Enfrentando un virus
El inicio de la cuarentena nos tomó casi por sorpresa.
Hasta ese momento habíamos visto como un virus poco conocido era tomado con miedo en China y todo Asia, y luego, con asombro, vimos derrumbarse a Italia, luego a España y luego todo Europa bajo el flagelo de este enemigo invisible.
El consenso general era que estos países habían subestimado al temible virus, y que sus acciones habían sido tardías, y que la única manera de detenerlo era con una cuarentena estricta y prolongada.
Era un domingo, estábamos en casa, y mi esposa, directora de un hospital pequeño y que había trabajado anteriormente como asesora del ministro de salud, se enteró por sus contactos que el presidente impondría la cuarentena por 15 días.
Ese día fuimos al mercado y al supermercado y nos abastecimos con lo habitual y un poco mas, pensando que esto no pasaría de 15 días o a lo mucho un mes.
Qué equivocados que estábamos!
Llevamos ya dos meses y medio y la pandemia en mi querido Perú está cada vez peor, con cifras que muestran un aumento progresivo y paulatino de los contagiados y la dolorosa cifra de muertos.
Ya desde el primer día de la cuarentena impuesta se veía que estábamos marcados para el desastre, pues mi hermoso y querido país, es de todo, menos disciplinado.
La “viveza” peruana es festejada desde la cuna. Si un niño es “travieso” entonces está sano (entiéndase por travieso a indisciplinado e irrespetuoso). Si eres “monse” entonces no encajas en la manada (monse es sinónimo de obedecer las reglas y leyes). Tienes que pasar una luz roja, colarte en la fila, engañar y estafar a cuanto incauto caiga. Esa es nuestra filosofía.
Además, Perú, país de todas las sangres, de todos los colores, de los blancos, criollos, cholos, indios, aborígenes, negros, chinos, rubios, cobrizos, crespos, lacios, pelirrojos, etc, no existe una “cultura peruana”, mucho menos una “raza peruana”. Nuestras etnias y culturas hacen de nuestro país rico en emociones y tradiciones.
Incluso en Lima, la gran metrópoli, la capital, basta con cambiar de barrio o de distrito para ver un contraste brutal no solo en costumbres, sino en el aspecto físico de las personas y su idiosincrasia.
Además, la gran variedad de climas, hace que nuestra agricultura sea privilegiada con un biodiversidad envidiable, por lo que nuestra gastronomía es excesivamente variada, tanto que ni siquiera podemos los peruanos ponernos de acuerdo sobre nuestro plato de bandera.
Costa, Sierra y Selva, Norte, Centro y Sur, Oriente y Occidente, por donde vayas encontrarás tanta diversidad de costumbres y tradiciones, comidas, bailes, fiestas, músicas y canciones, que solamente están unidos por una cosa en común: su bandera.
Sobre esa pluriculturalidad y multietnicidad se tomó una decisión aplicable a grupos homogéneos y disciplinados, y por ende, el camino al fracaso estaba escrito.
Además, hay algo que nos caracteriza ya no como nación, sino como sistema de gobierno: la mentira y el engaño.
Todos nuestros gobernantes de turno, sin excepción, adoran mentirse y mentirnos sobre sus “logros y avances”. Para muestra un botón. Trabajo en un hospital construido por una municipalidad distrital. El cretino de turno (léase presidente, un ególatra suicida), no tuvo ninguna vergüenza en inaugurarlo “dos veces más”. Así como lo leen, y yo estuve ahí. Develó sus placas, y para la estadística había inaugurado dos hospitales. Y eso que nosotros ya llevábamos funcionando regularmente varios años. Solamente cambio de pintura y nueva placa, y la foto de rigor. Aplausos protocolares.
