Entrada en ruso, para variar... la traducción suena algo así como: A ver los machos, seguidme!. Y bueno, no tendría nada de extraño si no fuera porque era invierno y el bus donde viajábamos se había atascado, siendo necesario un empujoncito con fuerza bruta de aquella que solo se puede con hombres fuertes, pero la que llamó a viva voz era una señora de aproximadamente 45 años, y todos, incluyéndome, salimos a empujar el bus. Mi participación fue casi decorativa, ya que con una veintena de osos rusos fue suficiente para que estuviésemos nuevamente en la ruta. Aires y buen viento!
Sonrío al recordar esta escena, y a través de la ventana del tren en una infinita danza pasan los abedules, y los campos sembrados de trigo... la estepa rusa. Inmensa, inconquistable, cuna de grandes hombres y tumba de innumerables ejércitos. Sólo estando ahí puedes entender el alma rusa, el amor profundo a su tierra y su inquebrantable fortaleza.
- A donde se dirige?.
Un par de ojos verdes como esmeraldas me interrogan y una juguetona sonrisa me invita a sentarme.
- A Kiev, pero primero estaré unos días en el camino...
Era joven, de aproximadamente 18 años, con la amabilidad y cordialidad rusa me invita a compartir su desayuno: pan, pepinos encurtidos y salchicha, pero todo casero. Yo saco algo de queso fundido y con un poco de té completamos el banquete.
La conversación es sobre literatura, sobre todo, y algo de actualidad. Deportes, ajedrez, olimpiadas, típicos temas de conversación para los rusos.
Todo bien mientras aún me confunde con alguien de la Siberia o de alguno de los territorios asiáticos. Mi dominio del idioma es muy bueno, y mi acento pasa muy bien como si fuese local, pero en algún momento, cuando el nivel de confianza llega a un punto revelo mi verdadero origen: Perú. Normalmente no me lo creen, así que tengo que mostrar mi pasaporte y esas cosas, y es que además mi vestimenta y mis facciones pueden confundirse con una persona de la parte asiática de ese país. He logrado compenetrarme tanto con esa gente que fácilmente puedo pasar como uno mas. Y eso me da una gran ventaja, puedo viajar como ruso, y no como extranjero - lo que en la época de la Rusia comunista era bastante difícil.
Los motivos. No estaba permitido a los extranjeros abandonar la ciudad de residencia, para cualquier viaje se tenía que sacar un permiso especial, se compraban los pasajes en una agencia para extranjeros, y si mal no recuerdo, se tenía que reportar la estadía en la ciudad de destino con alguna autoridad. Cosas que pasaban. Obviamente los pasajes tenían una tarifa diferente, y como ruso era más económico.
Es por eso, que en un buen momento, cogí mi mochila, cepillo de dientes, un polo, un par de medias, dos calzoncillos, un libro, mi multiusos y me subí al tren.
- Y cuál es su nombre?
- Maxim (engaño un poquito), y el suyo?
- Natalia Ivanovna (el 90% de las rusas se llaman Natalia, y los rusos Ivan, y su nombre sería Natalia hija de Ivan)
El infaltable mazo de cartas nos entretiene, hasta que por algún motivo empieza la parte esotérica: a ver, veamos el futuro, el pasado, el presente... No conozco a rusa que no sepa algo de lectura de cartas. Y eso también suele ser divertido.
En algún momento el inevitable tema de la Gran Guerra Patria, los familiares que pelearon, los que murieron, los héroes, los desaparecidos... se ve lejano, pero aún no cicatriza la herida en toda la nación. Y no hay ruso que no haya ido en algún momento a una construcción de carreteras, a las cosechas en los Koljós y Sovjós, a las grandes Paradas por el día de la Victoria, el día del trabajo y el día de la mujer. Miles de anécdotas, miles de historias, que llenarían tomos incontables ...
En algún momento a cantar un poco, una que otra canción, quizá moderna, quizá tradicional... y el recuerdo del confort del hogar, del calor materno, del abrazo de los que amas. Miras y envidias el orgullo por su tierra, por su gente, por su idioma, su historia, por todo lo que significa ser ruso....
- Hasta la vista Maxim Maximovich!
- Hasta la vista Natalia Ivanovna!
Parado en el anden, veo alejarse al tren, con el silbido y ruido tradicional, y sin mediar mas protocolos me adentro en la estación y me dirijo a la ciudad de turno.
