sábado, 7 de noviembre de 2015

Fin de semana

Algunas veces me pregunto: Cómo son ahora los fines de semana en cada una de vuestras casas? Salir a una discoteca? Una cena romántica? Al cine quizás? Una escapada a algún lugar nuevo? Un viaje corto? Acampar? Pasar la tarde comiendo comida chatarra frente al televisor? Chelas y fútbol?

Al mirar atrás, a mis años de niñez en la casa de mis padres, recuerdo como eran nuestros fines de semana. Y si, es cierto, eran rutinarios, pero ahora, mirando de reojo, puedo notar que tenían muchas cosas de las cuales se nutrió mi niñez y mi vida.

El viernes era la primera parte. Como no era necesario levantarse temprano al día siguiente, existía la posibilidad de mantenerse despierto hasta tarde. No era gran cosa, pero a veces esto significaba quedarse de largo jugando en el patio, con los amigos del frente, hasta bien entrada la noche. O solamente viendo algo en la televisión, que aunque solamente mostraba dos canales, a veces tres, podía entretenernos por un buen rato. Eso sí, quedábamos dormidos apiñados unos contra otros, y mamá tenía que cargarnos hasta nuestras camas.

El sábado nos levantaban temprano, pues había que ir al mercado. Ir al mercado en Huaraz era todo un acontecimiento y, si había llovido, una odisea. El mercado se encontraba cerca a las orillas del río, ocupando calles enteras de Huarupampa. El asunto es que la lluvia, la tierra y las personas caminando sobre la misma, creaban un lodo negro espantoso, que se metía por todos lados. Caminar entre la gente, los vendedores y el lodo, una de las cosas mas horrorosas que jamás haya visto. Normalmente los mayores acompañábamos a Mamá al mercado. Se hacía las compras en etapas: verduras, carnes, frutas, pescados, etc, etc. Las compras las hacía al por mayor, ya que nosotros eramos un pequeño ejército que consumía todo en grandes cantidades. Los paquetes los íbamos dejando en ciertos lugares, para luego recogerlos de a pocos.

Nunca faltó la comida en casa. Los cajones de manzanas, naranjas, papayas, y frutas de estación; la carne en el refrigerador, el arroz y azúcar por sacos, el pescado de los domingos. los huevos, las galletas en cajas. Todo al por mayor. También había épocas de crianza de animales: gallinas, a veces patos, o pekines, también cuyes, cerdos, o la temporada en que a mi Papá se le dio por criar conejos. Como olvidar al enorme Tatú, un conejo gris de la raza chinchilla, y la coneja negra Chelita, que dieron inicio a una saga de jaulas, conejeras y una larga lista de conejos, conejitos, conejina y alfalfa. Y los sábados se compraba toda la comida destinada para la semana, incluyendo a los animales.

Entonces, para cargar todo, se necesitaban muchas manos. Aunque era imposible traer todo en las manos, así que por algún tiempo, lo hicimos en las carretillas con los "carretilleros". Recuerdo del "viejito": un señor de edad, de quien no recuerdo el nombre, menos su apellido, pero que era uno de los pocos en aceptar cargar semejante bulto hasta nuestra casa. Y es que el motivo de la negativa de la mayoría de carretilleros era que, para llegar a nuestra casa, se tenía que literalmente trepar una pendiente frente al Pedagógico, que estaba sin asfaltar, lleno de piedras, baches, y si había llovido, pues barro. Sabíamos que el señor "viejito" era de alguna secta religiosa, ya que era amable mayormente; aunque, cuando se quedaba solo con nosotros jalando de la carretilla, y nosotros tratando de empujar, mientras sudaba la gota gorda, renegaba y una que otra vez le escuche decir que nunca mas aceptaría semejante chamba. En la pequeña carretilla se encontraban las canastas, bolsas, sacos, cajas, y siempre era coronada por un buen atado de alfalfa. Mi mamá tomaba el camino corto, llegaba primera, y esperaba nuestra llegada con un  plato de avena y panes. Siempre invitaba algo al señor carretillero, quien olvidaba todo el cansancio y ya no renegaba, más aún cuando le entregaba algunas frutas de regalo. Esto obviamente aparte de la paga.

Luego venía la parte de preparar el cebiche y el almuerzo, con el infaltable chocho. El riquísimo cebiche de chocho, acompañado de canchita, hacía las delicias de nuestros paladares. El chilcano de las cabezas, los cangrejos, y los choros. Y el sudado de pescado que tanto agradaba a toda mi familia. Bueno, yo siempre lo he preferido frito, o mejor en cebiche. Y para matar la sed una rica limonada o nuestra incomparable chicha morada hecha en casa. Para no olvidar.