Desde los tiempos en que trabajaba en un Centro de salud en la selva, hasta un pequeño Hospital de la sierra, nos obligaban a “mejorar” nuestros datos estadísticos, pues era necesario para “justificar” las grandes “inversiones” que se hacían en las zonas rurales. Era curioso contrastar sus “estadísticas”. Tenían más de 100% de cobertura en planificación familiar, una baja tasa de nacimientos, bajos niveles de muerte infantil, y “Oh maravilla”, casi 150% de cobertura de vacunación! Cuando pregunté a los expertos por esas coberturas brutales de vacunación y todos los programas infantiles que no cuadraban con la baja natalidad e incluso con los censos me respondían: “es que la gente migra”. Ah, ok, pero entonces, Por qué a nivel nacional tenemos los mismo?!. No me supieron responder. He de suponer que vacunábamos a niños de los países vecinos.
Y, obviamente, para las estadísticas, mi centro de salud tenía 10 camas de hospitalización (la realidad, solo teniamos una camilla), mi Hospital tenía 3 camas de Cuidados Intensivos (ni siquiera teníamos oxígeno, menos máquinas para soporte vital, solo un ambú para tratar de reanimar a algún desdichado).
Y así, casi con los pantalones abajo, creyendo nosotros que teníamos 250 unidades de cuidados intensivos en todo el país (cifra irrisoria para 30 millones de peruanos, aunque realmente no habían mas de 75 y todas ocupadas), que teníamos una gran oferta de camas hospitalarias ( la realidad es que nuestros hospitales inaugurados una y mil veces son lamentables ruinas colapsadas desde siempre, siendo nuestro buque insignia el Hospital Rebagliatti, construido en el año 1950, y hasta la fecha es lo más moderno que tenemos), que teníamos una gran fila de médicos capacitados dando cobertura a todo nivel (lamentablemente, salvo honorables excepciones, nuestros profesionales son en la actualidad formados bajo pésimas condiciones, habiendo “universidades” que ni siquiera tienen espacios hospitalarios para el entrenamiento profesional, y son tan mal pagados que sin excepción el personal de salud debe de trabajar no menos de 12 horas diarias en varias instituciones para sobrevivir) y que estábamos abastecidos con materiales, equipos e insumos suficientes para darle batalla a esta pandemia (la realidad, no teníamos nada, y en la gran mayoría de los casos, los equipos eran chatarra inservible), es así como se dictan “medidas de contingencia” para hacerle frente a esta Pandemia.
Nos creíamos victoriosos, pero no fue necesario mucho tiempo para que el virus nos escupa en la cara y nos muestre nuestra verdadera y lamentable realidad.
Vamos cayendo como moscas. Tuvimos que enfrentar los embates cubiertos por una vil mascarilla, nada más. Nos daba envidia ver como se preparaban los chinos, los italianos, los españoles y franceses para atender a un paciente. Y se quejaban de la incomodidad.
Nosotros al inicio tuvimos solo una mascarilla descartable, y voluntad.
Y caímos.
Hoy, 1 de junio, cada dia mueren dos médicos peruanos, ya no se cuantos enfermeros y técnicos de enfermería. Hoy los servicios cuentan en el mejor de los casos con la mitad del personal trabajando. El resto está enfermo, aislado, muchos aún luchan por sus propias vidas.
Y eso no es todo, nuestro ministro de salud se negó a trasladar a médicos en estado grave para ser atendidos en la capital. Dijo: todos somos iguales.
Quién le hace entender que somos sus soldados los que estamos cayendo? Quién atenderá a los pacientes? La moral está por los suelos, nadie quiere ya arriesgarse. Recién están entregando materiales de protección completos, pero la carga de pacientes ahora es brutal, los hospitales colapsados, se acaba el oxígeno, se han tenido que “fabricar” sobre la marcha hasta 1000 unidades de cuidados intensivos, pero no hay “soldados de bata blanca” para atender tamaña demanda.
Las farmacias no tienen medicamentos, y, para variar, algunas clínicas llegan a cobrar 30 mil dólares para “hospitalizar” un paciente contagiado.
Me contagié del virus atendiendo a un pequeño en emergencia. Trabajo en un hospital pediátrico, soy oftalmólogo. El pequeñín se había lastimado un ojo, y teníamos que curarlo. Su prueba al Covid dio “negativo” (luego nos enteramos que era un falso negativo). Nos contagiamos los dos médicos y una enfermera.
