domingo, 2 de febrero de 2014

Momento de felicidad....

Son casi las dos de la mañana, y no me siento cansado. He atendido un parto en la función de pediatra, y he realizado la atención del recién nacido con toda normalidad, sin nada fuera de lo común. Solo que esta vez es especial. Revisé todo con extrema meticulosidad. Un llanto corto, y luego una mirada como de pregunta: "Quien eres?" Mirada inteligente desde bebé.

No estoy nada cansado, te miro y no puedo terminar de admirarte. Eres lo mejor que me a pasado. Al fin soy padre, y no puedo creerlo. Tu mamá duerme agotada, y yo te tengo al fin en mis brazos.
Soy feliz, y esta felicidad no se puede describir, mas aún si recordamos cuanto nos demoramos y todo lo que tuvimos que luchar para llegar a este momento.

No fue nada fácil.

Descubrimos que estabas con nosotros casi por accidente. Tu mamá había usado medios anticonceptivos que le alteraron su ciclo menstrual. Luego de eso pasó a tener una especie de regla permanente, así que no podíamos saber cuando empezaba o terminaba su ciclo. Menos aún podíamos saber si estaba o no embarazada. Hasta que sucedió. Al fin esperábamos un bebé. Pero estaba sangrando, y eso era una amenaza de aborto. Un doctor amigo le hizo una ecografía y dio su veredicto "saco anembrionado, hay que hacer un legrado" Osea era un embarazo sin bebé, y que teníamos que practicar un aborto. No estuve de acuerdo. Yo mismo te busqué y te encontré en la ecografia, y con tu mamá decidimos continuar con el embarazo hasta donde podamos llegar.

Le indiqué "reposo absoluto", osea tenía que estar en cama en forma permanente, le colocamos sueros, oxígeno y medicamentos para relajar al útero y disminuirle el dolor. Y me convertí en su enfermero, cocinero, amo de casa, etc. Además tenía que ir al trabajo, y luego iba a la casa a atender a tu mamá.
Tuvimos que viajar. Fuimos a Lima, y nuevamente sangró. En el viaje de retorno, otra vez sangrado. Todo el tiempo era una amenaza de aborto, luego de parto prematuro. Pero a punta de sueros, reposo, relajantes, logramos llegar al final al termino del embarazo.

Cuando estábamos por la semana treinta pude al fin entablar el primer contacto contigo. Obviamente ya sabía que eras una nena, y que todo estaba bien, por lo menos así lo mostraba la ecografia. Estaba charlando contigo en la versión "panza de mamá" y te di algunos golpecitos. Y tu me respondiste con unas pataditas. Luego te di otros, y nuevamente me respondiste, y luego una vez mas. Me emocioné hasta casi las lagrimas. Ya estabas respondiendo a mi presencia. Te amaba demasiado, y no permitiría que nada saliese mal.

Yo mismo me encargaba de los controles ecográficos de tu mamá. Para entonces había aprendido ecografia hasta casi la perfección, y también todo lo que se refiere a atención de partos, cesáreas y cosas por el estilo. Pero tenía una nueva prioridad: Tú. Así que pasé de ginecólogo-ecografista-empeñoso a Pediatra-neonatologo-cacólogo-empeñoso.

Hice cursos de reanimación neonatal, aprendí inclusive a intubar un recién nacido (cosa súper difícil por cierto, que solo los neonatólogos experimentados pueden realizar), aprendí a reanimar bebés y niños, a tratar todo tipo de enfermedades del recién nacido y de los niños pequeños. Por cierto, detesto a los niños, son desde mi punto de vista las cosas mas insoportables de este mundo, salvo mis hijos, valga la aclaración.

La placenta era inmensa ecograficamente. Le comenté a mi amigo Galo, que también operaba, no era el mismo de la ecografia y del aborto, obviamente. Me dijo que compartía mi punto de vista sobre que el parto vaginal era la mejor elección, así que nos preparamos.