Calle Lenin, Plaza de la Victoria, Avenida Komsomol, barrio de los obreros, Cine Victoria, los nombres son iguales, las construcciones idénticas, las personas siguen siendo las mismas, el único bicho raro soy yo. Igual me confundo con ellos en el mercado, el comedor, la plaza, con los jugadores de ajedrez, o escuchando a la banda tocar valses.
Entrada la tarde me dirijo a la estación y compro mi boleto con dirección a mi siguiente destino, ahora de compañía me toca una abuela rusa, también se llama Natalia, y ella me trata como un hijo, me alimenta, me cuida, y la conversación es sobre los mismos temas, solo que la guerra es mas cercana a ella, tiene alguien que murió en la Gran Guerra Patria, pasó hambre, sufrió frío, y por eso adora el pan, no permite que se pierda una sola migaja...
En la otra estación me toca de compañero un ruso Iván Ivanovich, obrero, que trae además una botella de vodka, que comparte conmigo, y los temas cambian: hockey sobre hielo, mujeres, otra vez la guerra, pero esta vez es mas cercana: Afganistán. En Rusia todos los hombres van al ejército, sin excepción, y todos aprenden a la buena o a la mala a amar a su Madre Patria. Y el orgullo les revienta en el pecho, se creen los mejores sobre la faz de la tierra, se consideran los elegidos para derrotar a tiranos (léase Napoleón y Hitler), más aún sin son descendientes de cosacos, ahí la charla se alarga infinitamente...
Ciudades ordenadas, construcciones monumentales, parques enormes, monumentos gigantes, ciudades construidas sobre ruinas, y una gran y profunda religiosidad. Son creyentes en su gran mayoría, los ateos son los menos. Y las iglesias ortodoxas son opulentas y muy ricas. En algún momento se me ocurre entrar a la celebración de una liturgia, y lo primero es que no hay bancas ni sillas: todos estamos parados, solo en las paredes hay una especie de agarraderas para los minusvalidos. El sacerdote da la misa en latín y de espaldas a nosotros. Algunos se postran con el rostro en el suelo, y las puertas están cerradas, nadie puede entrar ni salir mientras dura la ceremonia. Vaya diferencia con nuestra Iglesia católica.
Una época diferente, quizá ya las cosas no sean como en aquellos tiempos, pero para mí Rusia siempre será el lugar donde aprendí lo que es amar a tu tierra.
Sonrío al recordar esta escena, y a través de la ventana del tren en una infinita danza pasan los abedules, y los campos sembrados de trigo... la estepa rusa. Inmensa, inconquistable, cuna de grandes hombres y tumba de innumerables ejércitos. Sólo estando ahí puedes entender el alma rusa, el amor profundo a su tierra y su inquebrantable fortaleza.
- A donde se dirige?.
Un par de ojos verdes como esmeraldas me interrogan y una juguetona sonrisa me invita a sentarme.
- A Kiev, pero primero estaré unos días en el camino...
Era joven, de aproximadamente 18 años, con la amabilidad y cordialidad rusa me invita a compartir su desayuno: pan, pepinos encurtidos y salchicha, pero todo casero. Yo saco algo de queso fundido y con un poco de té completamos el banquete.
La conversación es sobre literatura, sobre todo, y algo de actualidad. Deportes, ajedrez, olimpiadas, típicos temas de conversación para los rusos.
Todo bien mientras aún me confunde con alguien de la Siberia o de alguno de los territorios asiáticos. Mi dominio del idioma es muy bueno, y mi acento pasa muy bien como si fuese local, pero en algún momento, cuando el nivel de confianza llega a un punto revelo mi verdadero origen: Perú. Normalmente no me lo creen, así que tengo que mostrar mi pasaporte y esas cosas, y es que además mi vestimenta y mis facciones pueden confundirse con una persona de la parte asiática de ese país. He logrado compenetrarme tanto con esa gente que fácilmente puedo pasar como uno mas. Y eso me da una gran ventaja, puedo viajar como ruso, y no como extranjero - lo que en la época de la Rusia comunista era bastante difícil.