Primero cayó mi colega. Él es asmático, y nos dijo que tenida un pequeño “cuadro de su asma”. Dos días después empecé con los síntomas.
Empecé el viernes anterior al Día de la Madre en el Perú (segundo domingo de mayo).
Parecía un simple resfrío. Tenía mucho frío, y una carraspera muy fastidiosa. El sábado tenía que ir al trabajo, así que comuniqué que me sentía mal y que faltaría. En ese momento me dijeron que mi colega había dado positivo al virus.
Me aislé.
Felizmente tenemos una habitación con baño, mi esposa se mudó a la sala, mi hija y la muchacha que nos acompaña (que es casi como nuestra otra hija) ambas en su propia habitación. Al único que no pudimos prohibir la entrada al cuarto fue a Kay, nuestro cachorro, que ya no es tan cachorro, pero que desde el primer día hasta el momento que escribo estas líneas, no se ha separado de mi lado, solo para comer, beber y hacer sus necesidades.
Mi esposa también hizo cuarentena, felizmente no salió positiva en los exámenes, y los demás sin síntomas hasta el día de hoy. Gracias Dios mío.
El día 2 de mi enfermedad, sábado, me subió la temperatura, casi hasta los 38 grados, y empezó el malestar general, el dolor de garganta y los dolores musculares. Nada del otro mundo. Un resfrío es un resfrío, y he tenido la “suerte” de haber sentido en carne propia enfermedades como el Dengue (la fiebre quebrantahuesos), y he caminado tranquilamente con temperaturas de hasta 39 grados casi sin molestias. “A mi con estos resfriados!”
El Domingo amanecí algo mejor. Llamé a mi madre, para felicitarla por el Día de la Madre (no sospechó nada, y no tenía por qué avisarle), pero la temperatura no bajaba de 37, a pesar de estar medicado. Los dolores musculares y el malestar general persistían, pero no me tenían preocupado. Además, desde pequeño, más aún ahora que tengo 50 años, he sido muy tolerante al dolor. Me he llegado a sacar una uña sin anestesia, he caminado con un esguince de tobillo (parecía una pelota morada), y he llegado a tolerar una endodoncia sin anestesia (mi pobre hermana es mi dentista, su cara de sufrimiento era tal, que ya al final, a tanta insistencia suya, dejé que me ponga un poco, aunque debo confesar que le tengo pavor a las agujas, vaya médico!). Así que no hay dolor que me asuste. Al menos eso creía yo. Que equivocado que estaba.
El día 4 de la enfermedad amanecí de buen humor. Al parecer la medicación estaba haciendo efecto, aunque la temperatura siempre estaba en 37 y algo, pero me dejó de molestar la garganta, y yo creí que ya lo peor había pasado. Cuán engañado estaba!
El día 5 fui al hospital para hacerme la prueba. Pero ya desde temprano no me sentía muy bien. Los dolores musculares y de las articulaciones empeoraron, el malestar general se hizo mas intenso y empezó el malestar en la barriga. Supuse que era por exceso de panadol, así que rotamos a aspirina. Ese día estuve casi toda la mañana en el hospital para que me tomen los datos, me tomen la prueba, me indiquen descanso médico, y además, gracias a gestiones de mi esposa, me tomaron una tomografía de los pulmones, con el resultado “no tiene neumonía, pero hay algo raro ahí”
Al retorno a casa había sudado tanto que tuve que bañarme, y ya la temperatura oscilaba por los 38 grados. Empezó la diarrea y el dolor abdominal. Para esto, había estado tomando adicionalmente remedios caseros en base a cebollas, kion, ajos. Tuvimos que suspender todo esto.
La sensación de sequedad empezó a ser terrible. Y el malestar general fue en aumento. Además, perdí el apetito. Solo comía unas cuantas cucharadas, casi por obligación. Y también empeoró la diarrea, no en grandes cantidades, pero si con gran frecuencia.