 Y era el tiempo de hacer limpieza a la casa, y de algunos arreglos. También limpiar las jaulas de los conejos. Baldear la sala y aplicar cera al piso. Mi hermana mayor siempre se encargaba de esto, era una adicta a la limpieza, y nosotros, de una u otra manera "ayudábamos". La parte mas bacán era la de sacar brillo al piso recién encerado. Alguna vez usamos los cojines de los muebles para este menester, sentados a modo de trineos, ya sea jalando o empujando.

Y para variar, con música de fondo. Menudo? Creo que si. "Súbete a mi moto, .. Súbete a mi moto, nunca has conocido, un amor tan veloooz.... Súbete a mi moto, ella guardará, el secreto de los dooos..." "Xanadú.... Aquíii, el agua es como el cristal, y el viento canta diciendoooo, diciendo que... hay amor... viendo en Xanadú... viendo en... Xanaduuuu". Mejor pregúntenle a mi hermana, ella saber mejor que yo.

Los sábados también tocaba lavandería. Y ropa... ropa había a montones. Se tenía que clasificar en blanca, de color, y lana. Frazadas aparte. Mi mamá se ponía manos a la obra de una labor titánica de jabonar y escobillar la ropa que dejábamos mugrienta; mis hermanas ayudaban con el enjuague, y nosotros con tender la ropa. Por algún tiempo tuvimos tendederos en el pampón fuera de la casa, pero después acondicionaron unos cordeles en el patio interior de la casa, donde se iban acomodando las ropas, conforme iban saliendo. Debo puntualizar que los varones en la casa éramos un enorme cero a la izquierda en los menesteres de lavado y planchado, y que alguna vez, cuando mamá y papá discutieron, vi a mi padre remojando una camisa en un lavatorio donde vertió una bolsa completa de detergente, y también se puso a jabonar una media con una barra entera de jabón. Por si no lo saben la barra se parte en dos, y el detergente se usa en pequeñas porciones. Ya aprendí, pero mi viejo, a ver.. déjenme pensar un rato... No, no creo.

A veces íbamos a lavar las frazadas y la ropa pesada a la orilla del río Auqui, que se encuentra cerca a la casa donde vivían mi tía y mis primos. Y lavar en el río es otra historia. Primero, hay que hacer una especie de represa, donde mamá lavará y enjuagará la ropa. Mientras tanto jugamos a la guerrita, a los pescadores, a los exploradores, o a lo que se nos ocurra. Luego nos pedía ayuda para tender la ropa en los alisos que crecían por allí, o sobre las peñas. Del resto se encargaba el sol. Y los días soleados, en mi Huaraz querido, nunca faltaban. Tanto así que era suficiente una mañana para que la ropa esté casi seca, o completamente seca. Luego a retornar a casa con la ropa limpia y seca. Y todos íbamos agotados.

Las tardes de los sábados había el catecismo en la iglesia del lado. Intenté ir varias veces, aunque no fui nunca constante. Alguna vez lamenté el no haber ido, pues a todos los muchachos que asistieron regularmente, al finalizar el año, les hicieron algunos regalos. Para esto, entregaban un ticket de asistencia por día asistido. Para variar, mi hermana mayor, ejemplo de constancia y perseverancia, asistía con regularidad, y creo, aunque no estoy seguro, que llegó a ser catequista. Otra cosa más que habrá que preguntarle. También mis hermanos, no todos, asistieron con regularidad a estas sesiones. La verdad, yo tuve mi historia con la iglesia, curas y monjas, pero de esto hablaremos en otra ocasión. Lo que quiero recordar en esta ocasión es que las tardes de los sábados había catecismo, y muchos asistieron. No puedo decir lo mismo de mi.

Pero hay algo donde si participé activamente: hacer la masa del pan. Los sábados en la noche teníamos que amasar el pan. Por un buen tiempo, era mi abuelo quien se encargaba de este trabajo. Mezclar la harina, la sal, azúcar, manteca y levadura. Amasar la masa hasta que tome la consistencia y textura adecuadas para poder preparar los panes en la mañana de los domingos. Y era una tarea dura, hecha para manos masculinas. Estuvo mi abuelo, también mi padre, lo hice yo y mis hermanos, todos en su momento. Claro está, también mi madre y mis hermanas participaban, pero el trabajo de amasar era para manos de un hombre. Y si, yo lo hice, cuando me tocó el turno de hacerlo, pues mi abuelo murió estando yo casi un niño, y papá enfermó. Luego me suplieron mis hermanos, cuando me tocó partir del hogar materno. Cómo olvidar esa sensación al golpear la masa con tus puños, al levantarla, para dejarla caer; y la enorme satisfacción de ver un trabajo realizado, a pesar del cansancio y el sudor a mares. Era ganarse el pan con el sudor de tu frente, literalmente.

