domingo, 19 de junio de 2016

Hagamos una repisa...

Estaba yo en secundaria, no recuerdo exactamente en que año, ¿tercero? ¿cuarto? En fin, eso poco importa. El asunto es que, como parte del esquema pedagógico de aquellos años, teníamos un curso llamado formación laboral. Y mi colegio, la Gran Unidad Escolar, Mariscal Toribio de Luzuriaga, tenía los mejores talleres de la ciudad, y quizá de todo el departamento.

Estábamos muy orgullosos de ésto.

Nos daban a escoger la especialidad. No recuerdo muy bien cuál era la metodología, pero por alguna razón yo terminé en el área de carpintería. Y el profesor de carpintería había estudiado con mi Papá en la Cantuta, en el mismo año. Mi Padre era profesor de automotores, aunque para esa época ya se dedicaba de lleno a la labor administrativa. Mi padre fue jefe de toda el área de esos talleres, luego director del colegio, también director del Colegio La Libertad, nuestro eterno rival, luego pasó a trabajar en la Dirección regional de Educación, que posteriormente se convirtió en Dirección Departamental de Educación. Siempre con un cargo directivo, aunque director ha sido solamente encargado por períodos cortos, pero en fin, ésta es otra historia.

Cuando empezamos las clases de carpintería, las primeras lecciones fueron enfocadas en evitar las lesiones características de los carpinteros: cortarse los dedos!

Quien no se ha cortado nunca con una sierra, con un formón, con el cepillo o con una simple chaveta, no ha sido carpintero. Los mas level, tienen como trofeo de guerra un muñón en los dedos de una mano, osea, le faltan dos o tres dedos, por que los perdieron con la tan temida y mentada sierra circular.

Que no sabes qué es la sierra circular? Es en serio?! En fin, si no sabes esto, estás mas perdido que cuy en tómbola en un taller de carpintería. Mejor no te acerques a todas esas máquinas, que podrías salir lastimado. Es un consejo de amigo.

Fuimos adentrándonos poco a poco al mundo de los carpinteros, las sierras, los clavos, los pegamentos, los cepillos, taladros, tornos, y por supuesto, íbamos fabricando una que otra cosa. Nada grande, nada de otro mundo, pero al final del año escolar debíamos realizar nuestro trabajo final: una pequeña repisa.

Todos lo hacíamos, todos fabricábamos las repisas, y todos aprobábamos el curso de carpintería. Nadie debía salir lastimado, ni física ni moralmente de este taller. No en vano es la profesión del mas grande humano que jamás haya pisado este planeta. En fin.

Yo hice mi repisa mucho antes de terminar la mitad del año. Era súper aplicado. Entonces ya no me quedaban muchas ganas de hacer otra repisa para el trabajo final. Lo consideraba demasiado supérfluo y banal. Por eso decidí ir por más, necesitaba hacer algo grande que marque para siempre los anales de la carpintería de mi colegio, de la ciudad, del mundo entero! Decidí hacer un estante...

Vaya locura la mía. El profesor me ayudó. Hizo un diseño, Calculamos todo, y con el petitorio fui con mi padre: ¡Necesito madera! Le dije, y le mostré la cantidad que pedía, obviamente tornillo, aunque me hubiese encantado comprar cedro, o caoba, o ébano (Para qué irse por poco, vayamos con todo!) En fin, el presupuesto nos dio para tornillo.

Y así empecé mi trabajo.

Primero hice los cortes de las tablas, previamente medidas al milímetro. Luego me dediqué a cepillarlas, alisando todas las pequeñas imperfecciones. Así que puse manos a la obra, y le dediqué los meses que me faltaban ese año en el colegio a preparar esta "monumental obra de arte".

La verdad pura, es que me pasé "trabajando" en una sola tabla todos los meses. La llevaba, la cepillaba un poquito, la marcaba, y hacía la "finta" de tallar las canaletas para los empalmes. Ya en diciembre me entró el pánico. No había hecho nada. Exacto. Me la había pasado con UNA sola tabla bajo el brazo, yendo y viniendo, no haciendo con ella mas que lijarla un poquito, según yo, dándole mi toque personal y artístico a lo que debería ser una magistral obra de arte.

Faltando dos semanas para terminar las clases, mi profesor, que no era tonto, me dijo que quería ver el avance, y que traiga todas las tablas, para ya empezar el empalme y el proceso de pegado. Bueno, ya saben, las tablas estaban iguales a como las habíamos comprado en el aserradero. Solamente una estaba medio cepillada, y lijada. Parecía mas un pedazo de madera amorfa.

Igual, es en la guerra donde se conocen los valientes. Me puse erguido, inflé el pecho, y con valentía le dije a mi profesor: No he hecho nada. Merezco que me jale...