Los días siguientes fue de una “estabilidad” extraña, con el malestar, los dolores musculares, la sensación de sequedad en aumento, hasta que fue un jueves que me comunicaron que mi resultado era positivo. No se si por eso o por alguna otra causa es que la sensación de sequedad empeoró. Mi boca estaba como si me hubiese quemado, me dolía hasta el hecho de tomar agua. Ni que hablar de la nariz, estaba tan seca que en lugar de mocos tenía costras.
Nos dimos cuenta que había perdido el olfato cuando me puse desodorante (spray). Solamente sentía el “olor a alcohol” (y dice no tener alcohol, ja!), hasta que mi esposa llegó casi gritando por lo que estaba haciendo. Bueno, empecé a toser, creo que por la cantidad de perfume en el aire, y más tarde, noté que la comida no tenía sabor. Ya, además de no tener apetito, que no sientas olor ni el sabor de la comida es una tortura. Tenía la sensación de estar comiendo corcho, lo que me trajo a la memoria la época en la que estuve en la montaña cuando hubo el conflicto entre Perú y Ecuador. Nos abandonaron. Estuvimos sin comida por semanas, y literalmente tuvimos que comer una planta que tenía la consistencia del corcho, sin sabor y sin olor. Esa es otra historia que merece ser relatada, pero no es el momento.
Nuevamente empezó mi lenta mejoría, se detuvo la diarrea, la sensación de sequedad disminuyó, pero se mantenía la temperatura alrededor de los 38 grados y los dolores musculares y el malestar general.
Fue lunes, el día 11 de la enfermedad, cuando todo se derrumbó. De improviso subió la temperatura (estando medicado) a 39.5 grados, y me apareció un dolor punzante en el lado derecho del pecho.
Logramos controlar la temperatura, pero el dolor en el pecho no disminuía, ya no podía recostarme, permanecía sentado, pues así el dolor cedía parcialmente. Tuve la “genial” idea de auscultarme (soy médico, no lo olviden, y tengo una basta experiencia en medicina general) y escuché una “sinfonía” en el lugar de ese dolor.
Tenía neumonía.
Me di cuenta que estaba respirando muy rápido, pues así el dolor era menos intenso. En ese momento decidimos hospitalizarme, y mi esposa llamó a los hospitales. No olviden que ella es Directora de un hospital y que con su trabajo previo como asesora ministerial tiene muy buenos contactos. Y, adivinen qué? No conseguimos cama.
Para esto el dolor era como si una cosa afilada te cortara desde adentro con cada inhalación. Y la tos era exigente, pero no había secreciones.
El rostro de angustia de mi esposa, y su fortaleza para decirme que todo va a estar bien, Dios en el cielo, y todos los colegas médicos que llamaron para darnos el tratamiento a partir de la sintomatología, todos hicieron que pueda sobrellevarlo.
“Un día a la vez” era lo que me repetía mi esposa.
Me pasé dos días obligándome a respirar. Solo pensaba en eso. “Respira Max!” No puedes flaquear en este momento. Cada bocanada de aire me producía un dolor que nunca antes había sentido, pero recordaba lo que decía un paciente “Duele doctor, eso significa que todavía está vivo”
Tenía que pelear cada segundo, cada minuto, cada hora.
Al día siguiente, los amigos de mi esposa, ya me habían habilitado una cama. Eso nos dio una sensación de seguridad, que decidimos seguir adelante con el tratamiento en casa. Además la fiebre ya había disminuido, y estaba respirando bien, a pesar de ese dolor y esa sensación de tener una “esponja” en el pecho que “cruje” a cada momento.