La masa "dormía" en un lugar caliente. Y el domingo, temprano por la mañana nos dirigíamos al horno, a preparar los panes. Prender la leña, esparcir los carbones. Los panes no se pueden poner en un horno muy caliente, pues se queman. Tampoco en uno muy frío, ya que salen duros. Al llegar al horno había que "tablear". La masa nuevamente era amasada, aunque para esto comúnmente nos ayudaban manos mas expertas, de los ayudantes que trabajaban en la panadería. El "Fermín" y el "Bauti" ayudaron por algún tiempo. Los recuerdan? Luego se preparaban los "bollos" Mama Filly era una experta haciendo esto, y los demás mirábamos. Aprendimos, claro, pero nunca como ella. A nosotros nos tocaba engrasar las latas, y ahí ponían los panes, para que sean llevados al horno. Previamente, tenían que haber "dormido" un rato, para que "levanten". Y luego: al horno. 

Poner los panes al horno en las latas con esas palas de madera larguísimas, requiere una destreza muy particular. Nunca pude hacerlo. Y creo que tampoco lo intenté. No importa. Ya un rato después salían los panes recién cocidos, calientitos,  las rosquitas, los molletes, los bizcochos. Y de vez en cuando:.... el lechoncito al horno, con su ajicito delicioso, donde untábamos los panes y nos dábamos un banquete de padre y señor mío. Hmm, aquel que no ha probado esto, no sabe lo que realmente es delicioso.

Poníamos nuestro botín, los panes en una canasta enorme, y como llevando un trofeo de guerra, nos dirigíamos a la casa. El aromático y penetrante olor que despedían hacía que muchos transeúntes preguntasen: "Vendes pan?" Y ante nuestra negativa, se iban tristes y frustrados. Aunque, no se, quizá vender panes hubiese sido una buena idea. Tendré que preguntar de esto a alguien.

Las tardes de los domingos mi mamá se dedicaba a planchar la ropa, mientras nosotros revisábamos las tareas escolares. Por la noche a la misa, y a dormir temprano, que el lunes debíamos ir a clases.

A veces las rutinas de los fines de semana eran rotos por mi padre, que en un arrebato nos llevaba a bañarnos a Chancos y almorzar a Caraz, comer helados en Carhuaz. Un paseo  que alteraba nuestras "rutinas" de fin de semana. Pero, saben que? Extraño esas rutinas. Extraño mis panes hechos en casa, mi plato de avena, mi cebiche de chocho, mi pancito untado con el ajicito del lechón recién salido del horno.

Mi infancia no fue perfecta, pero fue hermosa. Tuve la suerte de nacer en un lugar precioso, donde las cosas simples de la vida hicieron una hermosa y bella melodía.

viernes, 6 de noviembre de 2015

La casa blanca.

No es sobre la casa del presidente de Estados Unidos, ni sobre algo parecido. En esta ocasión trataré sobre algo quizá más banal y mundano: una casa que para nosotros se nos antojaba embrujada.
Mi Huaraz querido es una ciudad que se encuentra enclavada en el corazón del Callejón de Huaylas,  rodeada por las cordilleras blanca y negra, teniendo como colosal guardián al majestuoso Huascarán, quien, junto al Huandoy guardan celosos la paz de nuestro querido pueblo.

El cielo Serrano, de un azul precioso, contrasta marcadamente con la línea de las montañas y cordilleras. Los sembrados y bosques son comúnmente claramente notorios desde cualquier punto de la ciudad. Incluso los pequeños caseríos y chacras son fácilmente detectables.
La casa de mis padres,  donde se desarrolló mi infancia completa, está ubicada a faldas de un pequeño cerro,  al cual nosotros llamábamos Shacpay. Sobre este cerro pequeño, se erguía uno mas grande, al cual conocíamos como Villa Andina. A través de estos dos cerros corría un sendero de herradura, por el cual, atravesando sembrios,  riachuelos y un cementerio se podía llegar hasta Marian,  caserío alejado donde se desarrollaban algunas fiestas que presentaban bandas de músicas, cuetes y corridas de toros.

También a Villa Andina gustábamos de subir para recoger moras,  que abundaban en los muros de las chacras. Y por supuesto para volar cometas, aunque para este menester suficiente era Shacpay.  En épocas de fiestas navideñas también podíamos recolectar "champita" y algunos pequeños cactus y pencas para armar el nacimiento. Tiempos aquellos.

A mitad del cerro,  dominando toda la ladera, se encontraba una enorme casa, que, cubierta únicamente con yeso, se notaba como una enorme mancha blanca en el verde amarillo del paisaje serrano nuestro.