Mentira. No pude siquiera hacer eso. Le dije que olvidé las tablas, y que las traería después de clase. Y así fue. Regresé solo, en la tarde, con todas mis tablas, evitando que mis compañeros de clase noten que no tenía nada de nada, y ya se acercaba el final de las clases. Mi profesor me miró divertido. Prendió la máquina cepilladora, y en menos de lo que canta un gallo, cepilló e igualó todas mis tablas, a la perfección. Luego tomó un lápiz, una regla, e hizo todas las marcas donde debería tallas la madera para hacer los empalmes. Y en eso se nos hizo tarde. Me dijo que deje las maderas, para hacerlas al día siguiente.

Pero más pudo mi orgullo de Hernández. Le dije que trabajaría en casa, pues para ésto, ya teníamos un formón en casa, comprado por mi padre. Cargué mis tablas, mi orgullo, y me fui a casa, con aires de vencedor y triunfador. NO sabía lo que me esperaba.

Esa noche, emocionado por la adrenalina de la tarde, avancé una canaleta en uno de los tablones. Tenía que hacer dos en cada uno, y eran ocho. Así que sabiéndome un triunfador y suertudo, llevé solamente ese tablón a clases. El profesor me preguntó, y le dije que ya había acabado con los demás (mentira!) y que solamente me faltaba éste para completar el empalme y empezar con el pegado y armado del estante.

Me dio una palmada en el hombro, y me dijo : Buen trabajo Max, sigue así, y se fue a sus labores cotidianas... En mi mente se quedó la imagen de los tablones aún sin trabajar, y en todo lo que me faltaba por avanzar. Pero ya había hecho los cálculos. Hacer ese tallado me tomó apenas una hora, eso significaba que para terminar el tallado, necesitaba en promedio 16 horas, aunque si tomemos en consideración, que con el trabajo uno agarra más experiencia, significa que los siguientes tallados los haré de manera mas rápida cada vez. Osea, con seis o siete hora de trabajo, terminaría mi obra de arte y sería nuevamente una leyenda viva en el colegio. Entonces decidí dejar el trabajo para una semana mas adelante, pues aún nos quedaban tres, osea, había tiempo de sobra.

Me dediqué a otras cosas, como siempre, a leer, a jugar ajedrez, a ver televisión, y a soñar, que es lo que siempre me ha gustado.  Y, como siempre, llegó el día de la entrega final, y yo no había avanzado nada. Tenía el pegamento, el formón, y mi inobjetable cálculo matemático, que me decía que acabaría el trabajo en seis horas.

Así que, apenas llegué del colegio, comí lo más rápido que pude, y me encerré en mi cuarto al trabajo de un maestro carpintero. Manos a la obra! A tallar se ha dicho!

Y el avance fue según lo planeado, iba tallando las maderas con tal maestría y precisión, que a las seis horas de trabajo ya había terminado...

El tallado de un solo madero...

Me faltaban siete!

Entré en pánico. Pero seguí adelante. No cené, no salí al baño, no me movía para nada de mi cuarto. En mi mente una sola imagen se repetía: Cero, cero, cero, cero... Esa sería mi nota, por el trabajo inconcluso, pero aún así seguía tallando el siguiente madero.

Se imaginan? La casa en silencio, ya era de noche, todos ya dormían. Y en mi habitación un sonido permanente: toc, toc, toc... Parecía un pájaro carpintero con insomnio, trabajando por la noche, cuando todos deberíamos estar dormido. Me deben de haber odiado en la casa, por el ruido...

Pero no podía detenerme. A la media noche mi mamá me preguntó si todo estaba bien. Le dije que sí, que no me molestaran, que acabaría en un rato...

Mentira!!

Ni en sueños acabaría. No había avanzado siquiera el tallado del segundo madero. Es que el tallado se hace con el formón con un martillo de goma, o con otra madera. Por eso se avanza lento, pero seguro.

Supongo que fue como a las tres de la mañana, que ya desesperado, bañado en sudor y con lágrimas en los ojos, rogué al cielo que me mande un ángel, o un súper héroe formidable, o un mago, un brujo, un hechicero, o a cualquiera de sus santos, para salvarme del desastre...

Y apareció mi padre...

Me miró en silencio un rato. Trajo un martillo, unos clavos. En un par de minutos terminó de tallar lo que faltaba, a martillazos. Le puso el pegamento a todos los lados. Y clavó los maderos con una precisión y destreza que nunca antes le había visto... Y en menos de lo que canta un gallo, terminó de armar mi estante. Me dio un abrazo, y me arropó en la cama, diciéndome: es hora que descanses...

Me levantaron temprano. Llevé mi estante al colegio. No era una obra de arte, pero era el trabajo mas grande que jamás nadie había presentado en el curso de carpintería. Y me felicitaron, y aprobé con méritos, y ese estante aun guarda algunos libros en la casa de mis padres, en Huaraz...

Pero en mi memoria siempre se quedará guardada la imagen inmensa de mi padre, en la madrugada, salvándome del desastre..

Es algo que nuca olvidaré, pues en ese momento supe que mi héroe personal siempre fue Mi Padre.