Recé mucho. Hacía mucho tiempo que no le pedía a Dios por mi vida. Siempre rezo, pero encargo a mis hijos y a mis seres queridos, y siempre le he pedido a Dios que los exima a ellos de enfermedades y sufrimiento, que, si es necesario, me envíe a mi todos los castigos, pues yo soy fuerte, y soy capaz de sobrellevar cualquier carga. Pero en esta ocasión, le pedí a Dios me de la fuerza y la fortaleza para sacarme adelante, pues la verdad, tenía mucha pena por mis pequeños. Qué sería de ellos? Quién les podría hacer entender lo que está pasando? (tengo dos hijos más de un anterior compromiso, ellos viven con su mamá, pero mantenemos un contacto permanente, aunque hasta ese momento no les había contado nada)
Solamente imaginar la cara de angustia de mis pequeños cuando me llevasen a un hospital hacía pedazos mi corazón, y me daba el valor suficiente para seguir obligándome a respirar, sentado, contando los minutos, contando las horas, y esperando a que los medicamentos y la mano divina le den las fuerzas necesarias a mi golpeado cuerpo para salir adelante.
Y lo logramos. Al tercer día ya pude dormir. Fue un placer inenarrable, inexplicable. El poder dormir es uno de los más grandes placeres de la vida. Pero quizá el más grande placer, es el poder respirar sin necesidad de obligarte a ello.
Ya estaba en el día 14 de la enfermedad, y se supone que ya debería estar de alta, pero no es así. Tuvo que pasar una semana más para poder caminar sin marearme, para que por fin la temperatura baje a valores normales y para poder dejar paulatinamente los medicamentos.
Pero eso no es todo, el día 19 me pareció un dolor inexplicable debajo del cuello. Permanente, que no empeoraba al respirar ni al comer. Sin fiebre, aunque la tos persistía. Era una neuralgia. Secuelas que iré presentando paulatinamente, como la sudoración profusa, que hasta ahora me acompaña, y el sentido del olfato alterado (aunque ya el placer del paladar ha vuelto, bendito sea Dios).
Para el día 21 ya estaba sonriendo nuevamente. Al fin pude comunicar a mis hijos que viven aparte luego a mi madre que había vencido al virus. Ese día me hicieron la prueba de control, aunque para hoy, cuatro días después, aún no está el resultado. No puedo volver al trabajo si no tengo un resultado negativo, pues de ser positivo, significa que aún tengo el virus y que puedo contagiar.
Soy un sobreviviente.
Sobreviví al terremoto en Huaraz a la edad de 9 meses, en la espalda de mi abuela.
A los tres años de edad caí a un pequeño río y pasé debajo de un molino de agua. Me revivieron en el hospital donde se alternaban para cuidarme mi padre y mi abuelo. Aún conservo las cicatrices de eso.
Como lo mencioné líneas arriba, participé en el conflicto Perú Ecuador de 1995, en calidad de médico militar. Nos abandonaron en la selva, nos bombardearon, comimos todo lo que encontramos, sobrevivimos en base a voluntad. Para variar, cuando al fin salíamos, fui mordido por un murciélago y tuve que recibir la vacuna antirrabica.
Y ahora he podido "saborear" en carne propia lo que significa este bicho miserable llamado Sars Cov II, que produce la enfermedad Covid19.
Y puedo decir por experiencia propia que la ansiedad es lo que te ahoga en esta enfermedad, y la soledad. No estuve solo, mi esposa siempre estuvo mientras daba la pelea, y mi mascota aún sigue a mi lado. Y los amigos me dieron su apoyo incondicional, y la familia entera, sin excepciones.
Y nuestra Fe nos hizo muy fuertes, tanto que pudimos vencer a esta enfermedad en casa. Pero no es fácil, no es nada fácil.
Yo le repetía a mi esposa: Tengo dos buenos abogados allá arriba. Ellos siempre me cuidaron, ellos me siguen cuidando y Dios debe estar al borde de la locura con sus pedidos y reclamos.
Y Dios me ha ayudado, no importa el dolor, no importa lo pasado, estoy vivo, y agradezco cada día la dicha de despertar después de haber plácidamente dormido.
Volveré al frente de batalla, pues esta guerra recién empieza. Tengo miedo, claro que si. Siempre lo tuve. Pero con la ayuda de Dios y de cada uno de nosotros saldremos adelante, y podremos vivir nuevamente en llibertad.
Un día a la vez, no lo olviden.
Dios los bendiga.
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