Los motivos. No estaba permitido a los extranjeros abandonar la ciudad de residencia, para cualquier viaje se tenía que sacar un permiso especial, se compraban los pasajes en una agencia para extranjeros, y si mal no recuerdo, se tenía que reportar la estadía en la ciudad de destino con alguna autoridad. Cosas que pasaban. Obviamente los pasajes tenían una tarifa diferente, y como ruso era más económico.
Es por eso, que en un buen momento, cogí mi mochila, cepillo de dientes, un polo, un par de medias, dos calzoncillos, un libro, mi multiusos y me subí al tren.
- Y cuál es su nombre?
- Maxim (engaño un poquito), y el suyo?
- Natalia Ivanovna (el 90% de las rusas se llaman Natalia, y los rusos Ivan, y su nombre sería Natalia hija de Ivan)
El infaltable mazo de cartas nos entretiene, hasta que por algún motivo empieza la parte esotérica: a ver, veamos el futuro, el pasado, el presente... No conozco a rusa que no sepa algo de lectura de cartas. Y eso también suele ser divertido.
En algún momento el inevitable tema de la Gran Guerra Patria, los familiares que pelearon, los que murieron, los héroes, los desaparecidos... se ve lejano, pero aún no cicatriza la herida en toda la nación. Y no hay ruso que no haya ido en algún momento a una construcción de carreteras, a las cosechas en los Koljós y Sovjós, a las grandes Paradas por el día de la Victoria, el día del trabajo y el día de la mujer. Miles de anécdotas, miles de historias, que llenarían tomos incontables ...
En algún momento a cantar un poco, una que otra canción, quizá moderna, quizá tradicional... y el recuerdo del confort del hogar, del calor materno, del abrazo de los que amas. Miras y envidias el orgullo por su tierra, por su gente, por su idioma, su historia, por todo lo que significa ser ruso....
- Hasta la vista Maxim Maximovich!
- Hasta la vista Natalia Ivanovna!
Parado en el anden, veo alejarse al tren, con el silbido y ruido tradicional, y sin mediar mas protocolos me adentro en la estación y me dirijo a la ciudad de turno.
Calle Lenin, Plaza de la Victoria, Avenida Komsomol, barrio de los obreros, Cine Victoria, los nombres son iguales, las construcciones idénticas, las personas siguen siendo las mismas, el único bicho raro soy yo. Igual me confundo con ellos en el mercado, el comedor, la plaza, con los jugadores de ajedrez, o escuchando a la banda tocar valses.
Entrada la tarde me dirijo a la estación y compro mi boleto con dirección a mi siguiente destino, ahora de compañía me toca una abuela rusa, también se llama Natalia, y ella me trata como un hijo, me alimenta, me cuida, y la conversación es sobre los mismos temas, solo que la guerra es mas cercana a ella, tiene alguien que murió en la Gran Guerra Patria, pasó hambre, sufrió frío, y por eso adora el pan, no permite que se pierda una sola migaja...
En la otra estación me toca de compañero un ruso Iván Ivanovich, obrero, que trae además una botella de vodka, que comparte conmigo, y los temas cambian: hockey sobre hielo, mujeres, otra vez la guerra, pero esta vez es mas cercana: Afganistán. En Rusia todos los hombres van al ejército, sin excepción, y todos aprenden a la buena o a la mala a amar a su Madre Patria. Y el orgullo les revienta en el pecho, se creen los mejores sobre la faz de la tierra, se consideran los elegidos para derrotar a tiranos (léase Napoleón y Hitler), más aún sin son descendientes de cosacos, ahí la charla se alarga infinitamente...
Ciudades ordenadas, construcciones monumentales, parques enormes, monumentos gigantes, ciudades construidas sobre ruinas, y una gran y profunda religiosidad. Son creyentes en su gran mayoría, los ateos son los menos. Y las iglesias ortodoxas son opulentas y muy ricas. En algún momento se me ocurre entrar a la celebración de una liturgia, y lo primero es que no hay bancas ni sillas: todos estamos parados, solo en las paredes hay una especie de agarraderas para los minusvalidos. El sacerdote da la misa en latín y de espaldas a nosotros. Algunos se postran con el rostro en el suelo, y las puertas están cerradas, nadie puede entrar ni salir mientras dura la ceremonia. Vaya diferencia con nuestra Iglesia católica.
Una época diferente, quizá ya las cosas no sean como en aquellos tiempos, pero para mí Rusia siempre será el lugar donde aprendí lo que es amar a tu tierra.