avalancha humana, se lanzaban en pos de conseguir algo del árbol caído, ya sea frutas, regalos, a veces ropas, etc, etc. Durante todo el baile, los danzarines estaban adornados con serpentinas al cuello, talco en los rostros, y mucho licor en la sangre. Es cierto, se bebía bastante, solamente los niños no tomábamos licor, pero si harta chicha de jora. Hmm, que delicia. La pareja que había dado "el último golpe" era la encargada de "plantar el árbol" el próximo año, por lo cual eran efusivamente felicitados. Luego de esto, a comer rico y a continuar la fiesta, hasta las últimas consecuencia. y, por supuesto, no hay carnavales, sin agua. Y los muchachos , y los no tanto, nos divertíamos mojándonos con agua unos a otros, ya sea con globos, los más sofisticados con chisguetes, y los mas salvajes a baldazo limpio o de frente, un chapuzón en la acequia, o el río. También una manguera era muy útil. Terminábamos empapados, calados hasta los hueso, tiritando y con la piel morada del frío, pero felices y contentos de haber disfrutado un día excepcional mente divertido. Ya algunos también exageraban un poquito, y empezaban a usar pintura, betún y cosas por el estilo. La máxima expresión de los carnavales era el "martes guerra", un día en el cual todo estaba permitido. Los muchachos de los barrios tomaban las calles, con baldes en mano, y se dedicaban a "jugar los carnavales" con cualquiera que encontraban en la calle, sin importar edad o sexo. Así que por estos días, no era raro que si salías de casa, regresases empapado, o pintado, o a veces hasta con talco en el rostro. En fin, tiempos aquellos.

El otro evento trascendental era el Corso de Carnavales, con los danzarines, la lucha de los barrios, y el famoso entierro del Ño Carnavalón, con sus viudas y su testamento. La tradición marcaba que los barrios de la Soledad, de Belén y Centenario, presentasen los mas suntuosos Carros Alegóricos, y la mayor cantidad de danzarines y enmascarados. Era una delicia ver desfilar a todas estas personas, bailando y jugando, por las calles de mi ciudad querida. En los carros, iba por supuesto la Reina del Carnaval, cada una de su respectivo barrio, y ataviada con corona y cetro, y acompañada con el respectivo séquito. En la Plaza de Armas, se daba lectura al "Testamento del Ño Carnavalón". Muchas veces esta lectura causaba risas, y a veces algunos quedaban muy molestos. Dejaba sus viudas a los curas, dinero a los corruptos, ordenaba que se diera fiesta y jolgorio hasta morir, y cosas por el estilo, limitadas únicamente por el ingenio y la picardía de los escribanos, redactores del testamento. Luego estaba el famoso entierro, un ataúd negro era llevado en hombros hasta el río Quilcay, cerca al puente, y era entregado a las aguas caudalosas de nuestro río. Las delicias de esto eran las viudas. Una mas estrafalaria que otra, iban llorando a gritos, gimiendo y desmayándose, arañando la caja (que era de cartón, por cierto), e inclusa algunas, las mas osadas, se tiraban al río detrás del difunto muerto. Obviamente eran salvadas en el momento preciso, para, luego de tan funesto y triste entierro, dar rienda suelta a la fiesta general y el desenfreno. Luego de esto, el día siguiente, era el "Miércoles de ceniza": todos a la iglesia, y el cura te ponía una marca de ceniza en la frente, con lo cual se daba término oficial al periodo de juerga y desenfreno, y se daba inicio a la Cuaresma, y la preparación de la Semana Santa. La majestuosa y muy tradicional Semana Santa de Huaraz.

Pero, hay una imagen de los carnavales que nunca olvidaré: la vez que participamos en un corso con un carro alegórico. No recuerdo bien las fechas exactas, pero mi abuelo aún estaba vivo, y por ende yo era pequeño. Un grupo de animosos muchachos del barrio, decidieron participar con un  corso en representación del barrio de Nicrupampa, a donde pertenecíamos. Es así que, decidieron fabricar las máscaras y los disfraces, con ayuda de todos los entusiastas. Recolectamos papel de todos lados, bolsas de azúcar, periódicos, y harina, para preparar el engrudo. Fabricaron las máscaras, de muchos tipos y colores, formas y tamaños, y a mí, me tocó una de payaso. La ropa de un disfraz adaptado, y los zapatos alargados para dar todo el efecto necesario. No recuerdo quienes y con que disfraces participaron, solamente recuerdo el disfraz de mi hermano: iba vestido de diablo, con una ropa roja ceñida, su cola y unos cuernos hechos de trapo, también rojos, cosidos en la parte superior del traje a modo de capucha, su máscara roja y su tridente hecho de palos; pero todos, cuando lo veían, decían que era el Chapulín Colorado. Esto no le hacía mucha gracia a mi hermano, por cierto. Así desfilamos, mi abuelo y sus amigos fueron encima del camión, tocando sus mandolinas, quenas y guitarras; pero, la bulla de la gente y las bandas de músicos que habían por todos lados, hacían tanto estruendo, que nadie podía escuchar lo que estaban ellos arriba del carro tocando. También tuvimos reina, y el carro alegórico bien adornado. Participamos, bailamos, desfilamos. No ganamos nada, pero nos divertimos de lo lindo. Y tuvimos una experiencia, que quedará para siempre guardada en nuestras memorias.

También para estas fechas, en Huaraz llegan las cruces de los caseríos y pueblos aledaños. También hay danzas y cosas parecidas, y por supuesto, hay fiesta por todos lados.
Pero la fiesta de carnavales en Huaraz era un acontecimiento que difícilmente podamos vivir de nuevo en cualquier circunstancia, y de las cuales solamente podremos recordar  y disfrutar recordando.

3 comentarios:

  1. los carnavales de Huaraz, cuántas historias, cuantos recuerdos...cuántas vvivencias, que al leer tus manuscritos Máx, pareciera que retricederiamos unos instantes y a mi me causa emoción....una vez más gracias hermano por compartir estas vivencias y recuerdos..☺😉😉

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  2. los carnavales de Huaraz, cuántas historias, cuantos recuerdos...cuántas vvivencias, que al leer tus manuscritos Máx, pareciera que retricederiamos unos instantes y a mi me causa emoción....una vez más gracias hermano por compartir estas vivencias y recuerdos..☺😉😉

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    1. Que bueno que te hayan gustado.Es para no olvidar quienes somos, de donde venimos y hacia adonde vamos.. Un abrazo.

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