Y llegó el gran día. El trabajo de parto empezó por la mañana, con dolores esporádicos, y cerca a la media noche se acentuó. Cuando ya todo estaba listo, ayudé a tu mamá con el último pujo y al final saliste y lloraste. Te atendí. Te sequé. Te examiné. "Doctor a la señora se le ha bajado la presión" "Ábrele la vía a chorro" fue mi respuesta, casi automática. Osea aumentarle el volumen del suero para que su presión se estabilice. Al rato Galo me dice "Oe, la placenta es enorme, es casi cuatro veces el tamaño normal" Hmm, creo que se lo había dicho.

Todo estaba bien. Mamá dormía agotada. Y yo al fin te tenía en mis brazos. No dejaría que nada te haga daño. Estaba preparado.

Dos noches sin dormir. Llorabas, de hambre. Mamá no tenía ni una sola gota de leche. Pero la lactancia materna exclusiva era lo mas recomendado. Nosotros como Hospital modelo Materno perinatal no solo recomendábamos la lactancia materna, sino que también prohibíamos el uso de biberones. Y yo como el "pediatra-empeñoso" no me cansaba de recordar a los cuatro vientos que los biberones eran lo peor de lo peor para todo niño. Que en todo caso usen un vaso o una cuchara. Que la naturaleza era sabia y que no habría mamá en el mundo que no tenga leche necesaria para su bebé.

 En tu segunda noche en casa ya no solo llorabas tú, sino también tu mamá. Era terrible. Era medianoche. Salí a buscar a mi amiga de la farmacia, y la desperté. "Un biberón por favor, y una lata de leche para bebés". Compré mi lata de leche Nan, mi biberón Ninet y mis chupones de silicona. Te preparé un biberón de leche, y te lo tomaste casi sin respirar. Luego te quedaste dormida. Te tuve cargada hasta que liberes tu "chanchito". Era imprescindible.

Te arropamos, y te pusimos en medio de los dos. Y nos quedamos dormidos. Pero al despertar, una tragedia. Volabas en fiebre, con el termómetro casi hasta 39 grados. Te quité casi toda la ropa. Pedí un balón de oxigeno, un equipo para colocarte suero en el ombligo y medicamentos para tratar una sepsis neonatal. Le comenté a Galo, mi amigo, quien me dio una sabia recomendación "tranquilo, espera y observa". Te pasó la fiebre, tomaste tu biberón normal, lloraste, hiciste todo lo que los bebés recién nacidos hacen (a veces en forma increíblemente abundante) y se acabó la "sepsis neonatal". La conclusión: te habíamos abrigado en exceso. Vaya padres primerizos.

Fui a trabajar tranquilo, luego regresé a casa casi corriendo. Desde la puerta escucho tu llanto. Llego al dormitorio y tu mamá estaba tratando de cambiarte el pañal, pero no podía con las nauseas. Y tú llorabas desconsolada. La hice a un lado, te tranquilicé, empecé a limpiarte, y me diste las primeras quejas: "agú, agú, agú" Yo entendí a la perfección. Terminé de cambiarte. Te cargué. Tomaste tu leche y te dormiste. Obviamente empecé nuevamente con la rutina del "chanchito".

Poco a poco tu mamá fue teniendo leche, cada vez mas abundante, y el biberón pasó a segundo plano. También tu mamá se convirtió en una experta en cambiarte, lavarte y todas esas cosas que hacen las mamas. Te bañamos en una tina. Te pusieron los aretes. Y seguías durmiendo en mis brazos.

Y era el hombre más feliz del planeta. Lo tenía todo. Una familia, mi hija, la mas preciosa bebé sobre este planeta, un trabajo prometedor, había aprendido mucho gracias a tu llegada, y todos me apreciaban, y te querían.

No podía pedir más.

1 comentario:

  1. Ohhh!!!....Todo lo que hacen los padres por los hijos....creo asi hay una historia en cada uno de nosotros. ...Muy linda... =)

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