En nuestro imaginario de niños corrían historias de tragedias, matanzas, acuchillamientos, niños y ancianos abandonados, espectros vivientes, almas en pena, y todo lo que uno pudiese imaginarse. Si, con respecto a cuentos de terror, fantasmas y cosas por el estilo, nuestras mentes volaban, gracias sobre todo a nuestro abuelo. El gustaba de asustarnos con cuentos de terror, sobre todo en las noches sin luna, o mejor si estaba lloviendo.

Historias de diablos errantes, muertos vivientes, seres embrujados, casas con maldiciones,  ángeles caídos, espadas de fuego, bastones mágicos, duendes y ollas de oro, y un interminable etcétera, eran la artillería pesada del abuelo, que se jactaba de haber enfrentado a esos seres en algún lugar o algún tiempo. Si, así era Papa Shatu,  con su infaltable poncho y su sombrero, y su hondilla en el bolsillo. Gustaba de tenernos a todos apiñados a su alrededor, escuchando embobados sus historias y cuentos. Demás está decir que no nos despegábamos del abuelo ni para ir al baño, y nos quedábamos dormidos a su lado. El nos cargaba de a uno y nos llevaba a dormir. Pero esa es otra historia.

Sobre la "casa blanca" en nuestro entorno de pequeños niños se habían tejido un sinfín de historias, como ya lo había mencionado líneas arriba. Alguien decía que había escuchado contar de fuentes fidedignas que por las noches se veían luces al interior de las habitaciones abandonadas, y que los gritos y quejidos eran el común de todos los días. Alguno mas refería haber escuchado una canción lastimera al pasar cerca a ella, y que al efecto de la música había quedado petrificado y sin habla por unos minutos eternos. Otro más que no eran gritos, sino más bien gruñidos los que se oían, junto al ruido del arrastrar de cadenas. Alguno contó que en cierta ocasión unos muchachos se atrevieron a treparse a los muros para observar lo que adentro sucedía, y que luego de observar algún monstruo come gente, quedó enceguecido por algún tiempo.

Era tanto el temor que nos infundía,  que al pasar cerca a ella, tratábamos casi de correr, y a veces nos tapábamos los oídos y conteníamos la respiración, no vaya a ser que caigamos en algún hechizo infernal y terminemos como presas de monstruos, fantasmas y espectros.

Pasó el tiempo, ya estaba en primer o segundo año de secundaria. Ya no era un niño. O por lo menos eso creía. Era el mayor de la mancha, donde estaban mis hermanos y los "chinos". El "chino" creció con nosotros,  tenían con su mamá, su abuela y sus hermanos una pequeña casa frente a la nuestra, y en medio había un pampon enorme donde jugábamos de todo, desde fulbito, matagente, kiwi, la bata, la guerrita, etc, etc.

Ya no éramos tan pequeños, y en un fin de semana cualquiera, en una de nuestras tantas andanzas al cerro, decidimos mostrar que no teníamos miedo, y que valientemente iríamos hasta la puerta de la temida casa, y jugaríamos en ella, sin importar fantasmas, canciones o monstruos.
Subimos valientes por el camino de trocha, comiendo moras y una que otra caña. Para darnos valor íbamos riendo de los cuentos esos, "para asustar niños". Incluso alguien hacia algunos sonidos y gestos para "asustar" y todos reíamos.

Subiendo al cerro, salimos de la trocha y con la frente en alto y el valor en el alma nos dirigimos hacia la puerta de la embrujada casa. Faltando menos de 50 metros para llegar, por alguna razón,  o por miedo colectivo, nos desviamos hacia la trocha, haciendo una especia de hipérbola y terminamos jugando al lado del riachuelo, juntando moras, y columpiándonos en un árbol caído. Nadie decía nada de la casa, hablábamos alto, como diciendo "allá vamos" "ya estamos aquí, no te muevas".

Hasta que sucedió. No se si fue el viento, o el rozar de los troncos de los árboles unos contra otros, o algún pájaro inoportuno o algún gracioso que se quiso pasar de listo. El asunto es que oímos un ruido extraño, que nos escarapeló el cuerpo y nos puso los pelos de punta. O por lo menos eso me pasó a mi, pero igual, como impulsados por un resorte inmenso salimos disparados cuesta abajo, como alma que persigue el diablo, cruzamos chacras, muros, riachuelos y cercos de espina en cuestión de segundos. No nos detuvimos hasta estar frente a la casa, en la seguridad de nuestro pampon del frente.

Nunca mas tocamos el tema. Incluso ya siendo adulto, nunca más regresé a la dichosa casa, aquella  que nos trajo en la niñez las más escalofriantes historias de suspenso y de terror.

Mi infancia fue hermosa, crecí viendo el amanecer por mi ventana, acompañado por la melodía de un madrugador jilguero y el olor del suculento desayuno en la cocina. Y jugaba en las praderas y los riachuelos, corriendo libremente desafiando a los vientos, disfrutando del hermoso paisaje serrano de mi Huaraz eterno.